El mismo día
Toscana, Firenze
Pietro
Hay quienes nacen para estar en la cima. Otros, para deshacerse de la mierda. Y unos cuantos privilegiados saben sacar provecho de las debilidades del otro. Yo, desde niño, supe cómo hacerlo.
No me importaba a quién tenía que pisar. Ni si debía ensuciarme las manos con sangre. Y eso me llevó a convertirme en el hombre más peligroso de Italia. Manejo un imperio de drogas a lo largo de todo el país con mano dura. Sin miedo a rivales. Sin miedo a la puta policía.
Por eso algunos me veneraban. Otros me temían. Y los últimos… vivían bajo mi sombra. Sin embargo, en este negocio, cada movimiento es una partida de ajedrez. Frío. Calculado. Preciso. Un error… y terminas en una tumba sin nombre.
Aun así, mi deseo de consolidarme como el único líder del sur de Italia estaba trayéndome complicaciones. Rómulo me lo repetía con insistencia.
Estábamos en la costa. El viento traía olor a sal y pólvora. A unos metros, mis hombres le daban un escarmiento a un soplón. Sus gritos no me molestaban. Me aburrían.
A mi lado, Rómulo, mi segundo al mando, observaba con el ceño fruncido.
—Te lo dije, Pietro. No fue buena idea tomar a la fuerza el territorio de los Conti y esto es el principio. Vendrán más.
Di una calada lenta a mi habano, sin apartar la vista del castigo.
—Jamás negociaré con el imbécil de Fabio por usar estas rutas. Son mías por derecho y él es quien debería pagarme.
Rómulo suspiró apenas, pero insistió.
—Quizás… —titubeó pensativo— quizás haya otra solución para evitar una masacre.
Giré el rostro hacia él con calma.
—No voy a bajar la cabeza ante ese fósil, ni hablaré con su hijo. No he llegado hasta aquí para inclinarme ahora.
El hombre en la arena dejó de gritar. Mis hombres retrocedieron.
Rómulo carraspeó antes de continuar.
—Escúchame un momento, Pietro —pidió con voz serena—. Pensaba en una alianza con los Martinelli para consolidar tu imperio en toda Italia y el resto de Europa.
Solté el humo despacio.
—Interesante, pero no confío en las alianzas. Prefiero otros tipos de pactos, como los matrimonios.
Rómulo me miró de lado.
—Salvatore tiene una hija en edad de casarse, la conoces… Loredana —informó—, lo malo es que tú no tienes descendencia.
Sonreí apenas. Recordé a Giuseppe, al niño flaco y sucio que saqué de las calles y moldeé a mi manera. La solución para consolidarme como capo de la mafia.
—Tal vez no un hijo que lleve mi sangre, pero sí alguien que considero como tal…
Di una última calada al habano antes de dejarlo caer al suelo.
—Dile a Salvatore que quiero reunirme con él.
Rómulo inclinó la cabeza sin dudar.
—Lo que ordenes, Pietro.
No perdí tiempo. Esa misma noche localicé a Giuseppe. Lo invité a pasar una temporada en mi villa con un único propósito: hacer realidad esa unión con la hija de Salvatore Martinelli.
Nada era improvisado. Nunca lo era.
Aproveché que estábamos solos en el comedor para lanzar el anzuelo. No era preocupación paternal lo que me movía. Era estrategia. Una jugada limpia para encaminar esa alianza sin disparar una sola bala.
Ahora aguardo su respuesta con una sonrisa calculada. Lo observo con atención, buscando cualquier grieta en su expresión, cualquier gesto que delate interés o rechazo ante la idea del matrimonio. Pero hay algo en sus ojos… algo que no logro descifrar.
Finalmente, el silencio se rompe.
—Pietro, me siento confundido, halagado y… no sé si reírme por lo que me repites. —Se rasca la nuca y sonríe divertido—. ¿Acaso cambiaste de negocio? ¿Desde cuándo quieres quitarle el trabajo a Cupido?
Lo miro fijo. Se mueve en la silla, busca aire donde no lo hay.
—No te rías por preocuparme por ti —replico serio—. No lo merezco después de ser como tu padre.
Su sonrisa se borra de inmediato. Traga saliva. Aparta la mirada un segundo.
—Realmente no sé qué decirte, Pietro… la idea del matrimonio nunca pasó por mi cabeza.
Entrelazo los dedos sobre la mesa. Bajo apenas la voz, firme.
—Por lo mismo necesitas conocer a la mujer correcta. —presiono con mi mirada clavada en la suya— Hermosa, elegante, que sea parte de nuestro mundo… y yo puedo hacerlo realidad.
Me mira vacilante. Procesa. Duda.
—Piénsalo con calma —agrego con una sonrisa gélida—. Ahora desayunemos, antes de que el café se enfríe.
La decisión ya está tomada, y él aún no lo sabe.
Unas horas más tarde
Después de una mañana recorriendo los campos verdes, respirando naturaleza y un breve paseo por el pueblo, con Giuseppe siendo el mejor anfitrión, volvemos agotados y hambrientos.
Apenas pongo un pie en la villa, giro hacia la piscina. Ludovica debe estar allí. Mi muchacho se va directo a la cocina. Siempre práctico.
La encuentro recostada, lentes de sol cubriéndole los ojos, sombrero amplio, un libro abierto sobre el pecho.
Me acerco despacio.
—Querida —suelto con voz empalagosa—, debiste acompañarnos en el paseo.
No baja el libro de inmediato.
—Te dije, Pietro, que me sentía indispuesta… —responde al fin, sin mirarme—. Todavía siento la pérdida de mi madre.
Me quito el saco con calma.
—La vida continúa. —Mi tono no se endurece, pero tampoco se ablanda—. Y como mi esposa tienes la obligación de atender a mis amistades. Además, Giuseppe es como mi hijo y quiero que se lleven bien.
Ahora sí baja el libro. Lento. Se quita los lentes.
—No necesitas recordarme mis obligaciones —revira con cierto dejo de fastidio sin levantar la voz.
Eso me arranca una media sonrisa. Me siento a su lado, invadiendo apenas su espacio.
—Eso era lo que deseaba escuchar. —La observo un segundo más de lo necesario—. Quiero que organices una cena especial. Los mejores platos. Los mejores vinos. Debe ser perfecta.
Sus dedos se tensan sobre el borde del libro y frunce el ceño.
—¿Qué celebramos? —pregunta con frialdad.
—Mañana vendrá Salvatore Martinelli a conocer a Giuseppe.
Ladea la cabeza confundida.
—¿A tu amigo? —averigua con voz inquieta—. ¿Será una cena de negocios?
La miro fijo.
—En realidad, no es un negocio. —Dejo que la pausa haga su trabajo—. Estuve pensando que es hora de que Giuseppe siente cabeza. Que se case… y qué mejor que Loredana Martinelli.
Silencio.
—¿Y él está de acuerdo?
Mis alarmas se encienden ante su pregunta.
—¿Por qué no lo estaría? —inclino apenas la cabeza—. ¿Acaso te comentó de alguna mujer en su vida?