Jorge estaba visiblemente enfadado. Renata no solo le había causado una vergüenza el día anterior, sino que también había ignorado sus mensajes y llamadas.
Aunque estaba realmente furioso, se contuvo. No podía actuar según sus deseos inmediatos; debía ser paciente, muy paciente. Así que esperó a que Renata se levantara de su escritorio y fuera enviada a buscar artículos de papelería para seguirla.
Renata había pasado todo el día anterior evitando hablar con él, casi huyendo cada vez que lo veía.
Todavía no se sentía preparada para enfrentarlo. Incluso con Elizabeth, se sentía incómoda. Pero lo que realmente la inquietaba esa mañana era la ausencia de la marca en su pecho. El café del día anterior debió haberlo hecho, no por las circunstancias del día anterior, pero estaba segura de que sí, al tropezarse con el bolso de Elizabeth que yacía en el suelo.
No lo recordó ayer, sino hoy por la mañana tras bañarse y darse cuenta de que su cicatriz había desaparecido. Recordaba claramente las palabras de Elizabeth, quien durante un mes le había suplicado que le perdonara, asegurándole que nunca se perdonaría el que Jorge la dejara por esa cicatriz en su pecho.
¿Cómo no se había dado cuenta de la malicia oculta en las palabras afligidas de Elizabeth?
Bueno, eso era lo que menos le importaba; darse cuenta de que había logrado evitar cambiar ese hecho en su vida la hizo sentirse alegre, tanto que se había olvidado de tomar precauciones para no estar a solas con Jorge.
Se encontraba en la bodega donde se guardaba toda la papelería, entregando hojas a los internos para que las usaran en las impresoras y fotocopiadoras.
Renata estaba cantando y no escuchó la puerta de la bodega abrirse tras de ella.
Solo se dio cuenta de esa presencia hasta que la sintió detrás de ella. No tuvo que voltear para saber de quién se trataba.
—¡Jorge! —exclamó ella, soltando los paquetes de hojas que tenía en sus manos.
—Sí, soy yo, Renata —susurró Jorge al oído de Renata.
Renata sintió cómo la piel de su cuerpo se erizaba, pero no de placer ni excitación, sino de miedo. Tenía pavor de que él la tocara; su mente no podía dejar de recordar lo ocurrido con él en su vida pasada.
La cantidad de veces que él usó su cuerpo para su propio placer, la forma que bufaba sobre ella mientras entraba y salía de su interior, las palabras soeces que le decía mientras la ultrajaba.
—Jorge, por favor…— le pidió ella con voz entrecortada — estamos en el trabajo.
—Lo sé, pero aun así dime qué no has fantaseado con algo, así— le dijo deslizando sus labios húmedos por su cuello.
Renata se encontraba asqueada, sin poder moverse, con los ojos cerrados.
—Mira, hasta estás temblando de placer…— jadeo Jorge al oído de Renata.
Ella solo deseaba que alguien apareciera, más al sentir como sus manos se deslizaban por sus curvas, apretujando su cuerpo como si le perteneciera.
—Eres mía, Renata, deberías dejar de ser tan anticuada y dejar que te enseñe a ser mujer.
Renata no pudo más. Se volteó para quedar frente a Jorge.
—Este no es el lugar adecuado para que hablemos sobre eso— tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar, y para quitar las manos de Jorge de su cuerpo.
—Renata... —la voz de Jorge salió fría y llena de rabia.
Un tono de voz que Renata conocía muy bien, sobre todo al notar cómo apretaba sus manos con fuerza.
Sabía lo que vendría después de eso, pero no podía tener más miedo, no podía permitir que ese hombre siguiera controlando su vida.
—Si no llevo los paquetes con las hojas, no tardará alguien en venir y aunque están permitidas las relaciones entre colegas, no así los roces de este tipo.
—En eso tienes razón, aún así, necesito besarte, ya que llevas varios días ignorándome.
Renata ya no pudo contenerse más, empujándolo justo en el momento en que la puerta de la bodega empezó a moverse. No dudó en tomar los paquetes y empujar a Jorge, quien la maldijo al golpearse contra uno de los estantes.
Quien entró no era otro que Edmund Hannover, el CEO.
Renata salió a toda prisa en ese momento —Lo siento... —le dijo al CEO, alejándose, mientras se recriminaba el haber sido tan tonta.
No tardó nada en llegar hasta el área de las fotocopiadoras y colocar los paquetes. Después se refugió en la pequeña sala de descanso.
—Me alegra ver que el CEO Edmund pudo ayudarte.
Renata de inmediato levantó la mirada para buscar a la persona que se encontraba ahí con ella.
—¿Cómo es que...? ¿Disculpa, quién eres? —le preguntó Renata.
—Solo soy la señora de intendencia.
—¿Cómo sabías que necesitaba ayuda? Bueno, soy alguien muy, muy vieja, y por eso puedo darme cuenta de algunas cosas.
Después de decir eso, la señora de intendencia volvió a su trabajo, saliendo de la sala justo en el momento en que entraba Elizabeth.
—¿Aquí está mi mejor amiga? ¿Dónde te habías metido?
Renata se alejó de ella al ver que pretendía colgarse de su brazo.
—Haciendo cosas —fue su respuesta.
—¿Cosas? ¿Dime qué te pasa? ¿Acaso hice algo que te molestará?
—No, no has hecho nada —le respondió Renata, caminando hacia afuera al escuchar un alboroto. Fue entonces que recordó lo que iba a pasar.
El pasante a quien habían mandado por la comida tropezaría justo en el momento en que ella caminaría hacia su lugar de trabajo, y si precisamente cuando ella hizo el movimiento, él tropezó. Pero esta vez, ella no terminaría llena de comida ni con un morado en la pierna.
Ese simple hecho hizo que todo lo malo que había pasado hasta ahora fuera eliminado de golpe.
“Una victoria más para mí”, se dijo a sí misma.
Sin embargo, había alguien que se encontraba furioso, pensando en lo que hubiera pasado si él no hubiera llegado a tiempo.
Edmund todavía sentía la rabia hervir al ver adentro, junto con Renata, a Jorge y la forma en que ella se encontraba alterada. Tuvo que hacer un gran esfuerzo sobrehumano en el instante en que ese hombre le había hablado.
—Siento que nos haya encontrado aquí a ambos, es solo que ya conoce a las mujeres, tienen unas fantasías raras.
Si no hubiera visto en el rostro de Renata el pánico, hubiera creído que solo se trataba de un par de amantes jugando un poco, explorando sus límites.
Pero eso no era lo que había visto en el rostro de ella. Lo que él debía hacer era despedir a ese hombre, pero no podía; era el recomendado de uno de sus socios más antiguos, lo que hacía que Edmund no pudiera tocarlo. Sin embargo, esa suerte cambiaría muy pronto. Solo tenía que esperar un poco. Aunque se decía que no podía evitar golpear con sus puños la superficie de su escritorio.
Hasta su asistente se asustó ante el exabrupto de su jefe, ya que jamás lo había visto perder el control.
—Señor Hannover, ¿se encuentra bien? —le preguntó su asistente.
—Sí, me encuentro bien. Es solo que me está molestando un insecto, pero no te preocupes, pronto encontraré la manera de poder librarme de él.
—De eso estoy seguro, señor, ya que usted siempre logra salir con la suya.
Edmund le sonrió a su asistente, tomando la carpeta que este minutos antes había dejado sobre su escritorio.
Mientras a un par de metros de ahí, comiendo un par de crepas, se encontraba la misma señora que momentos atrás había informado a Edmund sobre el peligro que corría Renata, y hablado con ella, con una enorme sonrisa de satisfacción.
—Los engranajes del destino han comenzado nuevamente a moverse, ahora veamos si ese par logra romper con los suyos y reescribir uno nuevo para ambos.
En el trasfondo, la misteriosa señora de intendencia parecía poder observar a ambos con una sonrisa, consciente de que el destino aún tiene cartas por jugar.
El destino aguarda con sus secretos, listo para sorprender a aquellos que desafían sus caminos predestinados.