El precio de la piel y otras cosas que no se compran La Quinta Avenida se extendía frente a ellos como una pasarela de arrogancia. Alexander caminaba con las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre, marcando un ritmo que Emilia, con sus botas de combate medio desatadas, se negaba a seguir. Se detuvieron frente a L’Eclat, una boutique tan exclusiva que no tenía precios en el escaparate, solo un guardia con guantes blancos y un aire de superioridad que hacía que Emilia quisiera darle un cabezazo. —Entra —ordenó Alexander, señalando la puerta de cristal—. Mi estilista ha seleccionado tres opciones para la cena de mañana. Solo tienes que probártelas, elegir una y dejar que ajusten el dobladillo. Emilia entró. El aire dentro de la tienda olía a gardenias y a dinero viejo. El suel

