Atrapado en tu misterio (1era. Parte)

1023 Words
El mismo día Londres Giuseppe En mala hora pasó la turbulencia… o quizá fue lo mejor que pudo pasar. Porque desde entonces no he logrado apartar los ojos de ella. Me arrastra sin proponérselo, con esa mezcla incómoda de agresividad y defensa, como si atacara antes de que alguien se acerque demasiado. Aun así, me repito que en unas horas el vuelo llegará a su destino y yo me quedaré solo con el sabor agridulce de su recuerdo. Nada más. Todo cambia de golpe con el anuncio del capitán: vuelo cancelado por condiciones climáticas. No hay aplausos, solo un murmullo espeso, rostros tensos, fastidio contenido. Incluso el de ella. Londres no estaba en mis planes. En los de nadie. El avión toca pista con brusquedad, se encienden las luces del cinturón y el pasillo se llena de cuerpos impacientes, manos que buscan equipaje, suspiros cansados. Camino detrás de ella, manteniendo la distancia justa. No me mira. No hace falta. La reconozco por la rigidez con la que sostiene el bolso, como si ahí dentro cargara algo más que objetos. Algo que no puede soltar. La manga nos escupe dentro del aeropuerto y el caos es inmediato. Familias enteras, turistas sudorosos, mochilas abiertas en el suelo, valijas usadas como almohadas improvisadas. Verano. Temporada alta. Londres rebosa de gente y de ruido. Ella se detiene frente a uno de los mostradores, como el resto de los pasajeros que buscan una respuesta imposible: cuándo habrá otro vuelo a Italia. Yo ya sé la respuesta. Estoy varado. Así que saco el celular y empiezo a buscar alojamiento, mientras finjo no observarla. Un momento después Tras un par de llamadas donde casi pierdo la paciencia, consigo algo. Apenas algo. Camino hacia los mostradores justo cuando anuncian lo obvio: no habrá vuelos esta noche. Y ahí está ella. Entre el tumulto. Niega con la cabeza una, dos veces. Aprieta los labios. Da un paso atrás, como si el golpe la hubiera dejado sin fuerzas. Me acerco despacio. —No vas a conseguir habitación hoy —digo sin rodeos—. La ciudad está llena por el verano. Turistas por todos lados. Me mira. Cansada. No hostil. Eso ya es nuevo. —Eso ya me lo dijeron —responde—. Gracias por confirmarlo. Asiento. —Encontré un hotel a unas cuadras. Nada elegante. Una habitación libre. —Hago una pausa—. Podemos compartirla. Mira alrededor. El suelo frío. Gente sentada contra las paredes, otros tirados sobre sus valijas, niños llorando, miradas perdidas buscando un lugar donde pasar la noche. Suspira. —No pedí tu ayuda —revira con fastidio tensando la mandíbula. No me muevo. La dejo descargar. —Solo te digo tus alternativas —respondo con calma, apoyando el peso en una pierna—. Dormir en una butaca, si tienes suerte… —hago una pausa breve, la miro de arriba abajo— o en el piso. O venir conmigo, darte una ducha caliente y descansar en un colchón de verdad. Aprieta los labios. La idea le repugna. Se le nota en el gesto, en cómo desvía la mirada hacia el suelo del aeropuerto, lleno de cuerpos cansados y valijas abiertas. Suspira, frustrada. —No quiero compartir la cama —dice de inmediato, sin mirarme. —No lo sugerí. Mi respuesta la descoloca. Lo noto en ese gesto mínimo cuando frunce el ceño y levanta la vista, buscándome el rostro como si esperara encontrar la trampa. —¿Por qué haces esto? —pregunta al fin—. No me conoces. Me encojo apenas de hombros. —Mi buena acción del día —respondo, esbozando una media sonrisa que no llega a los ojos—. Para no ir al infierno… o al menos no tener que lidiar con más demonios de los necesarios. Se queda en silencio. Aprovecho, señalo con la cabeza hacia la salida. —El hotel está a pocas cuadras. ¿Me acompañas o prefieres declinar mi oferta? Toma aire. Largo, como si estuviera resignándose a algo que detesta. Asiente una sola vez. —Una noche —dice—. Nada más. —Una noche —repito, sin discutir. Salimos del aeropuerto dejando atrás el murmullo constante, el cansancio ajeno, los reclamos inútiles. Londres nos recibe con su humedad espesa, el ruido del tráfico, luces que no parecen dormir nunca. Caminamos lado a lado, no hablamos. No hace falta. El silencio entre nosotros ya no es hostil, pero tenso, incómodo y extraño. Al cruzar el lobby del hotel rompo el silencio. —¿Puedo saber tu nombre? Ella se detiene en seco. Se gira despacio y me lanza una mirada inquisitiva. —No quiero parecer un idiota frente a la recepcionista —añado— por no saber el nombre de mi “amiga”. Alza apenas una ceja. Un gesto breve, filoso. —Ludovica Casiraghi —responde entre dientes. Me identifico en el mostrador. La recepcionista teclea, me observa con curiosidad y desliza la llave sobre el mostrador. Subimos por la escalera estrecha. El espacio reducido nos obliga a una cercanía incómoda. Puedo sentir su respiración, el leve roce de su brazo cuando el pasillo se angosta. Ninguno lo comenta. Ninguno se aparta del todo. Y ahí lo entiendo, con una claridad que no debería permitirme: nada es más peligroso que una mujer que acepta tu ayuda cuando no tiene otra salida. Nos detenemos frente a la puerta 3C. Abro sin perder tiempo y le hago un gesto para que pase primero. Ella entra despacio. Observa el baño, la ventana, las paredes demasiado cerca… hasta que sus ojos se clavan en la única cama. Se queda quieta. Aprieta la manija de la valija, como si todavía pudiera decidirse. Yo no digo nada. No me muevo. La dejo pensar. El silencio se estira, denso, incómodo. —¿Qué lado prefieres de la cama? —pregunto al fin, en voz baja. Ella no responde. Sus dedos siguen aferrados a la valija. Sus ojos van de la cama a la puerta. De la puerta a mí. Y durante unos segundos eternos, no sé si va a quedarse… o si va a dar media vuelta y marcharse.
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