Capítulo 8

3568 Words
Ya en la mansión, dejamos el auto en la cochera. Amelia observó lo amplio de ese lugar y los otros autos que habían ahí. Además de mi deportivo, había tres autos de uso diario -uno de Marianne, otro de Ravi y el auto en que trasladaban a Ania y Lena-, dos camionetas 4x4 -una de Kiram y la otra que usaban cuando iban a la Hacienda Höller en familia- y la limosina que solo se usaba cuando había que trasladar a varias personas o para ir a eventos donde teníamos que lucir más opulentos que nunca. Amelia notó que no había autos exclusivos para Marion, Haldir o mis padres, y le expliqué que ellos no se quedarán en Perú. Marion y Haldir, junto a Cassie, tienen sus vidas en Seúl, Elrond terminando las vacaciones volvería a la mansión de Saffron Walden para seguir sus estudios en Cambridge, y mis padres aún no sabían qué hacer tras dejar el mando alfa a mi cargo. – Y tú, ¿te quedarás en Perú? -preguntó con mucha curiosidad y expectativa. – Estaré en Lima el tiempo necesario para legalizar ante los humanos nuestra unión y poder llevarte a Alemania conmigo -tomé su mano y la besé mirándola fijamente-. ¿O quieres que vivamos en Lima nuestros primeros años juntos? – No. Imagino que tienes responsabilidades que no puedes postergar cuando seas el nuevo Alfa, así que viajaré contigo cuando tú lo decidas. Tomamos el pasadizo que conectaba la cochera con la cocina, una escalera y el jardín posterior. En la cocina ya estaba casi todo listo, así como en el comedor. Encontramos a la familia en el jardín posterior, aprovechando el tenue sol que alegraba lo gris que era Lima. – Buenas tardes, familia. Aquí Amelia y Stefan Höller llegando -me miró con sorpresa, ya que aún no tenía mi apellido-. Hay que ir practicando -le susurré. – Hijos míos, qué gusto tenerlos en casa -saludó papá y me dio un abrazo. Entre nosotros no necesitábamos hablar mucho para darnos cuenta que nuestra relación había retornado a como era antes de mi mala decisión-. Querida Amelia, gracias por venir. Es un enorme placer tenerte entre nosotros -tomó las manos de mi predestinada, las besó y las llevó a su frente, señal de veneración entre los licántropos. – Gracias, pero soy yo quien debe pedir su bendición, por ser mayor que yo y la figura paterna de esta familia -era obvio que Amelia estaba incómoda, aún no despertaban los recuerdos de su vida al lado de la Madre Luna. – Tú nos bendices, Amelia. Eres hija de nuestra Madre Luna y nuestra divinidad en la tierra, no lo olvides. Dicho eso, Amelia se asustó porque dos miembros del personal de servicio doméstico de la mansión estaban cerca, y como ella desconocía que todo ese vecindario exclusivo era habitado solo por miembros de la manada, pensó que mi padre había hablado de más delante de humanos, pero se tranquilizó cuando le confirmó que en la mansión y en toda Renania solo vivían y trabajaban miembros de la Manada Höller. Antes de que coloquen las viandas en la mesa del comedor, le presentamos a Kiram, Cassie, Ania y Lena. Kiram era de la misma edad de Amelia, solo que cumplió los dieciocho unos meses antes, así que desde que los presentamos se entendieron muy bien. Con Cassie y Ania también hubo una buena conexión. Amelia era muy inocente, así que compartía fácilmente con mis sobrinas unos años menores que ellas. Lena congenió de inmediato con ella. Quería saber cada detalle de su vida, y que Amelia sepa todos sus gustos y preferencia para que me ayude a comprar sus regalos; esa chiquitina no perdía la oportunidad que encontraba para asegurar que le regalen por su cumpleaños lo que ella quería. Después del almuerzo, en que fui feliz al comer leche asada, el postre que tanto alabó Ravi, Lena nos hizo una presentación de magia humana. Como aún no manifestaba los genes sobrenaturales que prevalecían en ella, Ravi quiso aproximarla a su especie regalándole un juego de magia humana que aprendió a usar viendo unos vídeos por internet. A mi pequeña princesa se le caían las cartas que llevaba escondidas o no acertaba con la elegida por el público, pero no se desanimaba. Al leer la hora -algo que recién había aprendido en la escuela y de lo que se sentía muy orgullosa-, se despidió porque su programa favorito ya comenzaba. Al irse Lena, Ania y Cassie se sentaron flanqueando a Amelia. En ese momento fui a la cocina por un vaso con agua, y me detuve en el comedor para escuchar la conversación que sostenía con mis sobrinas. Ellas hablaban sobre moda y la escuela. Cassie quiso saber si antes de conocerme había tenido algún novio, a lo que Amelia contestó que no porque en el Hogar donde creció, los machos eran mucho menores que ella, y la escuela en donde estudió era solo para hembras. – Entonces, ¿el tío Stefan es tu primer amor? -preguntó Cassie asombrada porque ella entendía que los humanos desde muy jóvenes iniciaban el cortejo y podían tener varios romances antes de llegar a cumplir la mayoría de edad y considerárseles un adulto joven. – Sí, aunque diría que es el único -oír eso me gustó, soy y seré el único en su vida. – Bueno, entre los pueblos sobrenaturales no es muy frecuente eso de tener amores antes de que llegue nuestra alma gemela, aunque sucede -auch, lo dicho por Ania me tocó-, pero lo que definitivamente no se da es dejar a tu predestinado por alguien más. – Creo que los humanos tampoco queremos dejar a nuestra alma gemela cuando la encontramos, pero a veces tomamos decisiones empujados por la presión de la familia o de la sociedad, alejándonos de esa persona especial –ese no será nuestro caso, amor, mi familia te adora. – Pero ese no será tu caso, tía Amelia -dijo mi dulce Cassie, coincidiendo conmigo-. Nosotros amamos que hayas aceptado a nuestro tío Stefan. Se le ve tan feliz a tu lado que nos parece un vago recuerdo haberlo visto triste cuando íbamos a visitarlo a Saffron Walden. Había pasado apenas una semana que dejé Inglaterra, y ya parecía que todo hubiera quedado atrás hace cientos de años. Era el efecto de la felicidad lo que hacía que el recuerdo de algo cercano sea percibido como un hecho remoto. «Y eso que aún no me uno a ella. Después de la boda, todo será mucho mejor», pensaba con los ojos cerrados, con una ligera sonrisa dibujada en mi rostro cuando escucho que Haldir y Ravi bromeaban al ver mi expresión. – Pero cuánta felicidad desborda de nuestro ex gruñón favorito -decía Ravi riendo. – De seguro está soñando despierto con Amelia -presumió Haldir siguiendo la broma de Ravi. – ¿Se nota mucho la felicidad? -pregunté abriendo los ojos y haciendo más amplia mi sonrisa. – A kilómetros de distancia -dijo Haldir haciendo un gesto de estar viendo a lo lejos, uno que le salió muy gracioso. – Gracias -les dije a ambos y quedé mudo. – ¿Por qué? -preguntó Ravi mirando con duda a Haldir, que solo levantó los hombros al no saber a qué me refería. – Por aguantar mi mal humor. Definitivamente ustedes son unos ángeles -sonreí agradecido. – Literalmente, Ravi lo es -dijo Haldir señalando a mi cuñado brujo, cuyo pueblo proviene de ángeles que decidieron encarnar para enseñar el correcto uso de la creación a los humanos y a cómo invocar a seres de luz para gozar de su cuidado y protección. – Tienes razón, Haldir, Ravi sí es un ángel -reí por lo divertida que me pareció la rápida respuesta de mi cuñado elfo-. Pero tú no te quedas atrás. Aunque eres un elfo, el último que queda en La Tierra, no olvides que fuiste una Potestad que decidió encarnar para proteger la creación, así que también eres un ser angelical. Cuando la creación se vio amenazada por los demonios y sus nefastas criaturas a la que llamaron orcos, las hadas, quienes recibieron el encargo de cuidar de la creación hasta que el hombre llegara a habitarla, no pudieron evitar que las oscuras entidades destruyeran lo que del Dios Supremo nació, ya que su naturaleza no les permitía ir contra la violencia con la que los entes oscuros atacaban. Fue ahí que Las Potestades, la sexta orden angélica, se ofrecieron para ir a La Tierra a defender la creación. El Todopoderoso vio a bien la propuesta que hicieron, e hizo que encarnaran, creándose así al pueblo de los elfos. Seres que contenían dentro de ellos el poder de la luz divina del Creador, hábiles guerreros con cualidades físicas e inmortales, producto de su esencia celestial, que combatieron contra los demonios y sus títeres, los orcos, haciendo posible que se mantuvieran encerrados en los confines del Inframundo, en el centro del planeta, mientras la creación se concretaba. De ahí proviene Haldir, por eso él también es un ser celestial. Ambos se sentaron enfrente de mí y me quedaron mirando con expectativa de que siga hablando. – ¿Pasa algo? ¿Esperan que les cuente algo o qué? -pregunté confundido. – Queremos saber cómo te fue ayer en el apartamento con Amelia -soltó Ravi. – ¿No que no te gusta enterarte de la intimidad s****l ajena? -cuestioné a Ravi riéndome por su interés. – ¡Por favor, Stefan! Sé muy bien que entre tú y Amelia aún no pasa nada; no veo el brillo alrededor de su cuerpo, el que una mujer luce cuando ha sido marcada por un licántropo –ese era otro detalle de los pueblos sobrenaturales que provienen de la encarnación de seres celestiales: pueden ver la marca por la relación predestinada como si del aura se tratara. – Lo que nos preocupa e interesa saber es si has pasado por el celo -explicó Haldir. – Sí, anoche supe qué es el celo -hice una mueca de desagrado. – ¿En verdad es tan doloroso como dicen? -preguntó muy interesado Ravi. – Sí, es terrible. Estaba desnudándome para tomar una ducha, cuando empezó la fiebre. Pocos minutos después me vino un dolor en el pecho. Se sentía como si me desgarraran para que algo saliera de mí. Ese dolor fue invadiendo todo mi cuerpo, y solo atiné a echarme en la cama. Cada vez que respiraba, sentía el dolor intensificarse. Luego comencé a temblar, imagino que por la fiebre. Deseé perder el conocimiento, pero mis sentidos siempre estuvieron en alerta. Estuve así hasta unos minutos después de las 6 am, cuando el sol salió. No hay registros en la historia de la Manada Höller que narre que un futuro Alfa haya sufrido el celo, pero sí hay relatos de omegas que lo padecieron porque su predestinada era humana y huyó por temor a las historias malintencionadas que los vampiros se encargaron de esparcir sobre nosotros, o porque su compañera eterna murió antes de lograr la unión. Esos licántropos llegaron a la locura por el dolor que sufrieron varias noches, a lo que se adicionaba la tristeza por el rechazo o por la pérdida. Dentro de los licántropos, los hijos del Alfa son los más fuertes de toda la manada, ya que la Madre Luna bendice a la familia líder con cualidades que sobrepasan la de los demás miembros. Y si califiqué el celo como algo espantosamente terrible, quiere decir que para un omega era peor. Mis cuñados me miraron muy serios y preocupados, ya que me conocían lo suficiente para saber que no soy de quejarme ante el dolor, y que les diga que me costó mucho superarlo, significaba que las historias sobre el celo no eran exageradas. – ¿Y qué vas a hacer? -preguntaba Ravi-. ¿Vas a padecer el celo cada noche hasta que puedas unirte a Amelia? ¿Lo soportarás? – No me queda de otra. En el apartamento le volví a preguntar si en verdad quería esperar que nos casemos para consumar nuestra unión, y me reafirmó su postura. Yo le dije que entonces sería mejor casarnos en dos semanas, pero ella ya iba a decirme por qué no podía ser tan pronto, así que solo atiné a evitar una discusión diciéndole que lo dicho era broma y que esperaría hasta que sea mayor de edad para hacer la boda. – ¿Y qué pasa si por el celo pierdes el control y te transformas? Qué nos asegura que tu lobo no saldrá para ir por Amelia y obligar la unión. Eso sería traumático y muy peligroso para ella -lo que acababa de comentar Haldir no lo había tomado en cuenta. – Entonces, ¿debo dejar el apartamento para no poner en riesgo a Amelia? -pregunté con miedo y tristeza. – Podríamos pedirle a Amelia que viva en la mansión, durmiendo en otra habitación. Si sufres el celo, nosotros estamos aquí para ayudarte a lidiar con él -propuso Ravi. – Debes explicarle por lo que estás pasando para que ella acceda a ayudarte y no empeorar tu situación porque si llegaras a dañarla, te sentirás peor de lo que ya estás por no concretar la unión -aconsejó Haldir. – Ravi, ¿no hay hechizo que me pueda ayudar? -pregunté con algo de esperanza. – No, Stefan. El celo no es una enfermedad, es la reacción de tu espíritu por la demora de unirte con tu alma gemela que ya has encontrado. Al estar ligado el cuerpo al espíritu por medio del alma, este se ve afectado. Ni siquiera podría ayudarte a que no sientas tanto dolor o que la fiebre no sea tan alta porque empeoraría. Lo único que puedo hacer por ti es vigilar que el celo no te descontrole y causes daño a tu predestinada, encerrándote en una cápsula de energía irrompible. Estaba dispuesto a tolerar el celo en silencio, sin que ella se entere con tal de hacerla feliz, pero la posibilidad de que mi lobo la ataque hacía que no pueda ocultarle lo que sufría por posponer la unión. Decidí que antes de regresar al apartamento le explicaría lo del celo y propondría mudarnos a la mansión, pero sin compartir habitación. Debía protegerla de mí mismo. (…) Elrond y Kiram llegaron a donde estaba conversando con sus padres y propusieron jugar billar y tiro al blanco para pasar la tarde mientras las hembras conversaban. Busqué a papá, que estaba en el estudio terminando una videollamada con su séquito, para proponerle enfrentarnos en una partida de billar, a lo que aceptó muy gustosamente. Ya lo dije, entre nosotros no había que decirnos nada para olvidar los malos momentos y reiniciar nuestra relación a como la dejamos cuando éramos felices el uno con el otro. Avisamos a nuestras compañeras que estaríamos en un campeonato interno de billar y tiro al blanco. Kiram propuso que también sea de futbolín, ya que era muy bueno en eso y quería vencer en algo a Elrond, que siempre le ganaba en todo lo que implicara una buena puntería. Competiríamos Kiram contra Elrond, Ravi contra Haldir y papá contra mí en los tres juegos, de ahí los tres ganadores se enfrentarían para ver quién era el mejor. Estaba ganando a papá en el billar, algo que no gustaba a mis sobrinos porque amaban muchísimo a su abuelo y querían que el vencedor fuera él, así que Elrond inició una conversación durante nuestra partida. – Y tío, ¿qué tal te maltrató, digo, te trató tu tía Laura Solís? -se reía con Kiram, ambos eran cómplices. – ¿Cómo saben lo de Solís? -así la llamaba Amelia y así la llamaría yo, quería evitar el “Laura”. – Nuestras amadas nos contaron lo que pasó en el instituto con Laura Solís, la expolicía que es muy cercana a Amelia -respondió Haldir-, y como estos chismosos tienen agudo el oído, escucharon todo. – Tío, si la señora Solís es la tía de Amelia, viene a ser tu tía, entonces, ¿es nuestra tía abuela? -bromeó Kiram. – Ja, ja, ja -dije con tono de burla-. No creo que a Solís le guste que la llamen tía abuela. Apenas es algo mayor que Marianne y tiene dos hijos pequeños. – Pero tú sí la vas a llamar tía, ¿o no? -seguía con el tono cómico Elrond. – ¡Ay, no sé! No busquen desconcentrarme, mocosos. – Apenas si somos unos años menores que tú -dijo Kiram. – Pero yo no me comporto como un niño, haciendo todo lo posible para que gane mi abuelo una partida de billar -increpé. – Ya dejen a su tío en paz -dijo papá y nos quedamos callados un rato, hasta que papá acabó con el silencio-. ¿En serio dijo que te iba a denunciar por acosar a una menor de edad y preguntó si traficábamos hembras humanas vírgenes? -preguntó fastidiado. – Pues, Solís es humana, fue policía, su compañero es comisario, creo que tiene una lectura del mundo algo inclinada a desconfiar de todo y todos –dije intentando concentrarme en el juego. – O ha visto muchas películas de Liam Neeson -cuestionó Elrond haciendo que riéramos. – Tu madre me comentó que tus hermanas la han invitado junto a su familia para almorzar el próximo domingo –señaló papá. – Sí, es que Solís no quiere ocultarle nuestro secreto al Comandante Torres. Dice que como pareja todo lo comparten. – Eso me parece muy bien -dijo papá-, entre los amantes no debe haber secretos ni cosas a medio decir. Secretos, y yo tenía uno que me apenaba revelar ante Amelia: la relación que sostuve con Laura. Algún día tendría que contarle sobre ella y lo que tuvimos, pero no quería hacerlo en ese momento porque pensaba que podía decepcionarla y decidir irse para no volver más. Aún no acababa la partida contra papá, y comencé a tener una extraña sensación entre miedo, tristeza, desesperación. Estaba a punto de hacer un tiro que haría entrar tres bolas en diferentes troneras, cuando un fuerte dolor hizo que me desplomara sobre la mesa de billar. Mi padre saltó la mesa para socorrerme, ya que gemí de dolor. Llevé mi mano al pecho, donde sentía una fuerte punzada que se ampliaba hacia mi espalda y abdomen. – ¿Será el celo? -preguntó Haldir ayudándome a erguirme. – Imposible, la luna aún no sale -respondió papá. – Es por conexión -dijo Ravi, ya que de inmediato cantó un hechizo para saber qué pasaba conmigo-. Es por Amelia. Me incorporé como pude, y salí corriendo del salón de juegos. Ella lloraba desconsoladamente, apretando los puños, con los ojos cerrados. Al estar más cerca de ella el dolor aumentaba. – ¿Qué pasó, Amelia? -pregunté al acercarme para saber si algo la enfermaba, y ella me abrazó fuerte-. Dime por qué lloras. ¿Te sientes enferma? Por favor, deja de llorar y responde. ¡Lo que estás sufriendo me está matando! – Calma, Stefan. Amelia está bien -dijo Ravi tras confirmar con un hechizo que ella estaba libre de enfermedad. – Entonces, ¡¿por qué duele tanto?! -pregunté tratando de ahogar un grito de dolor. – Es increíble. La conexión entre ellos es fortísima. ¡Y aún no la ha marcado! -mencionó Marion. – ¿Qué estaban haciendo o hablando para que Amelia se ponga así? -preguntó papá. – Estábamos explicándole que para nosotros no hay pecado en que una pareja de compañeros predestinados inicie su vida juntos inmediatamente se hayan encontrado -respondió mamá. – Lo siento, Stefan. Nunca quise lastimarte -comenzó a decir entre sollozos. Me dolió mucho verla demostrando tanta tristeza. – Tranquila, amor. El dolor que experimento es porque las almas gemelas pueden sentir lo que le pasa al otro -la intensidad del dolor bajaba porque ella comenzaba a calmarse-. Si tú sufres, yo lo siento. Dime, ¿qué te hace estar así de triste? Te prometí hacerte la mujer más feliz del mundo, por lo que me preocupa sentir tu dolor -acariciaba sus cabellos para que se sintiera reconfortada. – Saber sobre el celo en los licántropos y darme cuenta que he juzgado tu comportamiento desde mi perspectiva humana, sin querer escuchar ni entender tus razones. Todo ello hace que me sienta mal, muy triste y culpable del dolor que sentirás por no marcarme. Ella ya sabía lo que era el celo, pero nunca le dije que lo padecí en mi habitación del apartamento. Si solo imaginar que me retorcía por el dolor y la fiebre la hizo sufrir tanto, no quise que se culpe al enterarse que llegué a sentirlo en mi carne. Poco a poco el dolor por nuestra conexión desapareció y pude enfocarme en su olor, en la forma de su cuerpo, en la suavidad de su piel, en el sonido de sus latidos. Besé su cabello varias veces, ella despertaba en mí mucha ternura. Dejamos el abrazo cuando ella se alejó suavemente de mí. Quise decirle que soy lo suficientemente fuerte para soportar el celo, y que sería mejor mudarnos a la mansión para que mi familia me ayude a sobrellevarlo. Ella no dejó que pronuncie ni una palabra pidiéndome callar al posar sus suaves dedos sobre mis labios y negar moviendo la cabeza. – ¿Podemos hablar en privado? –se le notaba la vergüenza. – Vayamos a nuestra habitación.
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