Renata no dudó en dar su respuesta a la voz que resonaba en medio de la oscuridad.
Si ella tuviera la oportunidad de volver, la tomaría.
Después de eso, lo único que escuchó fue una gran carcajada alrededor de ella, y la cual la envolvió luego en un gran halo de luz, que la sacó de la oscuridad
Renata despertó de manera abrupta llevando sus dos manos a su pecho.
¿Había estado soñando? Si eso era lo que debió de haber pasado. El sonido de la alarma de su celular la hizo levantarse de la cama.
Lo primero que hizo al levantarse rápidamente fue recordar que Jorge ya debía haberse levantado y estar bañándose.
Su cuerpo empezó a temblar al imaginar los gritos y golpes que recibiría por parte de Jorge si salía del baño y su desayuno no estaba servido.
De inmediato, Renata bajó de la cama y corrió hacia la cocina, con el corazón palpitante, presa del miedo. A sus 41 años, parecía más una niña temerosa, pero con 10 años de matrimonio con Jorge, el miedo se había vuelto parte de su vida. ¿A quién iba a recurrir? No tenía a nadie, y la policía no la ayudaría mientras no hubiera un daño físico a la vista y su esposo sabía muy bien dónde golpear para que no quedaran marcas en su cuerpo.
—Jorge, por favor, no te enojes… — dijo ella saliendo de la habitación, encontrándose con su madre en el pasillo.
—Renata, ¿Te pasa algo? ¿Has dejado a Jorge dormir en tu habitación?;Sabes que a tu padre no le gusta ese tipo de cosas— le reprendió de inmediato su madre.
Ver a su madre hizo que Renata cayera de rodillas, recordando todo lo que había pasado antes, desde su atropellamiento hasta el recuerdo de su embarazo.
Se levantó con la ayuda de su madre para dirigirse al baño y ahí vaciar su estómago.
Las voces de Jorge y Elizabeth seguían martirizándola en su cabeza, hasta que recordó esa extraña voz y la pregunta que le había hecho.
Su madre, preocupada por su hija, llamaba a su esposo alarmada.
—Cariño, cariño… ven rápido, creo que tenemos que llevar a Renata al doctor.
Renata se limpió el rostro y la boca, saliendo del cuarto del baño.
—No, estoy bien, es solo algo que me cayó mal.
—¿Estás segura, mi niña? — le preguntó su padre, quien la llevó hasta la mesa.
Ella no pudo evitar llorar al darse cuenta de que sus padres estaban vivos. Ambos se quedaron quietos, especialmente ante el abrazo que su hija les dio a ambos.
—Ya, ya, creo que es hora de que te apures. No quieres llegar tarde en tu primera semana de trabajo.
—¿Qué día es? — preguntó de pronto ella.
—¿Cómo que no sabes qué día es? Hoy es 12 de enero.
—Sí, ¿pero de qué año? — volvió a preguntar Renata.
—Pues hasta donde sé, es el año 2014.
Escuchar que era el año 2014 la hizo sonreír.
—Anda, ya come — le dijo su madre, colocando un plato lleno de hotcakes y fruta picada frente a ella.
No tardó en terminar de desayunar y en salir hacia su trabajo. Todavía no podía creerlo. Camino por las calles feliz. No solo sus padres estaban vivos, sino que aún no se había casado con Jorge.
Saber eso la hizo alzar las manos y lanzar un pequeño grito de felicidad que atrajo las miradas de todos a su alrededor.
Estaba tan feliz que olvidó un pequeño detalle: ese mismo día, Jorge sería trasladado de la sucursal principal a la de ella. Todo con la excusa de estar a su lado y no permitir que ningún hombre se fijara en ella.
Renata lo recordó demasiado tarde, justo en el momento en que chocó con él, quedándo ella paralizada.
—Renata, cariño, ¿así que es aquí donde te encuentras?
Jorge intentó acercarse a ella, pero Renata se alejó con los ojos llenos de miedo.
—¡No te me acerques! — gritó Renata, alejándose de Jorge.
—Renata, ¿esto no es divertido?
Todos alrededor voltearon a ver lo que sucedía; no era un secreto que Jorge Reyes era el novio de Renata.
—¡Ya te he dicho que te alejes! — repitió Renata, esta vez con más fuerza.
Jorge apretó sus manos en dos puños al notar que todos los observaban.
—Está bien, me alejaré. No sé qué te pasa hoy, pero no haré que te conviertas y me conviertas en el hazme reír enfrente de todos.
Renata no pudo soportarlo más. Los recuerdos de lo que había pasado cuando ella murió, la forma en que él y su madre se habían burlado de ella, las risas burlonas de ambos en el momento en que la desconectaron para que muriera, la llevaron a intentar golpearlo.
Todos en la oficina soltaron una exclamación de sorpresa en el momento en que Renata hizo caer a Jorge al suelo y empezó a golpearlo. Ninguno de los presentes parecía querer moverse o ayudar a quitar a Renata de encima de Jorge.
Todos se inclinaron y volvieron a sus lugares justo en el momento en que apareció el CEO de la compañía, Edmund Hannover, quien no dudó en caminar hacia Renata y alejarla de Jorge sujetándola y evitar que siguiera pegándole.
—Por favor, cálmese, señorita Russell. Él no podrá hacerle daño.
Renata pareció calmarse al escuchar esa voz firme pero empática. Sin embargo, no podía quedarse allí; tenía que marcharse, alejarse de Jorge. Así que se soltó del agarre de la persona que la mantenía sujeta y empezó a trastabillar hacia afuera de la sala, dirigiéndose hacia la pequeña área de descanso, donde una de las secretarias llevaba un par de tazas de café caliente.
—¡Renata, cuidado! — gritó la joven al ver que una de las tazas de café estaba a punto de caer sobre ella, causándole una fea quemadura en el pecho.
No obstante, la taza cayó, pero no sobre Renata, sino sobre la mano del CEO Hannover, quien evitó que el contenido de la taza cayera sobre ella, aún así cayó una parte del contenido en su antebrazo
—Yo lo siento… — comenzó a disculparse Renata, al ver que se había herido por su culpa.
Todos esperaban que ese hombre frío y carente de emociones, como se rumoreaba que era, estallara contra Renata y la despidiera. Sin embargo, eso no ocurrió.
—No pasa nada. Lo importante es que usted esté bien — le dijo Edmund, acomodándose sus lentes con el semblante serio.
—Sí, sí lo estoy — le respondió ella, sin saber qué más decir.
—Bien, eso es lo importante — le dijo antes de volver a mirar a todos los demás trabajadores que se encontraban en ese momento en la oficina.
—Director Rivas, espero que ya tenga los informes que le he pedido de su departamento.
—Sí, claro, por supuesto. Está todo listo, señor Hannover. Es más, si quiere… — el hombre se quedó a mitad de lo que iba a decir.
El CEO volvió a poner toda su atención en Renata.
—Señorita Russell, vaya por favor a la enfermería y, si lo cree conveniente, tómese el día.
—Señor Rivas, espero que no le descuente el día a la señorita Russell y que todo lo que pasó aquí no ande deambulando por los diferentes departamentos.
—Por supuesto que no. Si aquí no ha pasado nada, ¿verdad? — preguntó el señor Rivas a todos los demás.
Todos asintieron a lo dicho por el director.
Renata quiso decir algo y disculparse con todos; sin embargo, el director Rivas se lo impidió.
—Señorita Renata, vaya a la enfermería. Su trabajo de esta mañana lo hará una de las empleadas temporales, la señorita Jerez.
Renata supo que se encontraba en el maldito infierno al escuchar a la señorita Jerez hablar.
—Sí, Renata, no te preocupes por nada. Yo me haré cargo de todo, así que ve rápido.
Ahí frente a ella estaba Elizabeth, con la misma voz melosa con la que ella recordaba que le hablaba, una voz que le hacía imaginar que todo lo había soñado. Sin embargo, ella había podido soñar lo que sucedió. Su cuerpo todavía podía sentir lo que su cuerpo experimentó cuando ellos desconectaron las máquinas que la mantenían con vida y al ver que ella todavía respiraba, ambos colocaron una almohada en su rostro asfixiándola hasta morir.
—¡Muérete! Tú debes de morir, para que nosotros seamos felices.