El triángulo de Takahiro (2)

3023 Words
Kumiko nadaba en la piscina conmigo. Una vez que terminamos de nadar, fuimos a los baños. Me sequé a conciencia, cepillé el cabello, tomé una buena ducha y me vestí. Pedimos un taxi que nos llevara hacia Shinagawa. Luego, nos adentramos a Odaiba. La isla artificial, Odaiba, está en la bahía de Tokio. Se accede por el Puente del Arcoíris o el tren futurista Yurikamome. Allí íbamos a pasear en el museo de ciencias Miraikan, donde conversábamos con robots. Después de montarnos en las atracciones del Joypolis, fuimos a la noria Daikanransha. Vimos el monte Fuji desde la punta y apreciamos la megalópolis durante el atardecer. Kumiko vestía un abrigo de cachemir, gris. Yo tenía una chaqueta de cuero que mi padre me había comprado en mi cumpleaños dieciséis. Cubría muy bien y apenas sentía el frío a finales de otoño y entrada al invierno. Había pasado seis meses desde la desaparición de Tanimura. No mantenía suficiente contacto con Aiko, ya que empezó a comportarse un tanto reservada. En ocasiones, trataba de tener una conversación fluida con ella, pero se comportaba de forma misteriosa y casi no hablaba. —Oye, Aiko, te hago compañía porque es mi responsabilidad cuidar la novia de mi mejor amigo durante su ausencia. Si quieres que deje de visitarte, puedes decírmelo. No tengo inconveniente. Tal vez no sea un amigo apropiado para ti, quizás te caiga pesado. Siento que pierdo el tiempo —le dije durante una cena en su departamento. —Takahiro, no hay problema contigo, soy yo. Disculpa. Al verte, me traes recuerdos de Tanimura. Llevo cinco meses esperándolo, me duele su partida todavía. Tengo una amiga que me alienta y consuela, con ella es suficiente. Así que no te preocupes por mí. De hecho, creía que tu estabas incómodo conmigo. —No estoy incómodo, solo cumplo con una responsabilidad de hermandad. A pesar de eso, tú eres una buena persona. ¿Sabes? A veces tengo envidia de ti. Sí, no debería sorprenderte, Aiko. Tienes a Tanimura para ti, completamente. No puedo hacer nada, pues, hiciste que cambiara con el decurso del tiempo. Antes, cuando su madre había intentado suicidarse por primera vez, se volvió un ser taciturno, parco en palabras. Tú hiciste un gran cambio en su personalidad y, de eso, estoy agradecido. Por más envidia que tenga hacia ti, debo admitir que eres el sol de Tanimura. Aiko, sonrojada, se acercó hacia mí. Posó una mano en mi hombro, agachó la cabeza y comenzó a llorar. La abracé. Permanecimos abrazados durante media hora. Ambos extrañábamos a Tanimura. Desde esa noche, me pidió que la visitara una vez al mes, que no cesara las visitas. Entonces, la visito un día especial de cada mes. Cuando dije aquellas palabras, sentí que me quité un peso de encima. Estaba harto de no expresar mis sentimientos como era debido. Me costó hacerlo, pero era el momento adecuado. —¿Cómo te sientes hoy? —preguntó Kumiko, acostada en mi pecho, yo rodeaba la curva de su cintura con mi brazo. —Pienso a menudo en Tanimura. Me gustaría saber qué estará haciendo en este momento. La vida en el mundo continua y él sigue sin aparecer. Mi mundo necesita la cuerda que él movía detrás de la pared. Uno de los personajes más importante del teatro de mi ida, ha desaparecido. No sé cómo puedo funcionar y existir mientras él no está. Así manifiesto este vacío, Kumiko. Contigo me siento completo, pero, al irte, el agujero está allí, persiste y arde. Ya no lloro como antes, pero percibo su recuerdo como si hubiera muerto. No quisiera que Tanimura falleciera o se suicidara, no sabría qué hacer en esta realidad sin él. —Hasta ahora has continuado tu vida, ¿no? —Sí, pero esta continuidad es momentánea. Cuando las luces se apagan, todo queda en silencio, como una sala de cine con butacas vacías. Alrededor no hay nadie que te haga compañía. Entonces, el filo de soledad atraviesa tu piel hasta llegar a enfriar tu sangre. Quisiera volver a competir en bicicleta con él, regresar a los años del instituto y sonreír cuando la sombra de su vida aún no había llegado. Hubiera deseado arreglar los conflictos de su familia, pero es imposible hacerlo, porque no éramos hermanos de sangre. Ahora que digo todo esto, me doy cuenta que mi frustración se debe a la impotencia de no haber hecho lo posible por mejorar su situación. Su madre se suicidó y solo quedamos Aiko y yo en su vida. Sin embargo, pese a tenernos a nosotros, se marchó sin decir adiós. —Porqué no es un adiós, Taka, es un hasta luego. Tanimura regresará, no debes preocuparte. —Apretó su mano enguantada en mi pecho—. Por otro lado, creí que podía hacerte feliz… Digo, yo. —Lo haces Kumiko, ¿no escuchaste? Contigo mi mundo gira, pero, cuando te vas, todo vuelve a estar oscuro y sombrío. —¿Habrá una forma de solucionarlo? —preguntó y me miró. —No lo sé. Tomé su mejilla y la besé. Fue nuestro primer beso. Deslicé mi lengua dentro de ella y encontré la suya. Jugamos por un largo rato. Mi mano descendió hasta sentir sus senos, cabían como un pelota de béisbol. Erecto, palpitaba mi pene. Nos acariciamos por encima de la ropa. No ardíamos de deseo s****l, lo cual era inusual. Besarla fue distinto a besar las demás chicas con las que me había acostado. Kumiko tenía algo especial, algo raro que la hacía diferente al resto. La magia del candor de su beso, el néctar de sus labios y la forma de mover la lengua. Era irreal besar una chica como Kumiko y, por un instante, me sentí suspendido del suelo, como si estuviera en un sueño. Quizás ese será el término adecuado para referirme de lo que sentía por Kumiko: un sueño. Nos dejamos de besar cuando sentimos que la respiración nos faltaba. La cabeza me daba vueltas. Fantasías viajaban de aquí y allá junto a los sentimientos encontrados. Permanecimos en silencio durante un largo rato. El teléfono vibró en el bolsillo, no hice caso y tomé aire para besar a Kumiko. De improviso, cuando apenas teníamos unos diez segundos, me aparté, pero con suavidad. Había pensado en la imagen de Naomi. La intrigante apariencia de Naomi se vislumbraba en un paraíso desconocido. Temía que algo pudiera salir mal de todo esto. Quería ir a visitar a Naomi. Inagawa me había comentado los preparativos. Accedí. Los dos meses de esperaba transcurrieron mientras florecía l amor entre Kumiko y yo. Es difícil decidir si había hecho lo correcto, pero no podía detener mis sentimiento. Algo empezaba a crecer dentro de mí, como una flor que fue plantada durante unos años en tierra infértil. De pronto, la tierra se volvió fértil y el amor era su riego. Entonces, creí de nuevo que estaba vivo. El sol era la sonrisa de Kumiko y su calor provenía de su cuerpo astral. Iría a ver a Naomi en un día de la tercera semana del mes. Se acercaba el invierno, Inagawa recomendó que fuera cuando nevara o comenzara a hacer mucho frío. No entendía los motivos, pero presentí que era mejor hacer caso omiso a las palabras de Inagawa. Al apartar a Kumiko, latía, con rapidez, mi corazón. Bullía la sangre en pos de hallar la razón para apartar a la persona por la cual sentía algo verdadero. Naomi era irreal o, quizás, no lo era. Como una garra que rasga un papel, así inició la confusión dentro de mí. ¿Debía visitar a Naomi y desarrollar una relación con ella? ¿Debía quedarme con Kumiko, aunque no éramos nada todavía? Mientras la situación me mantuviera soltero, podía acostarme con las dos. De manera que ninguna se sentiría herida u ofendida. —Perdón —susurró Kumiko. —No eres tú el problema, soy yo —dije—. No hay nada que perdonar. —Debes sentirte presionado. —No lo estoy. —Suspiré, cansado—. Somos amigos, ¿no? Hizo una mueca con los labios, luego se apartó de mí y acomodó su abrigo. —Sí, somos amigos. Cuando llegué al departamento, me acosté con el arrepentimiento de haber arruinado un futuro con Kumiko. No había revisado el teléfono y no tenía ganas de hacerlo. Sin embargo, mis padres habían dejado una nota en la mesa. Leí su contenido, no iban a regresar hasta el dia siguiente. Sabía que la iniciativa de avisarme, era de mi padre. Mi madre no era detallista. Además, no me prestaba atención. De modo que encogí los hombros y me dispuse a ver una película. A la media hora de película, sonó el teléfono principal de la cocina. Fruncí el entrecejo, ya que pocos llamaban al número residencial. Me acerqué con pasos vacilantes, dejé sonar el teléfono durante unos segundos más. Dudé si debía contestar o no. Al tomar la decisión, atendí. Entonces llevé el auricular a la oreja. —¿Takahiro? —preguntó una voz desconocida, pero sin dudas era una mujer. —Sí, ¿quién es usted y por qué llama a estas horas? ¿Quién le dio mi número? —Inagawa, lo conoces —dijo, pero su voz parecía tener la distorsión de una borracha. Tal vez estuviera borracha. —No contestaste mis otras preguntas. —¿Por qué debería? Tú sabes quien soy y yo sé quien eres. ¿No te conformas con eso? —No conozco tu timbre de voz. Si no me dices quién eres, colgaré. —Soy Naomi Igarashi. Escuché una risita en el fondo. La única persona que reía con los mismos nervios, era Aiko. La sola mención de Naomi, hizo que temblara mi mano. Pasé el auricular a la otra mano, pero estaba temblando. Tragué saliva. —¿Te comió la lengua un gato? —preguntó, socarrona. —No, solo que no sabía que ibas a llamarme… —Escucha, Inagawa me ha dicho que deseas verme. Si mal no me equivoco, estamos en el mes donde podemos encontrarnos. —Sí, estamos en el mes del encuentro. —Déjame beber un poco más, espera —dijo y oí una copa partirse en el suelo, un grito ahogado de sorpresa y luego la voz de Aiko. Definitivamente, era Aiko la que estaba detrás. Mientras Naomi preparaba su dosis, supuse en su entonces, me sentí extrañado por la presencia de Aiko al otro lado. ¿Qué hacía con Naomi?—. ¿Sigues allí? —Oí un golpe seco. —Sí. —Las condiciones son simples: una hora de visita. No puedes quedarte más tiempo. Cuando estés aquí, te explicaré los motivos. Espero no estar borracha cuando llegues, me avergüenza estar así y llamarte así. ¡Qué se le puede hacer? Da igual, eres mi conexión con el pasado de mi hermana, Harumi. Según ella, yo era ciega y no te vi en el Tokio Skytree. ¿Es cierto que eres tú? —Sí, Naomi, soy yo. Te vi aquella noche y provocaste un sinfín de revoluciones dentro de mí. No sé qué diablos eres para haberlo hecho, pero nadie en mi vida ha causado tal sensación. —Eso debes decírselo a todas con las que te acuestas. Contuve la rabia, ella estaba borracha, debía comprender su lucidez. —¿Vas a seguir hablando con ese tono insolente? —Si yo quiero, pues, sí —respondió Naomi, pero esa respuesta me excitó, no sé por qué. —¿Qué edad tienes? —Lo sabrás cuando vengas. ¿No esperas a Tanimura? Aiko también. Además, Tanimura y yo somos amigos. No tan cercanos, pero lo llegué a conocer un poco. Es un buen sujeto. Nunca me habían hablado de ti. El destino, por cosas que no entiendo, nos unió entre millones de personas que existen en Tokio. Los casos de este tipo son raros, no suele suceder. ¿Quién diría que un chico tan guapo me miraba en el Tokio Skytree cuando me escapé de casa esa noche? Eso no suele suceder con frecuencia. Durante la infancia, guardamos en la memoria los tesoros que añoraremos cuando entremos en la adolescencia. No es fácil, despedirnos de la niñez y entrar en una etapa de crecimiento que nos enseñará a afrontar la vida. Imagínate que me pasé toda la adolescencia sin saber que era tú. Tú habrás tenido tus experiencias y yo las mías. Ahora, que somos adultos jóvenes, se presenta la oportunidad de conocernos. Es insólito. Creí que esto solo pasaba en las novelas. Naomi, como Kumiko, hablaba, a su modo, de temas interesantes. Me gustaba la forma de hablar de Naomi, aunque estuviera borracha. —Necesitábamos crecer para poder entendernos mejor. Si te hubiera conocido de niño, las circunstancias nos hubieran deparado un destino peor. Ni siquiera estuviéramos hablando. Tú en un instituto distinto y yo en otro. Somos mundos diferentes, como sabrás por Inagawa. Yo crecí con todo a mi disposición, me dan todo lo que quiero cuando quiero. Consigo, incluso, lo que deseo. —Pero no me has conseguido a mí. —Pero te encontré e iré a obtenerte —dije con lascivia. —Es difícil, porque no quiero tener nada con nadie. Estoy en una senda en la que no debo involucrar mis sentimientos. Tú no deberías meterte en la cama conmigo, pero admito que me hace falta un hombre, verdadero, que me abrace y me llene de afecto. Quizás sea por la relación que tienes en el recuerdo con mi hermana, que deseo estar contigo bajo la luna. No paro de imaginarme cómo eres y cómo será nuestra primera conversación en persona. ¿Te sorprende que sea tan abierta contigo? Ni te imaginas con la cantidad de hombres que me he acostado. No serás ni el primero ni el último con quien me acueste. Pero ellos son efímeros, tú, a lo mejor, te quedes y me enseñes apreciar las pequeñas maravillas de la vida. —Yo también me he acostado con cientos de mujeres… —Pero no lo entiendes. Tú lo haces por placer, yo lo hago por conseguir algo distinto. —¿Eres una prostituta? —Por un lado sí, no me interesa el dinero. Tengo sexo indoloro. Puedo ser un contenedor de semen, que me penetren cien veces y no me arderá ni me llenaré. Anulo mis sentimientos a la hora de tener sexo para no sufrir lo que mis colegas sufren. No obstante, considero que no tengo colegas en este trabajo. Muchas de ellas, pese a la protección del gremio, son maltratadas u asesinadas. Todavía el machismo impera en la sociedad tokiota, de una manera sutil. Con todo esto, te advierto que pertenezco al lado oscuro de esta sociedad monótona. Soy parte de la sombra que se entreteje detrás de los políticos y sus discursos. Y aún sabiendo esto, quieres verme e intentar conocerme. Con todos los peligros que conlleva el solamente estar conmigo. Debes, además, entender que un día podré desaparecer. No desaparecer como Tanimura, sino irme de este mundo. Alguien podría matarme, pero antes de morir, cumpliré mi objetivo. —¿Cuál es tu objetivo? Oye, hablas de una manera siniestra. ¿En qué clase de embrollo estás? —En ninguno que te incumba, Takahiro Okada. Mi objetivo es secreto, tú no lo puedes saber, al menos, por ahora. —Estoy reconsiderando verte. No quería meterme en problemas, pero algo en mi alma me decía que fuera a verla y me acostara con ella. Mi pene estaba erecto, no podía controlar el sentimiento s****l que me embargaba. ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué clase de trastorno mental tenía? —Soy transparente contigo. No quiero sorpresas. Tú debes saber de que lado estoy. Tus padres son buenas personas, aunque tu madre es una zorra. La he visto en numerosas orgías. Tu padre no debe saberlo y tampoco creo que le importe. Es una mujer que salta de hombre en hombre, como un saltamontes. Quizás no te presta atención, es la actitud típica de su clase. Pero debes saber una cosa, sé donde vives y los secretos de tu empresa. No por Inagawa, sino por la red en la que estoy laborando. Me acuesto con diferentes hombres de Minato durante un mes entero. He perdido la cuenta y es una suerte que no haya contraído una enfermedad venérea. Por suerte, tu padre no participa. Siempre ha sido un hombre discreto y reservado, no es alguien que frecuente este tipo de eventos que se figura detrás del telón que j***n ofrece al mundo. Espero te calles y no cuentes esto nadie. Te lo digo porque confío en ti. Eres la única conexión con mi hermana, Harumi. —¿Qué le ocurrió a Harumi? Ya sabía que mi madre era una zorra, así que no le di importancia a la revelación. —Murió porque su amado fue secuestrado. Sí, falleció por mal de amor. No es una estupidez fallecer por la ausencia de un ser querido. Hay parejas de ancianos que esperan la muerte del otro para marcharse del plano terrenal. ¿Entiendes lo que te digo? La madre de Tanimura se suicidó, mi hermana se murió y tú estás vivo. No sé qué diablos estoy diciendo, necesito otro trago… —Para de beber, Naomi —dije con voz suave—. Ya deja la bebida a un lado. —¿Quién eres para ordenarme qué hacer? —La única conexión con tu hermana. Hubo un silencio sepulcral al otro lado. El canto de un grillo podía oírse. ¿Dónde vivía Naomi? —Debo colgar… —Naomi, te veré. No me importa sortear los peligros, pero el destino es vernos. Por ahora, no voy con la intención de acostarme contigo… —Todos los hombres quieren sexo… —Pero yo no quiero tener sexo contigo, entiéndelo. Otra vez, silencio. —Te estaré esperando, Takahiro. Colgó. La película había terminado cuando me senté en el sofá. Pensé en el teléfono, pero no quise revisar la bandeja de mensajes ni w******p. Me limite a cerrar los ojos y dejar que la noche me absorbiera junto a la soledad.
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