CAPÍTULO 2

1137 Words
El arte de la guerra (y de la celulosa) El ático de Alexander Volkov en la zona financiera no era un hogar; era una declaración de principios. Todo era mármol n***o, vidrio templado y un silencio sepulcral que solo se veía interrumpido por el tic-tac de un reloj de pared suizo que costaba lo mismo que un yate pequeño. Alexander se despertó a las 5:00 AM, como cada mañana. Su ritual era inquebrantable: quince minutos de meditación, cuarenta minutos de calistenia intensa y un expreso doble sin azúcar mientras revisaba el cierre de los mercados asiáticos. Alexander amaba el control. El control era la diferencia entre un depredador y una presa. —Señor Volkov, el chofer está abajo —anunció la voz sintética de su sistema inteligente a las 6:30 AM. Alexander se ajustó los gemelos de plata con las iniciales AV grabadas. Se puso su abrigo de lana virgen y bajó por el ascensor privado que conectaba directamente con el garaje subterráneo. Mientras bajaba, pensó fugazmente en la mujer del día anterior. "Ratoncito". La recordaba como un borrón de ojos grandes y lengua demasiado rápida. Se prometió que, si volvía a verla, la ignoraría hasta que ella misma se sintiera invisible. Pero el destino, o más bien Emilia Rivas, tenía otros planes. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Alexander no vio su Mercedes-AMG n***o mate. Vio una montaña blanca y esponjosa. —¿Qué demonios...? —La palabra murió en su garganta. Su coche, la joya de su garaje, había desaparecido bajo capas y capas de papel higiénico. No era un trabajo descuidado; era una obra de ingeniería del sarcasmo. Habían usado cinta adhesiva transparente para asegurar las puntas, creando un patrón de vendaje que hacía que el coche pareciera una momia de lujo. Pero no se habían detenido ahí. Habían utilizado papel higiénico de diferentes texturas para crear "detalles": un enorme lazo blanco en el techo y dos pompones colgando de los espejos retrovisores. El suelo estaba cubierto de confeti hecho con trozos de servilletas de papel. Alexander caminó lentamente hacia el vehículo. Su chofer, su mano derecha, Marcus, un exmilitar de dos metros de altura, estaba de pie junto al coche con una mezcla de horror y una risa contenida que hacía que sus venas del cuello palpitaran. —Señor... yo... acabo de llegar. Seguridad dice que alguien burló el sensor de la puerta trasera —balbuceó Marcus. Alexander no respondió. Se acercó al parabrisas, donde un pequeño espacio había sido dejado libre de papel. Allí, pegado con un trozo de chicle (sabor canela, por el olor), había un post-it rosa neón. La caligrafía era redonda, burlona y decidida: "Estimado James Bond de oferta: Como me preocupaba que la 'grasa de mis dedos' devaluara tu precioso ego, he decidido protegerlo con este escudo de suavidad extrema. Es triple hoja, porque un hombre con un coche tan grande claramente necesita mucho consuelo. PD: Por el café de ayer me debes 7 dólares. El papel higiénico corre por mi cuenta. Considéralo una inversión en tu higiene emocional. Con amor (del que pica), Ratoncito." Alexander apretó el post-it en su puño hasta que sus nudillos se volvieron blancos. El silencio en el garaje se volvió pesado, eléctrico. —Marcus —dijo Alexander. Su voz era un susurro letal, el tipo de sonido que precede a los despidos masivos. —¿Sí, señor? —No llames a la policía. No llames a la empresa de limpieza. —¿Señor? No puede conducir eso así... Alexander giró la cabeza lentamente. Sus ojos grises estaban encendidos con una furia fría que Marcus no había visto en años. —Quiero que consigas las grabaciones de cada cámara de este bloque en un radio de cinco kilómetros. Quiero saber dónde compró ese papel. Quiero saber a qué hora desayuna, dónde paga sus impuestos y cuál es el nombre de su primer perro. Alexander arrancó el papel higiénico del tirador de la puerta con un movimiento violento. —Ella cree que esto es un juego de niños. Cree que puede entrar en mi mundo y dejar una nota adhesiva como si estuviéramos en la secundaria. —Se sentó en el asiento del conductor, ignorando las tiras de papel que aún colgaban del techo—. Voy a enseñarle a esa mujer que, en mi mundo, cuando alguien lanza un guante, yo no lo recojo. Yo quemo el campo de batalla con ella dentro. Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en un estudio que olía a pintura fresca, incienso y cafeína barata, Emilia Rivas estaba bailando. Tenía puesto un viejo vinilo de rock de los 70 y saltaba sobre su alfombra raída mientras sostenía un pincel. Se sentía invicta. La adrenalina de haber escalado la valla del parking de los Volkov a las tres de la mañana aún corría por sus venas. Había sido arriesgado, estúpido y probablemente ilegal, pero la imagen de aquel hombre estirado encontrando su "momia-móvil" era la mejor medicina para su estrés. —Eso te enseñará a no salpicar a la gente con tu arrogancia, Volkov —canturreó, dándole una pincelada agresiva a un lienzo abstracto. Emilia sabía que estaba jugando con fuego. Sabía que hombres como él no simplemente "olvidaban". Pero toda su vida le habían dicho que bajara la voz, que fuera educada, que no molestara. Y estaba harta. Si el mundo iba a intentar atropellarla, ella iba a asegurarse de que el mundo terminara envuelto en papel higiénico. Su teléfono vibró sobre la mesa de dibujo. Era un mensaje de su mejor amiga, Sofía: "¿Sigues viva o el millonario te ha mandado a un sicario con corbata de seda?" Emilia sonrió y escribió de vuelta: "Viva y triunfante. Creo que le he dado un nuevo propósito a su vida: aprender a desenrollar papel." Emilia dejó el teléfono y miró por la ventana hacia los rascacielos del distrito financiero. Por un segundo, una punzada de duda le recorrió la columna. Alexander Volkov no parecía el tipo de hombre que aceptaba una broma con elegancia. Parecía el tipo de hombre que guardaba rencores como si fueran lingotes de oro. —Bah, ¿Qué va a hacer? —se dijo a sí misma, volviendo a su pintura—. Es un ejecutivo. Estará demasiado ocupado robándole el alma a algún huérfano como para preocuparse por una diseñadora muerta de hambre. Pobre Emilia. Si hubiera sabido que, en ese mismo instante, en el piso 42 de la Torre Volkov, un equipo de tres analistas de datos estaba rastreando el número de serie de su tarjeta de transporte público, probablemente no habría estado bailando. La guerra no acababa de empezar. La guerra acababa de ser declarada formalmente, y el campo de batalla olía a vainilla, soja y una sed de venganza que amenazaba con consumirlos a ambos.
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