El aire en la clínica tenía un aroma limpio, aséptico, demasiado impersonal. A pesar del calor en la habitación, no podía evitar sentir un frío persistente en mi piel, como si algo en mi interior estuviera congelado desde hace mucho tiempo. Tal vez lo estaba. Philip estaba a mi lado, su presencia era una constante silenciosa que de alguna manera lograba anclarme a la realidad. Enfrente de mí, la psiquiatra vampira, Georgina me observaba con esa paciencia inquebrantable que me hacía sentir expuesta. Sus ojos antiguos y sabios parecían ver más allá de mi piel, como si pudiera desenterrar lo que quedaba de mí sin que yo tuviera que hablar.
—Freya —me llamó con suavidad, usando el nombre que ahora debía asumir, pero que aún no sentía propio—. ¿Has sentido alguna conexión con tu loba en estos días?
Negué apenas con la cabeza. Era una mentira a medias, porque lo cierto era que no sentía absolutamente nada. Desde que Lucien me rechazó, mi loba había desaparecido, como si se hubiera desvanecido en el mismo instante en que pronuncié las palabras que rompieron nuestro vínculo. Antes, ella era una presencia constante en mi mente, un eco sutil en mi interior, la otra mitad de mi alma. Ahora solo quedaba un silencio absoluto, un vacío doloroso que se extendía dentro de mí como una herida abierta.
—Es frustrante —murmuré, mi voz era poco más que un susurro—. No sé si ella me abandonó o si simplemente dejó de existir.
Georgina apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos con expresión pensativa.
—No puede no existir, Freya. Es parte de ti, tanto como tu corazón o tu alma. Pero el trauma puede silenciarla, puede hacer que se esconda.
Apreté las manos sobre mi regazo, sintiendo las uñas clavarse en la piel de mis palmas. Trauma. Como si esa palabra fuera suficiente para describir todo lo que había vivido. Como si pudiera encapsular el infierno de cada golpe, cada abuso, cada noche en la que deseé desaparecer y dejar de existir. Philip, a mi lado, apretó ligeramente mi hombro. No dijo nada, pero su tacto fue suficiente para recordarme que estaba aquí, que no estaba completamente sola.
—Dale tiempo —Georgina continuó—, y date tiempo a ti misma. La conexión puede sanar, igual que el cuerpo.
Asentí con lentitud, sin estar realmente convencida de que eso fuera cierto. Había partes de mí que sentía irrecuperables, fragmentos de una persona que había quedado atrás en el lugar donde fui destruida. Pero no dije nada más. Philip intervino con algunas preguntas más sobre el proceso de recuperación, sobre lo que se podía hacer para ayudarme, y yo simplemente me dejé llevar por la conversación sin aportar mucho. Cuando la sesión terminó, Philip me condujo fuera de la oficina con su mano firme sobre mi espalda.
—Ahora vamos a fisioterapia —dijo con voz suave, como si ya supiera que la sola idea me hacía estremecer.
La terapia física era otro tipo de tortura, una prueba constante de lo mucho que había perdido. Cada movimiento era un recordatorio de que ya no era la misma. Antes, mi cuerpo había sido fuerte, ágil, entrenado. Ahora, me sentía como una marioneta con los hilos rotos, tratando de sostenerme en un equilibrio imposible.
—Una vez más —la voz del fisioterapeuta me sacó de mis pensamientos.
Respiré hondo y traté de levantarme. Mis piernas protestaron, débiles, pero logré mantenerme en pie unos segundos antes de que el temblor me hiciera caer de nuevo. Philip, que observaba desde un rincón, se inclinó ligeramente hacia adelante, como si estuviera listo para atraparme si era necesario.
—Lo hiciste mejor que ayer —dijo con una sonrisa.
—Eso no es decir mucho —resoplé, sintiendo la frustración arder en mi pecho.
Philip rió, ese sonido cálido que de alguna manera siempre lograba suavizar mis pensamientos oscuros.
—Es progreso. Y el progreso cuenta, por pequeño que sea.
Los días continuaron con la misma rutina agotadora. Entre sesiones de terapia física y reuniones con Georgina mi vida se convirtió en un proceso de recuperación forzada, un intento de reconstrucción que a veces me parecía imposible. Luego, a finales de la semana, Philip me dijo que debía viajar a Canadá para una conferencia y me preguntó si quería acompañarlo. Dudé por un momento, pero al final acepté. No porque me entusiasmara la idea, sino porque la alternativa era quedarme atrapada en el mismo ciclo de pensamientos oscuros.
Esa noche, mientras la nieve caía en silencio tras la ventana de la cabaña donde nos hospedábamos, la sensación de derrota me envolvió como una sombra. Philip revisaba unos documentos en la mesa, pero su atención seguía desviándose hacia mí. Finalmente, cerró la carpeta y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.
—¿Quieres hablar de lo que pasó esta semana? —preguntó con cautela.
No quería. Pero al mismo tiempo, necesitaba hacerlo. Sentí un nudo en la garganta cuando finalmente abrí los labios.
—Antes de todo esto… yo era alguien. Tenía una vida, una manada, aunque solo era una omega… y en un segundo, me lo arrebataron todo. Me rompieron y abusaron física y mentalmente de mí y no sé si puedo ser algo más que las cenizas de lo que fui. Siento que soy un ser asqueroso.
Philip me observó en silencio por un momento antes de moverse hasta quedar más cerca. Su calidez era reconfortante, pero no intrusiva.
—No hables así de ti misma —su voz fue más grave, más intensa—. Si pudieras verte como yo te veo… sabrías que eres el ser más puro, más bello. Mi mejor amiga.
La emoción en su tono me atravesó como una corriente eléctrica. Bajé la mirada, sintiendo las lágrimas amenazar con desbordarse. No recordaba la última vez que alguien me había visto como algo más que una víctima o un despojo. Philip extendió la mano, y después de una breve vacilación, tomé sus dedos entre los míos.
—Te quiero, Philip —susurré, dejando que la verdad se filtrara en el aire—. Eres mi mejor amigo.
Él apretó mi mano con firmeza.
—Y yo te quiero Freya tú eres la mía.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo. No sentí que debía huir. Solo sentí que estaba exactamente donde debía estar.