La misma noche
Toscana, Firenze
Giuseppe
Quise convencerme de que había evadido el asunto del matrimonio con astucia, pero ni cerca estuve. Tenía la mente en blanco. Corrijo. La imagen de Ludovica en ese pijama transparente se me cruzaba una y otra vez mientras Pietro insistía en el tema con una obstinación inquietante. No me tragué esa excusa de preocupación de padre; sentí que había algo más detrás, algo que todavía no lograba ver, pero que estaba ahí, latiendo bajo cada una de sus palabras.
El paseo por los alrededores fue todo, menos relajante. Pietro hablaba de sus territorios, de su imperio, de su nombre, de la lealtad… y la forma en que lo decía no era casual. Era como si me estuviera recordando quién era él. O peor. Como si me estuviera advirtiendo.
Me había fijado en su esposa y eso debía enterrarlo en un baúl con miles de candados, pero cómo costaba.
Ahí estaba cerca del acceso a la piscina, revisando el celular o fingiendo hacerlo, porque cada segundo mi mirada se desviaba hacia ella, tendida bajo el sol, distante, ajena, como si el mundo no pudiera tocarla, cuando la voz de Pietro me arrancó de golpe de mi burbuja.
—Giuseppe, estás de vacaciones —dijo, apoyando la mano sobre mi hombro con firmeza tranquila—. Deja el celular y anda a disfrutar de la piscina.
Solté una leve risa incómoda y negué apenas con la cabeza.
—No quiero incomodar a tu esposa… menos imponerle mi presencia.
Pietro resopló con paciencia.
—Muchacho, no hables tonterías. Si Ludovica se ha mostrado un poco cortante es por la pérdida de su madre. Le hará bien charlar con alguien más.
Charlar, la palabra sonaba irónica.
Asentí, aunque por dentro todo se tensó. El mismo Pietro me empujaba a los brazos de su esposa.
Me cambié y caminé hasta la piscina. Dejé la toalla sobre la reposera, me quité la camisa, los anteojos, y me quedé mirándola un segundo más de lo necesario. Tenía los ojos cerrados… o fingía tenerlos.
Entonces, sin moverse, habló.
—El agua no muerde —murmuró con indiferencia.
Asomó una sonrisa burlona en mis labios.
—Pero tú sí. ¡Frialdad! —repliqué divertido.
Sus labios se tensaron.
—Imbécil —masculló entre dientes.
Y antes de pensarlo demasiado, me lancé al agua con violencia. Cuando salí a flote, la encontré mirándome con furia.
—Ups… te mojé. Lo siento.
Ella se incorporó de inmediato.
—No lo sientes —protesto con su voz amargada—. Lo hiciste a propósito para molestarme porque no soportas mi indiferencia.
Apoyé los brazos en el borde, sosteniéndole la mirada.
—¿Me vas a acusar con Pietro? —pregunté con una media sonrisa—. ¿Qué le dirás? ¿Qué te enloquezco?
Sus ojos destellaron.
—No necesito a Pietro para darte tu merecido —replicó con firmeza.
Mi sonrisa se ensanchó, lenta.
—Entonces ven —murmuré, sin apartar los ojos de los suyos—. Métete al agua y hazlo… dame un par de bofetadas… o mejor, unos besos apasionados.
Por un instante creí que iba a levantarse. Pero no lo hizo, en su lugar soltó una sonrisa fría, cargada de desprecio, y volvió a acomodarse en la reposera con una calma estudiada, ignorándome.
Y ese gesto…Ese simple gesto…Me golpeó más de lo que debería.
A todo esto, lo único que cambió esa noche fue el comentario casual de Pietro sobre una velada con unos amigos al día siguiente. Lo dijo sin énfasis, como si no tuviera importancia, y yo tampoco se la di. Asentí, incluso bromeé, y seguí adelante. Hasta entonces.
Sin embargo, hoy en la mañana el movimiento constante de los empleados por la villa me llamó la atención. Nada era caótico, pero tampoco cotidiano. Mesas que se trasladaban, copas que se contaban con cuidado, órdenes que se repetían en voz baja. Y Ludovica… Ludovica en el centro de todo, dando indicaciones con una seguridad que no dejaba lugar a dudas. No era una anfitriona decorativa. Era una pieza activa. Y algo en mí empezó a incomodarse.
Todo terminó de encajar cuando comenzaron a llegar los invitados.
Romulo Santini, la mano derecha de Pietro, conversaba con los hermanos Greco. Mafiosos asociados de mi amigo. Pensé: será una velada aburrida de negocios. Pero entonces apareció Salvatore Martinelli, el capo de Sicilia. Un nombre que pesaba por sí solo. Un territorio que cualquiera desearía tener bajo su dominio.
Pero no llegó solo. A su lado venía una mujer joven de unos veinte y ocho años. Cabellos rubios, ojos dorados penetrantes y ese vestido color marfil que abrazaba su cuerpo con una elegancia provocadora. Sí hermosa, peligrosamente hermosa. Y una sonrisa coqueta, viva, capaz de atrapar hasta al hombre más indiferente. Pero no a mí, porque yo…estaba embobado mirando a Ludovica.
Ella lucía un vestido n***o de tirantes que destacaba cada una de sus curvas, con el cabello recogido, que no buscaba llamar la atención. Y aun así lo hacía.
Fue en ese instante que las piezas encajaron con una claridad brutal. No era una cena, era una emboscada y yo… no era el cazador, sino la presa.
La confirmación llegó sola, sin que la buscara. Tenía el vaso de whisky en la mano, fingiendo una calma que ya no sentía, cuando escuché a dos hombres de Pietro hablar a mi espalda, creyendo que nadie los oía.
—Mateo, esa mujer está fuera de tu alcance —murmuró uno, con una risa contenida—. La hija de Martinelli apunta alto.
El otro resopló.
—Siempre apunta alto. No vino hasta aquí por capricho.
Y, por primera vez desde que llegué a la villa, comprendí la invitación de Pietro. Todo tenía un fin, nada era casual en su mundo, y yo era la pieza clave para obtener lo que buscaba: poder.
A pesar de todo, todavía creía que podía sacar ventaja de la situación, todavía me aferraba a esa arrogancia que siempre me había salvado, así que jugué mis cartas, para comprobar de una vez por todas, o arrancarme esta maldita espina que seguía clavada en el mismo lugar: Ludovica.
Sí, soy un estúpido, un iluso por insistir en algo que no tiene futuro, pero ya es tarde, porque acabo de echarme la soga al cuello al coquetear con Loredana solo para provocarle celos.
Y ahora estoy en medio de ellas, sintiendo el peso de mi propia trampa, con Loredana aguardando mi respuesta con esa sonrisa confiada y Ludovica observándome con esa quietud engañosa que en ella siempre es peor que cualquier reproche.
Esbozo una sonrisa. Finalmente dejo escapar mi voz en el ambiente.
—Por supuesto, Loredana, será un placer.
Luego ruedo los ojos hacia Ludovica.
—¿No te molesta, Ludovica, si acompaño a tu amiga? —añado sin dejar de sonreír, sosteniendo su mirada, desafiándola.
Ella me devuelve una mirada fría, indiferente en apariencia, pero hay está ese rastro de celos en la rigidez de su cuerpo.
—Ve, Giuseppe, muéstrale la villa a Loredana —replica con voz calmada, demasiado calmada.
—Vamos —digo, ofreciéndole mi brazo a Loredana.
¡Mierda! Mis ojos siguen en Ludovica, esperando algo, cualquier cosa, una grieta, un error, una señal que me diga que hay algo que me pertenece.
Un rato después
Pobre de mí, lo que he soportado por culpa de la indiferencia de Ludovica. No exagerado en nada, está mujer me tiene destrozado los tímpanos con su risita escandalosa, me tiene harto con sus comentarios de desdén, con sus ínfulas de mujer de sociedad. Por favor, es hija de un vulgar mafioso, no tiene sangre azul en sus venas y así la tuviera no es mi chica.
Doy un sorbo a mi bebida. Ella sigue parloteando como cacatúa, cuando a lo lejos, contemplo a Ludovica en dirección a la bodega y no pierdo tiempo para escapar.
—Loredana, necesito saludar a un viejo amigo. Después seguimos charlando —digo, sin esperar su respuesta.
Esquivo a los meseros, me abro paso entre los invitados, salgo al exterior y el aire nocturno me golpea el rostro. Miro sobre mi hombro y me aseguro de que nadie me observa, entonces avanzo a la bodega.
Bajo las escaleras en silencio, y entonces la veo. Está de espaldas, sus dedos recorren las etiquetas con una calma que no le creo.
—Esa cosecha no es la mejor —mi voz rompe el silencio y ella se queda inmóvil apenas un segundo antes de girarse.
Me acerco lo suficiente para tomar la botella.
—Quizá un Cheval Blanc Imperial del 47… —añado bajando la mirada a la botella que sostiene.
Levanta la mirada.
—¿Qué haces aquí? —pregunta, con voz sale firme—. ¿No estabas con Loredana?
Sonrío de lado, ladeando la cabeza mientras doy un paso más, acortando la distancia.
—¿Eso fue un reclamo? —replico con ironía—. ¿Acaso estás celosa?
Me fulmina con la mirada.
—Ni en tus sueños —responde con desdén—. Puedes revolcarte con cualquier zorra que quieras, no me interesa…
Hace una pausa.
—Soy una mujer casada.
La palabra casada me golpea como una bofetada. Aprieto la mandíbula.
—Una mujer casada… —murmuro inclinándome apenas— que muere por mis besos… —mi voz baja más, más íntima, más peligrosa—, que muere porque mis labios se adueñen de ti.
Su rostro se endurece.
—Hazte a un lado… —revira con amargura, pero no se mueve—, alguien puede entrar y confundir las cosas… —añade con su rostro endurecido.
Sonrió lento, disfrutando enfurecerla.
—Tienes miedo… —susurro en voz baja—, pero no de que entren… —mi mirada clavada en la suya—, tienes miedo de esto…
El silencio se instala entre nosotros, entonces escucho el rechinar de pasos sobre la madera. Ambos los oímos, pero no me muevo, ella tampoco.
Me sostiene la mirada en un duelo silencioso, como si fuera a perder la discusión. Los pasos continúan bajando por la escalera, pero ni yo mismo sé que es más peligroso: que nos descubran… o no apartarme y caer con ella.