Lo que pasa en Las Vegas… termina en una celda Alexander Volkov estaba acostumbrado a dictar las reglas, pero Olga Volkov era la única persona en el mundo capaz de ignorarlas sin mirar atrás. —Me llevo a la niña —anunció Olga por teléfono a las siete de la mañana del día siguiente—. Necesita aire que no huela a tus remordimientos y a tu perfume caro. No nos busques. Volveremos cuando nos hayamos aburrido. —¿A dónde van, abuela? Emilia tiene trabajo y... —Emilia tiene alma, Sasha. Algo que tú tienes guardado en una caja de seguridad. Adiós. Alexander miró su teléfono con incredulidad. Intentó rastrear el GPS del coche, pero Olga, en un despliegue de veteranía en espionaje, lo había desactivado. Solo tres días después, una alerta de cargo en su tarjeta de crédito personal —esa que Ol

