La misma noche
Toscana, Firenze
Ludovica
Fue frustrante, molesto, irritante… presenciar el coqueteo descarado de Loredana hacia Giuseppe, pero él no se quedó atrás, le dio todas las señales de que era correspondida. Obvio, la bruja no perdió tiempo, aprovechó para engatusarlo. Aunque quise creer que el tonto no sería igual a los imbéciles que babeaban por la bruja, me mentí; él, como todos los hombres, se marchó del brazo con ella.
Lógico, por más que me muriera de rabia no iba a demostrárselo, al contrario, mi pose fría debía continuar intacta, porque un solo rastro de flaqueza sería como alentarlo. Pero qué difícil era luchar contra eso que ni siquiera comprendía. Tragarme las ganas de gritar, de reclamar, de poner en su sitio a la bruja de Loredana.
Y, a pesar de todo, como la mejor anfitriona, me mezclaba con los invitados, la sonrisa educada sostenida en los labios, como si nada me afectara, como si fuera otra velada de negocios, pero distaba de serlo, porque cuando menos lo esperé me crucé con Salvatore Martinelli, el padre de la bruja.
—Ludovica… —dijo, tomando mi mano entre las suyas, mientras sus ojos recorrían mi rostro con una calma que incomodaba—. Debo reiterar lo que dije en su momento… Pietro hizo bien en casarse contigo.
Hizo una pausa.
—Le diste otra imagen frente al resto de los capos… —añadió, ladeando apenas la cabeza—. Ya no es un simple matón.
Sentí el golpe, pero le di una sonrisa perfecta y vacía.
—Salvatore —respondí con suavidad—, gracias por decirme con elegancia que soy como Jacqueline Kennedy.
Le sostuve la mirada. Sin parpadear.
—Pero no soy la viuda de un político… —incliné apenas el rostro— ni Pietro es Onassis.
Una chispa de diversión cruzó por sus ojos.
—Pero quiere serlo… —murmuró con un dejo de ironía—. Quiere ser reconocido en Italia… y en Europa.
Sentí cómo mis dedos se tensaban contra la copa que sostenía, pero no aparté la mirada.
—Tiene ambición… —admití— como todos los capos…
Hice una pausa deliberada.
—Incluido usted.
No aparto su mirada de la mía.
—Y me atrevo a decir… —continué, dejando que una leve sonrisa curvara mi boca— que es parte del negocio querer estar en la cima… querer más que llenarse los bolsillos.
Salvatore no respondió enseguida.
—Negar lo evidente no tiene caso… Ludovica… —dijo finalmente, en voz baja.
Y entonces una sonrisa distinta y más peligrosa cruzó por su rostro.
—Y quizás por eso estoy aquí…
Entonces lo comprendí. Ese era el motivo real de la cena. No simplemente buscarle esposa a Giuseppe, sino consolidar una alianza mediante un matrimonio beneficioso para ambas partes, donde Pietro y Salvatore gobernarían Italia a su antojo.
Un motivo más para mantener distancia con Giuseppe.
Si bien estaba habituada a ese ambiente, lo detestaba, y en mi afán de tener un poco de sosiego, de respirar sin sentirme vigilada, me refugié en la bodega de vinos, convencida de que al menos ahí abajo tendría un momento de paz, un instante donde nadie me observara.
Sin embargo, todo cambió en un parpadeo cuando apareció Giuseppe, porque tiene esa maldita habilidad de provocarme, de enfurecerme con esa sonrisa desfachatada que le nace sin esfuerzo, como si ignorara el efecto que produce, como si no supiera que cada uno de sus gestos es una invasión, y lo peor no fue su presencia, sino sentir que estábamos teniendo una discusión de pareja, una real, cargada de reproches invisibles, de silencios que decían demasiado, como si fuéramos algo… algo que no estaba dispuesta a admitir.
Entonces, el rechinar de pisadas sobre la madera de la escalera rompió el aire. Lo escuché, alguien se aproximaba.
Y ahora no me muevo, me obligo a mantenerme firme, porque no voy a darle la satisfacción de ganarme, no voy a retroceder como si él tuviera poder sobre mí, porque hacerlo sería como darle la razón, y eso no está en mis planes. Pero el terco tampoco se mueve.
Sigue ahí, tan cerca que puedo sentir su aliento rozando mi rostro, su respiración acelerada mezclándose con la mía, y cuando alzo la mirada me encuentro con el dorado de sus ojos fijos en los míos, intensos, heridos… peligrosos, y aunque mi corazón late errático, golpeando con fuerza contra mis costillas como si quisiera traicionarme, mantengo el rostro imperturbable, frío, negándome a darle cualquier señal de lo que realmente ocurre dentro de mí.
Finalmente, niega con la cabeza, un gesto leve, casi cansado, y su voz llena el espacio entre los dos.
—Si estas son tus reglas… —dice, y percibo el dolor filtrarse en cada palabra— las acepto.
Trago saliva. Odio que haga esto, odio que insista en lo que no debemos.
Y entonces se aparta. No con calma, sino de golpe. Estira la mano, toma otra botella de vino, y la observa con una atención fingida.
—Insisto, el Cheval Blanc Imperial del 47 es el vino perfecto para el brindis… —añade, y aunque su tono intenta ser casual, percibo la tensión escondida debajo, mientras gira apenas el rostro hacia mí— no el Romanée Conti del 45.
Lo dice así, como si nada, como si no acabáramos de romper algo. Luego levanta la mirada y llama:
—Rómulo, tal vez puedas ayudarnos con este debate sobre vino —su voz recupera ese matiz social, educado, pero sus ojos siguen diciendo otra cosa cuando se posan en los míos— ¿cuál cosecha es mejor?
Los ojos de Rómulo van de Giuseppe a mí, como si sospechara que ha llegado en medio de algo que no debe ver.
—Lleva las dos botellas, muchacho —responde cortante, pero antes de apartar la mirada la clava en mí— Pietro pregunta por usted.
El nombre cae entre nosotros como una piedra.
—Gracias, Rómulo —respondo con una serenidad que no siento, mientras dejo la botella en su lugar y me obligo a girar.
Sin mirarlo, sin permitirme mirarlo. Aunque puedo sentirlo ahí. Aunque parte de mí quiera que no haya aceptado mis reglas.
Unos minutos más tarde
Sobreviví no es la palabra correcta, porque la maldita velada aún no termina, todo lo opuesto, continúo atrapada en ese teatro de charlas insulsas, sonrisas fingidas y cumplidos vacíos que se deslizan sobre la superficie sin significado alguno, y lo más incómodo no es el peso de las miradas ajenas, sino soportar la presencia de la bruja de Loredana a mi lado, como si no fuera suficiente castigo tener que esquivar las miradas profundas de Giuseppe cada vez que siento, sin querer, que me busca entre la gente.
—Ludovica, deberías ir conmigo a Milán… —dice de pronto Loredana, y su voz suena ligera, casi amistosa— conozco a Pierre-Louis Mascia y seguro podrá asesorarte con tu guardarropa…
Hace una pausa mínima, ladea apenas el rostro hacia mí.
—El n***o no te sienta bien —remata con voz venenosa.
¡Perra! Aprieto los dedos alrededor de la copa sin perder la sonrisa. Acaso no lo ve o estúpida. La moda no tiene el poder de cambiar lo que somos, el mundo oscuro al que pertenecemos.
—Lo pensaré… —replico con voz educada y doy un sorbo a mi copa.
—Y cuéntame algo… —continúa ella, y esta vez no me mira, sus ojos permanecen fijos al frente, en el grupo de hombres que conversan buscando a Giuseppe o mejor dicho a su próxima víctima.
—El amigo de Pietro, Giuseppe… —finge desinterés— ¿cuánto tiempo se quedará en Italia…? ¿está soltero… comprometido… o es casado?
La miro. Sonrío como si aun pudiera mantener el control.
—Es peligroso, un lobo con piel de cordero —respondo en voz baja—. Y alguien como tú no quiere estar bajo su dominio o ¿sí?