Capítulo 9

3017 Words
Después de verla tan mal, no quise que caminara, así que la llevé en mis brazos hacia nuestra habitación. Lucía avergonzada, y yo estaba inquieto por saber qué quería decirme. Nos sentamos sobre el sofá pie de cama, y esperé a que comience a hablar. Con mucho esfuerzo, porque se notaba que le costaba soltar las palabras, me dijo que había entendido la esencia de la conexión de almas gemelas, y mencionó que, si los humanos fueran bendecidos con la predestinación, se evitarían mucho sufrimiento por amor. No me imaginaba a lo que llegaría, pero me hizo muy feliz el escucharlo. – Es por ello que he decidido aceptar el consumar nuestra conexión antes de la boda -lo dijo con la cabeza agachada y en un casi imperceptible susurro que no hubiera escuchado, sino fuera un licántropo. Su decisión me puso eufórico. – Explícate mejor. No quiero entender mal lo que acabas de decir y faltar a tus deseos -quería estar seguro de lo que había escuchado, aunque mi cuerpo ya estaba queriendo posarse sobre el de ella. – Que no solo necesitamos respetar mis costumbres, sino que también debemos tomar en cuenta las tuyas -aún mantenía la cabeza agachada y yo necesitaba su mirada para estar completamente seguro de lo que me decía. – ¿Eso quiere decir? -pregunté a la par que levanté su cabeza para que me mire a los ojos. – Que dormiré contigo esta noche, aquí, en nuestra habitación. Su rostro estaba sonrojado, lo que mostraba que le daba vergüenza proponerme consumar nuestra conexión después de haber acordado en el apartamento evitar el contacto íntimo apasionado. Lo que estaba haciendo fue una muestra de su amor por mí. Ella no quería que pase por el celo, se preocupaba por mi integridad física, y la ponía por encima de sus ideales religiosos. En ese momento sentí que me embargaba el deseo. Mi respiración se aceleró y comencé a sonreír al concluir que lo que me proponía era por amor. Sin embargo, necesitaba que ella reafirme su decisión. – ¿Estás completamente segura de lo que haremos? No quiero que luego te arrepientas y pienses que has cometido un error -dije calmado. – Sí. Te amo, Stefan, y voy a hacer todo lo necesario para que estés seguro de que acepto tu liderazgo y que quiero ser la luz de tu vida, tu Luna. No quiero que sufras los dolores y la fiebre del celo «¡Por fin! ¡Amelia será mía!», pensé y recordé las alianzas matrimoniales que guardaba celosamente en el walk-in closet. Antes de ir por ellas, sequé las lágrimas que caían sobre las mejillas de mi prometida, unas que eran producto de la emoción mezclada con el miedo, ya que la decisión que acababa de tomar nació del temor que yo estuviera padeciendo por el celo. Cuando regresé con las alianzas, me senté nuevamente a su lado, y empecé a hablar. – Antes de llegar a Perú -empecé a decir al regresar a su lado- estaba resuelto en poner todo de mí para rechazarte porque no me gustaba la idea de que seas humana. Sin embargo, lo que Marianne comentaba sobre ti hizo crecer mi curiosidad. Además, mis cuñados tuvieron a bien aconsejarme por sus experiencias como miembros de parejas interespecies –tomé su mano izquierda, la miraba feliz y nervioso al mismo tiempo-. Por ello decidí estar preparado al no poder rechazarte. Quiero que tengamos un símbolo que manifieste a toda la humanidad nuestra unión -abrí la cajita, y le mostré las alianzas. Ella abrió los ojos por la sorpresa, y noté lágrimas acumulándose en ellos-. Esta noche, te haré completamente mía y pondré mi marca en tu clavícula, así nuestra unión se confirma ante las manadas, los pueblos sobrenaturales y la Madre Luna, pero también quiero que lleves este anillo, que es el símbolo de mi eterno e infinito amor. Esta noche, te quiero desnuda entre mis brazos portando este anillo. Coloqué el anillo en su dedo anular izquierdo y ella hizo lo mismo con el mío. Ahora lloraba por lo feliz que se sentía. Ese fue mi segundo regalo, con el cual le hice ver que ella siempre me importó y que sería capaz de todo con tal de hacerla feliz. Recordé el beso que nos proveíamos cuando Solís nos interrumpió, y la jalé suavemente para sentarla sobre mí a horcajadas. Cabellos caían por su lindo rostro, y comencé a apartarlos para ver su boca, aquella que siempre me encantó saborear, lamer, morder suavemente para despertar en ella el deseo por tener más de mí. Llevé mis manos a sus caderas, quería tocar su piel subiendo mis manos por debajo de su blusa, pero me pidió parar y temí que se arrepintiera. – No, si quiero –dijo de inmediato, como si hubiera leído en mi rostro lo que temía-, pero me gustaría tomar un baño y ponerme algo más ligero -al no mirarme, busqué toparme con sus ojos. – O sea, quieres ponerte linda para mí -sonreí con picardía al imaginármela con sexy lencería esperando por mí. – Sí, algo así. Hagamos como que esta es nuestra noche de bodas. Tú también deberías prepararte para mí -sus nervios hacían que jugara a trazar formas con sus dedos sobre mi pecho, eso me provocaba más-. ¿Crees que alguna de tus hermanas me pueda ayudar prestándome algo de lencería? -preguntó y recordé que no le había mostrado su walk-in closet. – No es necesario. Tenemos todo lo que requieras aquí. La ayudé a pararse, cargándola en mis brazos, y nos fuimos a la zona de walk-in closet. Vi su expresión de confusión al entrar al mío, ya que no esperaba encontrar ahí lo que buscaba. Caminamos hasta toparnos con la silla estilo Luis XVI para encontrar la puerta del suyo. Al ingresar, quedó anonadada. Imagino que hallar ropa, ropa y más ropa por todos lados fue impactante, más cuando ella nunca se probó nada de lo que había ahí. – Cuando Marianne te encontró en la entrevista del Plan Becario, comenzó a amoblar nuestra habitación. Como no conocía tus gustos en decoración, dejó blancas las paredes, el baño y tu walk-in closet, por si tú luego querías darle tu toque; consideró los mínimos muebles neutrales para la habitación, y compró ropa, zapatos y accesorios para ti –estaba tan asombrada por todo lo que había en ese espacio de nuestra habitación que parecía una niña en una juguetería. – ¿En qué momento supo mi talla? -preguntó aún perdiendo la mirada entre pares de zapatos y bolsos. – Pues, Kurt tiene una habilidad increíble para sacar las medidas de una mujer con solo observarla -recordé el fastidio que sentí cuando Marianne me comentó que le pediría a Kurt que observe la figura de Amelia para sacar sus medidas y confeccionar el vestido que lució en la cena, así como todo lo que había en el walk-in closet de mi prometida. – ¿Te molesta que haya sacado mis medidas? -preguntó mientras se acercaba preocupada por lo que diría. – No te voy a negar que me disgusta que otro hombre esté analizando tu cuerpo, pero entiendo que era necesario para conseguir todo esto. Además, Kurt es muy profesional -repetí lo que Marianne me dijo para tranquilizar mi posesividad por Amelia. Revisaba los cajones del mueble central y pude ver que tomó un baby doll blanco. Mi imaginación voló en ese momento al fantasear que solo portaba esa prenda ligera. Hice como que no vi nada y le pregunté si encontró algo que le gustara, acercándome a ella. Escondió lo que había elegido y me pidió que me aleje. Quería que fuera una sorpresa lo que vestiría, y eso hizo que la deseara más. Comencé a reír al parecerme tan tierna su reacción, pero preferí ahogar la risa para apurar la llegada del momento a solas con ella. Caminaba hacia mi walk-in closet para tomar un pijama, ya que usaría el baño del cuarto de al lado que estaba desocupado. – ¿Vas a comentar a la familia lo que vamos a hacer? -me detuve al escuchar su pregunta. Su cara estaba muy sonrojada. – Pues, si queremos que no nos interrumpan tengo que avisarles que nos quedaremos a pasar la noche aquí, en nuestra habitación -oculté la exaltación que me rebasaba con una sonrisa. – Ok, está bien. Hazlo. Tomé el pijama, algunos productos de higiene personal y una toalla. Salí de nuestra habitación e ingresé a la contigua para dejar todo aquello en el baño. Me miré en el espejo, y esbocé una sonrisa de felicidad que no me salía por años. El sentimiento me sobrepasaba que no me di cuenta de la velocidad a la que iba en busca de mi familia. Cuando me topé con el primer m*****o de la familia, solo atiné a lanzarme encima de él y abrazar fuerte. – ¿Se puede saber qué te sucede, Stefan? Ya no eres un niño para que pueda cargarte -preguntó Haldir con su inamovible tono de voz, tirado en el piso, conmigo encima de él. – ¡Qué soy muy feliz, y en unos minutos lo seré más! -dije levantándome y ayudándole a hacer lo mismo. – ¿En unos minutos? -había confusión en su mirada. – ¡Estoy tan feliz, Haldir! -dije mientras zarandeaba a mi cuñado tomándolo de los hombros. Abrió los ojos de par en par y se quedó estático, ya que nunca me había comportado así con él ni con nadie. – ¡Oye! ¿Qué te pasa? ¡Deja a mi compañero! -exclamó Marion al ingresar con mis padres, Marianne y Ravi al comedor y ver la escena con Haldir. – ¿Qué sucede, hijo? ¿Dónde está Amelia? -preguntó mamá preocupada por verme tan exaltado. – Familia, tengo una muy buena noticia que darles -todos me miraban expectantes-. ¡Amelia me pidió pasar la noche juntos en nuestra habitación! Marion dio un grito de felicidad y se acercó a abrazarme. Estábamos tan felices que no nos dimos cuenta que saltábamos dando vueltas. Marianne comenzó a llorar de alegría mientras Ravi la abrazaba. Mi padre me soltó de Marion y me abrazó fuerte. Mamá tenía las manos cubriendo parte de su rostro y lágrimas caían de sus ojos. Me separé de papá para abrazarla. La cargué y mantuve el abrazo, sin que tuviera que agacharme para hacerlo, por lo que mamá tenía los pies flotando. – ¿Y cómo así? ¿Qué hiciste para convencerla? -preguntó Marion. – Yo no hice nada, todo lo hicieron ustedes al hablar con ella sobre el celo y lo que significa para nosotros la conexión de almas gemelas -tomado de la mano de mamá caminé hacia mis hermanas y abracé a las tres-. Gracias por estar ahí, ayudándome. Las tres me apretaron tan fuerte que pudieron romperme las costillas si fuera humano. Luego abracé a Ravi, por haber sido paciente conmigo, así como a Haldir. Cuando me acerqué para abrazar nuevamente a papá, le dije en alemán: «Gracias por insistir» porque si no me hubiera obligado a ir a Perú, no habría encontrado a mi Luna y no sería todo lo feliz que ella me hace al sentirme completo a su lado. – ¿Hay algo que podemos hacer por ustedes? -preguntó Marianne, secándose las últimas lágrimas. Ella siempre fue muy servicial. – Solo no interrumpir -respondí riendo, a lo que todos asintieron entre risas-. Ya le mostré su walk-in closet y la dejé para que tome una ducha. Yo voy a usar el baño de la habitación de al lado. Quiere que esta noche sea especial. – ¡Y sí que lo es! -dijo Ravi-. Ella te ama, Stefan, si no fuera así, ella no dejaría sus costumbres por seguir las tuyas. – Lo sé. Soy muy bendecido y voy a estar agradecido por siempre. Los dejé conversando aún del tema para alistarme y darle alcance a mi Luna. Me bañé, lavé los dientes y sequé mis cabellos lo más rápido que pude, ya que había perdido valiosos minutos dando las buenas nuevas a mi familia. Me puse el pantalón de pijama y decidí prescindir de la camisa. Entré a nuestra habitación y ella aún estaba en el baño. Toqué la puerta y pregunté si todo iba bien, a lo que contesto con un: «Sí, ya salgo». Apagué las luces del dormitorio y abrí las cortinas. El cielo estaba despejado y se veía una gran luna llena muy luminosa. «Propicia. De seguro la Madre Luna me está ayudando a darle a su hija un hermoso recuerdo de nuestra primera vez en la intimidad. Gracias», pensé y fui al walk-in closet por una liga para el cabello, ya que quería atarlo para que no nos incomode cuando esté sobre ella. Escuché la puerta del baño abrirse y los pasos de Amelia ir hacia el dormitorio. Salí del walk-in closet y la vi parada enfrente del ventanal. La luz de luna caía sobre ella, y observé cada detalle: su cabello n***o lucía azulado bajo esa luminosidad; su perfil parecía el de una muñeca de porcelana por lo blanco de su piel y el carmesí de sus labios; la piel de sus piernas brillaba y me invitaba a ir con ella. «Mucha ropa», pensé al ver la bata que llevaba y hacía juego con el baby doll. Me acerqué sin que notara mi presencia y rodeé su cintura con mis brazos. Pegué su espalda a mi pecho, olí sus cabellos, y el deseo se encendió en mí. Acerqué mis labios a su cuello y ella me dio espacio para poder disfrutar de esa parte de su cuerpo. Iba con mi boca de su cuello a su hombro cuando sentí que se estremeció de placer. Ese contacto estaba logrando que Amelia se olvide de la timidez y vergüenza que olí cuando salió del baño. Desaté el nudo de la bata, y la retiré de su cuerpo, la hice girar, y cuando miró mi pecho desnudo se sonrojó. Llevé mis manos hacia su cara, dejé un suave y ligero beso en sus labios. No podía ir más rápido, trataba de controlar a mi lobo. «Quizás el celo se acerca y él quiere alertarme», justifiqué así la insistencia de mi lobo por salir en pleno inicio de nuestra primera noche juntos. Decidí apurar la unión, pero antes quise preguntar nuevamente si estaba segura de lo que pasaría sobre nuestra cama. Al responder que deseaba ser mía, me pegué a ella y la besé con necesidad. Necesitaba su piel, sus besos, sus caricias; necesitaba escucharla y sentirla excitada. La cargué y ella rodeó mi cintura con sus piernas. Caminé hacia nuestra cama y la deposité en ella sin dejar de besarla. Ya echado sobre ella, comencé a bajar hacia su mentón, hacia su cuello, hacia la unión de sus senos, y quise tomar uno, pero el baby doll no me daba espacio, así que lo arranqué. Llenándola de besos seguí explorando, y al llegar a sus caderas me topé con la tanga que tuvo el mismo destino que el baby doll. Al tener mis manos en sus senos y mi boca entre sus piernas, me di cuenta que estaba completamente desnuda. Me alejé un poco de ella para observarla y grabar ese recuerdo en mi memoria. Respiraba agitada, lucía sonrojada, una mano se aferraba a la almohada debajo de su cabeza mientras la otra hacía puño apretando las sábanas, su cintura pequeña hacia que sus senos y caderas se vieran grandes. Amé verla así, entregándose a mí. «Eres hermosa», le dije casi gruñendo. Mi boca buscó la suya y mi mano fue hacia su intimidad, quería comprobar que estaba lista para mí. Sentir mis dedos en su interior hizo que gimiera, algo que me enloqueció de placer y comencé a sonreír con más deseo. Cuando ya estuvo lista, me saqué el pantalón de pijama y me uní a ella. Al ser su primera vez estaba muy estrecha, y se quejó al tenerme en su interior. Me detuve, le dije que volvería a moverme cuando ella sienta que ya se acostumbró a mí. Besaba su boca cuando sentí que su olor cambió. Seguía ese aroma que me cautivó, pero ahora era más dulce. Aunque no estábamos moviéndonos, su corazón empezó a latir más rápido y sus manos ya no se aferraban a la almohada o a las sábanas, estaban acariciándome. Ese cambio en su esencia era producto del amor que comenzó a emanar de ella. Acarició mi rostro y yo besé su mano, nos miramos fijamente, y me dio permiso para continuar. Comencé el vaivén al que ella se uniría al sentir las ondas de placer que partían de su intimidad hacia todo su cuerpo. Estaba a punto de tener su primer orgasmo, por eso me acerqué a su clavícula izquierda y mordí para dejar mi marca en ella. Dio un grito de dolor que fue rápidamente opacado por los gemidos que soltó al sentir que la sensación de placer había aumentado en intensidad. Escucharla gemir tan gozosa hizo que me viniera. Como si estuviéramos sincronizados, nuestras miradas se unieron y ambos llegamos al clímax. Fue maravilloso comenzar y terminar juntos. Salí suavemente de ella y me recosté a su lado. Puse mi brazo debajo de su cabeza y la atraje hacia mí para que descansara cerca de mi pecho. En ese momento recordé que con Laura siempre me sentí incompleto, insatisfecho, aunque terminaba sin ningún problema. Viendo cómo se quedaba dormida mientras besaba su frente, entendí que no era el acto en sí, sino la persona con la que compartía ese acto quien me haría sentir completo y satisfecho. Amelia era mi complemento, el agua que me arrancaba la sed y el alimento que me quitaba el hambre. Ella era mi aire, mi suelo, ella encendía mi fuego. Ella era mi corazón, mi fe. «Siempre fuiste tú y solo tú para mí. Te amo, Amelia. Y así será por toda la eternidad porque después de esta vida, te buscaré, y al encontrarte, ya no me soltaré de ti».
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