Capítulo 10

2515 Words
Nunca imaginé el placer que me embargaría al ver dormir a alguien. Me pasé la noche observándola, no solo porque era la primera que compartía con ella y quería contemplarla, sino porque estaba a la expectativa por si la marca le producía algún tipo de reacción contraproducente. Entendía que, tras marcar a la hembra, un cansancio embriagador llega a ella, pero en la historia de la manada se había documentado reacciones adicionales, como fiebre, sarpullido, pérdida momentánea de visión, entre otras, que aparecieron en hembras humanas. Por ello me la pasé atento a cualquier cambio en su cuerpo, por si fuera necesario pedir ayuda a Ravi, ya que los brujos son como “médicos sobrenaturales”. Aún era muy temprano para despertar, pero Amelia comenzó a moverse. Quería acomodarse para seguir durmiendo, pero yo quería que ya despierte, seguía deseoso de ella. Acariciaba el brazo que dejó sobre mi pecho y dejaba cortos besos en su frente. Movió su cabeza, lo que me permitió encontrarme con su adormilada mirada y una sonrisa que me causó mucha gracia al ser acompañada por sus cabellos alborotados y sus ojos casi cerrados. Comencé a reír fuerte, cosa de la que me arrepentí cuando al seguir observando su rostro noté que aún tenía intenciones de continuar el sueño. Ella negó que fuera así, solo quería descansar un poco más porque estaba agotada. A los pocos segundos de terminar de hablar, llegó a mí vergüenza y angustia. Al estar seguro que no provenían de mí, le pedí que dejara de emitir esas emociones que me resultaban muy desagradables. Sorprendida preguntó cómo noté que estaba sintiendo eso, a lo que señalé su marca y expliqué que, además de ser el símbolo de nuestra unión ante los pueblos sobrenaturales, hace que podamos percibir los sentimientos, emociones, placer y dolor del compañero. Al terminar mi explicación, recorrí su cuerpo con mi mirada, y al verla desnuda, deseé tenerla otra vez. Al regresar a su rostro, noté que se mordía el labio inferior y marcaba el entrecejo, estaba reprimiendo la sensación de deseo que le llegó de mí. – ¡¿Quieres que hagamos el amor?! –dijo conmocionada, y le sonreí con picardía. Me acomodé contra el respaldar de la cama y la senté sobre mí a horcajadas. – ¿Qué se siente saber lo que le sucede a tu pareja? -observaba el sonrojo que llegó a sus mejillas al concluir que tenía ganas de volver a unirme a ella. – Es muy extraño. Al principio me asusté porque no identificaba de dónde venía, y me cuestionaba cómo podía estar experimentando tanto deseo si estoy cansada. Luego entendí que esa emoción no era mía -abrió los ojos, se ruborizó y bajó la mirada. Nuevamente la vergüenza aparecía. – ¿Otra vez vergüenza? ¡Pero qué fea emoción! -me quejé. En verdad no me gustaba que sintiera vergüenza conmigo. Yo no la criticaría o ridiculizaría, era algo que necesitaba corregir. – Es que recordé que terminamos e inmediatamente me quedé dormida. Me da pena haberte dejado solo. Mi Luna estaba preocupada porque después de nuestra primera unión no pudo mantenerse despierta para conversar o tener un segundo encuentro. Era tan inocente y no quería defraudarme, por eso reí de felicidad. «Si supieras que con una sola mirada me puedes llevar al paraíso o al infierno, serías más segura de ti misma», pensé mientras abandonaba la risa porque Amelia colocó sus suaves dedos sobre mi boca. – Amor, te voy a explicar algunas cosas que no pudimos conversar porque te dormiste muy rápido, así dejarás de sentir vergüenza y ambos estaremos más cómodos. Es normal que la hembra quede exhausta después de ser marcada. Cuando el macho muerde lo hace justo segundos antes del orgasmo, ya que así el dolor de la mordida se disipa rápido por el placer que la hembra está experimentando. Al estar marcada, aunque solo sean segundos previos a finalizar, es capaz de sentir el deseo del macho, y cuando alcanza el clímax la sensación es mucho más placentera porque siente su gozo y el del compañero. Al no estar acostumbrada a tremendo placer, el cuerpo pasa de un alto nivel de excitación a debilitarse por completo, ya que ha gastado más energía de lo normal al tener un multiorgasmo. Por eso te dormiste, y creo que en tu caso ha sido más rápido porque al ser humana tienes menos resistencia que una hembra licántropa o de otra especie sobrenatural. – ¿Y siempre será así? – No. Poco a poco te acostumbrarás a ser multiorgásmica. Además, la marca solo se hace una vez, así que no te voy a volver a morder -recordando mi deseo por volver a estar entre sus piernas, agregué un detalle adicional-. Algo más que te quiero comentar es que yo siempre voy a tener ganas de hacerte el amor, así que no te asustes cuando sientas que estoy deseoso de ti. – Entonces, ¿ahora quieres estar conmigo? -su mirada se clavó en la mía, y percibí que le agradaba la idea de volver a ser uno. – Sí, ahora quiero hacerte mía a la luz del día. Me apoderé de su boca mientras mis manos iban de sus piernas y caderas hacia su espalda. La hice girar para recostarla en la cama conmigo encima de ella. La sentí más suelta, en confianza, porque acariciaba mi cuerpo y dejaba salir sus gemidos. Al ir más rápido, el placer hizo que jadeara. Escucharla disfrutar era lo que necesitaba para incrementar mi gozo y llegar al clímax junto con ella. No pude aguantar las ganas de confesarle lo que me producía escucharla gemir o jadear. Ella se ruborizó y yo me reí a carcajadas. Apenada me pidió no hacer tanto ruido, no quería incomodar al resto de la familia, pero cuando le dije que las paredes tenían aislamiento acústico, suspiró aliviada. Al decidir que necesitábamos alimentarnos, la invité a compartir la ducha. Quería que fuéramos muy cercanos e íntimos lo más pronto posible, así dejaría la vergüenza de lado. Al ver mi reflejo en el espejo, Amelia se ruborizó y apareció otra vez el sentimiento que me propuse eliminar de mi amada. La rodeé con mis brazos y miré su cuerpo a través del espejo. Era perfecto. Quizás si alguien más lo observaba, diría que le faltaba o sobraba algo, pero para mí, ella, por completo, era lo más bello que había visto en mi vida. Nadie se le comparaba y mucho menos superaba. La deseé nuevamente, pensaba en tomarla durante la ducha cuando me llegó la felicidad que emanaba de su corazón. Acariciaba la marca en su clavícula con la mano en que portaba su alianza. Al llevar mi mano para entrelazarla con la suya, contemplé la imagen que se reflejaba en el espejo, aquella en donde los símbolos de nuestro amor y unión ante nuestras especies se mezclaban, y entendí lo que para ella significaban: que no solo los encarnados, sino la misma divinidad aceptaba y bendecía nuestra unión. (…) No imaginaba que Amelia tuviera tantas cosquillas. Al principio creí que el temblor que ella sentía cuando rozaba el costado de su vientre era por placer, pero resultó que sentía cosquillas. Comencé a tocarla en varias zonas de su cuerpo, y no paraba de reír. Ella intentó hacer lo mismo conmigo, pero yo no tengo esa clase de reflejos. «A mí me tocas, y lo único que lograrás es que mi amigo se despierte», le dije al oído mientras la abrazaba al terminar de enjabonar su espalda. Sonrió ruborizada por mi comentario, pero no había vergüenza. Ahí entendí que el sonrojo no era solo por vergüenza, sino que también traía su medida de deseo. Terminada la ducha nos ayudamos a secarnos y fuimos a cambiarnos. Me decidí por una camisa blanca cuello nerú de manga larga y un pantalón azul navy, correa y zapatos negros. Para aparentar ante los humanos que me afectaba el frío y la humedad de Lima, elegí un abrigo gris. El aroma de Amelia estaba en mi walk-in closet, pero no volteé a mirarla, quería esperar que ella me diera aviso de su presencia, algo que no hizo. Estuvo un tiempo parada observándome… y deseándome. Cuando percibí el sentimiento que nacía en ella, me sobrecogió la alegría. Mi Luna comenzaba a intimar conmigo, y agradecí que en solo dos días ya habíamos avanzado bastante en nuestra relación. – Ahora eres tú quien alucina al verme, mi Luna -le lancé mi mirada y sonrisa más seductora caminando hacia ella-. ¿Quieres acomodar la camisa dentro de los pantalones? -le propuse con la intención de encender el ambiente y que tengamos nuestro segundo encuentro de esa mañana. Amelia tomó la basta de mi camisa y la llevó al interior de mis pantalones. El roce de sus manos alrededor de mi cadera me excitó, y empezó la erección. Amé ver por primera vez su mirada pícara acompañada por ese gesto tan sexy de morderse el interior del labio inferior-. Vas a hacer que no lleguemos para el desayuno -gruñí, la estaba deseando. – No -dijo decidida; subió con cuidado el cierre y acomodó mi correa. Su calzado no era de tacones tan altos, así que se empinó para alcanzar mi boca-, muero de hambre. Necesitamos comer, sino no tendremos energía para la noche -me dejó con ganas, unas tremendas ganas porque el roce de su nariz en mis labios me puso más duro. Respiraba profundo mientras me probaba el abrigo enfrente del espejo, necesitaba relajarme para detener la erección. Amelia me esperaba en la puerta de la habitación, y ya más tranquilo, la tomé de la mano y caminamos hacia el comedor. En el camino sentí su duda y vergüenza. Como al principio fue renuente a nuestra unión, deduje que pensaba que sería criticada por haber cambiado tan rápido de opinión. La tranquilicé al asegurarle que nadie nos cuestionaría. Al vernos tan parecidos a los humanos, Amelia de seguro pensaba que nuestra familia reaccionaría como lo hacen los de su especie, pero para los sobrenaturales no existe el prejuicio ni la crítica, ya que somos muy conscientes que cada quien es libre de elegir cómo llevar la vida, y que se puede cambiar de parecer de manera muy rápida, sin significar que eso sea señal de inmadurez o falta de compromiso porque a veces las situaciones que nos tocan enfrentar nos empujan a ello, como lo que ocurrió con Amelia ante conocer el verdadero significado de la unión predestinada. Al llegar al comedor, toda la familia estaba ahí lanzándonos pétalos blancos y granos de arroz, como en las bodas humanas. Nos felicitaron, bromearon con mi cara de felicidad y Marianne casi rompe las costillas de Amelia al darle un muy fuerte abrazo. Nuestros sobrinos, desde Elrond con Caroline hasta la pequeña Lena, entraban al comedor con un mini pastel de bodas y con más pétalos y arroz. Amelia comenzó a llorar de felicidad. Me encantó que buscara mi pecho para refugiarse cuando sus emociones estaban sin control, por eso comencé a reír, estaba feliz, y más al seguir comprobando que cada minuto que pasaba Amelia se sentía más cómoda cerca de mí. En pleno desayuno, Marianne dio un grito que hizo asustar a Ravi y derramar lo que bebía, ya que pensó que algo grave le sucedía a su amada compalera. Mi hermana había notado que llevábamos las alianzas. Narré la historia alrededor de ellas -sin exhibir a mis cómplices-, y todos exaltaron mi romanticismo. Como ya habíamos consumado nuestra unión de compañeros predestinados y usábamos nuestras alianzas, Marianne lamentó que no hubiera boda, ya que supuso que no era necesaria. La conexión hizo que sintiera una dulce, pero a la vez triste emoción proveniente de Amelia. Mientras que la familia conversaba entre ellos, le pregunté susurrándole al oído por esa emoción. Ella me comentó que tuvo un sueño en el que nos veía con nuestros trajes de boda. Entendí que la tristeza era porque ese sueño no se haría realidad. «La peor nostalgia es la que añora lo que no se ha vivido», dijo intentando sonreír, pero por más que trató, se le notó la tristeza. Acaricié sus labios y los besé. La familia pudo oír lo que dijo, y al notar el silencio, dirigimos nuestras miradas hacia ellos, y todos lucían conmoción en sus rostros. – Amelia, ¿quieres vivir la experiencia de una boda? -mi madre se animó a preguntar-. Si así lo deseas, nosotros podemos organizar la boda e invitar a quien tú quieras. Será como mejor prefieras. – Sí, Amelia. Tengo ideas hermosas para un día tan especial para una hembra humana -la animaba Marianne. – Podemos tener fuegos artificiales -sugirió Ravi-. Los puedo hacer para que exploten haciendo formas -abría los ojos de par en par mirando a Marianne, quien se emocionaba con la idea. – Tal para cual -dijo Haldir con su tono frío sin dejar de sonar a broma-. Parecen dos niños emocionados por un dulce -Marianne y Ravi se dieron una infantil sonrisa para luego darse un pequeño beso. – En serio, Amelia -comenzó a decir Marion-. Si quieres una boda, podemos hacerla. La mansión es perfecta para un evento tan importante. Es más, podemos hacer días previos a la boda la Ceremonia de Entrega del Mando Alfa de Stefan, así invitamos a los representantes de las manadas y pueblos sobrenaturales para que te conozcan. La felicidad por encontrarla, conocerla, amarla, unirme a ella, hizo que olvidara que ya estaba listo para asumir el mando alfa enfrente de todas las manadas y pueblos de las hadas y de los brujos. «Los Barone vendrán. Es un hecho que Laura formará parte de la delegación de su manada. La última vez que la vi, no aceptó que terminara la infame relación que teníamos por mi estupidez. Me amenazó con no dejarme ser feliz, y la única forma de no serlo es que no tenga a Amelia a mi lado». La breve reflexión que hice me llevó a imaginar a Amelia abandonándome porque no soportó saber que mantuve una relación antes de encontrarla, y recordé lo depresivo que anduve cuando ella no estaba en mi vida. «¿Por qué perdiste la fe en la predestinación? ¿Qué pasó para que dudes de la Profecía? Estás a punto de perderlo todo porque Amelia es tu todo», me dije a mí mismo, lamentando no haber actuado de otra manera, una en la que escuchaba a mis padres y hermanas sobre respetar a mi predestinada, esperándola. «El hubiera no existe. Lo hecho no lo puedo modificar, pero sí puedo luchar para no perderla». Al reflexionar un poco más sobre la amenaza de Laura, mi preocupación y fastidio crecieron al aparecer la posibilidad de que ella se haya referido a no dejarme ser feliz porque mataría a Amelia. «¿Sería capaz de dañar a mi Luna? Si quiso matarme, a mí, a quien juraba amar, ¿qué podría hacerle a mi Luna? ¡Eso no lo permitiré! Primero acabo con ella, aunque eso signifique destruir a la Manada Barone».
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