Capítulo 6

3884 Words
Ya de regreso al salón, ingresamos en el orden que indica el protocolo de las manadas, y nos dirigimos a la mesa en que nos esperaba mi séquito. Amelia se sorprendió y alegró cuando le dije que Matthias, Gonzalo y Patrick eran mi Beta, Gamma y Delta. Los chicos les presentaron a Milena y a Gaia, que recién habían llegado para acompañar a Matthias y Patrick. Nadia se acercó con Gonzalo, y Amelia la abrazó, a la vez que le decía que sospechaba que tenían algo más que una amistad. Al sentamos, noté que Amelia buscaba a alguien. Detuvo su mirada en Elrond; eso me molestó, estaba celoso. Aún no me sentía seguro porque Amelia ponía condiciones para unirme a ella, para marcarla, para hacerla mía, y por ello sentía celos cuando miraba o hablaba con otro macho. – Ese es Elrond, el hijo de Haldir y Marion. ¿Por qué lo miras tanto? -aunque intenté ocultarlo, se notó mi desagrado al ver que miraba a otro macho. – Es que estaba buscando a Caroline, y la encontré al lado de ese chico, muy acaramelada, por eso lo miro. Tenía curiosidad por saber quién es él y qué pasaba con ella -decía la verdad, su corazón estaba tranquilo y no emanaba un olor diferente. – Caroline y Elrond acaban de descubrir que son almas gemelas -explicaba Matthias-. Cuando ustedes salieron del salón, Caroline comenzó a buscar un olor que llamó su atención, luego apreció Elrond y se besaron. Ahí supimos que Caroline encontró a su compañero. Papá comenzó a dirigirse a los invitados a la cena. Pidió disculpas por no hacer un evento con la participación de toda la manada, y explicó que el propósito era reunir a Amelia conmigo para comprobar que era la prometida. Mi amada estaba un poco avergonzada por ser el motivo de no haber planificado algo más grande. Mi padre confirmó a los presentes que ella era la hija de la Madre Luna, así que yo era el Puro que Aúlla. Todos aplaudían y alzaban sus voces coreando nuestros nombres y pidiendo que nos besemos. Feliz de complacer a los invitados, tomé la mano de Amelia, nos levantamos de nuestros asientos, nos pusimos frente a frente y la besé. Llevé mi mano a su espalda, y al sentir mi roce tembló, gimió levemente y ahí aproveché en entrar a su boca. Jugué con su lengua y sentí que se dejó llevar, comenzando a mover un poco la suya. Me separé de ella, recordando que papá estaba hablando. Continuó diciendo que iniciaríamos la organización de la Ceremonia de Entrega del Mando Alfa y de Séquito y nuestra boda. Cuando papá explicó que Amelia quería que nos casemos antes de unirnos, el salón enmudeció, pero aceptaron sus condiciones al recordar que era humana y tenía otras costumbres. Amelia estaba apenada, eso me encantaba. Que sintiera vergüenza en parte no era bueno para mí, ya que era lo que la llevaba a poner límites a nuestro contacto, pero me gustaba pensar que poco a poco haría que entre en confianza para derribar cualquier barrera que haya alzado, solo era cuestión de tiempo. Ella no levantaba la cabeza, creo que no quería que notaran que hablar de su virginidad la hizo sonrojar. No me pude aguantar, sé que me expuse a recibir una respuesta con molestia y desagrado. Tomé su mano, besé su sonrojada mejilla y le dije con la voz más sensual que pude: «No te preocupes, yo haré que pierdas la vergüenza y otras cosas más”. Terminé rozando su lóbulo con mi nariz, y ella brincó al estremecerse por mi provocativo acercamiento. Sonreí con notorio deseo, ella me miró con ternura. Apenas un poco más de una hora de estar cerca de ella y ya estaba completamente enamorado. Después de cenar y confirmarle a Amelia que la plata tiene efectos desfavorables contra los de mi especie, pero que esa noche podíamos usar los cubiertos de ese metal porque Ravi hizo una pócima para repeler el daño que nos producía, mis padres nos cedieron el honor de abrir la pista de baile. Amelia no sabía bailar vals, así que le pedí subir a mis pies para llevarla sin problemas por la pista. Ella dudaba, quizás pensaba que su peso haría que me costara moverme, pero la sentí muy ligera. Aún no sabía de mi fuerza sobrenatural, y no era el momento para explicarle sobre mis habilidades, era tiempo para tenerla cerca de mí. Dejaba pequeños besos en su cuello, disfrutaba oliendo su aroma. Con mi mano recorrí su espalda suavemente. Ella se contenía, pero los apretones en mi hombro cada vez que la besaba, que sentía mi aliento en su cuello, mi mano en su desnuda espalda, significaban que eso la excitaba. Terminado el vals, el dj lanzó los temas de moda y bailamos un poco mientras Elrond con Caroline nos saludaban, y mis amigos comentaban sobre las relaciones de Klaus con Katha y Kurt con Heidi. Cuando noté su cansancio, le pedí dejar la fiesta para ir a preparar mi maleta e irnos al apartamento. Al seguirme mientras tomaba mi ropa y útiles de aseo, pude mostrarle el que sería nuestro espacio íntimo en la mansión. – Esta será nuestra habitación en Lima. Pediré que coloquen un tocador aquí, para que puedas maquillarte y peinarte cómodamente, y un sofá pie de cama, para cuando queramos estar abrazados, pero sin tener que echarnos –indiqué mientras la abrazaba por detrás, pegando mi pecho a su espalda-. Si quieres también podemos redecorarla, para darle un toque femenino, así te sentirás más a gusto. Besé su hombro, su cuello, recorrí toda esa zona con mis labios, y al ver su lóbulo lo mordí suavemente. Ella no mostró rechazo a mi osadía, y decidí aventurarme a más. Mis manos estaban en su cintura y comencé a desplazar una hacia sus senos y la otra hacia su intimidad. Ella detuvo mis manos y me pidió parar. Tenía el entrecejo fruncido, señal de que estaba molesta. – ¿Te ha molestado lo que acaba de suceder? -pregunté preocupado, pero no lo notó. – Es que situaciones como esta no pueden pasar cuando estemos juntos en el apartamento. Como dijo tu padre delante de todos los presentes en la cena: quiero llegar pura y virgen a nuestra noche de bodas. Ella había agachado la cabeza, cuando el que tenía que estar apenado era yo por hacerla sentir incómoda. Tomé su barbilla y levanté su cabeza. En segundos dejó el enojo y apareció esa mirada que denotaba estar cautivada por mí. Nunca quise aprovecharme de ese efecto que producía en ella, así que le prometí hacer mi mejor esfuerzo para contener mi deseo. – … pero tú también tienes que ayudarme. No puedes lucir tan bella, eso me excita mucho -me alejé de ella para observarla de pies a cabeza, y la tomé de la cintura para acercarla a mí-. Aunque creo que no vas a poder hacer nada para ayudarme porque, estés como estés, siempre me vas a tener detrás de ti. Nos despedimos de mis padres y salimos de la mansión. Aproveché en pedir que saquen mi auto de la cochera y lo lleven al frontis de la propiedad cuando Amelia agradecía a mis padres por todos los detalles que tuvieron con ella esa noche. Al ver mi deportivo le gustó, un Arteaga GT que prometí le enseñaría a manejar. Camino al Condominio Palast volteaba a verla en cada semáforo en rojo. Ella sostenía mi mirada por breves segundos, y luego cambiaba la dirección de la suya, sonrojada y mordiéndose el labio inferior. Al ingresar al condominio, ella iba a explicar mi presencia, pero el administrador de turno me saludó al verme y me dejó pasar, no sin antes ofrecerme toda la asistencia que necesitáramos durante su turno. Adolph ya había avisado que iría junto con Amelia. Ya en la habitación que ocuparía, Amelia me ayudó a desempacar. Ella ya se retiraba de la habitación, y yo me quedaba sentado sobre el borde de la cama. Volteó a mirarme, y de seguro tuvo que notar mi tristeza porque regresó a mí para dejar un beso en mi frente. – ¿No quieres quedarte y asegurarte de que pueda dormir? -susurré deseando poder recorrer su cuerpo con mis manos. – No te preocupes, no hay fantasmas –dijo y corrió hacia la puerta, sin darme la oportunidad de retenerla un rato más a mi lado. Para ser humana era muy veloz-. Sueña con los angelitos –dijo desde la puerta de la habitación, luego la cerró detrás de ella cuando salió. «Paciencia, todo a su debido tiempo, con suerte no sufriré el celo esta noche», no acababa de pensarlo cuando comencé a sentir que mi temperatura se elevaba a un nivel demasiado alto. Me quité el traje, quedándome en interiores. Tenía la intención de tomar una ducha para refrescarme, pero empecé a sentir un dolor intenso que nacía en mi pecho y se extendía por todo mi cuerpo. La fiebre era el inicio del celo y el dolor el desenlace total por no unirme a mi predestinada. Atiné a echarme sobre la cama, y no pude hacer más porque comencé a temblar. La temperatura siguió aumentando, sudaba abundantemente. No recuerdo en qué pensaba ni lo que decía, solo que estaba despierto, sintiendo la tortura del celo, y la noche se me hizo eterna. En algún momento deseé desmayarme para no sentir nada, pero lo temible del celo es que no te lleva a perder la consciencia, sino que te mantiene enfocado en el dolor, para hacerte recordar que debes consumar la unión predestinada. Ante la salida del sol, el efecto avasallador del celo concluyó y recuperé el control de mi cuerpo. Necesitaba convencer a Amelia de concretar la unión antes de la boda, sino la pasaría muy mal. Me bañé, cambié y salí de mi habitación. Quise ir a la de Amelia, pero quité esa idea de mi cabeza, no quería que se sintiera incómoda como ayer al intentar tocar más de lo debido. Fui a la cocina, revisé lo que había en el refrigerador y alacenas y comencé a preparar el desayuno, no sin antes colocarme el delantal de ositos de Amelia. «Qué tierna se verá luciendo este delantal», y la imaginé cocinando alegre. Freí unos huevos y tocino, calenté el pan que estaba en el congelador, lavé unas uvas, preparé café y jugo con una fruta que no sabía su nombre, pero tenía buen sabor. Ya terminaba con el tocino cuando Amelia llegó a la cocina. – Buenos días, amada mía -le dije ofreciéndole mi sonrisa más seductora-. Los huevos con tocino están listos. Calenté el pan que encontré en el congelador. Hay café, jugo de esta fruta naranja con pepitas negras que no sé cómo se llama, pero sabe bien, y unas uvas. ¿Quieres que pele y pique una manzana para ti? -su olor me invadía y hacía que pierda el control. Caminé hacia ella para tomarla por la cintura y acercarla a mí-. ¿O quieres algo más para desayunar? Estás hermosa –por unos segundos me miraba como si la hubiera hipnotizado. De repente, Amelia cerró los ojos y movió su cabeza como queriendo deshacerse de algo. – Dijiste que te ibas a controlar -me recordó alejándome con suavidad al presionar mi pecho con sus delicadas manos. – ¡Es que me la haces difícil! ¿Quién te hizo tan bonita? –mi comentario la hizo sonreír con un lindo tono colorado en sus mejillas, así que aproveché ese instante para quitarme el delantal, tomarla en mis brazos y llevarla al comedor mientras girábamos como si estuviéramos bailando un vals. Amelia disfrutó del desayuno. No era gran cosa, pero lo hice con todo mi amor. La observaba comer; cuando se topaba con mis ojos, agachaba la mirada y se sonrojaba. Yo sonreía satisfecho de saber que le gustaba y podíamos compartir nuestro tiempo al vivir juntos. Pensando en el almuerzo pregunté si iría al instituto, para ver si después íbamos de compras al supermercado para preparar algo entre los dos, pero no llegué a tocar el tema de la siguiente comida, ya que al ver mis ojos azules me preguntó por qué antes los había visto dorados. Analicé un poco la situación y concluí que quizás fue una habilidad que la Madre Luna le dio para detectar a los licántropos, y como ya sabía que somos compañeros predestinados y la verdad de nuestro origen, ya no era necesario que mantenga esa habilidad. Responder esa primera pregunta llevó a que ella hiciera una, otra y otra más, hasta que terminé contándole la historia sobre el origen de los licántropos en este mundo y el por qué recurrimos a la Madre Luna como nuestra deidad cuando sabemos que existe un Dios Supremo Todopoderoso. Cuando preguntó sobre el tiempo de vida de los licántropos, e hizo que recordara que era humana, mortal y muy fácil de dañar, la sonrisa que tenía desapareció de mi rostro y se notó mi tristeza. Intenté disimularla con seriedad, pero era tan profunda la sensación de pérdida que me ahogaba en ella. Respondí a todas sus dudas sobre nuestro tiempo de vida, y ella concluyó que los licántropos podemos vivir muchísimos más que un humano. Marqué el entrecejo para evitar derramar las lágrimas que ya se acumulaban en mis ojos y evité mirarla. Ella percibió mi malestar, preguntó si había dicho algo malo. Cerré los ojos, respiré hondo, quise sacar a la tristeza moviendo mi cabeza, tomé su mano, y sin mirarla respondí: – Eres humana, Amelia. ¿Cuántos años vivirás? ¿Ochenta? ¿Quizás noventa? Cuando te vayas, yo moriré lentamente, sufriendo tu ausencia, tratando de recordar tu olor, tu mirada, tu cuerpo, hasta que un día ya no pueda hacerlo más y muera -la voz se me quebró y dejé de hablar. No podía seguir ocultando lo que sentía, así que levanté la cabeza para mirarla a los ojos-. Por eso, cuando Marianne dijo que eras humana, no lo pude aceptar y quise rechazarte, pero ni bien pusiste un pie en la mansión y sentí tu olor, confirmé que no podía dejarte. Discúlpame si estoy siendo un imbécil porque qué importa si son solo setenta años amándote, pero me duele el no poder hacerlo en este mundo por más tiempo -estaba a punto de llorar como un niño, sintiendo cómo la desesperanza se apoderaba de mí. – ¿Y cómo es mi olor? -preguntó acercándose demasiado a mí, algo raro, ya que siempre había intentado no estar tan próxima para evitar que pueda pasar algo más íntimo entre nosotros. – Hueles a flor de loto y lavanda. Es una mezcla fuera de lo común, pero me encanta tu aroma -solo describir su olor me hizo desearla. Recordando que quería llegar virgen a la noche de bodas, hice un gran esfuerzo y me contuve. Sin embargo, ella se acercó para susurrarme algo. – Stefan, no sé cuántos años viviré. No sé si tendremos hijos. No sé en dónde viviremos. No sé sobre el futuro, pero lo que sí sé es que cuánto sea, dónde sea y cómo sea, yo quiero estar contigo -escuchar que, sea como sea, ella quería compartir su vida conmigo, me hizo tan feliz que quería abrazarla, besarla y olvidarme de la boda y de todo lo que los humanos acostumbran para solo hacerla mía-. Además, quiero pedirte que no pienses en la muerte. No me gusta que me mires triste -muy cerca de mi oído dijo algo que no pensé que revelaría a solo horas de habernos encontrado-, prefiero que me mires con deseo. En un movimiento rápido la jalé y senté a horcajadas sobre mí. Sin pensarlo mucho busqué su boca. Jugaba con sus labios, tan suaves, con un sabor dulce por las uvas. Mi lengua los rozó y empujó suavemente para entrar a su boca. Ese era nuestro tercer beso, y su lengua ya se movía siguiendo la mía. Eso la excitó porque sentí cómo se pegó más a mí, lo que me dio pase a llevar una mano hacia su cabeza para asegurar la permanencia del beso, y la otra la dejé en la base de su espalda, donde su blusa se había levantado un poco, dando espacio para tocar su piel. Con sus dedos comenzó a acariciar mis hombros y avanzar hacia mi cuello, eso me prendió más. Comencé a subir mi mano por debajo de su blusa mientras mi boca buscaba su cuello, con dirección a su clavícula en donde pondría mi marca cuando nos uniéramos por primera vez. Su ropa no me dejaba gozar de la suave piel de su hombro, así que dejé su cabeza para tomar su blusa y jalarla lo más que podía para lamer y besar en donde estaría el símbolo que confirmaría que ella era solo mía. Percibí un casi mudo gemido. Ella estaba disfrutando de mis caricias, de mi contacto. Un poco más y quizás ella misma me hubiera pedido ir a mi cama, pero la puerta del apartamento se abrió, y escuché la voz iracunda de una hembra humana. – ¡¿Pero qué demonios pasa aquí?! Amelia se despegó de mí de un salto, cayendo sobre el menaje del desayuno. Yo me levanté de la silla y miré con real fastidio a esa mujer a quien no reconocí. «¿Quién es para entrar así a nuestro apartamento y comenzar a gritar como loca?», me dije agarrando a Amelia por la cintura. – ¿No me van a explicar qué mierda está sucediendo? ¡Por Dios, Amelia!, ¿quién es este tipo? No sabía quién era, pero conocía a Amelia. Estaba a punto de responderle que no le interesa lo que hacíamos con rudeza, pero Amelia de un salto se trepó sobre mí, apretando mi cintura con sus piernas y mis brazos con los suyos, eso distrajo mi atención de esa mujer. – Por favor, Stefan. Ella es Laura Solís. Es como mi tía. Ella me recogió del vertedero -me dijo Amelia notoriamente asustada. Dejé la tensión de mi cuerpo y calmé mi respiración, pero aún estaba molesto porque nos interrumpió. Estuve tan cerca de seducirla y hacerla mía, salvándome de otra noche del insufrible celo-. Por favor, no le hagas daño -suplicó en un susurro. Por ella aplaqué mi ira. La miré y le sonreí a la par que bromeé por cómo estaba sobre mí. «Pareces un mono», dije y la besé en la mejilla. – ¿Ninguno va a dignarse a explicar la situación? -Solís, la mujer que Amelia amaba como una tía, seguía insistiendo por una respuesta a la par que me miraba con ganas de arrancarme la cabeza. Eso me gustó, protegía a Amelia, pero yo no era una amenaza para ella. – No pienses mal, Solís. Aquí no ha pasado nada grave, solo nos besábamos -explicó mi amada Amelia con una voz asustada. – Son las 8:30 am. Demasiado temprano para que estés recibiendo visitas -eso me fastidió más. ¿Acaso creía que Amelia era tan irresponsable para dejar entrar a cualquiera al apartamento? Yo era especial, su compañero predestinado, no una visita. – No soy una visita, yo vivo aquí -solté y sentí que Amelia casi se desmaya en mis brazos. Quiso bajar, pero no la dejé y le dije lo linda que se veía como una mona colgada de mí. Le di otro beso en la mejilla, y Solís dejó las bolsas que traía consigo para acercarse. ¿En serio creía que podía hacer algo en mi contra? – Por favor, Solís. ¡NO TE ACERQUES! -gritó Amelia con súplica, estaba a punto de llorar. La senté sobre la silla donde minutos atrás nos besábamos y rompió en llanto. Estaba muy afectada, temblaba, y eso me preocupó mucho. Solo atiné a preguntarle si se sentía bien. – No. ¡No me siento bien! -gritó-. Estabas a punto de arrancarle la cabeza a Solís. Y tú te acercabas pensando que le puedes hacer lo mismo –Amelia señalaba a la humana con notorio reproche-, pero no puedes. ¡Él es mucho más fuerte que tú! Tenía miedo de que perdiera el control, me transformara y atacara a Solís. Aún le faltaba conocer más sobre los licántropos porque nunca atacaría a un humano, salvo que fuera muy necesario y mi única opción para sobrevivir o salvar a otros. Solís se acercó con un vaso de agua, me lo entregó para que ayude a Amelia a tomarlo. Cuando recuperó la calma, pidió disculpas por perder el control. – Discúlpame, Amelia -respondió Solís-. No debí hablar de manera tan violenta, pero, hija, verte sentada sobre él -me señaló despectivamente- me sorprendió tanto que me exasperé. ¿Por qué no me contaste que estabas saliendo con alguien? -olí tristeza en Solís, creía que Amelia no confiaba en ella, y me di cuenta que no solo le sorprendió encontrarla en una situación algo pecaminosa desde la óptica humana, sino que pensó que estaba dejando de ser la confidente de esa pequeña recién nacida que encontró abandonada y en un estado deplorable. – Solís, acabo de conocer a Stefan. Fue en la cena de ayer, por eso no he tenido tiempo de contarte –respondió Amelia con notoria vergüenza y pena porque no había pasado ni veinticuatro horas y ya estaba compartiendo íntimamente conmigo. Que los humanos no sean bendecidos con la predestinación hace que vayan tan lento a lo que relaciones de pareja se refiere. – ¿Y qué es eso de que vive aquí? –a Solís no se le había olvidado lo que dije, así como la cólera, algo que, vuelvo a precisar, me gustaba porque estaba defendiendo a Amelia de quien ella pensaba era una segura amenaza. – Señora -ya me tocaba hablar-, soy Stefan Höller, el prometido de Amelia -la cara de asombro de Solís fue única, no sé si por saber quién era o porque le dije que tenía un compromiso muy formal con su protegida-. Desde ayer por la noche comparto el apartamento con Amelia, mas no su cama. Cuando llegó solo nos besábamos. – No entiendo nada -la pobre hembra estaba en shock. – Le pido que nos acompañe al instituto. Ahí le podré explicar mejor mi relación con Amelia y usted podrá corroborarlo con mi hermana Marianne -propuse para que alguien confirme lo que Amelia y yo le decíamos. Solís aceptó ir al instituto, así que rápidamente limpiamos el comedor y la cocina, acomodamos los productos que había llevado para la semana y bajamos hacia el estacionamiento. Todo esto comenzó con un error de recepción, dejaron que Solís subiera al apartamento sin avisarnos que estaba en camino. Nos hubiéramos evitado ese mal momento si hubieran hecho bien su trabajo, detalle que luego hablaría con Adolph. Solís subió a su camioneta y Amelia fue conmigo en mi deportivo. La expolicía amaba a Amelia y la cuidaba, eso me hizo sentir aliviado al pensar que durante estos años mi amada no estuvo tan desamparada como pensaba. Sin embargo, ese amor nos llevaba a tener que contarle algo más delicado: el verdadero origen de nuestra familia. Manejé rogando a la Madre Luna que interceda por nosotros para que Solís tome todo a bien.
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