Lo que arde en silencio (3era. Parte)

1002 Words
Al día siguiente Toscana, Firenze Ludovica Admito que me sentí perturbada, descolocada por la confesión de Giuseppe, por lo sucedido en Londres, pero al mismo tiempo algo dentro de mí se resistía a creerle, o quizás solo fue mi forma de protegerme, de no caer en sus juegos. Fuera lo que fuera, solo tenía una respuesta: poner distancia entre nosotros. Quizás fue una salida, un escape a modo de refugio, o simple sensatez. Como quisiera llamarlo, para mí estaba clarísimo lo que debía hacer ante su actitud. Sin embargo, el resto de la noche, mientras Pietro dormía a mi lado, no pude arrancar de mi cabeza las palabras de Giuseppe. Todo lo contrario. Maldita sea, lo recordaba con su pantalón ancho, su dorso desnudo, su aliento rozando mi rostro, sus brazos rodeándome en el vuelo… y aun así me obligaba a repetir, con una frialdad que no sentía del todo propia: es un mujeriego, uno más, alguien acostumbrado a jugar con todas. Apenas el sol se filtró por la ventana, vi a Pietro incorporarse y proponer, con naturalidad, que los acompañara al pueblo. Me cubrí hasta el hombro con la sábana, aferrándome a ella como excusa. Improvisé una disculpa creíble, murmurada entre bostezos fingidos, y cuando finalmente salió de la habitación, me convencí de que en unos días la normalidad volvería a mi vida. Error con letras mayúsculas. Porque nada me preparó para su solicitud de organizar una cena con los Martinelli. Por un instante supuse que se trataba de una velada de negocios. Otra noche interpretando el papel de esposa perfecta frente a sus socios. Pero no fue así. Pietro me sorprendió con su revelación de casar a Giuseppe con Loredana Martinelli. Por un instante se formó un nudo en mi estómago. Loredana… una mujer antipática, con aires de superioridad y esa voz empalagosa que siempre me había resultado insoportable. Y quizás hablé de más al preguntar qué pensaba él. Tal vez fue un impulso estúpido que no supe controlar. Así el silencio se alargó entre nosotros. Sentí entonces su mirada fija, evaluadora, recorriéndome con una intención demasiado clara. Finalmente, mi voz rasgó el ambiente. —Pietro, apenas conozco a tu amigo como para tener ese tipo de charlas sobre su vida privada —exclamé con voz serena, sosteniendo su mirada. Su ceño se frunció apenas, todavía sin mostrarse convencido. —Pero ambos son jóvenes, contemporáneos… y pudo haberte hecho algún comentario para romper el hielo. Negué con suavidad. —No comentó nada sobre ninguna mujer —añadí con voz indiferente—. Por último, deberías hablar con él. Descubrir si le interesaba casarse. Tomé los anteojos de sol y me los coloqué con lentitud, recostándome otra vez sobre la reposera como si el asunto ni me interesara, pero percibí su mirada sobre mí. —Quiero una cena impecable, lúcete como siempre —ordenó al final, con esa autoridad incuestionable. Se giró sobre sus talones y se alejó sin esperar respuesta. Y yo permanecí inmóvil, fingiendo una calma que no era del todo cierta. Lo cierto es que la villa desprende un ambiente de fiesta. La música suena de fondo, envolvente. Los meseros circulan con bandejas de canapés y copas de champagne, moviéndose entre los invitados como sombras entrenadas. Pietro se desplaza entre ellos con la seguridad de siempre, impecable en su traje gris de tres piezas. Saluda, asiente, sonríe apenas como dueño absoluto de todo lo que ocurre bajo su techo. Pero Giuseppe… Giuseppe me corta el aliento sin hacer nada y me odio por eso, por lo que despierta en mí. La camisa negra abierta lo justo en el cuello se ajusta a su cuerpo, marcando sus brazos fornidos, su espalda recta, esa forma peligrosa de habitar el espacio. Demasiado atractivo. Demasiado provocador. Desvío la mirada antes de que alguien lo note, antes de que él lo note. Entonces aparece en la sala Salvatore Martinelli, escudriñando el ambiente con su pose formal, aceptando apretones de mano, cruzando palabras medidas. Y a su lado…la bruja de su hija Loredana. Avanza tomada de su brazo, con una sonrisa ensayada en los labios y un vestido color marfil que le calza a la perfección. Su mirada de desdén recorre el lugar con curiosidad. Entonces no tarda en acercarse a saludarme. —Ludovica, es un placer volver a verte —dice con su voz chillona que me taladra los oídos. Se inclina para besar mis mejillas, pero su perfume, escandaloso, invasivo, me obliga a contener las ganas de apartarme. —Loredana —hablo con voz educada, sosteniendo la copa entre mis dedos—. Bienvenida. —Gracias —replica la bruja, alargando la sonrisa—. Has organizado una velada preciosa e interesante… muy interesante. La forma en que lo dice no deja dudas. Ya su mirada se fija en Giuseppe con total descaro, estudiando a su próxima presa, pero todo empeora. Porque él viene en nuestra dirección, con esa sonrisa desfachatada que conozco demasiado bien. —Ludovica, estupenda velada, te felicito —replica Giuseppe, y su voz tiene ese tono bajo que me eriza la piel. Luego rueda los ojos hacia Loredana. —Hola… no nos han presentado todavía —añade, tomando su mano con naturalidad insolente—. Giuseppe Bergoni a tu entera disposición. Desgraciado, sinvergüenza, descarado. Me tenso. La rabia brota por mis poros al verlo recorrer a Loredana de pies a cabeza, como si fuera un objeto más en la sala. Como si yo no estuviera allí. Como si unas horas atrás no hubiera estado detrás de mí, como si hubiera olvidado lo nuestro. Trago el impulso. Enderezo la espalda. Recupero la compostura. —Encantada, Loredana Martinelli —responde la bruja, extendiendo la mano con elegancia estudiada. Él deposita un beso en el dorso sin perder el contacto visual con la bruja. Mis dedos se cierran con más fuerza alrededor de la copa. —Giuseppe, no conozco la villa…—suelta la bruja— ¿me das un recorrido por el lugar y me cuentas un poco de ti?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD