3. Haciendo planes.

1427 Words
Renata dedicó la mañana a asegurarse de que se encontraba bien antes que nada. Había sido atropellada y, no solo eso, su cuerpo permaneció en estado vegetativo después de la operación, lo que podría haber afectado su cerebro. Se dirigió de inmediato al hospital, donde se sometió a un chequeo personal completo, así como a un par de tomografías y encefalogramas. —Señorita Russell, según lo que podemos observar, su salud está bien, salvo por la leve úlcera gástrica que acabamos de detectar. Le recomiendo que reduzca el consumo de café o, en su defecto, que no lo tome en absoluto. Además, procure llevar una vida tranquila y mantener una dieta equilibrada. Hoy en día, es la persona más sana que he atendido, y espero que continúe así. Renata sonrió al médico al recibir los resultados de sus estudios. Ella no podía contener la sonrisa, abrazada a sus estudios. Tenía una nueva oportunidad. Ahora, lo que necesitaba hacer era alejar de su vida a ese par. Decidió que lo primero sería elaborar un plan. Con la ventaja de conocer lo que sucedería en los próximos diez años, se preguntó qué debía hacer. "Por supuesto, Renata, debes estudiar el mercado bursátil y buscar otra empresa para trabajar. No puedo estar en el mismo lugar donde esos monstruos están", se dijo a sí misma mientras se dirigía a un café web. Consciente de que la mejor manera de asegurar su futuro financiero era a través de inversiones en la bolsa, buscó cursos para comenzar a invertir. Encontró las mejores opciones de ese año y eligió una en particular que le resultaba familiar, recordando fragmentos de su vida futura o tal vez pasada. Aunque pensar en esa vida era confuso y doloroso, en esos momentos le resultaba de gran ayuda. Su mente se llenó de recuerdos de Jorge gritando al televisor: —Si yo tuviera la información que los ricos tienen, también yo hubiera invertido y comprado las acciones de esa compañía. Su mal humor persistió durante toda una semana, mientras las noticias financieras elogiaban los enormes beneficios que estaban obteniendo quienes habían invertido en esa compañía. Renata movió la cabeza de un lado a otro, tratando de evitar seguir recordando, ya que lo que venía a continuación de ese recuerdo era demasiado desagradable y doloroso. Al salir del cibercafé, no solo llevaba consigo sus estudios médicos, sino también algunos folletos de empresas que estaban contratando. Se apresuró, ya que faltaban menos de 20 minutos para que su hora de comida terminara. Estaba tan emocionada con sus pequeños planes que no se percató de su entorno y chocó con alguien. El impacto la hizo retroceder, siendo sujetada por unos fuertes brazos. Al levantar la mirada, se encontró con un hombre que la había salvado de caer. —CEO Hannover —dijo Renata, sin dejar de mirar a los ojos a ese hombre. Hannover, por su parte, seguía sosteniéndola con sus rostros tan cerca uno del otro. “¿Cómo no la había visto antes?” se preguntó mientras se perdía en la hermosa mirada avellana de la mujer en sus brazos. El corazón de ambos latía con fuerza casi al unísono; sin embargo, ninguno parecía dispuesto a apartarse. Solo lo hicieron cuando notaron que los transeúntes empezaban a reunirse a su alrededor. —Lo siento. Renata escuchó decir a ese imponente hombre, quien llevó una de sus manos a la boca y negó. —No, no debe disculparse de nada. De hecho, soy yo quien debería hacerlo. Me ha salvado dos veces. No sé cómo podría compensarle. —Es fácil, hoy no he podido tomar café. Podría pagarme invitándome uno. Renata se sorprendió al escucharlo; incluso le pareció que ese hombre sonreía, aunque no estaba segura, ya que en ese momento volvía a tener una expresión imperturbable en su rostro. —Está bien, vamos por uno. Yo invito, pero no aquí. Ambos caminaron hacia una cafetería cercana al trabajo. El CEO observó los folletos que ella traía consigo. —Espero que no esté pensando en abandonarnos. Renata se sintió avergonzada por la pregunta, escondiendo los folletos bajo sus análisis. —Bueno, son folletos que me dieron al salir del hospital y no podía negarme a aceptarlos —dijo tratando de que él le creyera—. ¿Usted también estuvo en el hospital? —preguntó, tomando la mano del CEO de manera descuidada como si fueran amigos, para después soltarla rápidamente. Edmund encontraba a la mujer frente a él divertida e interesante. No pretendía halagarlo ni impresionarlo; al contrario, lo trataba como a una persona normal, no como al CEO de una compañía. —Lo siento —volvió a disculparse ella—. Por mi culpa su mano ahora está herida y vendada. —Bueno, míralo de esta manera: ahora puedo alardear y decir que fue por salvar a una dama. Las palabras de Edmund hicieron que Renata tapara su rostro con ambas manos para ocultar su sonrojo. —¿Acaso la he incomodado, señorita Russell? Ella destapó su rostro negando. —No, pero puedo pedirle un favor. —Claro, dígame. —Llámame por mi nombre. Renata. Me siento incómoda si me llama por mi apellido. —Entonces, tú deberás llamarme por mi nombre. Edmund. Renata negó de inmediato: —Eso sería inapropiado, usted es mi jefe. —Si no puede hacerlo, seguiré llamándola por su apellido. También es raro que siendo el jefe llame a una empleada por su nombre y con tanta familiaridad. Ella soltó un suspiro, haciendo un leve mohín enfadoso al darse cuenta de que tenía razón. Edmund, por supuesto, no pudo evitar sonreír al verla hacer ese gesto. —¿Qué le parece si nos llamamos por nuestros nombres cuando estemos a solas como ahora? —Está bien, acepto —respondió ella de inmediato, estrechándole la mano. Uno de los hombres que siempre seguían a Hannover se acercó a él. —Señor, ya es hora para su próxima reunión. —Por favor, no haga esperar al cliente, jefe Edmund. Además, también tengo cinco minutos para que se termine mi hora del almuerzo. —Entonces nos veremos en el trabajo, señorita Renata. Después de despedirse de Edmund, ella fue a la caja para pagar la cuenta. No obstante, ya había sido pagada. Ese hombre era todo un caso. Renata se sentía feliz, tanto que entró sonriendo de nuevo a la oficina hasta que escuchó la voz de Elizabeth. —Renata, tenemos que hablar —le dijo Elizabeth, colgándose de su brazo. Renata sintió rechazo ante su contacto, sin embargo, no se apartó. Lo que sí hizo fue verla a los ojos. En ese momento, Elizabeth parecía la mujer más amable, o al menos eso era lo que todos creían. Con esos ojos azules y cabello rubio, siempre sonriendo. Pero no, Renata sabía que eso era solo una fachada, porque Elizabeth era una persona horrible, capaz incluso de usar una almohada para causarle la muerte a alguien. —Sobre ¿qué quieres que hablemos? —preguntó Renata, liberándose de su agarre. La acción molestó a Elizabeth, quien empezó a darle pequeños golpecitos en el brazo de manera juguetona, aunque Renata sabía que su intención era lastimarla. —Ya sabes, sobre lo que pasó esta mañana. ¿No crees que fuiste un poco injusta con Jorge? Parecías histérica. —Sí, no sé qué me pasó —respondió Renata alejándose de ella para evitar que lograra causarle un morado con sus "inocentes" golpes. —Lo que deberías hacer es disculparte con él. No sé por qué siempre actúas de manera impulsiva. Eres una buena mujer, pero también puedes ser odiosa con tu actitud. —Lo haré, pero más tarde. Lo que debo hacer ahora es ver lo que has hecho en el trabajo que te encargaron durante mi ausencia. Renata sabía lo que le iba a decir; le diría que no había podido hacer nada porque estaba preocupada por ella. —Bueno, yo… —Déjalo, pásame los documentos, yo lo haré. —Aquí están, y bueno, si lo piensas bien, esos documentos son tu responsabilidad. Pero bueno, te perdonaré el tenerme preocupada si después me ayudas con mi trabajo. Mi hermosa alma gemela. —Elizabeth, esta vez no lo haré. Además, como bien me has recordado, necesito pensar en la manera de hablar con Jorge, así que por favor, vuelve a tu lugar de trabajo. Renata observó a Elizabeth alejarse. ¿Cómo es que ella se había dejado engañar por más de 15 años? ¿Cómo es que había considerado a esa mujer su alma gemela, su mejor amiga?
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