Territorio hostil y el aroma de la emboscada
El vestíbulo de la Torre Volkov era un monumento al egoísmo arquitectónico. Emilia se detuvo un segundo frente a las puertas de cristal giratorias, ajustándose la chaqueta de cuero que usaba como armadura. Llevaba unos jeans negros ajustados, sus botas de combate desgastadas y el cabello recogido en una coleta tan tirante que le estiraba las sienes. En su mano derecha, apretaba una carpeta de cuero desgastado.
No tenía una cita. No tenía una invitación. Pero tenía una determinación que bordeaba el delirio.
—Señorita, no puede pasar sin una credencial —dijo el guardia de seguridad, un hombre que parecía haber sido esculpido en un bloque de hormigón.
Emilia le dedicó su sonrisa más encantadora y gélida, esa que reservaba para los clientes que intentaban regatear sus precios.
—Dile a Alexander que el "Ratoncito" está aquí para devolverle su queso. Y dile que, si no me recibe en cinco minutos, el video de él saliendo de su coche envuelto en papel higiénico estará en la bandeja de entrada de todos los editores de Page Six y Bloomberg.
El guardia parpadeó, confundido por la audacia, pero tras una breve consulta por el auricular, su expresión cambió a una de absoluta sorpresa.
—Piso cuarenta y cinco. El ascensor de la derecha la espera, Srta. Rivas.
El viaje en ascensor fue un suplicio de música ambiental minimalista y pantallas LED que mostraban el crecimiento de las acciones de Volkov Industries. Cuando las puertas se abrieron, Emilia fue recibida por una oficina que parecía el puente de mando de una nave espacial de lujo.
Al fondo, tras un escritorio que parecía tallado de un meteorito, estaba él.
Alexander Volkov no levantó la vista. Estaba firmando unos documentos con una pluma estilográfica que probablemente costaba más que el riñón de Emilia. El sol de la tarde entraba por el ventanal, rodeándolo con un aura dorada que, irónicamente, lo hacía parecer un ángel caído en lugar de un tiburón financiero.
—Tardaste tres minutos más de lo que esperaba —dijo Alexander sin dejar de escribir. Su voz llenó la habitación, profunda y vibrante—. La puntualidad no parece ser una de tus virtudes, Emilia.
—Y la caballerosidad no parece ser una de las tuyas, Alex —respondió ella, caminando hacia el centro del despacho con paso firme. El eco de sus botas sobre el suelo de mármol era el único sonido—. Comprar el edificio de mi estudio solo para asustarme es un poco... ¿Cómo decirlo? ¿Patético? ¿Desesperado? ¿O simplemente tienes demasiado dinero y muy poca imaginación?
Alexander dejó la pluma sobre la mesa con una lentitud deliberada. Se reclinó en su silla de cuero y, por primera vez, fijó sus ojos grises en ella. Emilia sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el aire acondicionado. Era una mirada que la desnudaba, no de forma s****l, sino intelectual. Él la estaba diseccionando.
—Se llama estrategia, no desesperación —replicó él con una calma exasperante—. Tú atacaste mi propiedad. Yo simplemente adquirí la tuya. La diferencia es que mis ataques son legales, permanentes y rentables.
—Rentables —repitió ella con sarcasmo, acercándose al escritorio—. Eres una máquina de calcular, ¿verdad? ¿Incluso cuando duermes sueñas con porcentajes?
—Sueño con orden, Emilia. Y tú eres el ruido más molesto que ha entrado en mi frecuencia en mucho tiempo.
Alexander se levantó. Era mucho más alto de lo que ella recordaba del incidente del coche. Se movía con la fluidez de un depredador que no necesita correr porque sabe que su presa no tiene a dónde ir. Caminó alrededor del escritorio hasta quedar a escasos centímetros de ella. El aroma de su colonia —madera, sándalo y un toque de algo metálico— invadió los sentidos de Emilia.
—Has venido aquí a amenazarme con un video —dijo él, bajando la voz hasta un tono casi íntimo—. ¿Crees que me importa el escándalo? El escándalo sube las acciones si se maneja con el giro adecuado. Pero lo que me intriga es... ¿Qué crees que vas a ganar?
Emilia no retrocedió. Levantó la barbilla, desafiando la gravedad de su presencia.
—No quiero ganar dinero. Quiero que me dejes en paz. Quiero que canceles esa estúpida inspección y que tu fondo de inversión se olvide de que mi edificio existe. Si no, juro que dedicaré cada minuto de mi vida creativa a convertir tu nombre en un meme global. Y créeme, Alex, soy muy, muy buena en mi trabajo.
Alexander soltó una carcajada baja, un sonido oscuro que vibró en el pecho de Emilia.
—Eres fascinante —admitió él, acortando la distancia aún más. Emilia podía ver las motas plateadas en sus iris—. Tienes el valor de un león en el cuerpo de una artista muerta de hambre. Pero cometiste un error táctico. Viniste a mi territorio sin una salida de emergencia.
—¿Ah, sí? Pruébame —desafió ella, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Alexander extendió una mano, pero no para tocarla. Cogió la carpeta de cuero que ella sostenía con fuerza. Emilia intentó retenerla, pero él fue más rápido. La abrió y hojeó los bocetos y las notas de prensa falsas que ella había preparado como "munición".
—Basura —dijo él, cerrando la carpeta y dejándola sobre el escritorio—. Pero hay algo de talento en este logo que diseñaste para mi "caída en desgracia". El uso del espacio negativo es aceptable.
—¡Es excelente, no aceptable! —saltó ella, herida en su orgullo profesional.
—Si tú lo dices... —Alexander se apoyó contra el borde de su escritorio, cruzando los brazos—. Hagamos un trato, Ratoncito. Ya que eres tan "buena en tu trabajo" y ya que me debes unos mil dólares en servicios de limpieza de lujo y estrés postraumático vehicular... tengo una propuesta para ti.
Emilia entrecerró los ojos, sospechando la trampa. —¿Qué tipo de propuesta? Si involucra algo ilegal, mi tarifa por hora sube considerablemente.
—Involucra algo mucho peor que la ilegalidad. Involucra la familia —Alexander tomó un sorbo de un vaso de agua mineral que había sobre la mesa—. Mi abuela, la matriarca de los Volkov, viene de visita desde Rusia. Es una mujer que cree en las tradiciones, en la estabilidad y en el hecho de que un hombre de mi posición debe tener una mujer adecuada a su lado para heredar el control total del fideicomiso familiar.
Emilia se quedó en silencio, procesando la información. La risa empezó a burbujear en su garganta.
—No. Oh, ni lo pienses. ¿Quieres que sea tu novia falsa? ¡Es el cliché más grande de la historia de la humanidad!
—Es un cliché porque funciona —cortó él, recuperando su tono gélido—. Necesito a alguien que sea lo suficientemente inteligente para no enamorarse de mí y lo suficientemente irritante para que mi abuela crea que es una relación real basada en la pasión y no en la conveniencia. Tú eres perfecta. Eres impulsiva, hablas demasiado y me odias. Es la cobertura ideal.
Emilia lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza. —¿Y qué gano yo, además del placer de no verte nunca más cuando esto termine?
Alexander se acercó de nuevo, esta vez tan cerca que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Tu edificio. Te daré la escritura de tu estudio. Será tuyo, libre de deudas, de alquileres y de fondos de inversión. Podrás pintar tus cuadros horribles hasta que te mueras de vieja sin que nadie te pida un centavo.
Emilia abrió la boca para protestar por lo de "cuadros horribles", pero se detuvo. La oferta era... astronómica. Era su libertad. Era el fin de las noches sin dormir contando monedas para el alquiler.
—¿Un contrato? —preguntó ella, con la voz un poco más ronca.
—Un contrato —confirmó él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que prometía un caos absoluto—. Pero ten cuidado, Emilia. Jugar a las mentiras conmigo tiene un precio. Si rompes el papel, yo te rompo a ti.
Emilia extendió la mano, no para estrechar la suya, sino para señalarle el pecho con un dedo acusador.
—Acepto. Pero con una condición: si intentas besarme para "hacerlo real" frente a tu abuela sin avisarme con diez minutos de antelación, te arrancaré la lengua.
Alexander miró el dedo de Emilia y luego sus labios. Una tensión eléctrica, pesada y peligrosa, se instaló entre ambos.
—Trato hecho, Ratoncito. Prepárate. La guerra acaba de ponerse elegante.