El mismo día
Toscana, Firenze
Ludovica
La despedida dolorosa de mi madre se convirtió en más que un funeral: en un gris donde había rostros que ni conocía, manos que apreté por cortesía, palabras que no llegaban a calmar mi dolor. No había consuelo en su partida inesperada, solo esa tristeza absoluta de sentir que no tenía a nadie en este mundo.
Miento. Sí existía alguien… alguien que había sido parte de mi vida desde la ausencia de mi padre, preocupándose por mi madre y por mí. Pietro Ferrari, ese hombre que unos ni querían nombrar, que otros veneraban y unos cuantos odiaban. Pero ni él pudo estar a mi lado. Siempre los negocios primero, siempre sus reuniones con otros capos de la mafia o la maldita policía siguiéndolo a todas partes. Entonces viajé sola a Nueva York. Me dije que serían dos o tres días organizando el funeral, que regresaría a la Toscana y me refugiaría en la rutina.
Sin embargo, el viaje se alteró desde que puse un pie en el aeropuerto de Nueva York. Estaba distraída, con el corazón acongojado, cuando sin darme cuenta perdí mi cadena con el relicario, esa que conservaba como un tesoro. Por un segundo me desesperé. Y ahí apareció él. Un hombre de unos veintinueve años, buen mozo, atlético, cabello n***o, piel bronceada, con una sonrisa desfachatada y unos ojos dorados de mirada intensa, atrapándome con mi cadena entre sus dedos.
Un frío y cortante gracias fue suficiente para alejarlo, suficiente para recordarme quién era yo… o eso pensé. Porque el galán se convirtió en mi sombra sin buscarlo. Se sentó a mi lado durante todo el vuelo, mientras yo mantenía puesta mi máscara de indiferencia.
Y quizá alguien me había lanzado una maldición. Tal vez mi tristeza atraía energías negativas o eran los dioses del Olimpo jugando conmigo, porque me quedé varada en Londres. Y cuando me di cuenta, estaba en una habitación de hotel con un completo desconocido.
Acepté. Quizá producto del duelo, del agotamiento, del cansancio de sentirme sola o de la curiosidad por ese hombre que apenas conocía. Fuera lo que fuera, ya estaba allí. Pero no iba a dejarme intimidar por sus miradas profundas. Apenas me encerré en el baño, llamé a Pietro.
—Hola, querida —respondió—. Ahora mismo aviso a Ángelo para que te recoja en el aeropuerto.
—Pietro, no estoy en Firenze —expliqué—. Ni siquiera en Italia. A último momento desviaron el vuelo a Londres. Mal clima.
Hubo una pausa breve. Incómoda.
—Debiste haber viajado en mi avión privado —dijo con malestar en su voz—. Pero insististe en tomar un vuelo comercial.
—Lo hice por tu seguridad… y por la mía —respondí, apoyando la frente contra el espejo—. Sabes que no tengo ningún interés en que la DEA me siga como una sombra solo por ser tu esposa.
—Te quiero aquí mañana mismo —ordenó—. Tengo un invitado especial. Quiero presentártelo.
—Depende del clima, no de mi voluntad.
Silencio.
No hacía falta más. Podía imaginar su gesto endurecido, la mandíbula tensa, la molestia contenida. Pietro nunca gritaba. Y eso, siempre, era peor.
No hacía falta más. Podía imaginar su gesto endurecido, la mandíbula tensa, la molestia contenida. Pietro nunca gritaba. Y eso, siempre, era peor.
Y aun así, eso no fue tan malo. Lo más grave estaba por venir.
No fue ni mi “pijama sensual”.
Fue verlo a él. A Pietro.
Su cabello húmedo, sus brazos fornidos, su abdomen trabajado… y esos pantalones que, en vez de ser un repelente, eran un complemento perfecto. Uno que llamaba a pecar, a dejarte envolver por la tentación vestida de adonis. Un pecado que empezó a alterarme, a despertar mis bajos instintos.
Fue entonces cuando la prudencia se asomó. Me metí debajo de las sábanas, creyendo —ingenua— que ahí podía estar a salvo de él.
Percibía su perfume varonil, el calor que emanaba de su cuerpo, su respiración contenida. Todo en él aceleraba mis latidos, pero me esforzaba por disimularlo bajo una máscara de indiferencia. Levantaba muros para protegerme. Y por dentro me repetía que, en unas horas, acabaría este castigo y él sería apenas un recuerdo que se desvanecería con el tiempo.
La realidad fue otra: no pude dormir. Apenas sonó la alarma, recogí mis cosas y me cambié de atuendo. Cuando estaba por marcharme, con la valija en mano, me detuve un segundo a contemplarlo.
—Giuseppe… quizá en otra vida —murmuré.
Solté un suspiro y abandoné la habitación.
Tomé el primer taxi libre. Al llegar al aeropuerto, por suerte, ya había vuelos; ya podía volver a Italia. El trayecto en avión fue muy distinto al anterior: a mi lado, una adolescente envuelta en sus auriculares, con una expresión de amargura que espantaba a cualquiera. Tal vez por eso no podía quitarme esa sensación de volver a verlo. Un anhelo que no comprendía.
Con la valija en mano salí por la puerta de desembarque, mezclada entre los otros pasajeros, cuando Ángelo se acercó con su rostro serio.
—Buenas tardes, señora. Permítame la valija. El jefe la espera en la villa.
Asentí apenas, pero me giré un segundo, barriendo con la mirada a mi alrededor, buscándolo entre la multitud.
—¿Olvida algo? —añadió Ángelo.
Negué con la cabeza, me acomodé los anteojos de sol y avancé hacia el parqueadero.
Apenas puse un pie en el interior de la villa, ahí estaba Pietro, como de costumbre, con el celular pegado al oído, dando órdenes a su gente y el habano entre los dedos. Al verme, no sonrió de inmediato. Me observó en silencio, de arriba abajo, con una lentitud calculada, como si evaluara algo más que mi regreso.
Colocó dos dedos sobre el micrófono del teléfono, sin cortar la llamada.
—Ya estoy en casa —dije, innecesariamente.
Sus labios se curvaron apenas, no en una sonrisa, sino en un gesto de satisfacción contenida. Entonces sí, terminó la llamada sin despedirse, apagó el habano con calma y avanzó hacia mí.
—Querida… —dijo en voz baja—. Es bueno que estés en casa.
Abrió los brazos, pero cuando me atrajo hacia él, su mano se acomodó en mi espalda de un modo que no admitía distancia. No me apretó: me fijó. El beso en mis labios fue breve, correcto, casi protocolar.
—¿Cómo estuvo el funeral de Renata? —preguntó con voz serena, demasiado serena.
—Doloroso… —respondí—. Aún no acepto su muerte repentina.
Asintió despacio y tomó mi rostro entre los dedos, obligándome a mirarlo.
—Pasará —dijo—. Todo termina acomodándose. Incluso lo que creemos que nos va a destruir.
Sus pulgares permanecieron un segundo de más en mis mejillas antes de soltarme.
—Y por eso la visita de mi amigo te vendrá bien…
Pensé que se trataba de un hombre mayor, también envuelto en asuntos de la mafia. Incluso ya me imaginaba soportar sus charlas aburridas sobre casinos, droga y negocios que no me interesaban. Pero el amigo de Pietro resultó ser él. Giuseppe. Una burla. Un juego retorcido. O, una vez más, la vida gritándome que todo giraba alrededor de mi dueño.
Y ahora por un instante, todo parece congelarse. Giuseppe apenas logra ocultar su sorpresa. Pietro, en cambio, sostiene esa sonrisa abierta, satisfecha, ignorando la incomodidad que se tensa entre nosotros.
—Querida, este es Giuseppe Bergoni —dice Pietro, su voz colándose en el ambiente al mismo tiempo que desliza su mano por mi cintura, marcándome.
—Un placer, señor Bergoni —respondo con formalidad, sin sonrisa—. Ludovica Casiraghi… ahora Ferrari.
—El placer es mío, Ludovica —habla Giuseppe, con voz serena, demasiado controlada.
—Ludovica, no lo trates con tanto formalismo a Giuseppe —interviene Pietro entre risas—. Este muchacho es como un hijo para mí. Lo conozco desde que era un niño.
Apenas esbozo una sonrisa forzada. Giuseppe me sostiene la mirada, intensa, cargada de algo que ninguno de los dos se atreve a nombrar.
—Entremos, Giuseppe —ordena Pietro—. Quiero que me cuentes qué has hecho desde la última vez que nos vimos.
Unas horas después
Quisiera repetir que la incomodidad del primer momento quedó atrás, pero no ha sido así, más bien las anécdotas, bromas y algún comentario desatinado reforzo mi malestar por el vínculo entre Pietro y Giuseppe. Y he sobrevivido con una copa de vino mientras estamos en la sala.
De pronto, el maldito celular suena. Pietro observa por un segundo la pantalla, indeciso
—Responde —dice—. Por mí no te preocupes. Yo me retiro a descansar.
Giuseppe se incorpora despacio, como si la llamada no fuera asunto suyo.
—De acuerdo —contesta Pietro, sin apartar el teléfono de su oído—. Mañana seguimos.
Mientras escucha, gira apenas el rostro hacia mí. No me mira de frente.
—Querida… —dice con esa voz suave, empalagosa, casi amable—. ¿Le indicas a Giuseppe dónde se quedará? Así puede instalarse tranquilo.
Asiento. No digo nada.
Caminamos por el pasillo. El silencio pesa. Cada paso se siente demasiado. La voz de Pietro sigue escuchándose a la distancia.
Abro la puerta de la habitación de invitados.
—Aquí te quedarás, descansa —digo, ya girándome para marcharme.
Pero antes de lograrlo, su mano se cierra en mi brazo con suavidad, pero firme. Abro los ojos de par en par.
—Yo todavía sigo recordando tu cuerpo temblando contra el mío… en el avión —susurra con la voz inquieta—. Sigo recordando la noche en el hotel.
Me quedo inmóvil. Luego me gira despacio.
—¿Qué haces? —le reclamo en voz baja—. Pietro está a unos pasos de aquí…
—No puedo evitarlo —admite con la voz temblorosa— Y eso me asusta.
Trago saliva. Mi pulso se acelera
—¿A ti no? —agrega, clavándome su mirada.