Un avión surcaba el cielo nocturno, sus luces se fusionaban con el palio renegrido. Ella, en su mano, tenía un blíster de pastillas. Sentada, bebía wiski. Escuchaba la quinta sinfonía de Beethoven en el fondo. Había preparado todo para su desaparición. Los canales de sus lágrimas se marcaban en su rostro. Trémula e indecisa, no sabía qué hacer.
Tanimura estaba en el sofá de la sala, no podía pegar ojo. Aiko se había encerrado en la habitación. Él no entendía los motivos de ella. A pesar de haber discutido, no se imaginaba que su mujer planeaba suicidarse mientras él estaba con la mirada fija en el techo.
Para Aiko, las luces de Tokio eran borrosas y el sonido empezaba a ser sordo. Se sumergió en el recuerdo de su amiga Naomi. Quería que ella estuviera allí para abrazarla. Tenia la posibilidad de llamarla. De hecho, lo había intentado, pero Naomi no contestaba. Los seres queridos que llamamos en las horas más oscuras de nuestras vidas, se desvanecen como si el universo conspirara para enterrarnos. ¿Qué estaba haciendo Naomi? Su amiga experimentaba una crisis nerviosa durante aquella noche. No es que el mundo sea cínico, sino que cada quién continúa con la vida que le ha tocado vivir. Nadie se detiene por nadie.
Tocó la puerta, pues Tanimura presentía algo.
—¿Estás allí? —preguntó con firmeza.
—No —contestó Aiko—. Estoy lejos de este mundo, lejos de esta vida.
—Abre la puerta.
Aiko evocó el tema de la discusión: Tanimura se acostó con la secretaria de la empresa.
Después de los acontecimientos de hace dos años, cuando se abrazaron cerca del parque de Ueno, su relación prosperó. Aiko se dedicó a ser una buena ama de casa dentro del departamento, en Roppongi. Pero denotó que Tanimura estaba estresado por el trabajo. Casi no tenía tiempo para hablar con ella. Apenas llegaba a la habitación, se desvestía y se tiraba a dormir en la cama. No había sexo, pero eso no causaba frustración a Aiko. Ella se esmeraba para que Tanimura viera el departamento limpio y en armonía. Por supuesto, él reconoció el esfuerzo de su mujer y se lo recompensaba con un corto lapso de su tiempo libre.
Aiko salía de compras con Naomi, iban a Ginza y dilapidaban el dinero que bastaba y sobraba para sus necesidades. Casi desgastaban las tarjetas de crédito de sus novios. De este modo, Aiko se distraía y se libraba de las sombras que la acechaban. En ocasiones, pedía al chófer, de la limusina, que la condujera a casa de sus padres. Entonces se despedía de Naomi, luego de almorzar en un restaurante lujoso, e iba a conversar con sus ancianos progenitores.
Una vez que estaba con sus padres, adoptaba el rol de hija única y consentida. Así se retiraba la máscara de esposa, olvidada, de un empresario que invertía su tiempo en una empresa heredada por su padre.
Encerrada en su habitación, luego de hablar un rato con sus viejos, remembraba sus días en la secundaria. No podía entender cómo el tiempo había pasado tan rápido. Conoció tantos rostros, pero de todos esos rostros, solo se había enamorado de Tanimura. Su imagen inexpresiva, la tristeza de sus ojos, la infección sombría de la soledad que enfermaba su cuerpo y hacía expeler aquel aroma famélico de un hombre sumido en el abismo, atrajo su corazón y lo sentenció a que amara un demonio que, a su vez, la condenaría a sufrir de por vida. Cerraba los ojos, sacudía los pensamientos y lloraba en silencio. Así eran los días de Aiko cuando iba a casa de sus padres. Pero un buen día, buscó en el álbum, que había hecho durante la adolescencia con las fotos de ella y él, una fotografía que recordara la sonrisa que había desaparecido; una sonrisa de verdadero amor. Cuando miró la alegría esfumada, comprendió que su relación, rota, no podía repararse nunca. Apenas rompes un plato, aunque pegues sus pedazos, quedarán grietas. Sus corazones estaban rotos para siempre.
Por otro lado, Tanimura no había tenido relaciones sexuales con la secretaria, pese a que esta se le insinuaba. Encerrado en su oficina, mientras Aiko estaba en la habitación de sus antiguo hogar, secaba el sudor de su frente. Firmaba papeles, leía, conversaba con los inversionistas que lo visitaban en el despacho, montaba los pies en el escritorio cuando se iban y fumaba un cigarro. Cerraba los ojos, como Aiko, y pensaba en ella. Su piel, su tacto, su fragilidad, su voz. El humo ascendía al techo, pero era extraído por una trampilla instalada con el propósito de que el sitio no se llenara de humo. Hedía a cigarro, pero antes de ir al departamento, cuando finalizaban las horas de trabajo, se bañaba en la casa que tenía en un barrio lujoso. De manera que Aiko podía oler, sin problemas, la piel de su amado.
Aiko alimentaba su cabeza con espurias escenas eróticas de Tanimura. En todas era infiel. Temía y desconfiaba de él. Se sentó en la silla frente al escritorio, donde otrora estudiaba y leía las novelas de Natsume Sōseki, y abrió el álbum. Vio, con nostalgia, los momentos que se convirtieron en las sombras que se apreciaban en los rincones de la fría habitación del departamento en Roppongi. En cuanto terminó de llorar, esperó unos minutos para arreglarse y fingir que solo había dormido. Cambió la funda de las almohadas, se peinó y maquilló. Incluso se cambió de ropa. Como era invierno, en ese entonces, se vistió con un abrigo y se despidió de sus padres. Llamó al chófer y lo esperó en una cafetería.
Cuando regresaba al departamento, encendía las luces. Dejaba las bolsas de las compras en el sofá, cuando compraba algo, contiguo a la cocina. Se dirigía al comedor, abría la puerta del estante con licores y procedía a emborracharse hasta perder la consciencia. Hubo noche que Tanimura la llevó a la cama entre sus brazos, le dio un beso en la frente y la abrazó. Aiko murmuró sus pensamientos e inseguridades, Tanimura prometió que no le haría daño nuevamente.
En vista de la circunstancia, dado que Aiko se emborrachaba muy seguido y repetía las mismas acciones, Tanimura planificó un viaje a Kioto para escuchar el tañido de las campanas de fin de año. Ambos viajaron y no discutieron, no pelearon, hicieron el amor mientras sonaban las campanas. Él había alquilado una casa tradicional solo para esa noche y la luna era llena. El velo lunar iluminaba el tokonoma, tenían la puerta corredera abierta de par en par. Después que eyaculó con fuerza en Aiko, la invitó a sentarse en el engawa. Primero hicieron té y luego se sentaron para contemplar las luciérnagas. Las campanas de los templos habían dejado de sonar y solo quedaban los ecos esparcidos en los alrededores, como si una ominosa calma hubiera dominado la naturaleza. Hablaron como en los viejos tiempos de la secundaria. Incluso volvieron a reír como antes, se besaron como antes, te tocaron como antes e hicieron el amor como antes. Regresaban a ser dos adolescentes que desconocían los intrincados parajes del enamoramiento. Aiko sintió que su corazón casi se le salía del pecho, tenía a su hombre en los brazos, nadie se lo quitaría. Así renació el amor.
Al día siguiente, regresaron a Tokio. Fueron a visitar los parques, comieron algodón de azúcar. Visitaron una heladería, comieron helados. Caminaron, como dos ciudadanos comunes y corrientes con trabajos comunes y corrientes, las calles de Minato y luego de Shibuya. Se dirigieron al cine, se aburrieron de la película y comenzaron a criticarla. Hubo gente que se quejó del escándalo que formaron, pero salieron de la función para respirar la vida que transpiraba Tokio a la hora punta. Y eso era lo que necesitaban: vida. Ambos brillaban como si fueran estrellas perdidas en el espacio donde centenares de astros mueren y nacen; pero ellos, juntos, no podían morir nunca, ya que su alma era una sola al entrelazar los dedos de sus manos. Luego de pasar el día en la calle hasta cansarse, se fueron al departamento y volvieron a hacer el amor.
Tanimura aferró a su querida Aiko: al amanecer debía irse de su lado y atender los asuntos que atañen a la empresa. Su mujer dormía con la cabeza apoyada en el pecho. Percibió la respiración débil, pero con vitalidad de ella. Dirigió su mirada a la puerta abierta de la habitación. Una mujer estaba en el quicio, una mujer con cabellos negros, largos, y vestida de blanco. Era el espíritu de su madre. Tanimura abrazó a Aiko y negó para sí. El sudor bajaba por la sien. Luego el sudor emergía de la epidermis de su cuerpo en general. Una mano álgida tocó su pie. No quería abrir los ojos ni despertar a Aiko. «¿Por qué me temes?», preguntó ella. «Vete, por favor», respondió Tanimura en la mente. «Quiero protegerlos, a ti y a ella», aclaró y se desvaneció. ¿Proteger de qué? Tanimura no lo sabía con certeza.
Cuando amaneció, Aiko despertó, otra vez, sola. Desnuda en la alcoba, abrazó sus piernas. El alba atravesaba las cortinas blancas. Se sirvió café e hizo tostadas. Luego fue al balcón y disfrutó del desayuno. Aún sentía el pene de Tanimura dentro de ella. Respiró el dulce aroma del café y de las tostadas. No cualquiera sabe hacer buenas tostadas.
Los carros fluían con normalidad; el bullicio ya era repetitivo; el cielo claro, celeste y con pocas nubes. Había regresado a la monotonía, pero su corazón funcionaba a la perfección. El miedo de sus celos fue disipado gracias a las relaciones sexuales con su amado. Si Tanimura hubiera tenido una aventura con una mujer, no la hubiera penetrado de la misma forma. Sonrió, disfrutó de la calma que fluía en su cuerpo como la paz que se sentía en la estancia. Apenas terminó de comer, llevó los trastos al fregadero. Acto seguido, se sentó a mirar las r************* . Naomi había publicado fotos, en f*******:, de su viaje a Grecia con Takahiro. Reaccionó con un «me encanta» y dejó un comentario corto. Luego buscó vídeos en YouTube para entretenerse, pero un ruido la alertó. Miró hacia ambos lados, izquierda y derecha. El ruido, más fuerte, retumbó cerca de la habitación de ellos, venía de la alcoba donde la madre de Tanimura se había suicidado. Aiko se levantó, despacio, y tomó la escoba, que estaba cerca de la cocina. Creía que era una rata o un animal que se había colado, aunque era imposible que en un edificio, en Roppongi, ocurriera algo así. La puerta estaba cerrada, giró el picaporte pero lo habían cerrado desde adentro. Supuso que Tanimura lo había cerrado, así que desistió en la empresa de acabar con el roedor. No obstante, en la cocina habían abierto el grifo y se oía como alguien lavaba los platos. Aiko corrió con la escoba alzada, pero no había nadie. Además, el grifo permanecía como si nadie lo hubiera tocado. Su corazón se aceleró, trató de no pensar en fantasmas.
La madre de Tanimura se había suicidado en el departamento. Según Tanimura, podía oír y ver el espíritu de su madre. Aiko no creía en espíritus, no era perita en el asunto y solo ignoraba lo que su novio le manifestaba. Tampoco imaginó que estaba loco, solo no creía en ánimas. Sin embargo, aquel apacible día, los eventos paranormales se hicieron notar. Aiko lavó los platos y, mientras lo hacía, alguien encendió el televisor. La muchacha dedujo que era un defecto, dado que era táctil y quizá se accionó solo.
A las tres de la tarde, cuando, acostada en la cama, jugaba en su teléfono, la puerta se cerró de golpe. Su ojos lo habían visto. Tiró el teléfono a un lado y abrió la puerta, asustada y con el corazón a millón. A continuación se vistió para salir, infirió que necesitaba despejar la cabeza. Cuando abrió el armario, miró el abrigo de cachemir de la madre de Tanimura, los tacones y las prendas, que eran zarcillos de diamantes, un collar de perlas y un reloj Rolex para mujer. Sintió un impulso anormal de vestirse como la madre de su amado. Incluso se maquilló como ella. Entonces, una vez que terminó de vestirse, se vio en el espejo. El estilo de la madre de Tanimura era fino y elegante. Posó durante un rato, pero no se percató de la mujer que estaba en la esquina. La mujer la contemplaba con una sonrisa de par en par y los cabellos cubrían su rostro. Aiko solo admiraba su propia figura en el espejo, mientras el espíritu de la madre de Tanimura sonreía. «Eres como yo», dijo la voz de ella. «Madre, su hijo me ama porque me parezco a usted», respondió Aiko en la mente. Estaba poseída por ella, la madre controlaba a Aiko. «Vivirás el mismo destino que yo, morirás por culpa de las infidelidades de tu marido», recalcó. En ese momento, Aiko sintió nauseas y, acto seguido, vomitó en el inodoro. Tenía la mano en el pecho, sintió la abismal presencia de la madre de Tanimura. No quería voltear, no quería mirar a la muerta. «Haces lo mismo que yo, y Tanimura hace lo mismo que su padre. Eres el reflejo de la herida que me causó la presencia de su padre. ¿Sabías que un ser humano por el mero hecho de existir puede causar un daño irreparable en el sistema de la vida de otro?» dijo y añadió: «Hay quienes nacen con el propósito de matar. Morir metafóricamente es lo mismo que morir en la realidad».
En el teléfono se reprodujo la canción, de YOASOBI, yuro ni kakeru. A medida que la letra avanzaba, en el espejo vio que sus ojos afloraban líneas de sangre que descendían por sus mejillas. En el pecho izquierdo, había un agujero. La madre de Tanimura la tomó por los hombros y la abrazó. «Estás muerta. Tu felicidad es una máscara. Los muertos no reviven», susurró en el oído. Dos escolopendras manaron de su boca y se introdujeron en los oídos de Aiko. La muchacha puso los ojos en blanco. Quimeras producían caos en su estabilidad emocional, creía que su hombre se estaba acostando con una mujer. ¿Pero si antes se sentía segura? ¿Por qué dudar de nuevo? Aiko luchaba contra la fuerza del yurei. No podía combatir contra una entidad que había acumulado dolor durante los años de casada que estuvo con el padre de su amado. Aiko cedió, sus músculos se aflojaron, ya no estaban tensos y dejó que el agujero se extendiera. En un parpadeo, tenía un gran hueco en el pecho, luego desfalleció.
La canción sonaba en la mente de Aiko. Se levantó en la cama, era de noche. Tanimura estaba su lado. Lo abrazó y el hombre se despertó. «¡Desde que llegué estás durmiendo! ¿Volviste a beber?», preguntó. Ella quería decirle que había visto el espíritu de su madre, quería expresar todo y explicar lo que ocurrió, pero el fantasma estaba en el reflejo del pantalla plana. Llevó un dedo a la boca, Aiko entendió que, por su bien, no podía decir nada. En sus venas viajaba el terror. Por extrañas circunstancias, estaba desnuda y Tanimura también. Aunque no era tan extraño, dado que siempre dormían desnudos. «Te extrañé», contestó Aiko. Tanimura la besó y acarició. «Yo también te extrañé este día», dijo Tanimura.
La madre de Tanimura torturaba a Aiko. Los meses se convirtieron en un infierno. No comía casi, había dejado de hablar con sus padres, no atendía las llamadas de Naomi. El espíritu la visitaba a menudo, la poseía y devastaba su cabeza. Las discusiones no tardaron en aparecer. Cuando Tanimura llegaba tarde, Aiko preguntaba: «¿Estabas teniendo sexo con tu secretaria?». Era la misma pregunta que la madre él le hacía a su padre. «Solo me importas tú», contestó Tanimura. Pero Aiko rompía en llanto y se tiraba al suelo. Clavaba las uñas en sus brazos. Su amado la abrazaba. Ella quería gritarle lo que sufría, pero el yurei aparecía en un rincón oscuro. Sí, la madre de Tanimura le rogaba silencio. Aiko, con los ojos temblorosos y vidriosos, asentía. «¡¿Qué diablos estás viendo?!», le preguntó Tanimura y la zarandeó. «¡Suéltame!», gritó Aiko y el fantasma desternillaba. «Somos parecidas», decía la madre.
Tanimura en la oficina, pensaba lo que ocurría. Aiko adelgazó, sus ojos estaban hundidos, bebía como una desquiciada y, a veces, no podía dormir. Pasaron cuatro meses en el mismo infierno. Cada vez era peor. Aiko quería suicidarse y acabar con el sufrimiento. «¡Te acuestas con otra mujer!», gritaba. Para solucionar el conflicto, Tanimura despidió a la secretaria y puso a Aiko a trabajar con él. La calma de la tormenta había llegado. Sus celos paranoicos desaparecieron, apenas tenía tiempo para pensar en las palabras de la madre de Tanimura.
¿Por qué Tanimura no veía a su madre cuando torturaba a Aiko? Era un producto de su mente, una ilusión infantil de su inseguridad como mujer. Por mucho que amemos a una persona, cuando roto estamos, roto quedamos. Entonces, su fortaleza mental seguía deteriorada. Sabía que Tanimura se había acostado con centenares de mujeres durante el tiempo de separación que tuvieron. Incluso, Aiko iba a suicidarse en la vías del metro cuando Tanimura la abrazó bajo la lluvia.
El trastorno de Aiko derivó en una celotipia que generó un fantasma con base en la historia de celos e infidelidades de la madre de Tanimura. Pero debemos recordar que la madre de Tanimura, más bien, protege la relación y desea el bien a su hijo. En resumen, los celos tergiversaron la estabilidad mental de Aiko. Podía confiar durante un año, pero el vacío no lo podía ocultar y un día debía manifestarse.
Aiko mostró mejoría. Él comenzó a dedicar más tiempo a su amada. Una vez que se instaló como secretaria, su relación prosperó durante unos cuántos meses más. No veía fantasmas, comía, engordó y volvió a reír. Durante los días de asueto, iba de compras a Ginza con Naomi. En ocasiones, Tanimura y Takahiro se reunían en un restaurante con sus novias. De modo que Naomi, Aiko, Tanimura y Takahiro, se divertían y reían a carcajadas. Los cuatro, cuando se juntaban, formaban una especie de familia. Los cuatro amigos que el destino unió.
La estabilidad se mantuvo por unos meses, hasta que el fantasma la acechó en el trabajo, lo cual generó una crisis de histeria en ella. Veía a la madre en cada esquina. Tanimura la transportó a casa. La abofeteó varias veces, estaba cansado, harto y obstinado de lo que le pasaba a su esposa. Aiko terminó en el piso, resollando como un animal indefenso al que le acaban de dar una paliza. Tanimura gritaba, fuera de quicio. En el fondo, le dolía ver al amor de su vida en aquel estado y, por supuesto, en la oficina montó un espectáculo para nada agradable. «¿Me vas a dejar?», preguntó Aiko al levantarse. «No te abandonaré nunca, pero si no me dices lo que te pasa, ¿cómo podré ayudarte?», dijo Tanimura, luego se agachó para abrazar a su amada. «Quiero morir», manifestó Aiko sin corresponder el abrazo. «No digas esas estupideces, perdóname», contestó él. «Así golpeabas a tus putas. Ahora me golpeas a mí como a ellas», murmuró.
Esa noche, Aiko se encerró en la habitación. Había planificado suicidarse, pero eso ya lo sabemos. Tanimura rompió la puerta cuando Aiko estaba a punto de tomar el primer puño de pastillas. Estaba ebria y balbuceaba incoherencias mientras trataba, torpemente, de ingerir las pastillas.
—¡Suelta eso! —espetó, arrebató el blíster y Aiko se echó a llorar en la alfombra.
—¡Quiero morir, no soporto esta vida!
Las palabras que su madre había dicho antes de suicidarse. Tanimura sintió un escalofrío, se agachó y abrazó a su querida Aiko. Por otro lado, la verdadera madre se acercó al oído de su hijo.
—Ayúdala a olvidar, no ha recordar —susurró.
Tanimura miró el rostro impertérrito de su madre. No sintió miedo, tampoco una punzada de terror.
—Tiene miedo que la dejes sola. Su mente es atormentada por las inseguridades que crearon en la relación. Hijo, debes sanar su herida, porque aún sangra —culminó la madre y se desvaneció.
¿Recuerdan la voz que pedía «cinco minutos»? Era la voz de su madre desde el más allá. Tanimura se dio cuenta de esto y supo que ella lo protegía.