La misma noche
Londres
Giuseppe
Tengo clarísimo que nunca hubo límites en el juego de la seducción, pero a veces debería existir un letrero luminoso, imposible de ignorar, que advierta: peligro. O quizá siempre estuvo ahí y soy yo quien elige mirar para otro lado, porque estoy tan acostumbrado a rozar el abismo que necesito nuevas formas de sentir adrenalina. Así de lejos llegué: a proponerle a Ludovica compartir la habitación. Y juro que intenté ser sensato después de su agresividad… aunque, seamos honestos, cruzar la línea siempre me ha gustado más que respetarla.
Y ahora espero su respuesta. El silencio se estira entre nosotros, denso, cargado. Esta noche puede convertirse en algo distinto… o hundirme en la misma soledad de siempre. Finalmente, su voz corta el aire como una hoja afilada.
—Espero que seas un caballero —dice, sin mirarme—. De lo contrario, soy capaz de denunciarte a la policía por acoso.
Parpadeo. No sé si reír o enfurecerme por su respuesta.
—Entiendo —respondo, alzando las manos en señal de rendición—. Pondré un muro de ladrillos en la cama.
Sus ojos se clavan en los míos. Duros. Desconfiados.
—No he dicho nada —me apresuro a añadir, cerrando la boca con dos dedos, teatral.
No responde. Simplemente avanza. Arrastra la valija hasta la pequeña mesa, la abre y comienza a sacar ropa con movimientos precisos, casi mecánicos. Se quita el abrigo, lo deja caer sobre la silla. Luego se descalza.
Para no quedarme mirándola, me refugio en el minibar.
—Bingo —murmuro al abrirlo—. Alcohol, agua, gaseosa. —Giro apenas la cabeza—. ¿Quieres algo?
—Sí —responde sin suavizar el tono—. Ducharme y dormir.
Cierro el refrigerador.
Un rato más tarde
Cuando Ludovica salió del baño, no lo hizo cubierta como una monja hasta los tobillos. Todo lo contrario. Llevaba una bata de seda rosada, translúcida, que apenas disimulaba lo suficiente. El cabello suelto le caía por los hombros con una naturalidad peligrosamente sensual. Me quedé quieto un segundo de más. Lo suficiente para saber que no debería.
Disimulé, me metí al baño y dejé correr el agua fría, como si pudiera borrar lo que acababa de instalarse en mi cabeza.
Ahora me encuentro con ella sentada en el borde de la cama, el celular entre las manos. Alza la vista apenas un instante. Ese segundo pesa y se estira. No estoy desnudo, ni usando solo el bóxer; llevo pantalones anchos. Aun así, algo se tensa en el aire.
Y cuando menos lo espero, se mete bajo las sábanas.
—Apaga la luz, por favor —dice en voz baja, ya de espaldas.
—Todavía no tengo sueño —arguyo, apoyándome en el marco de la puerta—. Y no me gusta dormir a oscuras.
Se gira apenas lo justo para mirarme.
—Falta que me digas que escuchas música para conciliar el sueño —ironiza—, o que cantas como las madres a sus hijos.
—No es que tenga miedo a los monstruos del closet—respondo, bajando la voz—. Es que uno se levanta al baño de madrugada y termina golpeándose con la cama… o con algún mueble.
Suspira, impaciente.
—Igual apaga la luz —ordena—. Y guarda silencio, Giuseppe.
Obedezco. Apago la luz. Me meto en la cama con cuidado, manteniendo la distancia prometida. En cuanto me recuesto, su perfume me invade. Dulce. Tibio. Demasiado cercano. Mi respiración se desacomoda y tengo que concentrarme para no hacer evidente lo que pasa dentro de mí.
—Cierra los ojos —susurra—. Y deja de mover el pie. Se nota.
Me quedo inmóvil. El espacio entre nosotros parece mínimo y enorme al mismo tiempo. El aire sigue cargado. Inquieto.
—¿Vuelves a casa? —me animo—. ¿Vas a ver a tus padres? ¿De qué parte de Italia eres?
—No voy a responder tu pequeño interrogatorio —dice, tajante—. Quiero dormir.
El silencio cae otra vez. Pesado. Definitivo.
Al día siguiente
Toscana, Firenze
No crucé la cama. Ni siquiera rocé su mano. Fui un caballero… o un imbécil. Ya no importa.
Me giré sobre el colchón y solo encontré el vacío donde había estado su cuerpo. Las sábanas frías. El rastro de un calor que ya no estaba. Y esa sensación incómoda, extraña, que no supe cómo nombrar. Ludovica se fue sin un gracias, sin un adiós. Y yo me quedé con algo peor: la certeza de un deseo que no ocurrió… y aun así dejó marca.
Arrastré mi equipaje hasta la salida del aeropuerto. Miré por encima del hombro una última vez, como si pudiera encontrarla entre los pasajeros. Como si el destino fuera a concederme una escena de despedida que no merecía. Sabía que era inútil. Podía estar en Milán, en Roma, en Nápoles… en cualquier punto de Italia. Jamás volvería a verla.
Entonces subí al primer taxi libre y di al chofer la dirección de la villa de Pietro Ferrer. Veinte minutos de trayecto que se me hicieron eternos. Me apoyé contra el respaldo, cerré los ojos, intenté ordenar pensamientos que no obedecían. Su perfume seguía ahí. Persistente. Inoportuno.
En este instante, el auto reduce la velocidad. Abro los ojos por reflejo y miro por la ventanilla. Ahí está la villa de Pietro, imponente, inmóvil, como detenida en el tiempo. El portón se abre tras el saludo de la seguridad y el chofer avanza por el camino de grava.
Apenas frena, ya estoy afuera. Inhalo profundo la brisa del campo y observo alrededor cuando su voz retumba en el ambiente y me obliga a girarme despacio.
Ahí está Pietro. Más arrugas surcándole el rostro, el cabello grisáceo, un traje beige impecable y esa sonrisa cortés que recuerdo demasiado bien.
—¡Mi muchacho! —alza los brazos, eufórico—. Te ves bien.
Me rodea con un abrazo fuerte, sincero.
—Hola, Pietro —respondo con una sonrisa ladeada—. Ya quisiera verme tan bien como tú a tu edad… La villa sigue igual que como la recuerdo.
Asiente, complacido.
—Pasamos una buena época aquí —dice, con una sonrisa nostálgica—. Te enseñé a usar el rifle, ¿recuerdas?
—Y soy el mejor francotirador gracias a ti —contesto sin dudar—. Te superé, pero estoy dispuesto a darte la revancha.
Ríe divertido.
—Te extrañé, muchacho. Pero nada de armas en casa —agrega, bajando la voz—. A mi esposa no le agradan. Es un poco quisquillosa.
Niego con la cabeza, medio en broma, medio en serio.
—Perdona lo que voy a decir, Pietro… ¿cómo permites que esa mujer te diga qué hacer? ¿Dónde quedó el hombre que conocí?
Se encoge de hombros, divertido.
—¿Y cómo negarle algo a una mujer tan hermosa como la que tengo? —hace un gesto con la mano hacia el interior—. Dímelo tú, Giuseppe.
No alcanzo a responder.
—Querido, ¿Llegó tu invitado? —se oye una voz familiar.
Me giro. Y siento como si alguien me arrojara un balde de agua helada encima.
Ahí está ella. Ludovica. De pie, serena, con una sonrisa apenas contenida, como si nada hubiera pasado… o como si todo hubiera pasado solo para mí. Por un segundo no sé si debo escapar… o quedarme en la villa.