Capitulo 10 POV Freya

1262 Words
Cuando me gradué de la universidad, supe exactamente lo que quería: abrir mi propia agencia de diseño en Nueva York. Nos quedaban pocos años antes de cambiarnos de continente, pero no había marcha atrás. Astrid no solo había renacido como Freya Laurent, sino que ahora dejaría huella. La noche en que inspeccionamos el lugar que Philip me había ayudado a rentar para la agencia, este estaba en su silla de ruedas. Su enfermedad había sido contenida, pero el precio fue la movilidad de sus piernas y aquello lo hacía extremadamente inseguro, pero a pesar de ello, su espíritu seguía intacto. Seguía siendo el mismo Philip que conocía y al que secretamente y contra todo pronóstico había llegado amar: brillante, protector y, aunque nunca lo admitiera, terriblemente encantador. Me subí sobre sus rodillas mientras dábamos vueltas en la enorme sala vacía. Era un juego que solíamos jugar, donde le pedía que me paseara y mientras lo hacía nos reíamos como niños, con la complicidad de dos almas que se habían salvado mutuamente. Tomé sus lentes con suavidad y me los puse. —Mira, Dr. D’Arcy —le dije con una sonrisa burlona—, ahora yo también luzco igual de inteligente que tú. Philip rodó los ojos, pero sonrió. Su sonrisa siempre me había parecido el rincón más seguro del mundo. —Dudo que eso sea posible —respondió, acomodándome mejor sobre sus piernas. —Oh, vamos. Los intelectuales son los nuevos s*x symbols. ¿Quién quiere a un musculoso cuando una chica puede tener a uno inteligente? Philip río, pero desvió el tema. —El lugar para la agencia se ve bien. Necesitarás algo de remodelación, pero funcionar. No dejé que cambiara de tema tan fácilmente. —Se que hace unos años cuando lo mencione te molestaste, pero Philip, ¿has pensado en darte la oportunidad de conocer a alguien? Su risa fue sin humor. —Freya, sabes que eso no me interesa aparte no tengo oportunidad para que alguna mujer se interese en mí, solo mírame. Me dolió su resignación. Sabía que lo creía con cada fibra de su ser. Pero yo lo veía diferente, lo amaba y había despertado en mi algo que pensaba imposible después de que Lucien me rechazo. —Eso no es cierto —dije, tomando su rostro entre mis manos—. Eres perfecto. —Lo dices porque me quieres demasiado y porque soy tu mejor amigo —respondió, con una ternura que casi me hizo llorar. —Lo digo porque es verdad. Comencé a beber para celebrar y la botella de whisky se vació rápido, y el aire se volvió cálido, pesado. Me sentía libre. Por primera vez en mi vida, me sentía completamente libre. Philip era mi hogar, mi constante, la única persona que había estado allí cuando todo lo demás se había desmoronado. Fue el alcohol o fue el peso de los años de gratitud y cariño contenido, pero cuando lo besé, no hubo dudas ni miedo. Sus labios eran suaves, firmes, y cuando no me apartó, supe que lo deseaba tanto como yo. Su respiración se volvió errática bajo mi tacto, y cuando mis manos se deslizaron por su cuello, tirando de él hacia mí, supe que estaba cruzando un límite que nunca había imaginado. Philip temblaba. No por miedo, sino por la sensación desconocida. Entonces sentí la humedad en su mejilla. Una lágrima. Algo en mi pecho se estrujó con fuerza. —Philip... —Freya, tengo casi 3mil años y ni siquiera había besado a una chica antes, mucho menos soy digno de que me beses tu. Detente por favor. Me congelé. Su voz temblorosa cargaba una vergüenza que no debería sentir. ¿Cómo podía pensar que no era digno? La rabia me llenó. Lo besé de nuevo. Y otra vez. Y otra. No iba a dejar que siguiera creyendo que no merecía amor. Sin darle espacio a dudas, dejé que mis manos descendieran, tocándolo donde nadie lo había tocado antes por que yo le creía, lo conocí y sabia que efectivamente nunca había besado y mucho menos estado con otra mujer. Era un vampiro tan raro, tan mío. —Freya... detente... no tienes que hacer esto. —¿Es porque otros me tomaron antes o porque soy una mujer lobo? ¿Te doy asco? —No —su voz era un susurro quebrado—. Nunca. Es porque te amo, Freya eres mi mejor amiga, la única y por eso no puedo dejar que hagas esto en este estado. Mi corazón se detuvo. Y luego, latió con furia. Sonreí. Y sin decir nada, me sumergí entre sus piernas, reclamándolo como nadie más lo había hecho antes. Cada movimiento mío era pausado, una exploración dedicada. Quería memorizarlo así, sentir su cuerpo temblar bajo mi tacto, bajo mi boca. Con cada roce, cada beso húmedo y lento, trazaba un camino de deseo y paciencia, saboreando su reacción en cada estremecimiento. No había prisa. Solo la anticipación deliciosa de saberme dueña de sus suspiros, del calor que se acumulaba en su piel cada vez que mi lengua danzaba sobre él. Sus dedos se enredaron en mi cabello con una caricia reverente, su respiración profunda, entrecortada, llenando el aire entre nosotros. Alcé la mirada y nuestros ojos se encontraron. En la suya vi un anhelo que iba más allá del deseo, una rendición callada que me entregaba sin palabras. Y en la mía, lo sabía, brillaba la certeza de que tenía el control, de que cada roce lento, cada susurro cálido contra su piel, lo hacía caer un poco más en mí. —Eres perfecto —murmuré, dejando que mis labios rozaran su piel con devoción. Él cerró los ojos, su mandíbula tensa, conteniendo un suspiro que se rompió en un jadeo cuando volví a entregarme a él con más intensidad succionando su m*****o hasta el fondo de mi garganta y sintiendo su liquido preseminal. Me encantaba saber que, de cierta forma, le estaba regresando un poco de lo mucho que él me había dado a lo largo de los años. Su amor, su paciencia, su protección inquebrantable. Siempre estuvo ahí para mí, sin pedir nada a cambio. Y ahora, tenerlo así, vulnerable bajo mis caricias, era una forma de devolverle, aunque solo fuera una pequeña parte, todo lo que significaba para mí. —El mejor vampiro del mundo —susurré contra su piel, saboreando su temblor, su entrega absoluta. Lo sentí tensarse bajo mis labios, sus manos aferrándose con más fuerza a mi cabello mientras su respiración se volvía errática. Mi nombre escapó de su boca, roto, ahogado en placer. Y cuando finalmente se dejó ir, cuando su cuerpo se arqueó y sus jadeos se deshicieron en suspiros entrecortados, recibí toda su esencia, sin apartarme, sin titubear, saboreándolo. Cuando todo terminó, cuando su cuerpo quedó relajado, levanté la mirada y lo encontré observándome con algo más que deseo. Había gratitud en su expresión, un amor palpable que hizo que mi pecho se apretara. Tragué suavemente, sin apartar mis ojos de los suyos, y entonces, con una sonrisa cargada de ternura, le susurré: —Me gustas demasiado. Su respuesta no fue con palabras. Fue con sus manos, que me atrajeron hacia él, con la calidez de sus labios encontrando los míos en un beso que hablaba de todo lo que éramos, de todo lo que habíamos construido juntos. Y en ese instante, aunque por primera vez en años mi loba daba señales de vida y se negaba a que continuara, supe que no había otro lugar en el mundo en el que quisiera estar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD