– Amelia, amor, ¿podrías ayudarme?
Después de bañarnos juntos, cada uno fue a su walk-in closet, pero encontré un problema: ninguna pieza de mi guardarropa me quedaba. Olvidé que la bendición transformó mi cuerpo, el esmoquin y el calzado que llevaba, mas no el resto de mi ropa y accesorios. Necesitaba resolver los contratiempos que llegaron con la bendición, ya que, además de la ropa, tenía ciertos problemas para unirme con Amelia.
Como ella era tímida, la única postura que usábamos era yo sobre ella. Estaba bien, no me quejo, me gustaba esa postura, me daba control y dominio sobre ella, además que me permitía ver las expresiones de su rostro y besarla mientras estaba en ella, pero con treinta kilos más, ya le resultaba algo pesado a mi Luna tenerme encima. Lo que me preocupaba era terminar haciéndole daño, ya que tras una primera queja que manifestó, Amelia no quiso volver a quejarse porque le daba pena hacerme sentir mal.
– ¡Ay, mi Luna! ¿Qué voy a hacer contigo? –protesté ante darme cuenta que ella no me comunicaba la incomodidad que sentía al caer todo mi nuevo peso sobre ella.
– ¿Te refieres a la posición sobre la cama? –preguntó avergonzada ocultándose debajo de las sábanas.
– No. Me refiero a que cómo no me vas a decir que te sientes incómoda solo por no hacerme sentir mal. Es necesario que me des esa información para no dañarte –dije destapándola, ya que no quería que la mire al estar avergonzada, pero yo necesitaba que ella me mire y entienda que para mí lo más importante era que ella esté bien y cómoda conmigo.
– Es que no es tu culpa que estés tan grande y fuerte, y musculoso, y grande, y… y –lancé una sonora carcajada al darme cuenta que se quedó muda al no saber qué más decir cuando su mirada se estancó admirando mi m*****o erecto.
– Amelia –tomé su barbilla y la hice mirarme a los ojos-, si no me avisas que estoy apretando alguna parte de tu cuerpo y causándote dolor, puedo dañarte, y lo último que quiero es que cuando somos uno no encuentres placer. Sé que no es fácil lidiar con este nuevo cuerpo, ya viste que casi rompo la puerta del baño, pero solo comunicándonos podremos encontrar el equilibrio. ¿Me ayudas, mi Luna?
Asintió con un movimiento de cabeza y la cargué para llevarla hacia el sillón de pie de cama. «Como cuando hicimos nuestra travesura antes del almuerzo del último domingo», le dije al oído y la senté a horcajadas sobre mí. Ella me abrazó y agradeció que fuera tan considerado.
– Amelia, yo te amo, eres mi vida completa. Si tú no gozas cuando somos uno, yo tampoco lo haré -dejó el abrazo y se alejó un poco para mirarme.
– ¿En verdad no gozarás si yo no lo hago? –me miraba incrédula.
– En efecto. ¿Cómo podría sentir placer si veo en tu rostro el dolor reflejado? –acomodé sus cabellos detrás de sus orejas y le di un beso en la frente-. Además, por la conexión que tenemos al ser compañeros predestinados, siempre sabré qué es lo que te está ocurriendo, así que no vas a poder ocultarme la verdad. Vamos a buscar otras posturas, ¿quieres? –se mordía el labio inferior y me lanzó una pícara mirada, mientras que yo comencé a marcar de a pocos una sonrisa traviesa.
– Para comenzar, podemos probar esta posición –me besó apasionadamente y se pegó tanto a mí que tuve que apoyar una de mis manos sobre la cama detrás de mí.
Estaba feliz recibiendo ese primer beso apasionado que ella inició. Si bien en esa postura no podía ver todo su cuerpo y no dominaba la situación, igual me gustó porque podía acariciar su espalda, coger sus glúteos y empujar más. Además, esa postura le daba a ella el control, y sería lo que le ayudara a explorar su sensualidad, ya que en algún momento llegaría a ser quien iniciara con un beso, caricia o palabra nuestros encuentros.
– ¿Qué necesitas, mi amado Alfa? –entraba a mi walk-in closet a mi rescate tras escuchar mi llamado.
– Nada me queda –mi Luna hizo un puchero que me enterneció-, y quiero pedirte que vayas por Ravi para ver si hay algún hechizo que me pueda ayudar a que mi guardarropa se adecúe a mi nuevo cuerpo.
La esperé y esperé, pero no llegaba con mi cuñado brujo, así que rodeé mi cintura con una toalla y salí al comedor. Encontré a toda la familia riéndose de lo que me pasaba, incluida Amelia. Tras regañarlos, también a mi Luna, Ravi me acompañó a la habitación y empezó a cantar hechizos para modificar toda la ropa, calzado y accesorios para que se ajusten a mi nueva apariencia.
– Vaya, Stefan, sí que has crecido –decía Ravi al estirar mi nueva camisa y notar que ya no compartíamos la misma talla de ropa.
– Es parte de recibir la bendición de la Madre Luna –dije sonriendo y tratando de sonar lo más feliz posible.
– ¿Y qué tanto has crecido? –preguntó mirando el tamaño de mis nuevos zapatos.
– Pues, he aumentado 18 cm de estatura y 30 kg de peso. Antes no había medido el contorno de mi tórax o brazos, pero ahora tengo 130 cm de pecho y 59 cm de bíceps.
– Y eres 51 de calzado –dijo asombrado por cómo había crecido-. Imagino que también eres más fuerte.
– Sí. Ayer casi rompo la puerta del baño –reí al recordar la cara de asombro de Amelia cuando con un simple toque rajé la madera de la puerta.
– Puedo poner sobre ti un hechizo que te permita medir tu fuerza. No te va a limitar cuando estés en batalla, pero sí te servirá en el día a día, para que no rompas las cosas a tu alrededor –dijo a gritos mientras revisaba la puerta del baño.
– Ravi –no sabía cómo preguntarle, ya que él era tan inocente como Amelia-, y ese hechizo que me permite medir mi fuerza, ¿puede ayudarme a ser más ligero y no aplastar a Amelia cuando intimemos sexualmente.
– No, Stefan, es para tu fuerza, no para tu peso –respondió mi cuñado brujo súper ruborizado.
Después del desayuno se nos informó que Los Barone dejaban Lima a mediodía. Esa fue una buena noticia, aunque no levanté la orden de vigilar a Laura hasta que cruzara el portal que los llevaría a Italia, y luego que este se cerrara. La delegación de hadas y brujos se despidieron, no sin antes decirle a Ranjit que en las próximas semanas le llegaba la invitación para la boda, lo que le alegró porque así vería muy pronto a su hermano otra vez, además que compartía con nuestra familia.
Como ese día habíamos quedado en recibir la visita de Torres y Solís junto a sus hijos, Amelia estaba en la cocina ayudando a mis hermanas a tener todo listo para el almuerzo mientras yo encendía la parrilla. Mis sobrinos me bromeaban por el nuevo tamaño que tenía y Lena no dejaba de mirarme con asombro.
– ¿En qué momento creciste, Stefan? –me preguntaba mirándome de abajo hacia arriba varias veces.
– Cuando la Madre Luna me bendijo por ser el nuevo Alfa y el compañero de su hija –le dije atendiendo el encendido de la parrilla.
– ¿Y soportas todo esto? –movía sus manos dando a entender que me veía demasiado grande.
– ¿Me estás llamando gordo? –le pregunté con un tono de broma.
– No, no lo eres, no tienes panza, pero estás grande. Ya no vas a poder ir al colegio, sino las madres de familia te van a acosar –rompí en risa cuando la escuché tan suelta de huesos llegar a esa conclusión-. No te rías, es algo serio. La tía Amelia se puede poner celosa, y, como es humana, podría dejarte –estaba seria, hablaba en serio.
– Gracias por preocuparte, princesa –le dije dejando una mancha de carbón sobre su nariz-, pero Amelia sabe que solo tengo ojos para ella, que ninguna otra mujer me importa, así que el resto puede acosar, pero no le servirá de nada.
– Igual cuídate de las mamás porque hasta a mi papá le coquetean, y eso que no está tan guapo como ahora lo estás tú –Ravi escuchó el comentario de su hija e intentó no reír a carcajadas ante las ocurrencias de su pequeña princesa.
Torres y Solís llegaron con Sandro y Elías, sus hijos de diez y seis años. Solís intentaba no mostrar asombro cuando Torres la miraba, pero le era casi imposible no preguntarse qué había pasado conmigo, y a Amelia se le olvidó llamarla antes para avisarle sobre mi transformación. Torres me miraba y juraba que le había parecido más delgado por la videollamada, a lo que respondí: «Esa cámara no me hizo justicia». Al final nos creyó que siempre fui así de grande, y Amelia le narró con lujos de detalles lo de la transformación a Solís cuando esta raptó a mi Luna por media hora en el baño. Ahí decidí que, para no despertar sospechas, ante los humanos debía portar un hechizo para que no noten el cambio que mi cuerpo había tenido.
Después del almuerzo compartí una cerveza con Torres. Me preguntó si tenía planes de radicar en Perú, a lo que respondí que solo hasta que los documentos de Amelia estén completos para llevarla a Alemania.
– Entonces, ¿terminará de estudiar en Alemania? –preguntó.
– Bueno, no había considerado ese punto. Primero debe hablar bien la lengua –no podía decirle que Ravi arreglaba en un dos por tres ese detalle-, luego estudiará en el Instituto Höller que tenemos en Bonn y mi madre dirige.
– Con Solís teníamos la esperanza de que se queden al menos un par de años más –dijo algo triste.
– Podemos venir todos los años y ustedes ir a visitarnos –propuse sonriéndole con amabilidad. Torres lanzó una carcajada ante mi comentario.
– No creas que mi salario me permitirá viajar a Europa con toda mi familia cada año –bromeó.
– Cuando dije que podían ir a visitarnos me refería a que asumiré todos los gastos que implique el viaje de tu familia –derramó un poco de cerveza al escuchar que no saldría de su bolsillo el ir a Alemania-. A Amelia le encantará pasar tiempo con ustedes en Bonn, así que con mucho gusto pagaré las temporadas que desean acompañarnos en Alemania.
– La verdad es que no sé qué decirte –respondió conmovido.
– No es necesario que me digas algo, Torres. Somos familia, ¿no? –dije acercando mi vaso para brindar.
– ¡Por supuesto! –y chocamos los grandes vasos que bebíamos.
– Justamente porque somos familia hay algo que quiero compartir contigo –lo miré serio, para que sepa que estaba hablando con la verdad.
– Claro, dime. No es nada malo, ¿o sí? –preguntó susurrando.
– No lo sé, eso dependerá de lo que a ti te parezca –aún no sabía cómo decirle la verdad del origen de mi familia.
– Pues, no pierdas más el tiempo y sé directo –dijo haciendo un ademán de que tenía toda su atención.
– Bueno –suspiré liberándome del estrés que me daba revelarle nuestro origen-. Los Höller somos licántropos.
– ¿Perdón? –dijo Torres dejando la cerveza a un lado-. Creo que esto ya comenzó a afectarme.
– No, Torres, escuchaste bien. Los Höller somos licántropos. Lo que comúnmente los humanos conocen como hombres lobo –expliqué y él soltó una carcajada.
– No me imaginé que fueras tan gracioso, Stefan –dijo Torres volviendo a tomar el vaso de cerveza, pero mi expresión seria le hizo dudar de que lo dicho fuera broma-. ¿Estás hablando en serio?
– Sí, muy en serio.
– ¡Eso es imposible!
El resto de la familia escuchaba atentos la conversación con Torres desde los diferentes puntos de la terraza en donde estaban pasando la tarde. Como Torres se reía de mi revelación, al bisabuelo Karl se le ocurrió transformarse para cortarle las ganas de reír. Mi bisabuelo era muy bromista, pero no le gustaba que la gente se riera cuando se hablaban cosas serias. Mi bisabuelo se acercaba mientras llamaba a Torres. Cuando captó su atención, dejó salir el fulgor de su pecho y consigo a su gran lobo n***o de ojos verdes esmeralda. Torres se asustó tanto que cayó de su silla, derramando toda la cerveza que aún tenía en su vaso.
– Tranquilo, Torres, no somos peligrosos. Nuestra manada hizo un juramento de proteger a los humanos hace más de diez mil años –dije de inmediato para que se tranquilice.
– Entonces, no bromeabas –su rostro lívido confirmaba que estaba asustado.
– No. Y Amelia es un ser muy especial para nosotros –abrió los ojos de tal tamaño que de seguro pensó que ella era una mujer lobo-. Ella es la hija de la Madre Luna, la divinidad que nos protege y guía por designio del Dios Supremo Todopoderoso. O sea, Amelia es una divinidad.
Se paró del suelo, dejó el vaso en la mesa y comenzó a caminar negando todo, aunque mi bisabuelo seguía enfrente de él en su forma de lobo. De repente se detuvo, y me dijo que cuando Solís encontró a Amelia, ella llevaba consigo un dije de piedra de luna, y lo relacionó con nuestra deidad. La piedra de luna comenzó a brillar, y Amelia se acercó para tocar con ella a Torres. Los dos quedaron estáticos, con la mirada perdida, la Madre Luna los había abstraído para mostrarle la verdad a Torres. Regresaron y Torres ya no estaba tan incrédulo como cuando se perdió en la visión. Comentó que siempre le había parecido que Amelia era muy especial, y que nos ayudaría en lo que le fuera posible, ya que esa siempre fue la misión de él y de Solís.
Al ya conocer sobre nuestro verdadero origen, informé a Torres que estaría fuera de Lima por cuatro semanas, ya que había un entrenamiento que debía completar como Alfa, y que regresando le pediría reunirnos para conversar más a fondo sobre diversos temas. Tras retirarse Los Torres-Solís, limpiamos todo el servicio del almuerzo –que terminó con la cena-, y nos fuimos a nuestra habitación para hacer mi maleta con ayuda de Amelia. Mientras preparaba mi equipaje, sentí cómo la tristeza llegaba a mí. Pasaría cuatro semanas lejos de mi Luna, y, aunque ya la había marcado, temí no poder aguantar tanto tiempo lejos de ella.
Amelia percibió mi tristeza, y sin decirme nada me abrazó por la espalda, llevando sus brazos hacia mi pecho. No quise decir algo que me hiciera llorar, o, peor aún, que la hiciera llorar a ella. Tomé mi celular y puse la versión acústica de la que sería nuestra canción. Giré para estar frente a frente, la cargué, la puse sobre mis pies, y comencé a bailar lento, muy pegado a ella. Su rostro estaba oculto en mi pecho, y noté que lloraba al oler su tristeza, sentir su pena y las lágrimas que comenzaban a mojar mi camisa. Me aferré más a ella mientras acariciaba y olía su cabello, grabando en mi olfato su aroma para sentirme mejor por las noches que dormiría solo en la hacienda. Esa noche nos amamos en silencio. Estaba de más el expresar verbalmente que nos dolía alejarnos cuando podíamos sentir la tristeza del otro. Llené de besos sus ojos tratando de secar sus lágrimas, y ella hizo lo mismo cuando notó que ya no pude contener las mías y comencé a soltarlas. Ella dormía sobre mi pecho cuando pensaba en que estaba a pocas horas de retomar el entrenamiento que dejé inconcluso, y tuve miedo de no poder completarlo, de que ya sea demasiado tarde para mí.
El lunes partimos muy temprano. Ella aún dormía, así que quise darle un beso y dejar que descanse, pero sintió cuando me levanté de la cama. Quiso acompañarme hasta que sea el momento de despedirnos. Todos en la familia estaban conmovidos al oler nuestra tristeza y no escuchar palabra alguna, hasta que me dio el abrazo que marcaba mi partida.
– Te voy a extrañar, mi Luna –le dije apretando la mandíbula para no llorar.
– Yo también –ella sí lloró-. Te amo, Stefan. Cuatro semanas se pasan rápido.
Le di un último beso, y caminé hacia la camioneta sin mirar atrás. Marion me dijo que ella me hacía adiós mientras las lágrimas seguían cayendo de sus ojos. Cuando Haldir arrancó el vehículo, la miré y le sonreí para que deje de llorar. Ella me lanzó un beso, y leí en sus labios: «Te estaré esperando».