Lo que arde en silencio (1era. Parte)

1202 Words
La misma noche Toscana, Firenze Giuseppe Ingenuidad, estupidez, curiosidad… ni yo mismo tenía una respuesta a lo que no comprendía, pero ahí estaba delante de Pietro sin saber cómo reaccionar al conocer a su esposa, la misma mujer que me dejó con esa sensación inexplicable de vacío. Y quizás eso mismo me arrastró a quedarme en la villa. Tampoco podía salir corriendo sin una explicación coherente después de haber aceptado la invitación. No era justo con Pietro. Lo hubiera tomado como una falta de cortesía. Y él no merecía eso de mí. Así, el resto del día pasó entre charlas, bromas, anécdotas de mi infancia. Yo respondía, reía cuando correspondía, asentía. Pero en medio de todo observaba con disimulo a Ludovica. Quería entender qué clase de vínculo tenía con Pietro. Era difícil interpretarlos. Por momentos parecían padre e hija. Otras veces era incómodo ver esa posesividad de él sobre ella: la mano apoyada en su pierna, un beso que no era tierno sino marcante. Un beso que gritaba sin palabras: ella es mía y que me incomodaba de una manera absurda. Dudaba que fuera amor. O quizá me negaba a creerlo. Ludovica no lo miraba como una mujer enamorada, por más que fingiera. No había fuego. No había entrega. Diría que era gratitud… seguridad… comodidad. Algo aceptado. Pero no eso. O eso necesitaba creer. Y lo peor era que cada instante regresaba a esa noche en Londres, donde no hubo nada y, al mismo tiempo, lo hubo todo. Lo inquietante no era el recuerdo. Era lo que me hacía sentir su voz, su perfume, esos ojos que me ignoraban con una frialdad que dolía más de lo que debería. Era una mujer prohibida. Fuera de mi alcance. La esposa del único hombre al que le debía algo parecido a una vida. Y a pesar de no poder acercarme…no sé en qué momento las palabras salieron atropelladas de mi boca confesando lo que sentía. Como si la sensatez hubiera escapado por la ventana y en su lugar el terco de mi corazón tomara las riendas. Ahora aquí estoy delante de ella con los latidos a mil por hora, un nudo en el estómago y con los ojos clavados en la oscuridad de su mirada, esperando como un imbécil una señal de que no le soy indiferente. Finalmente, su voz rasga el ambiente. —Estás muy equivocado si piensas que voy a seguir tu jueguito. —Me muestra los dientes, apenas inclinando el mentón—. No hay nada que me asuste. Sostengo su mirada sin parpadear. Doy un paso lento, calculado. —Tu cuerpo dice lo contrario… —murmuro, bajando la voz mientras mis ojos descienden a sus labios un segundo—, que tus labios… recuerdas lo que compartimos en Londres y eso te asusta. Su respiración se desacomoda. Apenas. Pero lo veo. —¡Cállate! —escupe, levantando una mano como si quisiera detener las palabras en el aire—. No vuelvas a mencionar Londres, porque no pasó nada entre nosotros. Sonrío sin humor. —Ese es el problema —digo, inclinándome apenas hacia ella; su respiración mezclándose con la mía—… por más que me maldiga, que me resista, no puedo dejar de pensarte —confieso, y esta vez no hay ironía en mi voz. Sus pupilas se dilatan. Retrocede medio paso. —¡Basta! —gruñe, zafándose de mi agarre con un tirón brusco—. No me trates como otra de tus conquistas. ¡Respétame! —su dedo índice se clava en mi pecho—. Soy la esposa de Pietro y por tu bien mantén las distancias. Me tenso. Aun así, no me muevo. —¿Y si no puedo? —pregunto, sosteniéndole la mirada, más bajo, más grave. Sus labios tiemblan un segundo antes de endurecerse. —¡Vete a la mierda! —me empuja y se gira sobre sus talones, abriendo la puerta con un movimiento seco. La puerta se cierra con un golpe contenido. Me dejo caer en la cama, paso una mano por mi cabello y fijo la vista en el techo. ¿Qué carajos me sucede con ella? ¿Por qué justo ella es la esposa de Pietro? Al día siguiente Toda la noche estuve removiéndome en la cama, mirando el techo como si allí estuviera la respuesta a mi dilema. Lo más grave: soñándola despierto. Imaginándola cruzar la puerta en su lencería, repitiéndome mi nombre mientras me adueñaba de su cuerpo. No sé si fue una fantasía o más bien un castigo que estaba enloqueciéndome. Así que apenas me levanté me di una ducha fría, intentando encerrar mis demonios, esos pensamientos lujuriosos, y poner mi mejor cara en el desayuno delante de Pietro. Fingir que no me afectaba la situación incómoda con Ludovica. Fingir que no me había desvelado por su culpa. Y no sé si es su forma de gritarme en silencio no me acoses, no me interesas, o si ella simplemente es más racional y está poniendo distancia entre nosotros. Porque ahora solo observo a Pietro en el comedor, sentado en la cabecera, con una sonrisa afable dibujada en los labios, como si el mundo estuviera exactamente donde él quiere. —Buenos días, Pietro —saludo—, ¿me levanté tarde o demasiado temprano? Levanta la vista del periódico con calma, como si nada pudiera alterarlo. —Buenos días, muchacho… siete de la mañana es una hora perfecta para iniciar el día—su voz suena amable—, pero no para Ludovica. Duerme aún agotada de su viaje. Me detengo apenas antes de sentarme. —Ah… ¿estaba de viaje? —Fue a New York por el funeral de mi suegra y sigue afectada. La taza de café se queda suspendida un segundo en mi mano. Ahora entiendo su agresividad, sus silencios… y tal vez la razón por la que aceptó mi ayuda. —Me imagino…—murmuro— no debe ser fácil lidiar con una muerte. Pietro deja el periódico a un lado y me observa con una media sonrisa que no termina de ser amable. —Pero tú lidias muy bien con eso —replica con serenidad—… trabajas limpio, sin rastros, sin cabos sueltos. Aunque esa vida de ir y venir cansa. Sostengo su mirada. No hay reproche en su tono. Solo cálculo. —¿Quieres que me retire o me quieres reclutar? —bebo un sorbo de café, sin apartar los ojos de él—. ¿Y este es el propósito de tu invitación? Pietro entrelaza los dedos sobre la mesa. —Quiero más para ti, eres como un hijo para mí. ¿No tienes a nadie en tu vida? ¿Por qué no te casas? Una imagen cruza mi mente sin permiso. Cabello oscuro. Ojos fríos. Labios que dicen no mientras tiemblan, Ludovica. —No he encontrado a la mujer ideal —miento con descaro—. Es difícil cuando no puedo echar raíces en un lugar. Pietro se inclina apenas hacia adelante. Su mirada se afila. —¿Y si te ayudo? —lanza la pregunta sin apartar la vista—. Tengo a la candidata perfecta para ser la señora Bergoni. ¿Qué me respondes?
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