Actualidad
New York
Giuseppe
Dicen que la vida tiene un propósito, un destino escrito para cada uno. Yo lo entendí demasiado pronto… o quizá solo me aferré a lo que tenía al alcance de la mano: un mundo de sombras donde bastaba apretar el gatillo para llenar los bolsillos. Y aprendí a hacerlo bien. Demasiado bien.
Escenas limpias. Disparos certeros. Sin escándalos, sin testigos, sin cabos sueltos. Desde entonces me muevo como un fantasma de ciudad en ciudad, sin preguntar, sin saber más de lo estrictamente necesario sobre mis víctimas. No me interesa quiénes son ni qué hicieron. Yo solo cumplo. Soy un matón a sueldo, y mi prioridad siempre ha sido la misma: entrar y salir sin ser visto.
Pero esta vida cobra su precio. Y no es pequeño. La soledad.
No es que no sepa divertirme. Lo hago cuando aparece alguna mujer dispuesta a pasar la noche. Sin promesas, sin romance, sin ataduras. Un cuerpo junto al mío y nada más. Al principio funciona… después cansa. Ese vacío insiste, golpea desde dentro, recordándome todo lo que no puedo permitirme sentir.
Tal vez por eso, después de este último trabajo, decidí parar. Tomarme un respiro. Aceptar la invitación de Pietro Ferrari. Sí, ese mismo al que todos temen. Para mí, es lo más cercano a un padre que he tenido.
Y aquí estoy, arrastrando mi valija por los pasillos del aeropuerto John F. Kennedy, observando a cada pasajero y a cada oficial que cruza mi camino. No puedo evitarlo. Es un reflejo. La desconfianza ya no es una elección, es parte de mi naturaleza.
Avanzo por la fila de seguridad, dejo mis pertenencias en la bandeja, cruzo el filtro sin problemas. Todo fluye… hasta que algo brilla en el suelo. Bajo la mirada de inmediato, escaneo alrededor. A unos pasos, una mujer revisa su bolso con desesperación, los dedos temblándole apenas. Me agacho y recojo la cadena.
—Disculpa, esto debe ser tuyo —digo, mostrándole la cadena de oro.
Ella se gira.
Y por un segundo, me quedo sin palabras.
Ojos negros, intensos, afilados, cargados de desconfianza. Labios color carmín que provocan pensamientos indebidos. Piel blanca, casi de porcelana. Curvas que harían perder el juicio a cualquier hombre… y ese cabello castaño, cayendo con descuido elegante sobre sus hombros, como el complemento perfecto de un rostro que no pasa desapercibido. No más de veinticinco años. Joven, distinguida y peligrosamente atractiva.
—Gracias —responde, con un tono seco, casi cortante, mientras toma la cadena de mis manos.
Levanto una ceja, divertido.
—Si eso fue un gracias, preferiría no recibirlo. Podrías intentar ser un poco más cortés… tal vez sonreír.
Ella me observa con frialdad, sin inmutarse.
—Prefiero ser fría y cortante para que los depredadores como tú entiendan el mensaje.
Una sonrisa ladeada se dibuja en mis labios.
—La frialdad tiene nombre —suelto, con ironía y un dejo de picardía—. ¿Puedo saber el tuyo?
No responde. Simplemente gira sobre sus talones y avanza hacia la puerta de embarque. La sigo con la mirada, tranquilo, hasta notar el destino del vuelo en la pantalla. El mismo que el mío. Sonrío.
Un momento más tarde
No salí corriendo tras mi presa. Preferí esperar el último llamado para embarcar. Tal vez para no parecer un acosador… o un desesperado. Aunque, en el fondo, sé que es una táctica infalible para conseguir lo que quiero. La paciencia siempre juega a mi favor.
Ahora camino por el pasillo del avión, arrastrando el bolso de mano, buscando mi asiento mientras observo de reojo a los pasajeros. Hombres distraídos, mujeres cansadas, miradas perdidas. Todavía no la veo. Lo más probable es que viaje en clase ejecutiva. Una mujer así no suele mezclarse con el resto.
Sigo avanzando, leyendo los números sobre los compartimentos, hasta que encuentro mi lugar. Entonces la veo.
Y la sonrisa se me escapa sin permiso.
—Hola, desconocida —saludo, sin apartar la mirada—. Al parecer nos toca sentarnos juntos. Será entretenido tener con quién charlar.
Ella tuerce la boca, molesta, y saca un libro de su bolso con un gesto seco, calculado.
—No me interesa charlar con un desconocido —responde sin mirarme—. Así que mantén la boca cerrada por el resto del vuelo, ¿sí?
Inclino apenas la cabeza, divertido.
—Nos conocimos en el filtro. Fui quien te devolvió la cadena de oro. Entonces no soy un desconocido. Dime…
No me deja terminar.
—Figlio di puttana. —masculla entre dientes, creyendo que no la entiendo—. Pensa davvero che tutte le donne si sciolgano a quel sorriso compiaciuto? È solo l’ennesimo playboy presuntuoso e arrogante.
Suelto una breve risa por lo bajo.
—Por favor, no empecemos con insultos —replico, entretenido—. No le veas nada de malo a mi sonrisa. Incluso podría enseñarte a mostrarla de vez en cuando.
Levanta la vista como si acabara de cruzar una línea peligrosa.
—¡No me provoques…!
—Un consejo —digo, bajando un poco la voz—: aprende a ver más allá de tus ojos.
Me fulmina con la mirada. Hay fuego ahí. Y miedo. Eso no lo esperaba.
—¿Quieres un trago para hacer las paces? —añado, como si nada.
No responde. Se gira apenas, acomoda el libro frente a su rostro y se esconde detrás de él, marcando una frontera clara.
Apoyo la espalda en el asiento, cruzo los brazos y sonrío para mí mismo. Ya veo que será difícil conquistar a la princesa. Pero no me rindo ante la primera negativa.
Ella no lo sabe todavía, pero ya es un reto. Y yo… ya estoy cautivo.
Horas más tarde
La mayoría de los pasajeros duerme o finge hacerlo, en cambio yo jamás bajo la guardia. Ella sigue a mi lado, con el libro apoyado en el pecho, las manos cruzadas sobre el abdomen. No ha vuelto a mirarme. Tampoco ha pedido nada. Ni agua. Ni vino. Nada.
De repente el avión da un primer sacudón leve. Apenas perceptible, pero ella se tensa.
—Tranquila —digo sin pensar—. Es normal un poco de turbulencia.
Me mira de reojo, como si acabara de recordar que existo.
—No te pedí opinión —responde en voz baja.
Sonrío apenas, pero no digo nada. El cinturón de seguridad se enciende segundos después. El capitán anuncia turbulencia moderada. Nada fuera de lo común.
—No pasa nada —repito, esta vez con menos ironía.
—No me gusta volar —admite, casi sin voz. Y es la primera vez que me dice algo que no es un ataque.
Antes de que pueda responder, el avión cae unos metros en seco.
Ella pierde el equilibrio hacia adelante. Y por puro reflejo, mi mano se cierra sobre su antebrazo.
—Suéltame —dice al fin, pero no suena furiosa. Suena asustada.
Otro sacudón. Más violento.
Ella se aferra ahora a mi camisa, sin mirarme. Siento el peso de su cuerpo inclinarse hacia el mío. Su respiración irregular golpeándome el pecho.
—Respira hondo—le digo, serio—. Cuenta conmigo uno, dos, tres…
El avión vuelve a estremecerse. Ella aprieta los ojos. Sus uñas se clavan sin darse cuenta. No me duele. No importa.
—Esto va a pasar —insisto—. Ya casi.
El ruido vuelve a estabilizarse. Las luces permanecen encendidas, pero el peligro se aleja. Ella afloja primero la mano. Luego el cuerpo. Se aparta de golpe, como si recién entonces entendiera dónde está.
—No debiste tocarme —dice, recompuesta a medias, acomodándose el cabello con manos temblorosas.
—Quise tranquilizarte —respondo, sin rastro de burla.
Me mira. De frente. Por primera vez desde que subimos al avión. Hay algo roto en sus ojos. No quebrado. Expuesto.
—No sabes nada de mí —susurra—. No tenías que hacerlo
—Lo sé —contesto—. Pero no me gusto verte entrar en pánico.
Se queda en silencio. Traga saliva. Vuelve a tomar el libro, pero no lo abre.
—Esto no cambia nada —dice cortante, pero algo en sus ojos me confunde.
Asiento despacio todavía procesando lo que acaba de suceder. Esa mirada que me atrapa y me aleja al mismo tiempo. Eso que me asusta por primera vez.
Se gira hacia la ventanilla. Se abrocha el cinturón con más fuerza de la necesaria. Y yo me quedo conteniendo las ganas de cruzar la línea, con ese deseo y algo que no comprendo nublándome el pensamiento.