La arquitectura del desprecio —Un mal necesario. Las palabras de Alexander flotaron en el aire de la oficina, suspendidas como partículas de polvo en un rayo de sol. Para él, era una frase corporativa, una forma de mantener la distancia de seguridad. Para Emilia, fue el eco de una sentencia que llevaba escuchando toda su vida. Emilia se quedó inmóvil. Sintió un pinchazo frío en el centro del pecho, justo detrás del esternón. Una risa seca, cargada de una tristeza vieja y oxidada, escapó de sus labios. Fue un sonido breve, casi imperceptible, pero cortante. —Un mal necesario —repitió ella en un susurro, mirando a Alexander—. Vaya. Tienes el mismo don que mi madre para resumir la existencia de una persona en una frase de liquidación. Alexander frunció el ceño, notando por primera vez

