Adiós, Naomi (1)

2227 Words
Algún que otro árbol salía a la vista. El cielo estaba revestido de una placa gris. Las grietas de luz, esbozaban abstractas figuras sobre el matiz neutro. Tronaba, pero no era la tormenta que se acercaba, era el corazón de Naomi que retumbaba en sus oídos. Pidió al taxi que se estacionara en una cafetería. Cuando cruzó la puerta, se sentó en una mesa apartada de los pocos clientes que habían en el local. Las personas bebían café, charlaban y masticaban bocadillos. Una camarera con semblante adusto, dejó la carta sobre la mesa, frente a Naomi, quien permanecía con las palmas abiertas en la superficie. Miraba una hormiga invisible cerca de la carta, no quería hojearla ni abrirla. Además, no tenía idea de qué hacía en aquel sitio, solo sabía que estaba cerca del bosque Aokigahara, ubicado en las inmediaciones del monte Fuji. Observó el panorama a través de la ventana, quizás llovería a cantaros. Exhaló aire, decidió abrir la carta. Tal vez era mejor tomar un café y fingir que hacía algo productivo en una cafetería. Pidió un té n***o, nada más. No quiso probar el sándwich especial de la casa ni las recomendaciones de la camarera. Incluso, mientras la camarera hablaba, parecía que lo hiciera de un lugar remoto. Naomi no se encontraba en la realidad, más bien estaba dividida entre un sueño y el despertar. De que estaba despierta, lo estaba, pero no entendía qué era, precisamente, estar despierta. Palpó los objetos, apretó la cuchara y supo enseguida que, en efecto, era una cuchara real, fría y de plata. Entonces decidió mirar a los clientes. Un hombre barbudo, con cejas largas, bigote estilo Charlie Chaplin, ojos vidriosos y camisa de cuadros, mantenía una conversación animada con una joven que tal vez era su hija. La chica no era especialmente guapa, pues medía metro cincuenta y cinco, orejas delicadas y finas, nariz pequeña, acorde a su rostro puntiagudo, ojos profundos como el mar del Pacífico y lucía un suéter a juego con la falda de patrones de rombos. Naomi no pudo evitar criticar en su mente la peculiaridad de la falda; sin embargo, le trajo recuerdos de Aiko. El golpe de un boxeador llegó a sacudir su memoria. Apretó la cuchara con fuerza, como si se aferrara a lo único que podía ser real. Sus lágrimas afloraban, aunque hiciera esfuerzos por retenerlas. Aiko, su mejor amiga, estaba muerta. Temblaba, pero no de la ira contenida, sino por un sentimiento inexplicable. Sus mejillas rellenas experimentaban el sacudir de su tembleque. Soltó la cuchara con estrépito, dejó de mirar a la chica, tragó saliva y secó sus lágrimas con el dorso de las manos. La camarera le trajo el té n***o y un bocadillo de parte de la casa. Haciendo reverencias, se marchó la camarera, tal como muchos se largan de la vida de las personas, con florituras y reverencias innecesarias. Naomi quiso que su hermana no se fuera en la mejor etapa de su vida. Había perdido sus años de universidad persiguiendo una venganza. ¿Trajo algo positivo? Además de estar con Takahiro, es algo que ni ella misma podía responder. Se dio cuenta, así pues, que Aiko era el engranaje que hacía funcionar su mundo, después de la muerte de Harumi. Las dos conexiones a su infancia, habían desaparecido. Harumi era lo único cercano a una madre que se había suicidado; Aiko era la única conexión a su niñez y felicidad, aparente, pasada. ¿Naomi era feliz? La respuesta quedaba suspendida en el vacío, no consideraba que tuviera un alma en el cascarón. Naomi había dejado de vivir y sentir la realidad. Fragmentada, sería el término correcto, no sabía qué hacer. Los padres de Takahiro no consentían el matrimonio. Aunque planeaban casarse en secreto, no se sentía cómoda con las consecuencias que iba a derivar de aquel acto precipitado. Ambos eran jóvenes y la vida todavía les sonreía, o eso parecía. Tomó el té y lo bebió a su ritmo. Duró una hora antes de pagar la cuenta y salir a caminar. La lluvia no había comenzado. Había sol por un lado y por otro se cernía una nube oscura. De manera que el ambiente acompasaba con el paisaje interior de Naomi: el sol brilla por el norte y la oscuridad acecha por el sur. Se detuvo en una estación de gasolina, miró un hombre delgado que atendía la estación de servicio. Reverencias para el cliente, reverencias para todo. Siguió la ruta a quién sabe dónde. Llegó hasta una autopista. Con las manos en el abrigo, observó la silueta de las montañas. La hierba seca se movía gracias a la caricia del viento. —Naomi. La voz de Aiko llamaba por el lado del sol. Naomi se quedó perpleja al escuchar su llamado. Caminó hacia los recuerdos, la nube insidiosa avanzaba a su espalda. Evocó los días en el que Aiko dormía con ella cuando era una simple prostituta de la yakuza; los días en el que Harumi se iba a una discoteca con Sai y tenía que quedarse junto a Aiko; las noches en las que lloraba su mejor amiga por sentirse sola; las semanas en las que iban juntas al instituto. El mundo, de pronto, le pareció horrible sin Aiko: la chica del suéter de Hello Kitty. Intentó correr, pero sus piernas fallaban. —Naomi. —Aiko —gritó Naomi, desesperada. La imagen de su amiga no estaba por ningún lado, pero su voz era nítida, audible y perfecta, como si estuviera viva. Los truenos rugían en el fondo, como los tambores de un teatro de kabuki. Aiko, en los días de tormenta, tenía miedo de los truenos. En el regazo de Naomi, se acurrucaba Aiko, ella se sentía segura con su amiga… Su única mejor amiga. —¿Por qué tuviste que irte? ¿Por qué pedías compañía y me dejaste sola? —gritaba Naomi, llorando. La tormenta arreciaba y los carros pasaban. Los seres humanos eran cínicos ante el dolor ajeno de un corazón atormentado. Algunos transeúntes, que caminaban con un paraguas en mano, miraban a Naomi como si estuviera loca. ¿Por qué nadie ofreció su paraguas a Naomi Igarashi? ¿Por qué pensaban que estaba loca al llorar y reclamar al cielo su desgracia? Creo que los locos eran ellos y no Naomi. Llevó sus manos a los ojos. La lluvia impactaba en su cabeza, estaba mojada completamente. Agitaba los hombros y expelía aullidos desgarradores. El dolor la abatió, cayó de rodillas. Un charco se formó a su alrededor. Uno de los espectadores, la ayudó a cruzar la autopista y se refugiaron debajo de un puente. Naomi estaba confundida, aterrada, abrazó al sujeto, que era un hombre de metro setenta con gafas correctivas, delgado, pinta de oficinista y nada especial en su rostro que resaltar, además de su corte tipo cepillo. Dada las circunstancias y la necesidad de sentir calor, tomó por la solapa de la camisa al sujeto y lo besó. El tipo la empujó con fuerza, no dijo nada al respecto, pero estaba furioso. Se alejó a grandes zancadas. Naomi hizo un puño con la mano a la altura del cogote. Recordó la inestabilidad emocional de su hermana, cuando traía hombres al departamento para tener relaciones sexuales. La culpa agobió su cordura, pensó en lo mal que se sentiría Takahiro al saber que besó un desconocido bajo un puente. No tenía que saberlo, solo debía ocultarlo, como siempre había ocultado el dolor en su vida. —Naomi —llamaba Aiko. Siguió la voz bajo los efectos de la histeria. Caminaba dando tumbos leves, como si el barco se meciera con suavidad. ¿A dónde iba? La ruta conducía al bosque Aokigahara. ¿Planeaba suicidarse? No tenía idea, Naomi solo seguía una voz que su cabeza creaba mediante el caos de su inconsciencia. Anduvo todo el sendero sin detenerse, bajo el diluvio. No tenía frío, porque los recuerdos le brindaban calor. —¿Crees que a Tanimura le guste este vestido? —preguntó Aiko, estaba viva y joven. —No importa que vestido te pongas, él está loco por ti —respondió Naomi. —Loco por mí o no, quiero ser una chica digna de su entrega pasional. ¿Cómo serlo si visto con ropa barata? —¿Se enamoró de tu ropa barata? —Enarcó una ceja. Naomi rio, pero de la sofocada risa por la lluvia, desternilló de improviso. Ella reía y lloraba. Odiaba a Tanimura Yoshimoto, lo odiaba con toda su alma. Sin embargo, era su mejor amigo y el recuerdo que lo ata con Aiko. ¿Cómo podía odiarlo tanto? Si él hubiera sido un buen novio, en lugar de herir y ser infiel a Aiko, perdonara sus mínimos pecados como mortal. Todos perdonamos lo suficiente, hasta que nos cansamos de ser jueces benevolentes. Tanimura se encontraba en terapia intensiva, Takahiro en el hospital universitario de Tokio. Naomi se imaginó a su amado, nervioso y ansioso de que su hermano del alma despertara. De nuevo, la culpa. Mientras él sufría en Tokio, estaba en otra prefectura con sus desordenes emocionales. —Soy una mierda, no merezco vivir —sentenció Naomi— Debería quemar mis labios. —¿Cómo planeas morir? —preguntó la voz de Aiko—. Deberías vivir por mí. —Mi madre, mi hermana y tú, están muertas. ¿Qué motivo tengo para vivir? —El futuro, Naomi; el futuro que no pudimos tener nosotras, lo puedes tener tú. Hizo caso omiso a la voz de su amiga. Continuó hacia la ruta del bosque. Se transportó a las noches con Harumi. Sai, la pareja de Harumi, le agradaba ver las estrellas desde el departamento, cerca del parque de Ueno. Naomi aprovechaba de tomar sake son ellos, dado que Aiko no bebía mucho en aquel entonces. Harumi abrazaba, por el hombro, a Naomi. A diferencia de otras parejas, Sai integraba a Naomi y le agradaba hablar con Naomi. Sin embargo, el pasado, que parecía un ayer, había desaparecido y solo quedaba una calle, una ruta, una tormenta. Naomi despertó y supo que no estaba en el balcón del departamento, tampoco frente el parque de Ueno. Ahora era una mujer que trataba de superar la muerte de su mejor amiga, tenía un amigo en terapia intensiva, era novia de un heredero multimillonario de Minato y seguía siendo m*****o de la yakuza gracias a su tía. ¿Por qué no se quedó como una adorable adolescente de diesciseis años? La vida no había mostrado sus fauces. Por supuesto, todo ocurrió desde la muerte de Harumi. No culpó a su hermana, pues ella había muerto por la ausencia de Sai. Realmente había fallecido por desnutrición. La depresión consumió a Harumi y feneció como todos los combatientes en el campo anímico humano. Naomi vagaba, los enhiestos mudos de la naturaleza observaban su peregrinaje. Ningún auto se detuvo a preguntar por su estado de salud y nadie la ayudó a mitad de sendero. Hubo un punto del camino, en el que se arrepintió de haber apartado a aquel hombre. SI hubiera sido inteligente, se hubiera acostado con él. Matar libido no la hubiera hecho sentir tan culpable. Pecaba, era cierto, pero no le desagradaba la idea. Quería beber sake hasta perder la conciencia. En lugar de escuchar a Aiko, quería oír a su hermana. ¿Dónde diablos estaba Harumi? ¿Se habrá reunido con Sai en el más allá? Preguntas que no tendrán respuestas mientras viva. Continuó por una pendiente y se internó en el bosque. Ignoró los carteles de advertencia, saltó la cuerda divisora. Uno de los carteles decía que buscara a su familia antes de perderlo todo. ¿Qué familia tenía? Naomi reía más fuerte y la lluvia no dejaba de ser torrencial. Abrazada en sí misma, caminaba y caminaba sin rumbo. Ella quería que la tormenta cesara, que sus pies terminaran por desintegrarse y la vida se esfumara para quedar a la deriva en un espacio sin fin. Cerró los ojos, las gotas impactaban en las hojas de los árboles, caía sobre su nariz y estas se deslizaban por su mejilla, que se confundían con sus lágrimas, hasta caer en la tierra fértil. Un ave graznó, pero un trueno calló el graznido. Naomi cayó en la hierba, estiró los brazos y gritó a todo pulmón. Dejó que el sufrimiento saliera de su garganta. Su lengua sentía el sabor de la lluvia. La presencia de los espíritus en el bosque de los suicidas, no perturbó su lamento. Aiko llamaba en alguna parte de su mente, pedía calma al huracán desatado por sus emociones. Ella, sorda, descargaba truenos y centellas de su alma adolorida. No soportaba los edificios de Tokio, odiaba a cada ser vivo que pensara y hablara. Transpiraba la tristeza de seguir viva, de andar en un mundo que no encajaba con ella. Cada segundo era el latigazo de un psicópata efusivo que reía de su nostalgia. Las risas de su hermana, hicieron eco en los recovecos de una alcoba en la que había dicho adiós a la infancia. El calor del cuerpo de su amiga, su respirar, sus labios dulces, su alegría, se percibía en el vacío que había dejado al suicidarse. Naomi estaba sola. Su pecho acompasaba con los estertores de la naturaleza. Como estrellas líquidas, cuando un relámpago iluminaba el cielo y el rayo escindía el pergamino, sus lágrimas brillaban.
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