Después de tres horas de viaje, llegamos a la Hacienda Höller. Quedé maravillado por el paisaje que nos daba la bienvenida. En tres buses trasladamos a los futuros guerreros encabezados por una pareja de mi séquito. Milena, Nadia y Gaia viajaron acompañando a mi Beta, Gamma y Delta. Eso me dolió más porque sentí que otra vez estaba solo.
– No te aflijas, Stefan –decía Haldir al mirarme de reojo-. Nunca compares la relación que tienes con Amelia con la de otras parejas. Ella y tú son diferentes a los Betas, Gammas o Deltas. El tiempo pasa rápido, y te lo digo yo que en poco cumpliré mil años de vida.
Austin y Sara nos esperaban con el desayuno y la zona de entrenamiento lista para arrancar ni bien termináramos de desempacar. Los cien guerreros se hospedarían en El Pueblo, una zona dentro de la hacienda que era la recreación de un poblado típico de la serranía peruana. Eran veinte casas de dos pisos distribuidas en pequeños bloques que armaban calles, contaban con una plaza en el centro y áreas verdes alrededor. Cada casa estaba acondicionada para recibir a diez huéspedes, así que solo habilitaron diez de ellas para los guerreros. Mi séquito y sus compañeras se quedarían con nosotros en La Casona, una versión rústica y más pequeña de la mansión en Lima, pero lo suficientemente grande para albergarnos.
– Esta habitación es demasiado grande, Sara. He venido solo –dije con una pizca de tristeza.
– Algo me dice que no pasarás todas tus noches solo, así que acepta la habitación que hemos preparado para ti –conocía a Sara por las veces que visitó Bonn acompañando a su madre, la bruja Killari, quien era una gran amiga de mamá. Por eso conocía sobre sus poderes como bruja, por lo que escucharla decir eso fue alentador para mí.
Ni bien dejé las cosas en mi habitación, llamé a Amelia. Ella ya estaba en el instituto, pero aún no iniciaba sus clases. Al enterarse que Milena, Nadia y Gaia estaban con sus compañeros en el entrenamiento, mi Luna decidió viajar cada viernes por la tarde para pasar conmigo el fin de semana.
– ¿En serio, mi Luna? –le dije muy alegre y creyendo mucho más en las habilidades de Sara.
– Sí. Los viernes tengo clases hasta la 1 pm, así que conversaré con la familia para coordinar con quién viajaré hacia la hacienda cada uno de los fines de semana que estarás en el entrenamiento -con esa promesa salí hacia el entrenamiento altamente motivado.
Lo primero que hicimos fue pasar un circuito en grupos de diez. Diferenciamos machos de hembras y formamos los grupos. Estuve en el segundo, y en cinco minutos terminé el circuito que el mejor del grupo anterior –que fue Gonzalo- había logrado en diez. Marion y Sara llevaban la cuenta de los tiempos, mientras que Haldir y Austin se aseguraban de que nadie se saltara algún obstáculo. Tras pasar todos los guerreros, dieron el primer resultado.
– Felicitaciones, Alfa, hiciste el mejor tiempo, siendo más rápido que el segundo puesto por la mitad del tiempo que este hizo –dijo Marion colgando los resultados en el panel de avisos.
– ¡Muy bien, mi Alfa! Sí que estás motivado –dijo Austin extendiendo su mano para felicitarme, la cual apreté con gusto.
– Sí que lo estoy, Austin. Mi Luna me ha prometido venir el viernes por la tarde para pasar el fin de semana conmigo, así que quiero terminar la semana ganando todos los records, para que los entrenadores me otorguen el debido permiso –dije mirando a mi hermana, a mi cuñado, a Sara y a Austin con súplica. Era el Alfa, pero en ese momento ellos tenían una responsabilidad que yo debía respetar, así que tenía que ganarme el derecho de pasar con Amelia el fin de semana.
– Ya veremos cómo te va y después lo decidimos –respondió Marion de forma desinteresada mientras escribía en su libreta.
– ¡Ay, no seas así, Marion! Ni yo puedo ser tan frío –la regañó Haldir.
– ¡Era una broma! -dijo sonriendo y alzando los brazos como declarándose inocente.
– Si quieres estar desocupado este fin de semana, ¿te parece iniciar tu entrenamiento mental? –propuso Sara.
Sara era una híbrida de bruja con licántropo. Su madre, la bruja Killari, fue la anterior Bruja Suprema por más de trescientos años. Decidió dejar el liderazgo de su pueblo cuando encontró a Helmut Brandt, su predestinado, en la Manada Höller, y entendió que ya era el momento para comenzar una familia junto a él. De esa unión nacieron Sara y Sayri, quien es un licántropo como su padre, pero con el olfato para reconocer, sin previo estudio, los beneficios y perjuicios de toda la flora existentes en el planeta. Por dicha habilidad trabaja junto a su madre en las investigaciones que realiza en la sierra y selva del Perú desde hace varios años atrás.
Junto a Austin, Sara administraba la Hacienda Höller. Fue entregada esta misión a ella y a su compañero cuando papá se percató que no le hacía bien vivir en la ciudad de Lima, ya que estaba acostumbrada a la tranquila y calmada vida rural. Para este primer entrenamiento en Lima, Marion propuso que Sara sea una de las entrenadoras, encargándole el entrenamiento mental que en Alemania estaba bajo la supervisión de la bruja Maat, la madre de Matthias. Sara siguió las instrucciones de Maat, pero añadió algo que la habilidad heredada de su padre le permitía: establecer situaciones en las mentes de los guerreros para que sin ser dañados físicamente puedan resolver sus miedos, complejos, traumas y otros problemas que no les permitan mantener el control en su forma de lobo. Esto es importante, ya que cuando peleamos en cuatro patas las emociones se desbordan, pudiendo perder el combate por no lograr seguir la estrategia al ser rebasados por la vehemencia.
Por ser el Alfa, Sara propuso que sea el primero en someterme al entrenamiento mental, ya que era muy necesario que me encuentre en equilibrio emocional. En una pequeña habitación que implementaron cerca a los circuitos de entrenamiento físico, donde había solo un sofá y una tenue luz blanca, se desarrollaría el entrenamiento mental. La habitación no contaba con ventanas, solo con una puerta de ingreso que tras pasar por ella se cerraba.
– Así como este cuarto es nuestra mente, Stefan –comenzó a explicar Sara-. Solo está la luz de nuestra consciencia que trae al presente los recuerdos o los sueños. En esta oportunidad, voy a traer el recuerdo del momento que te hizo crear algún miedo, complejo, trauma u otra limitación que no te permite controlar tu temperamento.
Sara me pidió que me sentara en el sofá, y, sin esperármelo, caí dormido. Al abrir mis ojos, me vi en el centro de entrenamiento en Bonn, el día en que me hicieron sentir que mi preparación no estaba enfocada en ayudarme a ser mejor para mi bienestar, sino para ser digno de la prometida. Tenía once años, y junto a mi séquito habíamos terminado de recibir la instrucción de combate de Catalin. Caminaba al lado de mis hermanos, conversando sobre lo que haríamos al día siguiente, ya que sería sábado y se nos daba la posibilidad de socializar con otros miembros de la manada. Estaba muy contento porque planeábamos jugar un partido de fútbol soccer con un grupo de omegas de nuestra edad.
– ¿A dónde vas, Stefan? –preguntó el brujo Gregory, instructor de Estrategias Bélicas que el Brujo Supremo ofreció a la manada cuando le solicitamos ayuda para cubrir ese puesto.
– A casa, señor –respondí algo asustado porque ese brujo me daba algo de miedo. Era muy estricto y no olía en él ninguna clase de amor hacia sus discípulos.
– Estás equivocado, Stefan. Te quedas a practicar por dos horas más las jugadas que te quedaron pendientes en nuestro entrenamiento –dijo con una fría mirada. Como introducción a su entrenamiento, resolvíamos diversas jugadas de ajedrez muy complicadas y extensas, ya que así nos preparábamos para analizar conflictos bélicos del pasado y plantear estrategias de ataque y defensa.
– Pero, señor, mi futuro séquito ya está dejando el centro de entrenamiento, y mi padre me pidió retirarme junto a ellos –esa no era una excusa, era la verdad, ya que mis padres no sabían que debía quedarme por más tiempo entrenando.
– Estoy seguro que el Alfa comprenderá que, si te quedas, es porque queremos que te perfecciones.
Mis hermanos se fueron y yo me quedé solo con el instructor brujo. No lograba concentrarme en las jugadas planteadas en los libros porque me sentía muy cansado. Toda la mañana había estado en la escuela, y de ahí llegué a entrenar en los circuitos, lo que terminó por exprimir toda mi energía.
– Stefan, debes tomarte más en serio tu entrenamiento. No solo tu manada o el pueblo de los licántropos dependen de ti, también las hadas, los brujos, y hasta el pueblo de los elfos y el de los felinos estamos dependiendo de tu destacado accionar –me repetía al ver que no resolvía ninguna jugada.
– Lo siento, señor. Estoy muy cansado y no logro concentrarme –respondí apenado, pero dando lo mejor de mí. En eso escuché un fuerte ruido y algo impactó en mi cara, era el libro que el brujo llevaba en sus manos.
– ¡Sin excusas, Stefan! Tu legado de puros alfas hace de ti el mejor entre todos los de tu manada, y el ser un Höller te pone por encima de cualquier otro futuro Alfa. ¡Concéntrate y da lo mejor de ti!
Esa fue la primera vez que alguien me golpeó. Si bien los entrenamientos físicos eran muy duros, bruscos y aniquiladores, nunca alguien en quien confiaba me había golpeado con notoria intención de humillarme, someterme para que hiciera lo que él quería. Esperaba ser atacado por un enemigo de la manada, pero nunca por alguien que estaba entre nosotros como un amigo. Con apenas once años no supe cómo lidiar con esa situación, y reclamé por lo que acababa de hacer.
– ¡Calla, insolente! Debes agradecer que me preocupo por que seas el mejor. Sobre ti existe una gran responsabilidad que, si no estás bien preparado, no vas a poder enfrentar.
– Si lo dice por la Profecía, conozco muy bien cuál es mi responsabilidad y el deber que tengo con todos los pueblos sobrenaturales, pero eso no le permite golpearme. Usted es un amigo, y entre amigos no nos faltamos de esa manera –increpé a punto de llorar.
– ¿Acaso quieres llorar? Cómo pretendes que la prometida ponga sus ojos en ti si ante alguna dificultad lo primero que haces es llorar. Por eso es que debes obligarte a aumentar el nivel de exigencia de tu entrenamiento, para que seas digno de ella.
– ¡No entiendo qué tiene que ver la prometida con que me haya golpeado! –en ese momento ya estaba llorando.
– En que nunca te va a aceptar como su compañero si es que no te perfeccionas. El primer paso para que se dé la Profecía es la unión entre la Luz de la Madre Luna y el Puro que Aúlla, y si ella te rechaza por no ser digno, ¡todo se habrá acabado!
En ese momento salí corriendo de esa sala, y me vi llorando todo el camino hacia la mansión. Cada una de las emociones que me embargaron en ese momento las reviví. El dolor del golpe, cada una de las palabras que soltó el brujo taladraban mi mente, y por un momento sentí que volvía a tener once años. Como si estuviera viendo una película, volví a la primera escena, viéndome caminar al lado de mis hermanos después de terminar el entrenamiento de los circuitos. Reviví incontables veces ese recuerdo, pero cada vez que repasaba las escenas, el dolor disminuía. «¿Cómo puedo ponerle fin a este interminable recuerdo?», me cuestioné. Se me ocurrió hacer algo que no había hecho hasta ese momento. Me acerqué a mi yo de once años y lo toqué. Sentí que me fusioné con él, y lo que él veía era lo que yo percibía. Mis hermanos me hablaban, y yo respondía sin problema porque tantas veces había repetido esas escenas que ya me había aprendido los diálogos. Cuando llegó el entrenador brujo y escuché que me obligaba a quedarme, cambié el discurso de esa conversación.
– Lo siento, señor, pero no puedo quedarme. Debo seguir lo indicado por mi padre, ya que no solo es mi progenitor y tutor, sino que es mi Alfa.
– Stefan, debes tomarte más en serio tu entrenamiento. No solo tu manada o el pueblo de los licántropos dependen de ti, también las hadas, los brujos, y hasta el pueblo de los elfos y el de los felinos estamos dependiendo de tu destacado accionar –dijo continuando el diálogo que ya tenía planteado en el recuerdo.
– Y lo hago. Lo más serio de mi vida es mi entrenamiento, pero para ser digno de la prometida debo ser completo. No solo debo ser el mejor guerrero y estratega, también debo ser el mejor hijo, hermano, cuñado, tío, amigo. Los miembros de la manada deben conocerme y sentirme cercano, no alguien con poder que no tiene ni idea de lo que viven, y la única manera que tengo para que me conozcan es compartiendo con ellos durante los espacios sociales que mis padres han dispuesto. Hoy debo descansar para estar listo y llevar a cabo las funciones que debo cumplir mañana. Y, señor, ella, la prometida, me va a amar sin condiciones porque a las almas gemelas nos une un sentimiento que no reconoce dignidad, sino el amor que nos profesamos desde antes de venir a este mundo, y para ella siempre voy a ser suficiente, así como ella lo será para mí.
Al terminar la respuesta, se rompió el ciclo de repeticiones del recuerdo y regresé a la habitación a oscuras. Miré a Sara y la vi borrosa, al tocar mi cara resolví que mi visión estaba empañada por las lágrimas que solté mientras revivía las emociones del recuerdo.
– Muy bien, Stefan –decía Sara a la vez que extendió la mano para entregarme un pañuelo-. Te tomó un poco de tiempo darte cuenta de la dinámica, pero en un solo intento lograste superar el momento que te marcó.
– A mis once años, no fui capaz de defenderme ni de hacer respetar las pautas que mis padres tenían para mí, pero ahora soy un hombre, y por lo tanto es diferente. Tampoco en ese entonces manejaba la información sobre lo que ocurrió con el brujo Gregory, que la presión que ponía sobre mí se debía al miedo que guardaba por haber permanecido secuestrado por vampiros y magos oscuros por dos días, tiempo en que le hicieron padecer dolor al extraer la preciada sangre de un sobrenatural que es un Celestial encarnado. Por eso él quería que la Profecía se haga realidad, sin que haya posibilidad de que se evite o aplace. Que nuestros pueblos se unan al de los vampiros, y estos rompan con la relación que mantienen con Satanás, era algo con lo que soñaba Gregory, al desear poder vivir sin ese miedo de volver a ser emboscado y retenido contra su voluntad. Comprender que las personas reaccionan de alguna manera inapropiada por el miedo que los limita, ayuda a no quedarte con algún tipo de resentimiento ante situaciones como la que viví con él.
– Exacto, Stefan. Ya no eres más el niño a quien podían manipular con la historia de “debes ser el mejor”. Ahora eres un hombre, y todo lo que te afectó en tu niñez ya no lo hará más. Asimismo, aprendiste una lección sobre “ponerte en el lugar del otro”. Aunque Gregory actuó mal, y no podemos justificar su actuar con el hecho que padeció el abuso de los vampiros y magos oscuros, el conocer por qué se comportaba de esa manera tan estricta, en especial contigo, te ayudó a entenderlo y poder interactuar con él de forma inteligente.
Al siguiente día, pedí iniciar con el entrenamiento mental. Decidí darle prioridad porque no solo me servía para liderar a la manada, sino para liderar mi vida. Después de entender que lo que me afligió en la niñez era parte del pasado, y que ya no me afecta, dejé atrás la inseguridad que sentía por la humanidad de Amelia. Entendí que tengo un valor que va más allá de ser el Puro que Aúlla de la Profecía, y que Amelia ve ese valor, que es el amor que nace de mí para ella.
Ni bien me senté en el sofá, caí en el recuerdo del día que decidí no creer más en la predestinación por no encontrar a Amelia. Tenía dieciocho años y Matthias acababa de encontrar a Milena cuando viajó a Berlín para analizar las opciones de escuelas de música que tenía. El recuerdo me mostró cuando estaba en mi habitación y recibí la llamada de mi mejor amigo para contarme que ya había encontrado a su predestinada.
– Stefan, no te imaginas lo que me ha pasado. ¡Encontré a mi predestinada! -Matthias fue el último de mis hermanos en encontrar a su compañera eterna, y mientras estuvo solo me sentía mejor al no ser el único sin ubicar a su predestinada.
– ¿En serio? -pregunté con desgano, queriendo escuchar que era una broma.
– ¡Sí! Es hermosa, Stefan, pero aún está en la escuela, tiene dieciséis años -en ese momento comencé a llenarme de cólera porque Matthias lograba algo que yo aún no podía encontrar.
– ¿Y qué hace en Berlín? ¿Acaso no es licántropa? –de la cólera pasé a la envidia, y sentí cómo empezaba a expandirse por todo mi cuerpo.
– Sí lo es, y es de nuestra manada. Solo vino con sus padres a visitar a su hermano que estudia en esta ciudad.
– ¿Y cómo nunca la vimos?
– Porque desde que tiene seis años vive en Colonia. Su padre es el administrador del condominio que Los Höller tienen en esa ciudad.
– Entonces, ¿vendrá contigo a Bonn?
– Sí. Hablé con mis padres, y ellos están remodelando mi habitación. Ahora estamos en el aeropuerto esperando el vuelo a Bonn.
– Pero ¿ya la marcaste?
– Sí. Tomé una suite en el hotel donde me quedaba, y ahí nos unimos. Sus padres no quisieron que esperáramos, por lo del celo.
– Entonces, ahora soy el único sin compañera -reclamé. Quedamos callados por unos segundos.
– Lo siento, Stefan -la voz de Matthias se escuchaba afligida-. Quizás no debí llamar. No tuve ninguna mala intención al querer comunicarme contigo, solo quise compartir mi felicidad con mi mejor amigo -y regresé al principio del recuerdo.
Al revivir la envidia de ese momento, no pude evitar avergonzarme de lo mal amigo que fui. Por la conexión con Amelia, sabía lo que era apenarse por algo que te causa incomodidad, y al escuchar cómo le hablé a Matthias en esa oportunidad, me llené de ella al darme cuenta que falté a mi amigo. «Lo siento, Matthias, fui un grandísimo imbécil. Tú ni nadie era culpable de que no encontraba a Amelia», pensé al escuchar nuevamente que mi amigo se disculpaba cuando fui yo el que se había equivocado. Toqué a mi yo de hace seis años y volví a la conversación.
– Entonces, ahora soy el único sin compañera -cambié el tono de mi voz. En vez de sonar molesto, soné triste.
– Lo siento, Stefan -aún Matthias sonaba triste-. Quizás no debí llamar. No tuve ninguna mala intención al querer comunicarme contigo, solo quise compartir mi felicidad con mi mejor amigo.
– ¡No, Matthias! Estoy feliz por ti. Eres un gran amigo y te mereces toda la felicidad del mundo. Si aún la prometida no aparece es porque así debe ser. La Madre Luna no se equivoca, sus tiempos son perfectos.
– Entonces, ni bien estemos instalados te iremos a ver para que la conozcas -la voz de mi amigo sonaba muy alegre.
– Estaré pendiente de tu llamada, hermano.
Ya en la habitación oscura, no pude dejar de sentir vergüenza por como traté a Matthias. Sara dijo que a veces es más fácil perdonar a otros que a uno mismo, por ello podemos sentir remordimiento, no como los humanos, que lo mantienen por mucho tiempo y desarrollan culpa, pero las sesiones con Sara eran tan reales que removían mis emociones.
– Lo mejor es que lo saques de tu interior de inmediato –recomendó Sara.
– ¿Cómo hago eso?
– Hay varias formas. Algunos escriben sus sentimientos, o se lo comentan a alguien, así todo llega a la divinidad, y esta resuelve haciéndonos ver que todo pasó por una razón que podemos desconocer aún, pero en tu caso creo que será mejor si vas a buscar a Matthias y le pides perdón. Con esa acción, si algo negativo quedó en él, le ayudarás a que se deshaga de eso.
Salí a buscar a Matthias hacia la zona de circuitos; lo encontré ayudando a mejorar la forma de superar uno de los obstáculos a un pequeño grupo de guerreros. Grité su nombre para llamar su atención, los guerreros voltearon e hicieron una reverencia al verme. Les pedí que me permitan hablar unos minutos con mi Beta. Nos alejamos del circuito hacia la montaña desde la cual se veía toda la hacienda como si se revisara un mapa.
– ¿Para qué soy bueno, mi Alfa? -preguntó sonriendo, ya que sabía que aún no me acostumbraba a lo de “mi Alfa”.
– Quiero pedirte que me perdones, hermano -apretaba la mandíbula para no llorar. Matthias tenía cara de no entender por qué le hacía ese pedido.
– Pero ¿qué te voy a perdonar, Stefan? -trataba de hacer memoria.
– Por haber sido un imbécil cuando compartiste conmigo tu felicidad por haber encontrado a Milena -estaba asombrado por lo que dije.
– Eso fue hace mucho, Stefan, ya no tiene importancia.
– Para mí sí porque no fui el amigo incondicional que te mereces. Perdóname, Matthias. En ese momento solo pensaba en mi dolor y no vi el tuyo, ya que para ti tampoco fue fácil llegar a los dieciocho años sin tu predestinada.
– Hermano, en este mundo cualquiera puede equivocarse, y más cuando se es joven. Yo te perdono todo, Stefan, eres mi mejor amigo, mi hermano, mi Alfa, y sé muy bien que nunca con la mente fría y bien clara vas a sentir, decir o hacer algo en mi contra -y con un abrazo cerré el daño que ocasioné por envidia.
Cerrar etapas es sanador porque te permite dejar atrás no solo los hechos, sino todas las emociones y sentimientos que te hicieron sufrir y embargaron hasta cegarte, causando daño a los que más amas. Lo peor de no darnos cuenta en que estamos cayendo en la red de nuestras emociones es la posibilidad de herir a inocentes que no tienen culpa de lo que nosotros mismos nos estamos haciendo.
(…)
Creí que con dos intervenciones sería suficiente y que había pasado el entrenamiento mental, pero Sara se introdujo en mi mente y encontró que necesitaba solucionar algo más, por lo que era necesario una tercera sesión. Sentado nuevamente en el sillón, reviví el recuerdo de mi fiesta de diecinueve años en la mansión de Saffron Walden. Estaba enfrente del Stefan que llevaba una pizza y se acercaba al balcón en donde una solitaria Laura estaba mirando el paisaje.
– Chiao, ma ¿perché sei solo? –me reí al escuchar el “itamán”, esa mezcla de italiano y alemán que me salió.
– Mejor hablemos en inglés, tu italiano es muy malo –recordar ese momento me hizo rememorar la linda sonrisa que tenía Laura.
– Sí, mejor. ¿Pizza? Te traje una antes que las fieras se acaben todas.
– Gracias. ¿Tú eres Stefan, el cumpleañero?
– El mismo
– Feliz Cumpleaños y gracias por la invitación, aunque no nos conocíamos.
– Basta con que seas una licántropa para que seas bienvenida a mi hogar.
– Envidio tu hogar. Tienes una vista privilegiada.
– Gracias, pero dime, ¿por qué tan sola?
– Pues, vine sola, así que estoy sola.
– ¿Acaso no tienes compañero?
– No, aún no lo encuentro –en el recuerdo ese suspiro llegó a mí y lo sentí diferente a lo que me produjo cuando la conocí.
– Yo tampoco la encuentro. He buscado por todos lados, pero nada de ella aún.
– Ahora entiendo las tres cisternas de licor. Quieres perder la consciencia para no pensar en tu desdicha –sí que era divertida.
– Eres divertida, Laura. Me caes muy bien. Contigo es fácil pasar el tiempo –ahí viene la infame idea-. Quiero proponerte algo.
– ¿Qué es?
– Que seamos pareja mientras no encontramos a nuestros predestinados –soné como un gran imbécil.
– Y eso, ¿qué implica?
– Todo, mientras llegan los predestinados. Ante el primero que aparezca, esto se termina -no debí proponer la relación, pero mucho menos que implique “todo” lo que se da en una relación.
– De acuerdo, es un trato –tras el beso regresé al inicio del recuerdo.
Aunque ya sabía la dinámica del entrenamiento, quise volver a ver una y otra vez ese recuerdo. No era triste porque Laura lucía hermosa, llena de vida, alegre, divertida, pero comencé a llorar porque me di cuenta de todo el daño que le hice al proponerle que seamos pareja con todo lo que eso implica. Entendí que fui yo el que le borró la sonrisa, el que la amargó más de lo que ya estaba por no encontrar a su predestinado y ser constantemente comparada con su hermana, quien ya estaba unida a Sasha y había comenzado a construir una familia al haber parido dos crías. La utilicé, fui egoísta y no reparé que solo la veía como un medio, pero nunca como un fin porque no era mi predestinada, ella no era Amelia. Mientras repetía una y otra vez la escena, me preguntaba qué hubiera sido lo mejor para ayudarla a sentirse cómoda en la fiesta y no alejarse de todos.
Toqué a mi yo de diecinueve años, y después de recibir las pizzas y la ovación de mis invitados por la abundancia de comida, busqué a William.
– Futuro Alfa Evans, dime, ¿quién es esa chica que está en el balcón? -a William le encantaba que le llamaran así.
– Ella es Laura Barone, está por terminar Historia del Arte, por los museos que gestiona su familia -ella quería encargarse de la administración y gestión de los cuatro museos que Los Barone tienen en Italia.
– ¿Y por qué está sola?
– Es que aún no encuentra a su predestinado.
– Así como yo –le dije sonriendo.
– Sí, así como tú –me miró confundido-. ¿A qué va todo esto, Stefan?
– Quiero que me ayudes a integrarla al grupo. Estamos en tus tierras y debes ayudarme a que todos los invitados la pasen bien -lo dije a la vez que palmoteaba su hombro.
– Entiendo, pero Laura es muy especial, suele ser algo egocéntrica -e hizo una mueca de fastidio.
– No te estoy pidiendo que la hagas tu Luna, solo que me ayudes a integrarla al grupo -le dije bromeando.
– Está bien, vamos a sacarla del balcón.
Y regresé al presente. Me sentí mejor conmigo mismo cuando reconocí mi error y el daño que le hice. Todo fue mi culpa, pero no podía estancarme por lo que sentía, necesitaba avanzar. Reconocía que debía reparar el daño que le hice a Laura, pero en ese momento no entendí cómo lo haría ni sabía todo lo que sufriría a causa de ella.
– A veces, más que pedir perdón a otros, debes perdonarte a ti mismo para avanzar -dijo Sara, confirmando mi deseo de no caer en la culpa, no porque no me importara, sino porque la única forma de resolver mis errores era continuando con mi vida.
– Lo sé. Aunque aún no encuentro la manera de compensar el daño que hice.
– Todo se dará en su debido tiempo, así que no te preocupes -Sara ya sabía lo que sucedería en el futuro, pero no dijo nada para que el destino fluya como estaba marcado.
Al salir de la “habitación del pánico”, como la bautizaron los guerreros al ser en donde iban a enfrentar sus miedos, Marion preguntó a Sara sobre cómo iba mi entrenamiento, a lo que contestó que ya lo había culminado.
– ¿En serio o es broma? -pregunté dudoso y a la expectativa de romper en felicidad.
– En serio. Fue fácil ubicar a tus limitantes porque ya estabas reflexionando sobre ellos. La llegada de Amelia te ayudó a enfocarte en lo que debías superar.
– Entonces, ¿ya no hay más que tratar sobre el área mental? -preguntó Haldir.
– No, ya está cerrado. Ahora puede venir Amelia todos los fines de semana -estaba a punto de aullar de felicidad cuando habló la pincha globos de mi hermana.
– No tan rápido. Primero nos demuestras que eres el mejor físicamente de este grupo de guerreros y de ahí festejas todo lo que quiera.