El ojo de Sauron
La sede de Volkov Industries era un monolito de acero y cristal que parecía observar a la ciudad de Nueva York con una mezcla de superioridad y aburrimiento. En la planta 45, el silencio no era ausencia de ruido, era una herramienta de tortura. Los empleados caminaban sobre moquetas que amortiguaban hasta el latido del corazón, y nadie hablaba por encima de un susurro.
Alexander Volkov estaba sentado tras su escritorio de obsidiana, con la espalda recta y la mirada fija en una hilera de monitores. No estaba revisando las acciones de la bolsa ni el cierre de la adquisición en Singapur. Estaba viendo un bucle de seguridad de doce segundos.
En la pantalla, una figura pequeña y ágil, vestida con una sudadera negra tres tallas más grandes y unos pantalones de yoga desgastados, saltaba la valla perimetral de su edificio con la gracia de un gato callejero.
—Ponlo otra vez —ordenó Alexander.
Marcus, su jefe de seguridad, suspiró y presionó una tecla.
—Señor, hemos reforzado la seguridad del parking. He despedido a los dos guardias que estaban en el turno de monitoreo. No volverá a ocurrir.
—No me importa que ocurra otra vez, Marcus. Me importa quién lo hizo —Alexander entrelazó sus largos dedos bajo la barbilla—. Mira cómo se mueve. No tiene miedo. Se detiene a mirar la cámara perimetral antes de saltar. Sabe dónde están los puntos ciegos.
En el video, la mujer se bajaba la capucha un segundo para rascarse la frente. Fue un parpadeo. Pero fue suficiente para el software de reconocimiento facial de grado militar que Alexander había hecho instalar el año pasado.
Una ventana emergente apareció en el monitor principal con un sonido electrónico limpio.
COINCIDENCIA ENCONTRADA: 98.4% Nombre: Emilia Rivas. Edad: 27 años. Profesión: Diseñadora gráfica / Consultora creativa "freelance" (Traducción: ingresos inestables). Dirección: Calle Bedford 124, Loft 4B, Brooklyn. Estado financiero: Al límite. Tres avisos de retraso en el alquiler del estudio en los últimos seis meses. Antecedentes: Una detención por "alteración del orden público" durante una protesta contra la demolición de un parque histórico. Cargos retirados.
Alexander leyó el perfil tres veces. Su mente, una máquina diseñada para encontrar debilidades en contratos multimillonarios, comenzó a desmembrar la vida de Emilia Rivas.
—Emilia —susurró el nombre, probándolo en su lengua. Sonaba suave, demasiado suave para alguien que usaba papel higiénico como arma de guerra—. Así que eres una artista con conciencia social y poco respeto por la propiedad privada.
—¿Qué quiere que haga, señor? —preguntó Marcus—. ¿Llamamos a la policía por allanamiento?
Alexander se levantó y caminó hacia el ventanal que ofrecía una vista panorámica de Manhattan. El sol se reflejaba en su rostro, endureciendo sus facciones.
—No. La policía es aburrida. La policía solo le daría una multa que no podría pagar y ella se sentiría una mártir de su causa —una sonrisa lenta y depredadora curvó sus labios—. Emilia Rivas cree que esto es una pelea callejera. Ella lanza una piedra y yo lanzo otra. No entiende que yo no lanzo piedras. Yo compro la calle.
Se giró hacia Marcus.
—Averigua quién es el dueño del edificio de su estudio en Brooklyn. Y llama a mi abogado. Quiero saber si el contrato de arrendamiento de ese loft tiene alguna cláusula sobre "actividades sospechosas" o "almacenamiento de materiales inflamables". Como, por ejemplo, tres mil rollos de papel higiénico.
Mientras tanto, en el Loft 4B de Brooklyn, el caos era el rey.
Emilia estaba sentada en el suelo, rodeada de bocetos, botes de acrílico abiertos y restos de pizza fría. Su estudio era un espacio industrial con techos altos y ventanas enormes que dejaban entrar una luz preciosa, pero que filtraban un frío espantoso en invierno. Era su refugio, el único lugar donde no tenía que ser la "hija perfecta" o la "empleada dócil".
Su computadora emitió un pitido. Un correo electrónico nuevo.
De: Gestión de Propiedades Miller & Co. Asunto: NOTIFICACIÓN URGENTE - Inspección de Seguridad y Revisión de Contrato.
Estimada Srta. Rivas: Se le informa que su edificio ha sido adquirido por el fondo de inversión 'V-Global Alpha'. Se realizará una inspección técnica de su unidad mañana a las 08:00 AM. Por favor, asegúrese de que el espacio cumpla con todas las normativas de seguridad contra incendios...
Emilia frunció el ceño. —¿V-Global Alpha? —preguntó en voz alta.
Abrió una pestaña de búsqueda y escribió el nombre. Los resultados la llevaron a una empresa matriz, y esa empresa a otra, y finalmente a un artículo de la revista Forbes con una foto que la hizo saltar del suelo como si le hubieran dado una descarga eléctrica.
Era él. Alexander Volkov. En la foto lucía un traje gris oscuro y una expresión que decía: "Soy el dueño de tu alma y acabo de comprar el aire que respiras".
—No puede ser... —Emilia sintió un sudor frío en la nuca—. Es un psicópata. Un psicópata rico con demasiado tiempo libre.
Miró a su alrededor. Su estudio estaba lleno de lienzos secándose, disolventes químicos y, sí, un par de bolsas de papel higiénico que le habían sobrado de su "misión" nocturna. Si la inspección era mañana, estaba muerta. Si él era el nuevo dueño, ella estaba en la calle.
La realidad la golpeó. Ella había jugado con su coche; él estaba jugando con su techo. Ella había usado bromas; él estaba usando el capitalismo puro y duro.
—¿Quieres guerra, Volkov? —Emilia apretó los puños, ignorando el temblor de sus manos—. Bien. Pero si crees que voy a salir de aquí llorando y pidiendo perdón, no tienes ni idea de con quién te has metido.
Se dirigió a su mesa de trabajo y sacó una carpeta negra. No era de diseño. Era su carpeta de "planes de contingencia". Emilia Rivas no tenía dinero, pero tenía algo que Alexander Volkov había olvidado hace mucho tiempo entre tantos ceros a la derecha: imaginación destructiva.
Esa noche, Emilia no durmió. Mientras Alexander cenaba un filete de cien dólares y un vino de cosecha exclusiva, Emilia estaba diseñando un plan que no involucraba papel higiénico, sino algo mucho más letal: la reputación de Alexander Volkov.
Porque si algo sabía Emilia sobre los hombres como él, es que aman su dinero, pero veneran su imagen. Y ella estaba a punto de pintar un bigote de graffiti sobre su impecable legado.