Leonardo se levantó lentamente, su expresión endureciéndose. —Madre, basta, así son las cosas ahora. Isabella es una gran mujer, si fue mujer de mi hermano... solo fueron rumores. Nunca lo confirmé y sí, yo la amo soy tu hijo, confía en mí por una vez. Si no tienes algo más que decirme, déjame trabajar. Luego comemos juntos, ¿sí? Valentina lo miró fijamente, los ojos llenos de duda y dolor. —No te creo, Leonardo, pero está bien, solo recuerda: la lectura del testamento de Ángelo es esta tarde en la mansión. No faltes tu hermano dejó todo por escrito, quiero ver qué dijo de verdad. Leonardo fingió un gesto de tristeza, pero sus ojos brillaron. —Claro, madre, duele, pero es parte de la vida. Ahí estaré. Valentina salió, dejando la puerta entreabierta. Leonardo esperó unos segundos, lue

