La tregua del instinto y el sabor de la entrega El reloj de pared de la habitación de Alexander, una pieza minimalista de titanio que no emitía ni un solo sonido, marcaba las 3:42 AM cuando Emilia abrió los ojos. La oscuridad no era total; la luz de la luna neoyorquina se filtraba por los ventanales de la mansión, bañando la cama en un tono azulado y frío. Emilia parpadeó, sintiendo que su cabeza pesaba una tonelada. El efecto del sedante todavía flotaba en su sistema como una niebla espesa, pero fue el dolor físico lo que terminó de despertarla. Cada vez que intentaba expandir los pulmones, una punzada aguda en sus costillas le recordaba la pelea en Las Vegas. Intentó moverse y soltó un gemido ahogado. Fue entonces cuando se dio cuenta: no estaba en su loft, ni en el avión. Estaba e

