CAPÍTULO 5

1202 Words
Cláusulas de guerra y otras ficciones Alexander Volkov no redactaba acuerdos en servilletas. Cuando Emilia entró en su oficina al día siguiente, se encontró con una carpeta de cuero azul noche sobre la mesa de cristal. A su lado, un bolígrafo de oro y una taza de café humeante que, tras un rápido olfateo, confirmó que era exactamente su pedido: latte de soja, doble carga, sin azúcar. —¿Me has investigado hasta el paladar o es que tienes cámaras en mi cafetería habitual? —preguntó ella, dejando caer su mochila con un golpe sordo que hizo que Alexander frunciera el ceño. —Tengo cámaras en casi todas partes, Emilia. Pero en este caso, simplemente envié a Marcus a preguntar. Dijo que la "chica pelirroja con cara de pocos amigos" siempre pide lo mismo —Alexander ni siquiera levantó la vista de su tablet—. Siéntate. Tenemos que revisar los términos antes de que mi abuela aterrice en JFK mañana por la tarde. Emilia se sentó, cruzando las piernas y abriendo la carpeta. Sus ojos recorrieron las páginas. No era un contrato de noviazgo; era un tratado de rendición. —Cláusula 1.2... —leyó ella en voz alta, con un tono cargado de incredulidad—. "El contacto físico queda estrictamente prohibido en entornos privados, salvo que exista riesgo inminente de observación por parte de terceros vinculados a la familia Volkov" —Ella lo miró por encima del papel—. ¿"Contacto físico"? ¿Te refieres a que no puedo ni darte un choque de palmas si logras decir algo que no sea una estadística de mercado? —Me refiero —dijo él, robándole la atención con su mirada gélida— a que los besos están restringidos. Solo se permiten besos en presencia de mi abuela o de mi círculo familiar cercano. Y no me refiero a besos de película de serie B. Quiero algo creíble, pero sin... entusiasmo innecesario. Emilia soltó una carcajada seca. —Oh, descuida, Alex. Pondré el mismo entusiasmo que pongo cuando voy al dentista a que me saquen una muela. ¿"Entusiasmo innecesario"? Ni que fueras el último hombre sobre la tierra. Alexander apretó la mandíbula, pero continuó. —Cláusula 4.5: El vestuario. Durante la duración del contrato, se te proporcionará un presupuesto para ropa. Debes cambiar tu forma de vestir. Menos... —hizo un gesto vago hacia la chaqueta de cuero y las botas de combate de ella— … esto. Necesito que seas menos llamativa. Menos "artista en huelga" y más "mujer con un futuro estable". Colores neutros, cortes clásicos. Nada de graffiti en las uñas ni camisetas con consignas políticas. —¡Espera, espera! —Emilia golpeó la mesa con la palma de la mano—. ¿Quieres que me disfrace de maniquí de lujo? Mis botas son mi identidad, Volkov. Esto es un contrato de novia falsa, no un cambio de imagen de Princesa por sorpresa. —Si mi abuela ve esas botas, pensará que vas a patear a sus perros —replicó él sin inmutarse—. Aceptaste el trato, Emilia. El estudio es el precio. La ropa es el trámite. Emilia bufó, pasando la página con violencia. Pero lo que leyó a continuación la dejó paralizada. El papel tembló ligeramente en sus manos. —"Cláusula 7.1: El arco narrativo" —leyó con voz plana—. "La Srta. Rivas deberá proyectar la imagen de una mujer profundamente enamorada de un hombre romántico, detallista y emocionalmente disponible". Hubo un silencio de cinco segundos. Emilia levantó la vista lentamente. Alexander estaba allí, con su traje de tres piezas impecable, su expresión de esfinge y su aura de "tengo el corazón hecho de algoritmos". La mirada de Emilia pasó de la sorpresa a la confusión absoluta, terminando en una cara de "WTF" tan genuina que Alexander tuvo que aclararse la garganta. —¿Romántico? —preguntó ella, con la palabra goteando veneno—. ¿Tú? ¿Romántico? Alex, la única forma en la que tú podrías ser romántico es si le regalaras a alguien una hoja de Excel con los pétalos de rosa contados y categorizados por color y durabilidad. —Es lo que ella espera —dijo él, desviando la mirada por una fracción de segundo—. Mi abuela tiene una visión idealizada de la pasión. Si te presento como mi pareja, ella querrá saber cómo me declaré, cuántas flores te envío al día y si te escribo notas por la mañana. Tendrás que mentir con convicción. —Es que no es solo mentir, es ciencia ficción —insistió Emilia, inclinándose hacia delante—. ¿Sabes siquiera qué es el romance? No es una transacción, no es comprar un anillo y ponerlo en una caja. Es... es sentir que el aire falta si la otra persona no está. Y tú, señor Bloque de Hielo, no sabes de romance nada más que la forma en que se escribe la palabra para buscarla en el diccionario de sinónimos. Alexander se levantó bruscamente, rodeando el escritorio. Esta vez no se detuvo a un metro. Se inclinó sobre ella, apoyando las manos en los brazos de la silla de Emilia, acorralándola. Sus rostros quedaron a centímetros. Ella pudo ver la intensidad salvaje en sus ojos, una llama que nada tenía que ver con los negocios. —Sé exactamente lo que es el romance, Emilia —susurró, y su voz envió una descarga eléctrica directo a la columna de ella—. Es un juego de manipulación donde ambos bandos pretenden ser mejores de lo que son para obtener lo que quieren. Y ahora mismo, lo que yo quiero es que firmes ese papel y empieces a actuar como si me adoraras. —¿Incluso si me da ganas de vomitar? —retó ella, aunque su respiración se había vuelto traicioneramente errática. —Especialmente si te da ganas de vomitar. Son las mejores actuaciones. Emilia sostuvo su mirada. Podía oler el café, el papel nuevo y ese perfume suyo que empezaba a odiar porque le gustaba demasiado. Era una situación absurda: el hombre más frío del mundo pidiéndole que fingiera que él era un poeta enamorado. —Está bien —dijo ella, arrebatándole el bolígrafo de oro de la mano—. Seré tu Julieta. Pero te advierto: como intentes hacerte el "romántico" conmigo cuando no haya nadie mirando para practicar, te clavaré este bolígrafo de diez mil dólares en el muslo. —No tengo intenciones de practicar, Ratoncito —dijo él, recuperando su distancia y su máscara de indiferencia—. Mañana a las siete. Un coche te recogerá. Y por amor de Dios... que alguien le prenda fuego a esas botas antes de que amanezca. Emilia firmó el contrato con una rúbrica gigante y agresiva que ocupó media página. —Nos vemos mañana, "mi amor" —escupió ella la última palabra como si fuera un insulto. Salió del despacho con el corazón a mil por hora. Alexander se quedó mirando la puerta cerrada, y luego, sin que nadie lo viera, pasó los dedos por el lugar del escritorio donde Emilia había apoyado sus manos. El caos no solo estaba en el contrato. El caos ya estaba dentro de la habitación.
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