Capítulo 7

3985 Words
Marianne llegaría a las 9 am al instituto. Katha notó que teníamos un problema con Solís, así que nos hizo pasar a la sala de reuniones mientras ella se encargaba de avisar a mi hermana sobre mi premura por contar con su presencia. Al entrar a la sala me senté en la cabecera de la mesa, y Solís lo hizo al otro extremo, en señal de confrontación. Miré a Amelia, quien se ubicó a mi lado izquierdo. Quizás sus intenciones eran mantenerme calmado, pero me alegró mucho que se sentara cerca de mí y no de Solís. – Así que eres Stefan Höller. Dices que Amelia es tu prometida. ¿Desde cuándo lo es? –la pregunta la hizo con una marcada ironía en su voz. – De toda la vida -dije y Solís se rio, y eso me fastidió muchísimo. ¿Quién se creía para reírse de mí? Le hice notar que no había gracia en mis palabras para que ella tuviera esa reacción. Con un tono amenazador me llamó niño y me dijo que, si recién conocía a Amelia, que diga que era mi prometida de toda la vida era una artimaña con la que quería embaucarlas. ¿Niño? Yo no era un niño, y ella buscaba ridiculizarme delante de mi prometida. En ese momento quería transformarme y hacer que llore de miedo, pero la mano de mi predestinada me detuvo y alejó de mí esa idea. Al preguntarme qué era lo que pretendía, respondí muy serio y seguro de lo que quería: casarme con ella para hacerla mi compañera. – ¿Sabes que es menor de edad? -preguntó con el tomo más amenazador que tenía y con una mirada muy pesada sobre mí. – Sí, por eso nos casaremos en un par de meses, cuando haya cumplido los dieciocho años -respondí manteniéndole la mirada. – ¿Qué edad tienes? – Veintitrés años. – ¿Sabes que podría denunciarte por acosar a una menor de edad? -esbozó una sonrisa de lado, burlona, quería intimidarme y creía que podía hacerlo. – No puede porque no la acoso. Ella responde a mi interés y sentimientos. Además, Amelia sigue siendo virgen. Eso cualquier médico lo puede comprobar -en serio, ¿creía que no conocía de leyes? Amelia se sonrojó cuando mencioné lo de su virginidad. Ahí recordé que la situación hubiera sido peor si lograba llevarla a mi cama, y en vez de encontrarnos besándonos nos hallaba retozando desnudos. «Los humanos y su doble moral. A sus hembras les exigen castidad, mientras que a sus machos los alientan a ser promiscuos», pensaba muy molesto cuando la puerta se abrió y entró Marianne acompañada de Marión. La hermana menor ingresó aparentando calma, saludando amablemente a Solís, pero la mayor la miraba muy seria, reprochándole quién era para cuestionar mi relación con Amelia. Marianne se sentó al lado izquierdo de Amelia, mientras que Marion se quedó parada a mi mano derecha. – ¿Qué ha sucedido que te tiene de tan mal humor? -preguntó Marianne tratando de que la voz le salga lo más calmada, dulce, conciliadora que podía. – Encontrar a tu hermano besando a Amelia en el apartamento –Marianne me lanzó una mirada de regaño, y yo solo alcé la ceja queriendo restar importancia a lo que Solís decía. – Ellos se aman, y un beso no tiene nada de malo -nos defendió Marion de manera tosca. – Laura, ella es Marion, mi hermana mayor. Disculpa si no ha saludado antes de hablar -dijo Marianne, tratando de corregir la falta de modales de Marion ante la complicada situación. – Lo tiene cuando es una menor de edad -Solís miró a Marión con un fuego en los ojos que a cualquier humano podía intimidar, mas no a un licántropo. – Laura, entiendo tu malestar. Ayer, durante la cena, Amelia y Stefan se conocieron y congeniaron inmediatamente. Ahora están en una relación. ¿No te parece que se ven bien juntos? -Marianne sonreía, esperaba que Solís viera que Amelia estaba contenta a mi lado. – Me parece aberrante que utilicen su dinero para deslumbrar a una chica que piensan que es presa fácil por haber sido abandonada, pero se equivocan. Amelia no solo me tiene a mí, también tiene a Paul, a la licenciada Espinoza y a las Hermanas del orfanato. Y si la Hermana Gloria llama al arzobispo, ¡tendrá a todo el episcopado peruano a su favor! -las palabras de Solís ya comenzaban a sobrepasar el límite de mi paciencia. – ¡Nadie está comprando a Amelia! -Marion olía a ira, quería saltarle encima a Solís. – ¿No? ¿Cuánto dinero gastan en los beneficios para una chiquilla de diecisiete años que aún no tiene éxito en el mundo de la moda? Marianne, ¿acaso tienen algún negocio de trata de personas y quieren a Amelia para venderla en Europa o Medio Oriente? Eso sería lo último que le permitiría pronunciar a Solís. Estaba acusando a mi familia de ser unos malnacidos explotadores sexuales de hembras humanas. ¿Qué hicimos mal para que esta hembra tenga tan bajo el concepto sobre nosotros? La sangre me hervía y noté que a Marianne no le gustó para nada lo que dijo. Ambos nos levantamos de nuestras sillas al mismo tiempo. Ya íbamos a adelantarnos hacia ella exigiéndole que se retracte, cuando ingres Katha abruptamente. – Señora Solís, no es lo que usted piensa. Nuestra manada ha esperado la llegada de Amelia por décadas. Jamás le haríamos daño -la dulce voz de Katha se escuchó entrecortada. Tenía lágrimas en los ojos, se notaba que le dolía que se exprese así de nosotros. – ¿De qué hablas? ¿Nuestra manada? ¿En qué cosa podrida está metida esta familia? Que no se conmoviera por la intervención de Katha y que presuma que mi familia participaba en negocios dudosos hizo que diera un paso hacia ella para gritarle en la cara que nos debía más respeto. Sin embargo, Amelia retuvo mi brazo y reparé en su olor. Tenía miedo, tristeza, desesperación. Marianne desistió de hacer lo mismo al sentir el toque de Amelia en el hombro y darse cuenta de las emociones que la afectaban. Marion caminaba muy alterada hacia Solís. Marianne le gritó que se controlara, pero mi hermana mayor quería ponerla en su sitio. Solís llevó las manos hacia su espalda y sacó un arma. A mí no me preocupaba que nos dispare. La rápida regeneración celular nos bendice sanando casi al instante cualquier clase de herida, salvo que sea por arma de plata, pero Amelia estaba muy asustada, y yo estaba más pendiente de ella que de Solís. Ya me imaginaba a Marion zarandeando a Solís por el aire, como si fuera un pañuelo, cuando Katha se transformó. La impresión al ver la loba de Katha hizo que Solís perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Amelia corrió para ponerse como escudo delante de Katha. La quise detener, pero Marianne me dijo que la dejara, que la única que podía solucionar este problema era ella. Amelia lloraba mientras le pedía que no dispare contra la loba, que era Katha. – Solís, Los Höller son una familia líder de una manada que tiene siglos de existencia. Y si, son hombres lobo. Stefan es el heredero al mando alfa, y yo, por ser su compañera, soy la futura Luna de la manada. Entre las especies sobrenaturales hay una ley de atracción predestinada, y yo soy su alma gemela, su compañera. Además -tomó la cadena de su collar y jaló para mostrar el dije de piedra de luna-, yo soy la hija de la Madre Luna. La piedra de luna comenzó a brillar, algo que ningún licántropo había visto en todos los siglos de existencia de nuestro pueblo. Amelia se acercó a Solís, y la tocó con la piedra. Debieron haber contemplado una visión o sus almas brevemente estuvieron ante la presencia de la Madre Luna porque se quedaron estáticas, con la mirada perdida por unos segundos. Se apagó el brillo y ellas regresaron al presente. La cara de Solís mostraba lo impactante que fue para ella enterarse de que existimos y que Amelia tiene contacto con la divinidad. Mi amada le ayudó a pararse y la abrazó. Lloraba como una niña que no quería alejarse de alguien amado. Quizás pensaba que al estar conmigo debía alejarse de Solís, pero nunca le pediría eso. Yo solo quería que sea muy feliz. Marianne sirvió un vaso con agua y se lo entregó con una sonrisa apenada a Solís. Ella lo bebió y más tranquila confirmó que estaba bien, sorprendida por todo, pero bien. Dirigiéndose a mis hermanas y a mí, nos pidió disculpas por haber sido tan hiriente con sus palabras. Yo seguía serio, no podía relajarme porque lo que más me importaba era que no pretenda poner trabas a mi relación con Amelia. Le pregunté si se opondría a lo nuestro, a lo que respondió que no quería, podía ni debía hacerlo porque era imposible negar la verdad del origen de mi predestinada. Sin embargo, me pidió no alejarla de Amelia, ella quería seguir en la vida de esa joven que conoció siendo una bebé abandonada. Amelia la abrazó y luego corrió hacia mí e hizo lo mismo, refugiando su rostro en mi pecho. Era tan tierna mi Amelia. – Disculpen si corto el tierno momento, pero debemos ser muy enfáticos y categóricos al pedirte que no reveles nuestro secreto con nadie -dijo Marion con una voz más amigable. Noté que al principio Solís tenía toda la intención de mantener a todo humano lejos de esta verdad, pero recordó algo y cambió de opinión. – No puedo ocultarle esto a Paul. Él es más que mi esposo; es mi amigo, mi socio, mi compañero. Entre nosotros no hay secretos –me gustó escuchar eso, que ella y su compañero sean tan unidos, cosa rara entre los humanos, ya que siempre las parejas se ocultan algo. – Pero Laura, quizás el Comandante Torres no lo tome tan bien como tú lo estás haciendo, y eso puede ponernos en peligro -cuestionó Marianne notoriamente preocupada. – Es que ustedes no conocen a Paul. Él es una persona muy leal. Nuestro compromiso está basado en el amor y lealtad que nos tenemos. Si comparto con él tremenda información, entenderá que lo hago considerando las sólidas bases en que se sostiene nuestra relación. Además, él podría ayudarles de una mejor manera cuando lo necesiten. Lo último que dijo Solís hizo que recordara a las familias humanas que por generaciones nos han ayudado en mantener en secreto nuestro origen. En Perú ya teníamos diecisiete años, y la manada había crecido en esta hermosa tierra. No necesité analizarlo mucho para saber que, además de los predestinados humanos de algunos miembros, sería muy provechoso tener como confidente a un Oficial de la Policía Nacional, ya que antes de llegar a Perú me informé bien sobre Solís y el Comandante Torres. Así que apoyé el pedido de la expolicía y expliqué que sería bueno tener a Paul Torres como amigo cercano. Mis hermanas entendieron mi postura e invitaron a Los Torres-Solís a almorzar el próximo domingo en la mansión, ya que sería mejor decir la verdad en nuestro territorio que en cualquier otro lugar. Al irse Solís, Amelia fue al Almacén por los materiales que necesitaba. La seguí después de agradecer a Katha por lo que hizo y a mis hermanas por no haber mordido a Solís. Ellas rieron, y Marion hizo notar que esa hembra, por más pequeña que fuera, estaba dispuesta a matar por Amelia. Alcancé a mi amada y le ayudé a cargar los materiales. Klaus sonreía muy gustoso al ver la intimidad que nacía entre Amelia y yo, ya que ella me indicaba cómo guardar los materiales, y yo seguía al pie de la letra las pautas que me brindaba. A Klaus lo conocía desde los dieciocho años, cuando entrené por un año con los guerreros. Siempre fue de buen carácter, muy amable. Ahí también conocí a Katha, su predestinada. Era muy divertido verlos juntos. Klaus mide 1.99 m, mientras que Katha 1.58 m. Su lado de hada hizo que fuera muy bajita, pero ella guardaba un enorme poder heredado de su madre, un hada de fuego. Katha podía añadir a su loba ese elemento. Eso hizo que ella fuera seleccionada como una guerrera. Estaban en Perú porque querían conocer nuevas tierras, y qué más nuevo que Sudamérica, en donde no había manada de licántropos hasta que llegamos nosotros. Al despedirnos de mis hermanas, Marion preguntó si teníamos planes para almorzar, lo cual aún no habíamos discutido. Marianne nos invitó a almorzar en la mansión, así Amelia pasaba más tiempo con mi familia y conocía a Kiram, Cassie, Ania y Lena, los sobrinos que no llegamos a presentarle en la cena. Aceptamos gustosos y pedí el postre que tanto escuché hablar a Ravi, y hasta ese día no había probado. Acordamos que ellas nos avisarían cuando partieran hacia la mansión para seguirlas en mi auto, luego nos fuimos al apartamento. (…) Revisaba los servicios de streaming para ver una película juntos mientras Amelia acomodaba los materiales en la sala de costura. Ella salía de su habitación cuando me pide que llame a Marianne para consultar sobre la entrega de las joyas que lució en la cena. – ¿No tienes el número de Marianne? -pregunté un poco asombrado porque pensé que lo primero que hizo mi hermana para cuidar y proteger de ella fue compartir su número telefónico con Amelia. – No. En todo caso, díctamelo para llamarla -dijo mientras caminaba hacia el teléfono fijo en el apartamento. – ¿Acaso no tienes celular? -me senté derecho y más confundido, ya que suponía que ella tenía uno. «¿Se lo habrán robado?», me pregunté. – No, no tengo -respondió simple, sin expresión en el rostro. – ¿Cómo que no tienes celular? -insistí. No entendía cómo podía vivir sin uno. – Pues, eso, no tengo celular –levantó los hombros y movía una mano haciendo gestos que dejaban claro que era obvio que no tenía un celular. – ¿Se te perdió o estropeó? -aún no entendía que ella nunca había tenido un celular. – No, nunca he tenido uno. Eso fue una bomba en mi cabeza. No es que yo fuera de esos tipos que paran revisando el celular a cada rato, pero en estos tiempos modernos, un equipo móvil significa estar conectado con todo tu mundo sin estar ahí físicamente. Sin embargo, ella nunca había usado uno. «Y cuando tenga que hacerme cargo del holding y pase toda mi mañana y parte de la tarde lejos de ella, ¿cómo nos comunicaríamos? ¿Al teléfono de la mansión? O si tengo que viajar, ¿no podría hacer videollamada para verla?». Esos pensamientos hicieron que apague el televisor, vea la hora en mi reloj y la invite a ir de compras. Caminábamos tomados de la mano como toda pareja lo hace en el mundo -o en su gran mayoría-, por lo que era obvio que estábamos en una relación; sin embargo, noté que varios machos la miraban con lascivia, y eso me molestó. «Son un asco. No respetan que está conmigo. Encima ese tipo podría ser su padre», me decía al observar el comportamiento de esos que se hacen llamar hombre. Comencé a mirarlos con ira y a gruñir. Eso hizo que me miraran y se fueran a paso rápido por el miedo que sentían de que los agarre a golpes. Ella caminaba hacia el interior de la acera, y cuando alguien pasaba por ahí, la jalaba suavemente para que camine por mi espacio, delante de mí, protegiéndola con mis brazos. Ella me sonreía y miraba con alegría. Sabía que la estaba cuidando. Llegamos al centro comercial a unas cuadras del apartamento, estaba repleto de jóvenes que finalizaban sus clases del sábado. Entramos en una tienda, y esperando que nos atiendan, me dijo que llamaba mucho la atención de las hembras. – ¿De quién? -pregunté confundido porque estaba enfocado en protegerla de las miradas asquerosas de los depravados. – ¿No te diste cuenta que ese grupo -señaló con la cabeza a unas hembras jóvenes que estaban comiendo helado fuera de la tienda -te devoró con la mirada? – La verdad es que estoy más atento en amenazar a los que te miran -respondí mientras tomaba su barbilla para acomodar su cabeza, de tal manera que pudiera tener libre acceso a sus labios, los cuales besé suavemente-. Tú eres y serás la única a quien yo mire y acepte que me mire con ganas –le dije confirmando lo que le ofrecía: un sentimiento único y exclusivo para ella. Después de escuchar las características de los equipos que ofertaban en esa tienda, elegí para ella el mejor celular. Resultó ser el más caro, ya que era de última generación. Al oír el precio, lo rechazó, pero al explicarle todos los usos que le podía dar, aceptó apenada mi regalo. «El primer regalo oficial que le doy. No ha sido tan barato como una linda peineta, pero sé que le ha gustado el detalle de regalarle su primer celular, además que es un gesto que nunca olvidará». Al salir de la tienda, una de las hembras jóvenes que comían helado me dijo: «Hola, guapo». Si la mirada lasciva de los machos me pareció muy desatinada, escuchar que enfrente de Amelia esa hembra me coqueteaba me pareció una falta de respeto hacia mi Luna, y eso no lo iba a dejar pasar. – ¿Qué clase de hombre crees que soy para aceptar tu saludo sabiendo que estoy comprometido? -solté la mano de Amelia para tomarla por la cintura y pegarla a mí-. Un poco de amor propio y decencia no te caerían mal. Amelia esbozó una sonrisa, le había gustado que reprenda a esa hembra por faltarle el respeto. (…) Le enseñé cómo programar el celular y su uso. La cámara era muy buena, así que comenzamos a tomar fotos. Le propuse tomarnos una juntos para que sea nuestro fondo de pantalla. Después de varias tomas, acordamos que la mejor era la que tenía como fondo el panorama que se apreciaba por el balcón. Ella estaba sentada en una de mis piernas y yo posaba mi cabeza en su hombro mientras mis brazos rodeaban su cuerpo para entrelazar mis manos con las suyas. Era perfecta. Ella lucía tan hermosa y se notaba lo angelical de su linda mirada y sonrisa. Yo sonreía y mostraba todo lo posesivo que era en el inicio de nuestra relación, ya que al no unirme a ella aún estaba algo inseguro. Le dije que quería tomar una foto en la misma posición cada año. No sería en el mismo lugar ni con el mismo fondo, tampoco vestiríamos las mismas ropas ni luciríamos igual de jóvenes, pero lo que siempre sería igual era el amor que nos teníamos. Rocé mi nariz en sus labios para insinuarle que la besaría. Cuando lo hice, ella respondió el beso. Sus brazos rodeaban mi cuello, una de mis manos acariciaba su espalda por encima de su blusa y la otra estaba sobre sus piernas. Poco a poco moví mi mano recorriendo sus piernas, acariciándola por encima de sus jeans. Comenzaba a tener una erección cuando decidí ir lo más arriba que me dejara, y apreté suavemente su muslo a la altura de la ingle. Eso hizo que soltara el celular, el cual cayó haciendo mucho ruido. Ella se levantó de un salto, recogió el equipo móvil, y yo la tomé por la cintura para volverla a sentar sobre mis piernas. Le aseguré que no debía preocuparse, ya que esos equipos móviles son casi irrompibles. Trataba de retomar el beso jugando a rozar su oreja con mi nariz, cuando ella interrumpió el momento. – Stefan, ¿te molestarías conmigo si te pido que no intentes tocarme así? Cuando lo haces, siento un cosquilleo raro, y no quiero que pares, lo que pone en riesgo que llegue virgen al altar -escondía su mirada y sonrojado rostro. Me dolió un poco como comenzó su pregunta. ¿Por qué me molestaría con ella por rehusarse a seguir mis juegos de seducción? Ella era mi compañera, y si algo le incomodaba estaba en todo su derecho en decírmelo. ¿Acaso estaba haciendo algo mal para que ella temiera expresar abiertamente su disconformidad? – Amelia -dije mientras la sentaba enfrente de mí-, ¿en verdad quieres llegar virgen a la noche de bodas? –pregunté mientras levantaba su rostro. Mirándome a los ojos, asintió-. Entonces, nos casamos en dos semanas, no voy a aguantar dos meses o más -dije muy serio y preocupado por el celo. Definitivamente no iba a aguantar dos meses de fiebre y malestares que llegan al extremo del umbral del dolor que un licántropo puede soportar. Amelia preparaba la actitud de reclamo, ya que quería ser mayor de edad para casarse, y para evitar que se incomode más, tuve que mentirle-. Era una broma. Atiné a darle un beso en la frente mientras la abrazaba y llevaba su cabeza a descansar sobre mi pecho. La amaba tanto que acepté sufrir el celo todo el tiempo que fuera necesario, así que hablaría con mi familia para saber si me podían ayudar a lidiar con ello. Su aroma cambió, expresaba paz, tranquilidad, seguridad. Eso era lo que quería que ella sienta a mi lado. – Cuidaré de ti, Amelia. Ya no voy a poner mis manos en zonas sensibles de tu cuerpo. Respeto tu decisión –dije reconfirmando mi decisión de respetar su deseo de permanecer virgen hasta el día de nuestra boda. – Gracias. Te amo, Stefan -mi corazón saltó, me faltó el aire, me sonrojé y llegó la erección. Ella no la notó porque no estaba pegada a mis caderas, y fue mejor así, no vaya a malinterpretar mi exaltación por la felicidad de haber escuchado por primera vez que me amaba. – ¡Vaya! Esto es lo que experimentas cuando quien amas confiesa que siente lo mismo por ti. Es la primera vez que me dices que me amas -le dije sin perder el abrazo. – Es la primera de millones de veces que te haré saber sobre mi amor por ti. Amor, lo que tanto esperé y ella comenzaba a entregarme. Aunque todavía no había accedido a unirse conmigo, estaba seguro que ella ya me amaba. Lo notaba en su mirada, en el tono de su voz porque cuando se dirigía a mí era distinta de la que usaba con los demás, y de eso se había dado cuenta toda mi familia. Ella tenía miedo de entregarse a mí por las ideas humanas sobre la unión carnal entre macho y hembra. Los humanos habían manoseado tanto esa sublime realidad que había caído en el hoyo de lo mundano, de lo inmoral porque ellos no se unían por las razones que los sobrenaturales creíamos. No me tomó mucho tiempo para recordar que al estar con Laura me porté como un vil humano, y me arrepentí por completo de haberle propuesto iniciar una relación. No me arrepentía porque haya intentado matarme o por lo mal que la pasé al escuchar solo quejas por parte suya durante los últimos tres años, lo que lamentaba era haber traicionado a Amelia. Ahí, abrazado a ella, me arrepentí de corazón por la mala decisión que tomé en mi cumpleaños número diecinueve. «Ruego que la Madre Luna me dé la oportunidad de compensarte todo lo malo que te hice porque, aunque no te conocía, yo sabía muy bien que existías, e igual te falté el respeto». El timbre de mi celular nos sacó de ese mágico momento cuando nuestros corazones latían al mismo ritmo. Bajamos al estacionamiento, subimos al auto y nos fuimos a nuestro primer almuerzo familiar.
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