Estuve dándole vueltas a la idea del apartamento. Supuse que le darían alguno cerca del instituto, por lo que llamé a Adolph. Él era el administrador general del Condominio Palast, así que podía confirmar si ahí viviría Amelia. Le pregunté si sabía sobre el apartamento para la joven que podría ser la prometida, a lo que respondió afirmativamente. Él estaba acondicionando para ella un apartamento unipersonal en el décimo piso. Inmediatamente le dije que no era posible darle un apartamento como ese. Noté su nerviosismo por el tartamudeo que soltó, y le expliqué que ella se merecía lo mejor. Le recordé que en el condominio había cuatro edificios cuyo último piso estaba dividido en tres apartamentos que fueron diseñados para familias jóvenes: dos habitaciones con baño, otras dos que podían ser un estudio y una zona de costura para Amelia, baño de visitas, cocina abierta hacia sala y comedor, que eran amplios, y el balcón que daba una vista increíble de la ciudad.
Adolph no entendía cómo conocía esos apartamentos, ya que nunca había estado en Lima, pero recordaba la maqueta que Gonzalo junto a otros arquitectos habían preparado para mostrar el diseño de cuatro edificios en donde el último piso tenía tres apartamentos en vez de un penthouse. Le pedí que prepare cuatro opciones para ella, con diferentes vistas desde el balcón, y que entre las cuatro opciones considere una que tuviera la vista hacia el oeste, para que pueda ver el ocaso. La tarde que Amelia iría a ver los apartamentos volví a llamar a Adolph para hacerle recordar que incluya todos los servicios que se ofrecía a los arrendatarios. Ella era especial y estaba sola, así que debíamos ayudarla con la limpieza del apartamento, lavado y planchado de ropa, entre otros quehaceres. Al escuchar que Katha había preguntado por él, le dije que vaya a atenderlas y le recordé que no comente nada sobre mí.
(…)
Mis padres y Marion dejaron Inglaterra y pude ver a Laura. Decidí que, aunque no estaba seguro de que Amelia era la prometida, le diría que ya encontré a mi predestinada, y que por ello la relación que sosteníamos llegaba a su fin. Fui a su casa, que quedaba a unas cuadras del complejo universitario, y le pedí conversar en privado. Me llevó a su habitación, cuando quiso desabotonar mi camisa, la alejé y le pedí que me escuche. Sentados sobre el borde de su cama, ella se adelantó y me preguntó por el motivo de la visita de mis padres y Marion. Le conté que querían llevarme a Perú porque Marianne encontró a la prometida, y debía viajar para conocerla y hacerla mi Luna. Ella comenzó a gritar que no podía dejarla, y le recordé que el trato que teníamos se terminaba cuando aparezca el predestinado de uno de los dos. Laura no quería aceptar que la relación se terminaba. Se acercó a mí intentando seducirme, pero yo ya era inmune a sus encantos. Me rogó que no la dejara, y me propuso ser amantes, a lo que respondí que, si Amelia era mi predestinada, no tendría cabeza, corazón ni alma para nadie más que no sea ella. La mirada de Laura se tornó oscura, malévola, y caminando lentamente hacia mí, me dijo que, si ella no era feliz, nadie lo sería. Me tomó por sorpresa su transformación, pero aún más que se lanzara en ataque hacia mí. Decidí enfrentarla sin mi lobo porque sabía que podría exaltarme y terminar con su vida, así que la reduje en mi forma humana. Por la pelea destrozamos la habitación. Al ver que no podía conmigo, se transformó y me pidió que me fuera de su casa. Después de eso no supe más de ella.
La discusión y pelea con Laura me dejó nervioso. Estaba molesto, pero asustado. Nunca había visto esa expresión en su rostro. Todo lo bella que me pareció que era esa noche que celebraba mi cumpleaños, cuando la encontré sentada sobre la baranda de uno de los balcones de la mansión, quedó atrás. Era otra persona.
Cuando me atacó pude oler odio, envidia, su deseo de matarme, y todo lo bonito que pude sentir por ella, desapareció. Estaba maldiciendo el haberla conocido cuando Marianne me llamó para contarme que Amelia había elegido un apartamento y que el sábado se mudaba. Con todo el fastidio que tenía encima y el miedo que me limitaba razonar, contesté de muy mala manera a Marianne. Ella me reclamó y yo dije algo que la asustó: «No me importa la prometida. Llegaré a Perú y la rechazaré. Estoy harto de todo esto, de ella, de la Profecía. ¡Déjenme en paz!», y colgué.
Al día siguiente, después de calmarme y pensar en frío, llamé a mi hermana para disculparme. Marianne siempre fue muy dulce y nada rencorosa, por lo que inmediatamente me perdonó el exabrupto y me preguntó si quería saber algo que le había sucedido a Amelia. Me tensé pensando lo peor, y le pedí que me dijera todo lo que sabía. Marianne me comentó del intento de robo de su piedra de luna y de cómo Bastian Heinz la había socorrido. Sin embargo, el jefe de seguridad de la manada en Lima no podía seguir resguardándola, ya que ella lo podía identificar si necesitaba ser socorrida en una segunda oportunidad, así que Bastian estaba analizando a cuáles guerreros les daría la tarea de protegerla.
Como cosa divina, en ese momento se me ocurrió la idea de hacer que mi séquito se encargue de esa labor. Quién mejor que los futuros Beta, Gamma y Delta Höller. A Marianne le pareció perfecto, y añadió que podían hacerse pasar por estudiantes de último año para encargarse de proteger a Amelia dentro del instituto. Emocionado, le dije que cortaría la llamada para pedirles ese favor a mis hermanos. Llamé a Matthias, y para suerte mía estaba reunido con Gonzalo, Patrick y sus compañeras. Ellos ya tenían dos años de haber egresado y estaban trabajando en sus especialidades en diferentes empresas del holding en Berlín. Les comenté el motivo de mi llamada, y los tres aceptaron ayudarme, aunque había un problema, Milena y Gaia aún estaban llevando unos cursos, así que no viajarían de inmediato, por lo que solo Nadia acompañaría a Gonzalo.
Los chicos igual aceptaron ayudarme porque sabían lo que significaba para mí, y así viajaron a Lima junto a Caroline, una joven guerrera que aún no terminaba el entrenamiento, pero demostró ser la mejor de su generación, para que sea compañera de Amelia en el instituto. Ellos vivirían en los apartamentos cercanos al de ella, dispuestos estratégicamente para protegerla. Les pedí que me mantengan informado de todo sobre la prometida y que nadie, salvo Marianne, sepa que yo fui el que les pidió el favor. Aceptaron guardar el secreto y se convirtieron en mis espías.
(…)
Los días pasaban y me encontraba a pocos exámenes de terminar el post grado. Mis hermanos enviaban mensajes a cada rato con comentarios sobre Amelia que no dejaban concentrarme. Al grupo que teníamos en w******p escribían cada cosa que les llamaba la atención de ella. Recuerdo que nos enfrascamos en una conversación de dos horas al iniciar discusión sobre cuál compañera tenía mejor cabello, ya que Patrick envió una foto que tomó de Amelia en donde no se le veía el rostro, pero sí sus largos y ondeados cabellos, así como parte de su esbelto torso. La foto me impactó. No sabía cómo era su mirada ni su sonrisa, pero lo que veía de ella, me enamoraba. Sentía nuevamente que mi corazón se aceleraba, que me faltaba el aire, que me sonrojaba y apareció la bendita erección. Estaba hecho un bobo mirando la foto que me olvidé de la conversación, hasta que Gonzalo hizo una videollamada grupal. Cuando me vieron por las pantallas de sus celulares, comenzaron a reír a carcajadas. No entendía por qué lo hacían, hasta que Gonzalo me dijo que se notaba que la foto me había excitado e hizo pararse a mi amigo.
– Sí que estarás en serios problemas, Stefan -decía Patrick mientras intentaba dejar de reír-. Si una simple y nada provocativa foto te pone así, cómo terminarás cuando sientas su olor, roces su piel, te topes con su mirada y sonrisa.
– Yo auguro que cada vez que escuche su voz tendrá una erección -bromeaba Matthias. Los tres se reían a costa mía.
– Que, ¿acaso ustedes no tienen una reacción parecida a la mía por sus compañeras?
– Obvio que Nadia me prende, Stefan, pero no al nivel que una foto nada sexy lo hace contigo -se burlaba Gonzalo.
– Pues, la he esperado por mucho tiempo, así que la simple forma de su cabello llama mi atención. ¿Acaso está mal que la quiera?
– No, al contrario. Está bien lo que sientes, y siendo más serios, te diré que es normal -comenzaba a decir Matthias sin reír-. Recuerdo que al inicio de mi relación con Milena no la podía mirar delante de la gente porque al ver cualquier parte de su cuerpo o rostro tenía una erección. Era súper incómodo, todo el mundo se daba cuenta y se reía. Hasta Milena se reía mientras se pegaba a mí para tapar el notorio bulto en mis pantalones.
– Pero me vas a decir a mí sobre andar con una erección a cuestas -soltó Gonzalo ni bien Matthias terminó-. Tenía dos días de saber que Nadia era mi predestinada, y quedamos en encontrarnos después de la escuela, ya que teníamos dieciséis años y no estudiábamos juntos. Íbamos a ir a comprar unas cosas para hacer mi habitación más neutral, ya que ella se había mudado conmigo en casa de mis padres. Yo la esperaba en la puerta del centro comercial, cuando la veo llegar con su uniforme escolar. Llevaba la falda corta y las medias hasta las rodillas, el cabello suelto y la mochila en la espalda. Se había pintado los labios y puesto un poco de sombras en los ojos. Toda ella se veía hermosa, y la deseé. Luego veo que unas chicas pasaban a mi costado cubriéndose el rostro y se reían al mirarme. Nadia llegó a mí, me dio un beso y me dijo que a kilómetros se notaba mi erección. En ese momento no sabía qué hacer para dejar de bombear sangre a esa zona de mi cuerpo, y no tenía cómo ocultarla. Nadia me dijo que quizás ocupando la mente en otra cosa pasaría. Estuvimos media hora viendo tiendas, y tuvimos que irnos porque no bajaba y ya empezaba a doler.
– Eso no es nada -dijo Patrick para comenzar su relato-. Gaia y nuestras familias ya sabían que sufría de ese problema: ella estaba cerca de mí, y yo inmediatamente izaba la bandera -ese comentario nos hizo reír muchísimo-. Un mes después de marcarla y vivir juntos, llegaron mis bisabuelos Johan y Emma. Ustedes saben que mi bisabuela es un hada, así que es más susceptible a lo carnal-s****l de las relaciones. Salí de mi cuarto con dirección a la sala porque sentí el olor de mis bisabuelos y quería saludarlos. Gaia estaba en la cocina ayudando a la par que aprendía algunas recetas de mamá. Me bastó escuchar la voz de mi compañera para tener una erección terrible, la más escandalosa que había tenido, y mi bisabuela estaba enfrente de mí. Ella dio un grito y escondió el rostro en el pecho de mi bisabuelo, quien se moría de la risa al darse cuenta que estaba con una erección sin que Gaia me tocara. Creo que hasta ahora mi bisabuela tiene pesadillas conmigo y mi amiguito.
Los cuatro nos miramos a través de la pantalla, y comenzamos a reír como locos. Ya sabía que lo que me pasaba era normal, pero ya no era un adolescente, y se vería mal que un macho próximo a los veinticuatro años esté caminando con una erección como si no sucediera nada. Los chicos comenzaron a darme consejos para contener mi deseo por Amelia cuando estemos en compañía de otros. Ellos ya habían aprendido a controlarse, y por primera vez agradecí no haber encontrado a Amelia durante mi adolescencia porque hubiera sido terrible andar con el m*****o viril erecto por todos lados.
Pasó la ceremonia de graduación del post grado y viajé a Bonn con Elrond, mi sobrino, hijo de Marion y Haldir, con quien ya tenía dos años compartiendo la mansión en Saffron Walden porque él también estudiaba en Cambridge. Ni bien puse un pie en Bonn, todos me atiborraron de preguntas sobre Laura. No sabía qué responder, recordaba el altercado de la última vez que la vi, y eso cambiaba mi humor. Preferí mirar con mala cara a quien preguntaba por ella o la relación, y no decir nada. Por esa reacción todos pensaron que yo no quería romper con Laura, y que más bien iba a rechazar a Amelia, pero cada día que pasaba y sabía algo nuevo de ella, aumentaban mis ganas por conocerla.
Ya en Lima, Marianne hizo como si nunca nos hubiéramos comunicado en los últimos meses. Mi hermana era una perfecta cómplice. Aparentaba tan bien que hasta le seguía la corriente a Marion con sus intentos de hacerme entrar en razón para que olvide la idea de rechazar a la prometida. Así fue que Marianne le pidió a Ravi que trate de averiguar mis intenciones al conversar conmigo, cosa a la que se sumó Haldir por insistencia de Marion.
Después del almuerzo de mi primer día en Lima, fui a la terraza para apreciar el vecindario y pensar un poco. Durante la comida, mis padres nos recordaron el protocolo que debíamos seguir en la cena y las precauciones contempladas por si Amelia no reaccionaba gratamente a mi presencia, cosa que haría que no podamos revelarle la verdad de nuestro origen y la Profecía. En ese momento sentí mucha presión porque todo dependía de mí, de qué tan capaz era de agradar a Amelia, y recordé que en algún momento de mi niñez me sentí agobiado porque todo sobre mí giraba en torno a la Profecía. Cuando pensé que los entrenadores no me ayudaban a explotar mis talentos y habilidades por mi bien y futuro, sino porque debía ser digno de la hija de la Madre Luna, me sentí ninguneado. A mi mente llegó el recuerdo de esos días, y comencé a sentir inseguridad.
Que Amelia sea humana hacía todo más difícil para mí, por el peligro de que no me acepte de inmediato, que yo sufra el celo y que deba pasar por el proceso de enamorarla. «¿Y cómo se enamora a una humana?», me cuestionaba cuando Ravi y Haldir aparecieron en la terraza. Con ellos pude expresar mi deseo de que ella se prenda de mí -para que todos en la manada estén felices- y sobre mi fastidio por su humanidad. Haldir me narró por todo lo que tuvo que pasar para encontrar a Marion y ser feliz a su lado. Al cuestionarle que por no ir a la Tierra Bendecida de los elfos iba a morir, dijo que prefería doscientos años al lado de Marion que una eternidad sin ella, y eso me hizo sentir alivio. Debía enfocarme solo en el presente con Amelia, ya que no sabía hasta cuándo estaríamos juntos.
Empecé a buscar en internet sobre cómo enamorar a una humana, y entre tanta información la palabra matrimonio llamó mi atención. Sabía que, por vivir en el mundo de los humanos, mis padres, hermanas y toda pareja predestinada en la manada tenía un certificado de matrimonio. No se habían realizado bodas -salvo en aquellos casos en que la predestinada era humana-, solo se había obtenido el documento para la formalidad ante las instituciones humanas. Leí sobre el matrimonio y me di cuenta que era muy importante para los humanos, ya que estaba en todas las culturas y se practicaba desde tiempos ancestrales. Al leer sobre las alianzas matrimoniales y entender su simbolismo de eternidad, tuve una idea. Le pedí a Marianne el número de Heidi, la compañera de Kurt, porque ella me ayudaría a materializar mi idea. Estaba completamente seguro de no querer rechazar a Amelia, pero ella era humana y corría el riesgo que quisiera mantenerme alejado mientras nos conocíamos. Sin embargo, si tenía la dicha de ser rápidamente aceptado y poder concretar nuestra predestinación uniéndonos, quería que portemos un detalle muy humano: alianzas de matrimonio. Hablé con Heidi y le pedí lo mismo que solicité a Marianne, Adolph y a mi séquito: discreción. Ella envió dos propuestas de alianzas: una en que los anillos eran semejantes a las coronas de un rey y de una reina y la otra, más sencilla, era de las típicas alianzas de platino con la inscripción al reverso del nombre del amado y la fecha de la boda. En nuestro caso pedí que la fecha a grabar sea el día de la cena en que me presentaría ante ella. Al día siguiente, Heidi tenía listos los anillos y se los entregó a Marianne, nuestra intermediaria. Era miércoles y faltaban dos días para conocerla. Esa noche me quedé dormido admirando los anillos y la foto de los cabellos de Amelia.