-¿Ya saliste a la escuela? –Le pregunté a Lucila. -Sí, hace dos minutos. ¿Por qué? -¿Puedes pasar por mí? En unos quince minutos Lucila llegó junto a Mateo quienes se bajaron de inmediato y, abrieron los ojos como platos al ver lo que Roman le hizo a mi auto. Este era muy valioso para mí porque sé lo que le costó a mi abuelo, tardó años pagándolo y era su posesión más preciada, sé cuánto quería este auto y por eso cuando murió, mi abuela lo cuidó por igual, así que yo he tratado de hacer lo mismo y ahora Roman por una pataleta destroza una de las pocas cosas que me quedan de mi familia, a una de las pocas cosas que puedo aferrarme porque no tengo nada ni a nadie. -Se le fueron un poco las luces. –Dijo Mateo, yo estaba tan enojada que temblaba y sentía que mi rostro ardía. -¿¡Un po

