El aroma a tierra húmeda y a madera quemada impregnaba la noche. Afuera, la luna se alzaba imponente sobre los árboles, proyectando sombras alargadas en la cabaña donde Freya y yo nos resguardábamos del frío invernal. Había pasado más tiempo del que me gustaría admitir deseándola. No era una necesidad impulsiva, no era el simple deseo de poseer su cuerpo. Era algo más profundo, más complejo. Una condena silenciosa en la que me sumergí sin remedio desde que la conocí.
Pero ella se negaba. No con palabras explícitas, sino con pequeños gestos, con el modo en que evitaba que la cercanía se volviera demasiado íntima. Y yo, cobarde en mi propia desdicha, me conformaba con su compañía. Con estar cerca de ella, aunque jamás la tuviera del modo en que anhelaba.
Freya suspiró, apartando la mirada del fuego crepitante. Su cabello caía en cascada sobre sus hombros, iluminado por el resplandor dorado de las llamas. Sus labios se entreabrieron con un aire de duda antes de soltar una frase que perforó mi pecho como una daga.
—Philip… Creo que deberías buscar a alguien con quien compartir la eternidad.
El mundo se detuvo. La sonrisa relajada que había en mi rostro se desvaneció. Algo dentro de mí se rompió con un crujido sordo. No pensé, no razoné. Mi mano se estrelló contra la mesa con una fuerza que hizo que la madera se astillara. El sonido seco retumbó en la habitación y, por primera vez, vi miedo en sus ojos.
Ese miedo me heló. Me horrorizó. Inmediatamente di un paso atrás, levantando ambas manos en señal de rendición.
—Freya… lo siento —susurré, mi voz apenas un eco de lo que solía ser.
Ella permaneció inmóvil, su mirada clavada en mí, analizando cada detalle de mi expresión. No necesitaba decirme que la había asustado; lo vi en la tensión de sus hombros, en la rigidez de su mandíbula.
—No quiero a nadie más —continué con voz temblorosa—. No me importa si solo somos amigos, si nunca cruzamos ninguna línea… Solo quiero estar contigo. Solo quiero protegerte.
El silencio se extendió entre nosotros como una neblina densa. Eventualmente, ella asintió y me dedicó una sonrisa cautelosa, pero el daño ya estaba hecho. Sabía que mis palabras no borrarían lo que había sucedido, que el miedo que había visto en su mirada seguiría allí por un tiempo.
Intenté calmarme cambiando de tema.
—Has estado hablando de lo que quieres hacer con tu vida —dije, intentando sonar más animado—. ¿Has pensado en estudiar algo en la universidad?
Ella frunció el ceño.
—¿Universidad? Philip, es demasiado tarde para eso.
Reí, negando con la cabeza.
—Tengo 2752 años, Freya. Y aún sigo aprendiendo cosas nuevas. No me vengas con que es tarde para empezar una carrera.
Ella bufó, pero no pudo evitar sonreír. Su risa disipó la tensión en el aire y, por un momento, todo volvió a sentirse normal. Como si mi arrebato nunca hubiera ocurrido.
Pasamos horas hablando sobre opciones, sobre lo que realmente le gustaría hacer. No quería que se sintiera atrapada en el pasado, que se resignara a una vida de miedo o incertidumbre. Quería que viera un futuro para sí misma. Un futuro donde ella decidiera su camino.
—En unos años tendré que mudarme de continente —murmuré, observándola de reojo para medir su reacción—. No puedo quedarme en un mismo lugar por demasiado tiempo. Llamaría la atención.
Freya se quedó en silencio. Su mirada se perdió en las llamas. Cuando habló, lo hizo con una voz baja, pensativa.
—¿Podría ir contigo?
El alivio y la alegría me golpearon como una ola implacable. Sin dudarlo, me acerqué y la envolví en mis brazos. Ella se tensó al principio, pero luego se relajó, dejando que la abrazara con fuerza.
—Por supuesto —susurré contra su cabello—. Siempre.
No me importaba el tiempo, no me importaban las circunstancias. Mientras ella quisiera estar conmigo, yo estaría allí.
Pero entonces, su voz rompió la calma con una verdad que no quería escuchar.
—Pero cuando envejezca… me iré a un asilo. No quiero ser una carga para ti, Philip. No quiero que desperdicies la eternidad cuidando a alguien que desaparecerá en unas décadas.
Mi mandíbula se tensó.
—Podrías volverte inmortal —dije, mirándola con seriedad—. No te obligaría a nada. Solo seríamos… amigos. Para siempre.
Ella negó con la cabeza, con una sonrisa triste.
—La eternidad que ofreces debería ser para tu alma gemela. No para mí. No quiero que, cuando encuentres a la persona que realmente amas, me veas como un estorbo.
El dolor me atravesó como una hoja de plata. Quería gritarle que ella era mi alma gemela, que no me importaba que fuera una mujer lobo, que no me importaba nada de lo que decía. Pero no lo hice. No podía. No en mi estado. Mi cuerpo estaba fallando, el tratamiento que había desarrollado para contrarrestar mi enfermedad estaba cobrando un precio que no quería admitir.
Pronto no podría caminar. Pronto sería yo quien se convirtiera en una carga.
Así que solo la abracé con más fuerza y susurré lo único que podía decirle.
—Eres mi mejor amiga, Freya. No me importa cuánto tiempo pase, no me importa lo que decidas. Siempre estaré aquí para cuidarte. Y es un placer hacerlo.
Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza contra mi pecho. No dijo nada más, pero tampoco necesitaba hacerlo. En ese momento, entendí que mi amor por ella no necesitaba ser correspondido de la manera en que lo anhelaba. Porque incluso si nunca llegaba a ser mía, el solo hecho de tenerla en mi vida era suficiente.
Y eso me bastaba.
Por eso cuando aplico para la carrera de diseño de imagen y publicidad en la universidad de Columbia decidí apoyarla en todos y cuando recibió la noticia de que había sido aceptada en la universidad, mi rostro se iluminó junto con ella de una manera que no había sentido jamás. La felicidad en sus ojos hizo que mi propio dolor se disipara por un instante. Sabía que seguiría luchando contra mi propia enfermedad, contra el tiempo, contra la inevitabilidad de lo que se avecinaba. Pero también sabía que, mientras ella sonriera de esa manera, todo valdría la pena porque ella era mi todo y yo por ella lo haría todo.