El rugido de los motores se alejaba, dejando atrás el polvo del desierto. En la camioneta principal, el silencio no era incómodo; era la paz que queda después de que la tormenta ha arrasado con todo. Cassandra se recostó en el pecho de Ángelo, sintiendo el latido constante de su corazón, ese que ella misma había salvado. Afuera, en otro vehículo, Leonardo era escoltado de regreso a prisión; aunque volvía a su celda, sus ojos ya no tenían el peso de la vergüenza, sino la calma de la deuda saldada. —Mi demonio... —susurró Cassandra, trazando círculos en la mano de Ángelo—. ¿Ya te sientes mejor? Ángelo suspiró, cerrando los ojos por un segundo. Por primera vez en años, los músculos de su mandíbula no estaban tensos. —Sabes... por primera vez me siento más liviano —admitió con voz ronca—.

