La observé con detenimiento, cada rasgo de su rostro grabándose en mi memoria con devoción casi febril. La deseaba. No solo en el sentido carnal, sino con una intensidad que me quemaba desde dentro. La quería de todas las maneras posibles. Quería hacerla mía, pero también entregarme por completo a ella. Nunca había estado con una mujer antes, y lo que le confesé anoche era verdad: jamás había besado a nadie antes que a ella. Pero ahora lo entendía, nunca había sucedido porque nunca lo había querido. Hasta que Freya entró en mi vida, no había sentido este anhelo devastador. Desde que la conocí, ella se convirtió en mi deseo más puro y absoluto. Mis labios recorrieron su piel, mis manos la exploraron con una devoción temblorosa, adorando cada suspirante respuesta de su cuerpo. Cuando final

