La noche había sido un torbellino de sensaciones. El sabor de sus labios seguía impregnado en mi mente, y el eco de su risa borracha aún resonaba en mis oídos. Había luchado por meterla en su recámara, esquivando sus intentos insistentes de volver a besarme. Sus ojos, brillantes por el alcohol y algo más, me miraban con una mezcla de deseo y ternura que me hacía perder el control. No entendía cómo había permitido que llegáramos hasta ese punto. Yo, siempre tan racional, tan contenido, había caído ante ella. Ahora, acostado en mi cama, miraba el techo con el pensamiento atormentado por una necesidad más profunda. La sed de sangre se hacía presente en mí, un recordatorio de lo que era, de mi naturaleza que rara vez se imponía. La gente tenía una idea equivocada sobre los vampiros; no necesi

