Marco asintió una sola vez, expresión impasible. Ya estaba planeando el equipo: dos hombres discretos, un furgón n***o sin placas, y un lugar donde los gritos no se oyeran en la calle. Ángelo levantó una mano enguantada. El salón entero volvió a centrar su atención en él, como si un interruptor hubiera apagado todos los murmullos. El distorsionador se activó de nuevo, y su voz resonó: —Estamos aquí para ratificar lo que es mío. Los acuerdos de Ángelo Di Santi no murieron con él; se grabaron en sangre. El que crea que esta silla es una debilidad… que se acerque ahora. O que guarde silencio para siempre mientras le corto los suministros, las rutas y el aire que respira. Uno a uno, los líderes bajaron la mirada. Los italianos, los rusos, los franceses, los colombianos… todos. Sabían que,

