Conforme pasaron los meses el dolor ya no era un ente desconocido. Se había convertido en mi sombra, en el latido constante de mi cuerpo roto. Con el tiempo, incluso el sufrimiento se transformaba en un murmullo lejano, algo que podía ignorar si me aferraba a la idea de seguir respirando. Respirar. Ese era mi único objetivo cuando Philip D’Arcy entró en mi vida.
Era el tío vampiro de Phoebe, quien me rescató de las cenizas de lo que fui. Cuando mis pulmones todavía luchaban por funcionar sin el sabor a sangre y mis piernas apenas respondían, él apareció como una brisa templada en medio de una tormenta. Philip no era un guerrero en el sentido tradicional, no tenía músculos esculpidos ni la mirada predadora de los lobos que me habían destrozado. Su complexión delgada y ágil, su cabello castaño siempre despeinado y sus ojos avellana tras lentes gruesos le daban un aire intelectual y relajado. Su rostro, de rasgos afilados con una leve sombra de barba, tenía más calidez que imposición, pero su presencia era algo distinto. Me miró sin miedo, sin lástima, con un entendimiento silencioso que nadie más parecía poseer.
—Freya Laurent —dijo un día con la calma de quien dicta un destino.
Parpadeé, mi mente entumecida tardando en reaccionar. No entendí.
—Ese es tu nuevo nombre —aclaró con una sonrisa, inclinándose hacia mí con un gesto conspirativo—. Nadie podrá encontrarte si Freya Laurent es la que camina por el mundo.
Freya Laurent, no Astrid, la sombra golpeada. No la esclava sin dueño. Una nueva piel. Un nuevo ser. Tomé los documentos que me ofrecía con dedos temblorosos y, con ese gesto, Astrid dejó de existir.
Philip se convirtió en mi guardián de formas que él mismo no comprendía. Mientras mi cuerpo atravesaba la tortura de la rehabilitación física, él estaba allí, sin palabras de consuelo vacías ni compasión paralizante. Me acompañaba con paciencia, con silencios cómodos y una presencia inquebrantable, como un caballero sin armadura, un ángel sin alas visibles. También fue él quien me dio la posibilidad de volverme invisible.
—Los lobos te buscan con el olfato —explicó una noche en su pequeño laboratorio. Sostenía un frasco de cristal lleno de una sustancia ámbar que reflejaba la luz con un resplandor cálido—. Pero yo puedo cambiar eso.
Lo miré con escepticismo. Aún me costaba reaccionar con expresividad, sentir mi piel como propia, pero Philip me sacaba de mi letargo.
—¿Cómo? —pregunté con voz áspera por el desuso.
Su sonrisa traviesa, infantil, dejaba entrever un juego de misterio que parecía disfrutar demasiado.
—Alterando tu olor. Modificando tu química corporal con una fórmula que desarrollé. Nada drástico, nada dañino, pero suficiente para hacerte indetectable.
La palabra bailó en mi mente como una oración. Cuando tomé la primera dosis, un calor extraño recorrió mi cuerpo. No fue doloroso, solo diferente, como si algo en mi interior se estuviera desmoronando y reconstruyendo a la vez. Philip me observó con la intensidad de un artista evaluando su obra maestra.
—Funciona —susurró con alivio.
Fue en ese momento que comprendí cuánto se había involucrado en mi supervivencia.
Los meses pasaron y Philip dejó de ser solo mi salvador. Se convirtió en mi mejor amigo, mi familia. No lo vi con la reverencia con la que alguna vez observé a los guerreros de mi antigua vida, no lo admiré por su fuerza bruta, sino por su tenacidad, su brillantez, su capacidad para desafiar la naturaleza y moldearla a su favor. Pero más que eso, lo admiré por su humanidad.
Fue cuando descubrí su secreto que entendí lo grande que era su lucha. Una noche, lo encontré en su laboratorio personal, con la mandíbula apretada y los dedos crispados alrededor de un frasco. Su piel estaba pálida, su respiración errática, un sudor frío perlaba su frente. Cuando intentó moverse, casi cayó al suelo.
—Philip —mi voz salió más fuerte de lo esperado mientras me acercaba para sostenerlo.
Él intentó apartarse con torpeza, su orgullo aferrándose a la idea de que podía mantenerse en pie por sí mismo.
—No… no es nada. Solo un mal momento…
No le creí. Con esfuerzo, lo llevé a sentarse y vi su rostro contorsionado por un dolor que no quería mostrar, por un tormento que llevaba en silencio. Fue entonces cuando me lo confesó. Su enfermedad. Su lucha contra su propio cuerpo. Su decisión de convertirse en genetista no por ambición, sino por necesidad. Los vampiros rara vez tenían hijos biológicos y cuando los tenían solían tener problemas genético-severos. Philip no era un soldado en el sentido convencional. Era algo más. Un guerrero de la forma más pura. Un vampiro que luchaba con la única arma que tenía: su mente y su inmortalidad.
—No le digas a mi familia —pidió con una sonrisa cansada—. No saben lo mal que estoy en realidad. No quiero que me miren con lástima.
Lo entendí de inmediato. Porque yo había sido mirada con lástima. Tomé su mano y la apreté con fuerza.
—No es lástima, Philip —susurré—. Es admiración.
Algo en su rostro se suavizó, como si mis palabras derrumbaran un muro invisible. En ese instante supe que éramos iguales. Dos sobrevivientes, dos seres reconstruidos en un mundo que nos había destrozado primero. Él me dio una nueva identidad. Yo le di una verdad que nunca había querido aceptar. Philip D’Arcy no era un caballero de cuentos de hadas. Era algo mejor. Era real.