đź’• CASSANDRA MORALES đź’•
Cassandra Morales
Cassandra Morales no recordaba un momento exacto en el que hubiera dejado de ser solo una hija.
No hubo un dĂa concreto, ni una conversaciĂłn solemne, ni una despedida de la infancia, solo un cansancio que llegĂł temprano… y se quedĂł.
El sol aĂşn no terminaba de levantarse cuando ella ya estaba en el campo, con las manos hundidas en la tierra hĂşmeda. El frĂo de la madrugada se mezclaba con el olor a barro fresco, y la neblina baja le mojaba los tobillos como si el suelo respirara. Cassandra trabajaba en silencio, con el cabello oscuro recogido en una trenza gruesa que le caĂa por la espalda, firme como todo en ella.
Sus brazos, de piel morena clara, estaban marcados por años de trabajo que no le correspondĂan a una mujer de su edad, pero que habĂa asumido sin quejarse. Cada movimiento era preciso. No habĂa rabia en su forma de trabajar, tampoco resignaciĂłn. HabĂa responsabilidad.
—Cassandra —llamĂł su madre desde el porche—. Vas a romperte la espalda antes de que el dĂa empiece.
—TodavĂa no —respondiĂł ella sin mirarla—. A la tierra no le gusta que la dejen a medias.
Su madre suspirĂł. Siempre lo hacĂa cuando Cassandra hablaba asĂ, como si ya supiera más de la vida de lo que le correspondĂa.
Dentro de la casa, la abuela estaba sentada cerca de la ventana, envuelta en un chal viejo. TenĂa las manos torcidas por los años, pero los ojos seguĂan vivos, atentos.
—Esa niña nació con el alma cansada —murmuró la abuela cuando Cassandra entró a lavarse las manos—Igual que tu padre.
Cassandra levantĂł la mirada.
—No empieces, abuela.
—No empiezo —respondió ella con una media sonrisa—Solo digo verdades que nadie quiere escuchar.
La abuela habĂa sido la primera en darse cuenta. Cuando el padre muriĂł, cuando el dinero empezĂł a faltar, cuando la madre se quebrĂł en silencios largos… Cassandra no preguntĂł quĂ© hacer. Hizo.
CocinĂł, trabajĂł, cuidĂł y cuando Clara enfermĂł, no dudĂł ni un segundo.
Fue al cuarto del fondo, como todas las mañanas. El aire allĂ era distinto: lavanda, alcohol, pastillas y algo frágil. Clara estaba despierta, sentada en la cama, envuelta en una sudadera demasiado grande que hacĂa que pareciera aĂşn más pequeña.
—Buenos dĂas, mi guerrera —dijo Cassandra, y su voz se suavizĂł sin pedir permiso.
—Buenos dĂas, mandona —respondiĂł Clara con una sonrisa cansada—. ÂżYa te vas otra vez?
—Siempre me estoy yendo —contestó Cassandra, sentándose a su lado—. Pero siempre vuelvo.
Le tomĂł las manos con cuidado. Eran frĂas.
—¿Te duele algo hoy?
—Un poco… pero no mucho.
Cassandra sabĂa mentir.
TambiĂ©n sabĂa cuándo alguien le mentĂa.
—Hoy me toca turno largo —dijo—. Pero te traigo ese dulce que te gusta. El de coco.
Clara dudĂł.
—¿Hablaste con el doctor… sobre lo otro?
Cassandra bajĂł la mirada un segundo. Solo uno.
—No todavĂa —admitió—. Pero lo harĂ©. Estoy juntando todo. Dinero, papeles… lo que haga falta.
—Es muy caro, Cass.
—Nada es más caro que perderte.
Clara apoyĂł la frente en su hombro.
—No te canses de mĂ.
Cassandra cerrĂł los ojos.
—Yo me cansé de muchas cosas en esta vida —susurró—De ti no.
El Hospital San Blas ya estaba despierto cuando Cassandra llegĂł. Pasillos llenos, voces superpuestas, el olor permanente a desinfectante que se metĂa en la ropa y no salĂa nunca del todo. Se ajustĂł la bata con la misma determinaciĂłn con la que se ajustaba la vida.
—Morales, ¿otra vez tú? —le gritó un enfermero— ¿No te pagan por dormir?
—TodavĂa no —respondiĂł ella—AvĂsame cuando empiecen.
En la habitación 402, el señor Ruiz la recibió con un gruñido.
—Por fin —dijo—Esa otra casi me mata con la sopa.
—Usted exagera —contestĂł Cassandra mientras revisaba el suero—Pero si sigue asĂ, lo voy a dejar con ella a propĂłsito.
El anciano riĂł.
—Eres un peligro, niña.
—Lo sé.
Fuera, en el pasillo, Sandra la esperaba.
—Siempre igual —dijo con desdén—Todos te quieren.
—No me quieren —respondiĂł Cassandra sin detenerse—ConfĂan, es distinto.
Sandra apretĂł los labios.
—AlgĂşn dĂa te vas a caer de ese pedestal.
Cassandra se girĂł, tranquila.
—Cuando pase, avĂsame, mientras tanto, hay pacientes esperando.
Más tarde, una mujer anciana le tomó la mano con fuerza.
—Gracias por quedarte conmigo anoche —dijo entre lágrimas—Pensé que me iba a morir sola.
Cassandra se agachĂł frente a ella.
—Aquà nadie se muere solo —respondió—No si yo estoy cerca.
Al final del turno, en el vestuario vacĂo, Cassandra se dejĂł caer en la banca. El cuerpo le dolĂa, pero el dolor ya no la asustaba. SacĂł el celular y mirĂł la foto de Clara.
—Necesito algo más —susurró—Y voy a encontrarlo.
No sabĂa que su nombre estaba a punto de cruzar una puerta peligrosa.
***
El consultorio del doctor Olivares olĂa a cafĂ© viejo y papeles acumulados. Cassandra conocĂa ese olor. Lo habĂa respirado demasiadas veces como para asociarlo con buenas noticias.
—Siéntate, Cassandra —dijo el médico, señalando la silla frente a su escritorio.
Ella obedeciĂł, pero no apoyĂł la espalda. Nunca lo hacĂa cuando estaba nerviosa.
El doctor hojeaba el expediente de Clara con el ceño fruncido, pasando páginas que Cassandra ya sabĂa de memoria, fechas, resultados y cifras que no decĂan nada cuando el miedo te apretaba el pecho.
—Los Ăşltimos análisis no son malos —dijo al fin—, pero tampoco son lo que nos gustarĂa ver.
Cassandra entrelazĂł los dedos con fuerza.
—Doctor… —empezĂł, y se obligĂł a no bajar la voz—Usted me dijo que habĂa un tratamiento nuevo, más agresivo, pero con mejores probabilidades.
Olivares suspiró, quitándose los lentes.
—Lo hay, pero no depende solo de mĂ.
—DĂgame quĂ© tengo que hacer —insistió— Papeles, estudios, turnos extra… lo que sea.
El doctor la miró con una mezcla de cansancio y lástima contenida.
—Cassandra, los pacientes con leucemia se cuentan por cientos —dijo—. Las listas de espera son largas. Muy largas. Hay niños, hay casos crĂticos… no es cuestiĂłn de merecerlo o no.
Ella tragĂł saliva.
—Mi hermana tambiĂ©n es crĂtica.
—Lo sé —respondió él—Y por eso estoy haciendo todo lo que puedo.
Cassandra apoyó las manos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante.
—No es suficiente —dijo en voz baja, pero firme— Yo la veo cada dĂa, sĂ© cuándo sonrĂe para no preocuparnos, sĂ© cuándo finge que no le duele.
El doctor guardĂł silencio.
—Si hubiera una opciĂłn privada… —continuĂł Cassandra—. Una clĂnica, un tratamiento externo… yo trabajarĂa el doble, el triple. Puedo pagar en cuotas. Puedo—
—Cassandra —la interrumpiĂł Olivares—No tienes ese dinero, y aunque lo tuvieras, esas clĂnicas no aceptan a cualquiera.
Ella cerrĂł los ojos un segundo. Solo uno.
—Entonces dĂgame quĂ© puedo hacer —susurró—Porque quedarme esperando no es una opciĂłn.
El médico dudó. Miró hacia la puerta, luego bajó la voz.
—Hay rumores —dijo—. Nada oficial.
Cassandra alzĂł la vista de inmediato.
—¿Qué rumores?
—Hay pacientes privados —respondió—Muy poderosos buscando atención médica especializada, discreta, pagan cifras que no se ven en el sistema público.
El corazĂłn de Cassandra dio un golpe seco.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Nada —contestĂł el doctor rápido—O tal vez mucho. TodavĂa no lo sĂ©.
—Doctor…
—No es algo que yo pueda ofrecerte —aclaró— Solo… ten cuidado con lo que deseas. Ese tipo de trabajos no vienen sin un precio.
Cassandra se levantĂł despacio.
—Todo en mi vida tiene un precio —dijo—Solo estoy intentando elegir cuál puedo pagar sin perder a mi hermana.
El doctor la observĂł salir, sabiendo que acababa de sembrar algo que ya no podrĂa controlar.
Esa noche, de regreso a casa, Cassandra se detuvo frente a la habitación de Clara antes de dormir. La observó respirar, lenta, frágil.
—Voy a encontrar una salida —susurró—Te lo prometo.
✨ANTES DE SEGUIR LEYENDO ESTA HISTORIA, TE HAGI SABER QUERIDO LECTOR QUE DEBIDO A LOS CAMBIOS DE LA APLICACIÓN, AHORA LOS CAPÍTULOS FUERON DIVIDOS, PODRAN NOTAR QUE OTROS SON MAS CORTOS Y QUE LAS NOTAS DE AUTOR SON VARIAS Y OCUPAN LO DE UN CAPÍTULO, ESPERO SU COMPRENSIÓN Y QUE DISFRUTES DE LA HISTORIA ✨