Se había escapado del apartamento, no sabía dónde estaba. Llevé mis manos a los costados de los labios, para potenciar el llamado:
—¡Tanimura! —gritaba.
La lluvia de otoño arreciaba las calles de Minato; las luces eran puntos difusos. Un carro pasó a toda velocidad por un charco, me mojé de pies a cabeza. El poncho solo había evitado que mi cuerpo se empapara, pero mi rostro era irreconocible. Como tentáculos de un pulpo, caían mis cabellos en la frente. Había música en las tiendas, colores en los carteles y gente que proseguía su vida, como si nada pasara y yo estuviera experimentando el cataclismo de un suceso familiar.
Tanimura huyó sin decir nada. Su padre y su madre llevaban horas en su búsqueda. «¿Dónde estaría Tanimura?», pensé. Saqué el Sony Xperia, mi teléfono, marqué el número de Aiko, su novia. Atendió al tercer tono.
—¿Hola?
—¿Tanimura está contigo? —pregunté.
Silencio. Obstinado como estaba, bramé:
—¡No juegues conmigo, maldita seas! Es mi mejor amigo, ¡dime si está contigo! —La gente de una tienda de ropa me veía a través de los cristales. Asquerosos, siervos del morbo.
Colgó. Maldije en voz alta a Aiko y tiré el teléfono al suelo. Pisoteé con ganas, hasta destrozarlo. Las gotas caían en la pantalla astillada. En el estacionamiento del parque, esperaba Inagawa con un paraguas n***o. Me acerqué e, como si mis pasos hicieran temblar la tierra, Inagawa me vio, abrió la puerta y me senté con leve molestia.
—¡A casa de la perra de Aiko! —ordené.
Pareció meditar mi orden.
—Señor Okada, cálmese —sugirió—. En ese estado no podrá solucionar el conflicto. Su amigo escapó a los brazos de su mujer, no tiene que preocuparse por su seguridad.
—Inagawa —dije con voz rota—. Él intentó… —Tragué saliva, tenía un nudo en la garganta—. No quiero que vuelva a suceder.
Las gotas repiqueteaban en el capo del auto. Relucía la pintura del Lamborghini nuevo que padre había comprado hace dos meses.
—Señor Okada, su amigo está en buenas manos —dijo en tono reconciliatorio. La culpa me tomó por sorpresa—. ¿Regresamos a casa?
—Sí, por favor —acepté después de dar un suspiro y dejar caer la espalda en el asiento.
Inagawa asintió.
En ese entonces, yo tenía dieciséis años, igual que Tanimura. No había conocido a Naomi, todavía no. Pero sí tenía unas cuantas aventuras con muchachas. Por otro lado, Tanimura era reservado, dado a los problemas familiares de su casa. Él congenió con la perdición de su estabilidad emocional… Aiko.
No debería expresarme mal de la chica. Ella era una buena persona, luego que pude entrever su personalidad en las citas dobles con Naomi. Sin embargo, más adelante, tomó actitudes que resultaron dañinas para la salud mental de mi mejor amigo.
Organizaré los sucesos, como haría Tanimura.
En el instituto, cuando teníamos catorce años, éramos perseguidos por varias estudiantes. La edad era propicia para satisfacer el deseo de nuestras hormonas alborotadas. Conocí una adolescente de segundo año de secundaria, era bastante elocuente y tenía unos senos compactos, cabían en mi mano. Su nombre era Azami. Ella había recién cumplido los trece años. Nos conocimos durante una excursión al parque de Ueno. La conversación fue superficial. Sabía que le atraía y ella también me atraía. No obstante, me interesaba sus piernas, porque mi vista recorría, disimuladamente, sus preciosos muslos. A veces imaginaba sus nalgas firmes, pero esas fantasías culminaron en una realidad escabrosa.
Fuimos despacio, indagamos nuestros gustos personales. Tenía varios de temas de conversación que podía dominar con facilidad y cuando se enfriaba la charla, ella sabía con que picar el hielo. Su cuerpo era esbelto, practicaba nado sincronizado; sus piernas eran bien proporcionadas; las orejas eran delicadas, como dos conchas de mar en la orilla; los ojos refulgían de imperactividad. Aquella locura de ir de aquí para allá (en ello se parecía a Tanimura), eran su energía s****l reprimida.
No nos besamos hasta que cumplimos cuatro meses. En la azotea del instituto, bajo la sombra del techo, detrás de un tanque de agua, nos besamos. Como no sabíamos besar, nos dejamos llevar por el instinto de nuestra sangre animal. Soltamos las lenguas, como dos perros que estaban amarrados. Chupamos nuestros labios y nos aferrábamos, como si nuestros cuerpos estuvieran bajo la presión de un campo magnético. Ignoré cuanto tiempo permanecimos con los labios unidos, disfrutando el sabor de la saliva segregada por la excitación. Cuando nos detuvimos a descansar y tomar aire, un pájaro grazno en el cielo. Ella me abrazó, hundió su rostro en mi pecho. Yo, con la mano vacilante, acaricié su cabello corto, que llegaba hasta su nuca. Mi pene estaba erecto y su v****a debía estar húmeda debajo de su falda. Resistí la tentación de explorar con mis dedos.
El sol refulgía, era verano y el calor, a veces, era insoportable. Tanimura supo que había besado a Azami. Estábamos en su departamento, comíamos salmón, acompañado de arroz con curry. A un lado de la mesa del comedor, había un tablero de go con una partida a medias.
—¿Qué tal tu experiencia con Azami? —preguntó Tanimura.
Desde el día del intento de s******o de su madre, toda expresión de su rostro había desaparecido. Hablar con él, era como hablar con un desierto.
¿Qué pensabas en aquel momento, Tanimura? Lástima que no pude abrir tu cabeza para saber cuál era el defecto que trastornaba tu cabeza. Esa frialdad durante tus catorce años, antes de la llegada de Aiko, mostraba un Tanimura que jamás había conocido. ¿Dónde quedó mi mejor amigo animado? ¡Respóndeme!
—Bien. —Mastiqué, lento y tragué—. Quería meter la mano debajo de su falda. Fracasé, no tenía el valor para hacerlo.
—Apenas se conocen cuatro meses. ¿No crees que es muy rápido? —respondió con la mirada vacía y la voz monótona.
—¡Bah! Me da igual si es rápido o no. Me gusta Azami por su cuerpo. A decir verdad quiero experimentar con ella. Seguro está dispuesta a dejarse llevar conmigo —dije con una sonrisa de gandul.
—¿Solo buscas sexo con ella? —preguntó sin tono de decepción u aprobación, un punto medio.
—Sí, así de simple —contesté, encogiendo los hombros.
—¡Ah! —exclamó sin expresar sorpresa. Fue un simple: «¡Ah!».
—¿Quieres jugar Pokémon? —pregunté después de terminar de comer.
Tanimura se quedó erguido, en la silla. Los labios estaban sellados por un conjuro que no podía adivinar. ¿Por qué te quedabas callado? Detrás de él, había una sombra que se extendía en la alfombra y lamía un costado de la pared. La mitad de su rostro, ensombrecido por la falta de luz de la cocina. El desolado revestimiento de piel, lívido y gélido. Jugué con los palillos en el bol, esperando su respuesta.
—No tengo ganas de jugar —dijo y si el silencio fuera un vidrio extremadamente frágil, se hubiera quebrado por la frecuencia de su voz—. Disculpa.
—¿Por qué?
—No quiero, ¿entiendes?
—¿Qué hacemos ahora? Tenemos tareas pendientes, pero, sinceramente, me gustaría distraerme.
Tanimura vio el tablero cercano a nuestra mesa.
—¿Sabes jugar go? —preguntó.
Me ganó tres partidas seguidas. Luego igualé la cantidad de victorias. Tanimura jugaba con total neutralidad de sus emociones. No sabía si estaba entusiasmado o aburrido. Movía las piezas como si fuera una máquina. Presentía que el carecía de consciencia, pero no podía ser así. Quizás, desde el intento de s******o de su madre, algo había cambiado para siempre en él. Era obvio que eso era un factor que jugaba un papel principal en su cambio radical; sin embargo, Tanimura no me ha hablado sobre la influencia de tan exagerada actitud. Incluso, no contó el intento de s******o.
Cuando terminamos de jugar go, le pregunté si quería que me quedara para hacerle compañía. Tanimura respondió que sí le gustaría. Entonces logré convencerlo de jugar Pokémon. Yo me divertí solo, como en la partida de go, en el que Tanimura me había ganado en la partida definitiva. En Pokémon, jugaba de una manera distinta, su estrategia había cambiado, no era el mismo que conocía antes. Su equipo era imbatible, por más argucias que empleara para derrotarlo. Resultó ganador en las partidas de la tarde, sentados en el sofá de la sala.
—¿Cansado de ganar? —Estaba irritado por perder.
Negó con la cabeza. Tanimura estaba acostado en el sofá, su cabeza reposaba en una almohada blanca. No había dado indicios de manifestar emoción ante mi comentario. Cuando movió la cabeza, pareciera como si sacudiera un malestar, pero eran quimeras fomentadas por mi incomodidad. Debía sacarme de quicio si quisiera que me marchara.
—Oye, Tanimura. —Apagamos las consolas. El agujero n***o de su retina, venía hacia mí. Carraspeé para producir un sonido ameno en la estancia, pero el silencio, como de plomo, volvía a caer—. ¿Te gusta una chica? Supongo que estarás enamorado. ¡Vamos! Es imposible que no sientas nada por nadie. Cada vez que pasamos por una de las calles de regreso, una chica, no muy guapa, te persigue. Me he dado cuenta…
—Se llama Aiko —su voz resonó en la sala como el tañido de la campana de un templo. Parpadeó uno o dos veces. No sé cuál fue el intervalo de tiempo de esos parpadeos. Luego añadió—: Me acosa.
—Sí, he notado que te espera en una esquina y toma un taxi para seguirnos. ¿Cómo los taxistas se prestan para eso? No tengo idea. Pero deberías considerar ir en la limusina de regreso.
—No me importa que me acose —objetó.
—¿No? ¡Ah! —Lo señalé—. ¡Te gusta la chica! No podías mentirle a tu mejor amigo.
«No podías mentirle a tu mejor amigo». ¿Te creíste semejante monserga? Tanimura, ¿enserio? Deja de estar callado, tú eres culpable de tu destrucción. Me mentiste, pero te perdono, porque fui ingenuo al creer que las personas que quieres, no son capaces de mentirte.
—La chica no me interesa.
Al lado de Inagawa, de regreso a la situación del inicio de este recuerdo, con la lluvia a cántaros que cubría a Tokio, llevaba mis dedos a los cabellos, obstinado.
—Llévame a Aoyama —susurré.
—¿Dónde quiere ir a estas horas, señor Okada? Nadie está despierto…
—Azami lo está y sus padres no están en casa —repliqué.
—¿No quiere tomar un chocolate caliente en la comodidad de su sillón? —inquirió Inagawa, circunspecto.
—¿Por qué tan preocupado? Son mis órdenes, no las tuyas —dije con tono de voz elevado.
—Soy tu guardián, señor Okada. Usted no entiende mi papel en su familia, pero nací para protegerlos a ustedes —respondió—. Pero tienes razón, son tus órdenes y deseos, no los míos. Procura no golpear a la señorita.
—No, no lo haré. —No había motivo para hacerlo, su comentario fue fuera de lugar.
La primera experiencia s****l con Azami, se desarrolló en su departamento ubicado en Aoyama. No había nadie en la sala de estar, el balcón permanecía vacío y las habitaciones conservaban el calor de la presencia de sus dueños. Era una plácida tarde, cercana al invierno. Al principio íbamos a hacer tarea, pero ella estaba deseosa de otra cosa. Yo también quería que sucediera. Una vez que me abrió la puerta de su morada, no hubo marcha atrás. Vimos una película en su televisor. Era aburrida. Mi semblante daba muestras de impaciencia. Mi pene quería estar envuelto en la cavidad de su v****a. Sin embargo, Azami quería obstinarme, no sabía por qué.
—¿Y esa cara? —preguntó cuando se dignó a verme, pero ella ya lo sabía, solo esperó el momento perfecto.
—La película está aburrida y vine a hacer tarea, no a perder el tiempo —apunté con los ojos entornados.
Esbozó una sonrisa traviesa y pasó su mano por mi rostro. Los nervios se dispararon, trataba de controlar la erección. Su otra mano, escurridiza, se deslizó por mi pierna.
—¿Estás molesto por qué no te doy lo que quieres? —su voz era seductora.
Ella vestía con una camisa negra de One ok rock; sus piernas eran cubiertas por una falda larga. No llevaba sostén, la punta de sus senos sobresalía en la tela. Mi saliva de volvió espesa, como si hubiera arena en ella y se formara una pasta. Inconscientemente, pasé una lengua por mi labio inferior. Yo tenía un pantalón n***o, ceñido con una correa; una chaqueta adornaba mi torso; como fondo, llevaba puesta una camisa blanca con el símbolo de la banda japonesa The Gazette.
—Siempre quise ser la perra de alguien; ya sabes, como una verdadera perra. —Imitó el ladrido de un perro. Por extrañas razones, me excitó y un bulto se elevó, como un cerro, en la entrepierna. Ella extendió los párpados—. Nunca he visto uno tan cerca.
—¿Quieres comértelo? —pregunté entre dientes. Mi corazón latía, rápido. En la sangre viajaba el irrefrenable impulso de usar la correa para domar a su perra interior, como si yo fuera su dueño.
Como si fuera un el rito de un santuario, ella retiró mi correa. Mientras desabotonaba el pantalón, procedí amarrar su cuello con la correa. En cuanto el botón quedo suelto, abrió, como si fuera una bolsa, la brecha que dejaba la prenda. Miró mi calzón blanco, el falo palpitaba, una mancha se translucía en la tela. Bajó con cuidado, como si temiera ver lo que había allí. Emergió de un salto, catorce centímetros de alto, con el glande lubricado y la piel brillante. Retiró, con la lengua, el vello púbico. Tragó saliva y sus labios se deslizaron por mi pene, estallando el placer dentro de mi cuerpo. Mis piernas se entumecieron un poco, luego me relajé. En la mano tenía el control de la perra. Su felación era suave, con succión y breves pausas para hacer sonar su boca.
Disfrutaba, con los brazos extendidos en el sofá y la cabeza echada hacia atrás. Nadaba en el goce s****l. Flotaba en la nube de perversidad que mi alma requería. Por instinto, posé la mano en su cabeza y empujé. Me agradó el sonido de su ahogo. Lo repetí, y ella se dejaba manipular. Alcé la correa, asfixiándola. Tosió un poco, su cara enrojeció, pero devoraba mi pene con fruición. A medida que los segundos pasaban, mi cuerpo, como un vaso, se llenaba de éxtasis. Las cosquillas soporíferas recorrían mis músculos; adormilado, en el paraíso del placer, no sabía que iba rumbo a estallar. Tensé los muslos, recogí los dedos de mis pies, apreté su cabello entre mis dedos y estiré las piernas. Subía desde mi estómago, un gemebundo acompañado del orgasmo. Eyaculé en su tierna boca. Oí como tragó mi semen, fue un ruido sordo y cargado de satisfacción.
El techo daba vueltas y mi mente estaba despejada, como el cielo en verano. Dejé caer la cabeza a un lado, extático. Tartamudee algo, pero Azami me besó. Fue un beso apasionado. Atraje su frágil cuerpo hacia mí, ella tenía mi rostro entre sus manos.
—¿No hubo más? —preguntó Tanimura.
Al día siguiente, fuimos al instituto. Estaba en la azotea con Tanimura. Hablábamos tonterías, pero le narré mi experiencia s****l con Azami.
—No. Quería penetrarla, pero sus padres iban a llegar pronto —respondí.
Aunque Tanimura mostraba interés en mi relato, su curiosidad no se mostraba por ningún lado. La oscuridad reinaba en él. El agujero n***o absorbía el más leve gesto de sentimiento.
—Entiendo —dijo en voz baja y miró hacia la ciudad.
—¿Has hablado con Aiko? —pregunté, jugando con los dedos de mi mano.
—No. Tengo miedo —confesó.
—¿Miedo? —Solté una risita nerviosa—. ¿De qué?
—De lastimarla. Pienso que no soy lo que ella espera de mí. —Sus manos apretaron el borde de la baranda de metal—. Quisiera hacer las cosas que haces, pero me cuesta sentir algo.
—Inténtalo, quizás así puedas entender mejor lo que te sucede. —Emití un bufido—. Desde el intento de s******o de tu madre, cambiaste.
—Lo sé, tengo en cuenta que no soy el mismo.
—¿Qué sucedió? Ha pasado un tiempo y no me lo has contado.
—Disculpa, pero no quiero hablarlo. Si hablo esto, recordaré lo sucedido —declaró.
—¿Puedo ayudarte? Siento que no estoy siendo suficiente en lo que hago como amigo.
Pareció barajar sus palabras. Observó un
—No me dejes solo, así podrás rescatarme si un día caigo a un pozo.
«No me dejes solo». Te refugiabas en un caparazón, en el fondo del mar. No salías a la superficie. Rogabas que nadie te dejara solo, pero buscabas tu propia soledad. ¿Quién entendía tu grito de auxilio? Como amigo, no te abandoné, pero tus actitudes se tornaron insoportables. Me reprocho, por un lado, el haberte dejado así, roto, cuando debí levantarte.
En el auto, con Inagawa, traía la humedad de los recuerdos. «Te busqué, pero decidiste estar con Aiko, en lugar de contestarme», pensé, hastiado de la situación. El auto se estacionó frente un edificio de doce pisos. No me despedí de Inagawa. Caminé, sin importar mis lágrimas que se fusionaban con la tempestad del mundo… Mi mundo. No dirigí la palabra al portero, pues era un viejo decrépito que no me llamaba la atención desearle «buenas noches». Marqué el ascensor, esperé. Las puertas se abrieron y entré, marqué el quinto piso. Azami no sabía que iba a visitarla.
Una vez que llegué al pasillo del quinto piso, caminé, dando pisadas fuertes. No me había quitado el poncho, de manera que dejaba gotas en la cerámica. Las luces, a ambos lados, lucían tenues, como si hubiera baja intensidad eléctrica. Apenas llegué a la puerta, toqué sin previo aviso. Estaba sordo, no oía la música a todo volumen detrás de la puerta. Mis pensamientos, como millones de voces en el infierno, abrumaban mi sentido auditivo. Llamé dos o cinco veces, pero nadie atendía. En un arrebato de cólera, golpeé el pomo de la puerta, me di cuenta que no tenía el seguro pasado. Como un maleante, abrí la puerta, inseguro. La música sonaba en el reproductor estéreo, las luces estaban apagadas. El suelo de la sala tenía una lámina de luz mortecina, proyectada por la iluminación de los demás edificios. Cansado de la música, iba a apagar el reproductor, pero una atroz imagen me retuvo. Vi ropa tirada en el suelo, de hombre. No, no era de un solo hombre, eran de varios hombres, como si hubieran hecho un mercado de ropa en un almacén. Con sigilo, me acerqué a la puerta de su habitación, que estaba entreabierta y dejaba escapar una escasa luz amarilla, se semejaba al de una vela durante un apagón. Mis puños temblaban, castañeaban los dientes y contenía las lágrimas. Asomé la mirada en el quicio. Cinco hombres se masturbaban alrededor de ella. Habían dos sentados. En su rostro aterciopelado, Azami, tenía semen. Con la lengua afuera, como una perra de verdad, esperaba el baño blanco. Su v****a chorreaba semen, también. Aquella visión me hizo retroceder, como si estuviera borracho. Caí de culo y produje un ruido que fue sofocado por la música.
«Procura no golpear a la señorita», Inagawa, me protegías aquella noche.
«No me dejes solo». Tú me dejaste solo aquella noche, Tanimura.