Espejos rotos y sangre de Washington El sol de mediodía golpeaba el cristal blindado de la oficina de Alexander, pero dentro, el ambiente era gélido. Sobre el escritorio de obsidiana, no había contratos de fusiones, sino una carpeta de cartón color crema con el sello de "Confidencial". Alexander pasó la primera página. Sus ojos se detuvieron en la ficha de nacimiento. —Emilia Rivas —leyó para sí mismo. No era la historia que él esperaba. No había orfandad, ni una infancia de carencias extremas. La familia Rivas era de clase alta, el tipo de familia que en Washington D.C. se codeaba con el poder real. Su padre, un arquitecto respetado; su madre, Beatriz Ford, una abogada de litigios corporativos con una reputación de tiburón y un apellido que hacía temblar los tribunales. Alexander

