Crecí en un hogar lleno de amor. Las atenciones que me brindaron no me malcriaron, me hicieron entender que cuando alguien es valioso para ti, necesitas demostrárselo. Desde niño aprendí a valorar cada detalle de cariño que llegaba a mí y a retribuirlo con creces. Mi madre siempre me prodigó tanta ternura que de adolescente soñaba despierto con que encontraba a la prometida, y ella me entregaba ese sentimiento al que me acostumbré. Aunque los instructores y mi padre fueron estrictos en mi entrenamiento, pude percibir de ellos el olor del cariño con el que me decían cada palabra, con el que criticaban mi desempeño, el que me prodigaban al festejar mis logros. Todo esto me enseñó a amar, y me sentía listo para entregar todo mi amor a la prometida, pero ella no aparecía, no la encontraba, y eso me hizo creer que quizás ella no llegaría.
El miedo que crecía en mí al ver que todos se topaban con sus predestinados, menos yo, hizo que perdiera la fe en la Profecía. Por más que visité las distintas manadas, no encontré ese olor que me volvería loco de amor y deseo. Fui a los aquelarres de brujos y a los campamentos de hadas, y no la encontré. Llegué a pensar que quizás ella era una vampira, una elfa o una felina, y por ello aún no la hallaba. Mis hermanas vivían desde hace varios años atrás lejos del hogar por buscar a la prometida. Marion y Haldir aumentaron la familia y manada en Seúl, mientras que Marianne y Ravi hicieron lo propio en Lima. De ellos no llegaban noticias que me hicieran pensar que pronto la vería, y eso me decepcionaba más.
Terminé la escuela, y no quise ir a estudiar a la universidad de inmediato. Creía que quizás ese año en que cumpliría dieciocho años ella aparecería, pero no lo hizo. Después de estar un año solo entrenando como guerrero, mis padres me dijeron que ya era el momento de continuar con mis estudios. Los números me gustaban y amaba la Estadística. Se me hacía fascinante poder hacer predicciones a raíz del estudio de datos numéricos que se desprendían de cualquier tema de la realidad. Así que decidí estudiar Economía, algo que me serviría para dirigir el holding Höller Gruppe y asegurar la riqueza que proveerá de comodidades a la manada.
A puertas de cumplir los diecinueve años viajé a Inglaterra para estudiar en la Universidad de Cambridge. Viajé solo, ella aún no formaba parte de mi vida. Me sentía abandonado, algo raro porque, si aún no la conocía, cómo podía sentir que ella me había dejado, que me desatendía, pero así me sentía. Estaba tan deprimido que todo me fastidiaba. Pasaba de la cólera a la tristeza en segundos. Veía con envidia la felicidad de otros, y así fue que añoré algo que nunca tuve: una compañera. Decidí volcar mi atención a las materias en la facultad, pero a dónde iba, siempre encontraba parejas felices que me recordaban que me sentía muy solo.
(…)
Ni mis padres ni hermanas podían viajar ese año para compartir conmigo mi cumpleaños, y para no estar solo ni pensar en la prometida decidí celebrarlo con una gran fiesta. Seríamos más de ciento cincuenta jóvenes universitarios divirtiéndonos esa noche. Solo invité a licántropos, brujos y hadas que estudiaban en Cambridge. No es que me cayeran mal los humanos, pero quería emborracharme, y las típicas bebidas alcohólicas humanas no embriagan a los hijos de los pueblos sobrenaturales. Además, como no quería estar pendiente de que los humanos no tomen el licor para los sobrenaturales porque ello podría causarles la muerte, o que ya ebrios algún licántropo se transformara, exhibiendo nuestro secreto, preferí hacer una fiesta solo para los sobrenaturales.
En plena fiesta me di cuenta que todos estaban en parejas. Eso me empujó a querer emborracharme lo más pronto posible para olvidar que estaba solo. En el alto que hice para recibir las pizzas que pedí para la fiesta -más de doscientas de tamaño familiar que coordiné y pagué con dos días de anticipación-, vi a una chica que estaba en uno de los balcones del salón que daban al jardín posterior. Con una caja de pizza me acerqué al balcón, y me sorprendió el encontrarla sola, sentada sobre la baranda de mármol, con los pies colgados hacia el jardín, mirando el paisaje. Era bella, se notaba que era italiana, así que comencé a hablarle en su idioma para romper el hielo. Ella se rio al escuchar mi marcado acento alemán, y yo le ofrecí pizza. Mientras comíamos, le pregunté qué hacía ahí sola, a lo que respondió que había llegado sola.
– ¿Acaso no tienes compañero? –mi sorpresa había aumentado con esa revelación.
– No, aún no lo encuentro -suspiró con melancolía.
– Yo tampoco la encuentro. He buscado por todos lados, pero nada de ella aún –confesé mostrando también mi tristeza.
– Ahora entiendo las tres cisternas de licor. Quieres perder la consciencia para no pensar en tu desdicha -reímos por su comentario.
– Eres divertida, Laura. Me caes muy bien. Contigo es fácil pasar el tiempo -terminando esas palabras, me vino la idea de proponerle algo inimaginable-. Quiero proponerte algo.
– ¿Qué es?
– Que seamos pareja mientras no encontramos a nuestros predestinados -solté sin medirme. Ella tenía ambas cejas levantadas, clara señal de asombro.
– Y eso, ¿qué implica? –preguntó coqueta.
– Todo -entrecerró los ojos y sonrió de lado, una expresión muy pícara- mientras llegan los predestinados. Ante el primero que aparezca, esto se termina.
– De acuerdo, es un trato -y se acercó para darme un beso.
Por más pizza que comí, el alcohol había relajado mi consciencia, y al sentir sus labios sujeté su cintura y salté con ella en brazos hacia el jardín. Ella me propuso ir a mi habitación, pero me negué, había mucha gente en la mansión y no quería que nos encontraran en pleno acto; entonces me dijo que fuéramos a su casa. Estuvimos por horas retozando sobre su cama. Ella era muy ardiente y sensual, pero siempre había algo que me faltaba alcanzar cuando me unía a ella. Pensé que quizás tuve esa percepción porque fue mi primera vez con una hembra, pero por más veces que repetíamos nuestro encuentro, no logré reprimir esa sensación de vacío.
A William no le gustaba que saliera con Laura. El futuro Alfa Evans, mi primer amigo al llegar a Inglaterra, siempre me manifestó su desagrado. En un inicio alegó que Abigail, su Luna que era mezcla de licántropo y bruja, heredera de una grandiosa intuición, no gustaba de ella porque tenía un alma oscura. No negaré que Laura podía ser un poco… ¿malcriada?, ¿prepotente?, ¿egocéntrica? Ella era rebelde y caía mal a muchos, pero conmigo era tierna, al menos durante mi primer año en la universidad porque Laura cambió cuando no quise ir con ella a conocer a sus padres en las vacaciones de verano. Al recordarle que ella no sería mi Luna ni yo su Alfa, por lo que nuestras familias no debían verse involucradas en lo que teníamos, no lo tomó muy bien que digamos. Quizá fui muy rudo, pero teníamos un trato y debíamos cumplirlo. Cuando regresé a Inglaterra para mi segundo año de universidad, ella era más exigente. Se quejaba de que no le pedía que se quede a dormir en la mansión; de que nunca amanecía con ella después de unirnos; de que no le presentaba a mi séquito, que eran como mis hermanos. Ella quería entrar más en mi vida, pero yo no buscaba comprometerme más de lo debido, solo quería tener una compañía.
Los años pasaban y Laura seguía haciendo post grados para permanecer en Cambridge y continuar la relación. La verdad es que pensé que al terminar el primer posgrado se iría y así terminaba todo, pero ella siempre buscaba hacer otro para tener una excusa para quedarse. Ese comportamiento no le gustaba a William, quien me recordaba su desagrado. Afirmaba que no era buena y que se notaba que estaba obsesionada conmigo. Quizá tenía razón, pero ya estaba embarcado en esa aventura, y solo la prometida podía rescatarme porque, aunque Laura a veces me irritaba y molestaba mucho con sus constantes quejas, no quería dejarla. Creo que me contagié de su rebeldía y, más por dar la contra a mis padres y a aquellos que reprochaban lo nuestro que por mantener el trato con ella, no hice nada para terminar la relación.
Ya en mi tercer año de universidad, estar con Laura era rutinario. Su presencia ya no alejaba la depresión ni esa sensación de abandono que experimenté al ver que la prometida no aparecía. Tener intimidad con ella ya no era divertido ni satisfactorio. Laura exigía más a la par que mis padres, familia, amigos y manada me exigían terminar esa relación, pero estaba tan deprimido que solo atiné a no darle a nadie lo que quería y seguir con la vida como estaba. No sé cómo pude andar así, desganado de vivir. Mis calificaciones eran perfectas, pero mi vida era terrible. Cada noche, en la oscuridad de mi habitación, rompía en llanto, no aguantaba más, y le rogaba a la Madre Luna que su hija, mi prometida, llegue de una vez a mi vida. Sabía que ella, la predestinada a ser mi Luna, me daría las fuerzas que no tenía para terminar la relación con Laura y deshacerme de la presión de la familia y de la manada.
(…)
Me gradué del pre grado en Economía y decidí hacer un post grado en Cambridge Judge Business School. Quería obtener conocimientos en administración de empresas para sumarlos a los de economía, y así ser un profesional más completo. Además, que lo único perfecto en mi vida eran mis estudios y no quería dejarlos. No estaba listo para abandonar la universidad, no quería enfrentarme al cambio, no sin la prometida a mi lado.
En eso llegó la noticia desde Perú. Marianne afirmaba haberla encontrado. Era una joven huérfana de apenas diecisiete años que aplicó a una beca de estudios que el Estado Peruano ofrecía asociado a organizaciones educativas privadas. En ese momento estaba muy molesto porque mis padres y Marion habían llegado a la mansión en Saffron Walden para presionarme por el tema de Laura, y cuando escuché que era humana, una huérfana abandonada en un vertedero clandestino, me llené de ira y maldije mi suerte. Ella, la hija de la Madre Luna, no tenía linaje ni una familia, vivía de la caridad del Estado de un país tercermundista y era mortal. Quise huir de ahí porque sentía que me faltaba el aire, quería romper en llanto y correr hasta agotarme, pero Marion no lo permitió, y me sentí peor porque a todo se sumó la humillación, que con un solo movimiento mi hermana mayor me redujo por completo. Mi padre ya quería que dejara todo y me fuera a Perú para verla, pero faltaba tan poco para graduarme del post grado, y con honores, que supliqué por quedarme los dos meses que quedaban para terminar mis estudios. Así fue que acordamos que regresaría en mayo a Bonn para viajar junto a mis padres, Marion y su familia a Perú.
Esa noche, en mi habitación, lloré hasta deshidratarme. Al principio creía que lo hacía porque aborrecía lo que era la prometida, pero en verdad me dolía saber que ella había crecido sin una familia amorosa como la mía. Comencé a pensar en todas las necesidades por las que tuvo que pasar: las carencias y limitaciones por no tener el suficiente dinero; los peligros que pudo sufrir al no tener un padre que la defienda y proteja; el no tener a diario los besos de una amorosa madre. Y dentro de todo lo feo que pudo ser el comienzo de su vida, me la imaginé con una hermosa sonrisa. En mí se desataba una guerra. Mi cabeza me decía que debía rechazarla, que era imposible que un futuro Alfa de puro linaje se una a una simple humana, pero mi corazón me decía que así debía ser porque así lo señalaba la Profecía.
Había momentos en que la detestaba y otros en que me preocupaba por ella. Fue en uno de esos momentos de preocupación que llamé a Marianne. Le pedí discreción -no quería que el resto de la familia se entere de mi interés- y que me hable de ella. Mi hermana se deshizo en elogio hacia la supuesta prometida. Me describió lo bella y talentosa que era, así como que se notaba que tenía orgullo y valentía. Me dijo que aún vivía en el orfanato donde creció, pero pronto se mudaría para compartir un apartamento con otra huérfana, gracias a la ayuda del Estado. En ese momento me la imaginé viviendo con una desconocida con malas costumbres y compañías, y no quise que pasara por más dificultades, ya bastante había tenido en su vida. Así fue que le pedí a Marianne que la proteja, que cuide de ella, que no permita que viva con una extraña, que se asegure de que se alimente bien, que esté sana, segura. Todo esto se lo pedí con dolor en mi voz, me afectaba imaginarla desamparada. Marianne se conmovió con mi reacción y pedido, y con una notoria voz quebrada me prometió que haría todo lo que le pedí, que ella cuidaría de la prometida, de mi Luna, mientras yo no llegara a la ciudad de Lima.
Cada noche llamaba a Marianne para saber más sobre ella. Al principio no tenía novedades porque faltaban unos días para que inicien sus clases, pero me contó la idea que se le ocurrió a Kurt: crear un programa de Formación para la Excelencia en donde ella sea uno de los participantes. La idea me pareció genial, y al preguntarle por los beneficios del programa, me dijo que serían cubrir su alimentación en la cafetería del instituto, un seguro médico integral, materiales ilimitados para sus proyectos y un apartamento amoblado. Indicó que no consideraba aumentar los beneficios porque cuando yo la vea y compruebe que es la prometida, automáticamente se mudará a la mansión en Lima, donde recibiría todas las atenciones que se merece. Elogié a mi hermana diciéndole que era la mejor, y le pedí que no comente que conversaba con ella todas las noches porque quería saber más de… ¿cómo se llamaba?
– Marianne, dirás que estoy loco, pero no sé su nombre -mi hermana comenzó a reír a carcajadas.
– Ay, hermanito, tanto estudiar te tiene despistado de los temas de la vida. Su nombre es Amelia, tu Luna Amelia.
«Mi Luna Amelia», repetir esas palabras hizo que mi corazón se acelerara, que me faltara el aire, que me sonrojara y tuviera una erección. Sí, desde el principio así me ponía Amelia.