Aiko rompió la botella de sake. Estaba cansada de mi comportamiento.
—¿Seguirás borracha? —preguntó, resollaba, pues contenía la rabia.
Mostré cinismo ante su inconformidad. Yo era una alcohólica con motivos, aunque eso suena más a una excusa que propiamente a un argumento.
El cielo, sin luna, era el escenario de la estrellas. Habían retazos de nubes que levitaban en dirección al sur, impelidas por el viento a finales de otoño. La luz de una lámpara, tenue y degradada, acariciaba el rostro sudado de Aiko. Su inocencia, en mi estado de embriaguez, me produjo apetito s****l.
El mes de trabajo, estuve con mujeres. Las relaciones lésbicas no son lo mío, tampoco alteraba mi heterosexualidad. Todo era por la venganza contra la tía Igarashi. ¿Cuánto había perdido, de mí misma, por una venganza? ¿Valía la pena cumplir el objetivo, al fin y al cabo?
—Necesito beber. Puedo pedir otra botella —dije con irritación.
—No, no lo necesitas.
—No eres mi madre.
—Pero soy tu mejor amiga y debes dejar de beber de esa manera desenfadada. ¿Qué impresión le diste a Takahiro Okada?
—Lo oí satisfecho de mi discurso.
Había llamado a Takahiro, no recordaba lo que le dije en aquella llamada. Él, a día de hoy, se reserva el recuerdo. ¡Así de borracha estaba!
—Decías una sarta de estupideces —respondió Aiko—. No es la primera vez… ¡¿Qué haces, Naomi?!
Estampé un beso en Aiko. Ella se resistió, pero al rato cedió. La tensión s****l entre ambas, se alivió. No iba a ir más allá, aunque mi cuerpo lo deseara en aquel entonces. Me aparté de ella, sin brusquedad. Luego me acosté en el futón. Mareada, el mundo me daba vueltas. Harumi, la tía, madre y Takahiro. No entendía lo que sucedía, estaba confusa y obstruida… ¿Obstruida? Nada fluía en mí, como si hubiera una piedra gigante en medio de un río.
Atrapada en la oscuridad, en las sombras de Tokio y sumergida en el infierno. ¿Quién me vendría a rescatar del sufrimiento? Vislumbraba un círculo desgraciado, funesto y umbrío. Tendría sexo hasta morir, hasta desgastarme, hasta que la edad no pueda sostener mi cuerpo, debido al cansancio. Cada día, la venganza y la manipulación de la tía Igarashi me consumía.
No estaba delgada. De hecho, comía muy bien. Toshiba traía comida de afuera y pocas veces me había visto en la obligación de cocinar. Tenía un mes dedicado para mí. El sueldo no era malo. A pesar de los beneficios, ¿me sentía cómoda con una vida llena de lujos y prostituida de pies a cabeza? Si me sintiera cómoda, no me hubiera adentrado en la caverna del alcoholismo.
Buscaba las posibilidades de salir con vida, pero, según Inagawa, Toshiba podía ver más allá. Él conocía mis planes. No obstante, contaba con la ayuda de Inagawa para vencer a Toshiba, el guardaespaldas de la tía Igarashi.
Me reí en voz alta. Aiko estaba a mi lado, sentada, apretaba los labios. Por dentro debía sentirse arrepentida al ceder. El caso es que ambas éramos dos mujeres que pedían afecto a gritos.
Aiko tomó mi mano, sentí la seguridad maternal en ella. No paraba de reírme del infortunio de mi vida, del chiste en el que me había convertido. Si Harumi estuviera viva, la decepción en su mirada hubiera sido devastadora.
—Mejor reír que llorar, ¿no? —susurró Aiko con una leve sonrisa, pero esa sonrisa era una ilusión, una distorsión del alcohol.
Dejé que las risas pasaran y luego de serenarme dije:
—Disculpa, no debí besarte.
Aiko se inclinó y me besó en los labios. Mis manos acariciaron su cabello y su cuerpo cayó sobre mí. Acrecentamos los movimientos del beso. Nuestros labios se deslizaban con facilidad, como si estuviéramos comiendo la carne de una y la otra. Después de saciar el afecto y recargar el cariño en ambas, Aiko se separó y se acostó en mi pecho. Dibujaba círculos en mi tórax con el dedo índice.
—Da igual, ambas estamos solas —dijo Aiko—. Tanimura no sé si volverá. Sus postales no transmiten ningún mensaje.
—Espero esto no cambie nuestra amistad.
—Claro que no lo hará. Me gustan los hombres y a ti también. Aunque considero que eres bisexual. Solo quería afecto, nada más. Besarte alivió el dolor que cargo por dentro. Necesitaba sentir el calor de alguien que me quiera. Tú me quieres como una amiga. Has estado en mi vida desde mi más remota infancia. Vivíamos cerca. No sé cómo puedes estar con una rara como yo. Casi nadie quiere ser mi amigo. —Sus ojos se anegaron en lágrimas—. Tanimura y tú vieron lo mejor de mí. El mundo no puede ver lo mejor de mí, por mucho que lo intente. Pero ustedes vieron algo que yo no puedo ver en mí.
—No es complicado soportarte, Hello Kitty —dije y presioné su nariz con ternura. Un gesto que solía hacer Harumi, era presionar la nariz de alguien cuando se sentía triste—. Una chica que le fascine el rosado y una gata sin boca, no se ve todos los días, ¿verdad? Vamos, hay personas que nacen para hablar con otras. Hay millones de mentes a nuestro alrededor, debemos encontrar, o dejar que nos encuentre, la mente que compagine con nosotros.
—¿Crees que Tanimura regrese?
—No lo sé, eso lo sabe él.
—¿Y si no regresa, Naomi?
—La vida continúa, ¿no te parece así? Además, me tienes a mí, no puedes cerrarte a una sola persona.
—Pero decidí cerrarme a una sola persona. Lamentablemente no puedo abrirme a otras. Siempre que intento abrir las puertas de mi corazón, la gente me ve como una estúpida. Las únicas personas que me escuchan son ustedes.
Un búho ululaba cerca del parque.
—¿Y tu familia? —pregunté—. Tus padres te aman, Aiko. No debes imaginar cómo se sentirían si te oyeran hablar así.
—Ellos están en su propia galaxia, lo sabes mejor que nadie. No pueden desprenderse de su empleo. Y es lógico, sin su trabajo no hubieran podido mantenerme. Era necesario que estuvieran alejados. Logro comprender su distancia. También tienes razón, ellos me adoran y las pocas horas que pueden dedicarme, son felices en absoluto.
—¿Ves? Eres la pieza de nuestra vida. Sin ti, Aiko, no pudiera soportar este camino tortuoso que me obliga a sufrir. Además, la tía Igarashi sabía esto. Con tu compañía, puedo soportar los peores desastres. Tanimura también debió cambiar contigo.
—Takahiro me dijo que sí. En efecto, Tanimura cambió, poco a poco, conmigo. —Dejó de dibujar círculos y posó la mano en mi pecho, sus dedos eran largos y parecían fríos—. Soy la pieza de ustedes, pero esta pieza puede faltar un día en sus vidas.
—No, no vas a faltar. —Aferré a Aiko en mi cuerpo—. Estoy aquí para ti, Aiko, debes pensar en ello.
—Pero la vida continua, ¿no? Si me muero, ¿te estancarás como lo estás haciendo con la muerte de tu hermana? Debes seguir adelante, Naomi. Cumplir con los sueños de ellas, tu madre y Harumi. Yo no he pensado en el s******o, si te soy honesta.
Hubiera deseado creerte, Aiko…
—Entonces no hables de esa manera. Si no has pensado en el s******o, ¿para qué decir que faltarás en nuestras vidas? Es una tontería lo que dices, ¿no te parece?
—¿Ahora digo tonterías? —lo dijo con tono ofendido.
—¿Lo son para ti?
—No, mis sentimientos no son una tontería.
—Aiko, no te enfades… Lo dije porque me preocupo por ti y no sé como expresar esta preocupación, sino mediante una interpretación burlesca de tus palabras. No te imagino muerta ni quisiera verte muerta. Si eso llegara a ocurrir, mi mundo se haría trizas.
—Pero piensas en ti, y piensas en mi en beneficio de los demás. ¿No te has preguntado cómo me siento?
—Sí, y sé como te sientes, me hablas todos los días de ello y no me canso de escucharte. Tú también me escuchas. Es mutuo, nuestra amistad siempre ha sido así.
Oímos un carro pasar en la calle. Cuando se alejó el sonido del motor, predominó un denso silencio. El zumbido del compresor del aire acondicionado, era el testimonio del silencio humano.
—Naomi, si algo me llegara a pasar, por favor, sigue adelante —dijo Aiko y apoyó la barbilla en mi pecho, sus ojos brillaba como cuando la luz de la luna se refracta en el mar.
—Aiko, ¿qué te puede llegar a pasar? ¡Nada! Eres fuerte y estás muy sana. Quien tiene una probabilidad de muerte, soy yo. ¿No ves dónde me encuentro? Durante un mes, es posible que un gordo, empresario e infiel, me ahorque. Los hombres son impredecibles y no sabes las consecuencias que trae andar de prostituta. Por más que la yakuza te proteja, no eres inmune a los embates de los hombres. Quisiera decir que estoy a salvo, pero no, no lo estoy. Deseo adelantar el tiempo y saber que ocurrirá con mi futuro.
—Saldrás de todo esto, Naomi.
—Eso espero.
Aiko se durmió en mi pecho. La acaricié como si fuera mi hija. Los efectos del sake se habían aplacado en mi organismo. La charla despertó inquietud en mi inconsciente. Me sentía ansiosa cada vez que miraba a Aiko dormir. No sabía si iba a despertar. Recordé la muerte de Harumi. De manera que en cortos lapsos de tiempo, me dedicaba a posar un dedo en su nariz y comprobar que respiraba. Pasé la noche en vela y admiré el amanecer.
No podía descansar hasta ver que Aiko despertaba. De hecho, no tenía sueño. La inquietud persistía. Un gallo cantó a eso de las seis de la mañana. No sabía que había gente en Tokio que tuviera gallos.
El lugar en donde me encontraba, era Adachi, queda al norte de la megalópolis. Una zona pacífica, sin tanto barullo citadino. Vivía en una zona calmada, rodeada de hogares silenciosos. Los vecinos no hablaban tanto. A veces, dado al mutis humano, podía escuchar las sartenes de las cocinas, radios encendidas, televisores y discusiones, cuando las había, de alguna pareja o padres contra hijos.
Una vez llegué a escuchar el andar de un gato. Las hojas naranjas alfombraban el callejón. En los hilos de las zonas traseras de las casas, habían camisas y cubrecamas extendidos. Entonces, al salir a dar un paseo y respirar el aire fresco del amanecer, un gato resquebrajaba las hojas mustias. Una radio transmitía las noticias del día, anunciaba los cumpleaños de celebridades también. Cerré los ojos y me dejé llevar con el zumbido del viento, el gato que resquebrajaba las hojas de otoño… El zumbido del viento, el gato que resquebrajaba las hojas de otoño… No es un mal título para una historia.
Aiko se levantó con pereza, pues ella había bebido, en menor cantidad, sake. Me miró como si nada de lo de anoche hubiera ocurrido.
—Conozco tu cara, no has pegado ojo en toda la noche —sentenció con voz somnolienta. Incluso, soltó un bostezo.
—Quería asegurarme que ibas a despertar.
—Duerme, yo haré la comida.
Al despertarme, Aiko trajo la bandeja con arroz, curry y salmón hervido. A un lado del plato, había un vaso con jugo de naranja.
—El gato ha vuelto a pasar —me dijo.
—¿El gato de otoño?
—¿Enserio pasa solamente en otoño? —Me miró con impresión.
—Sí. Es extraño. —Bostecé y me senté en el futón—. A veces resquebraja las hojas del callejón. No es un gato especial ni llamativo. Pero si es curioso. Su pelaje es marrón, corto. Tiene bigotes largos y sus ojos parecen un pozo. No sé qué hará todos los otoños por acá. Parece, de hecho, no tener dueño.
—Quizás no tenga a dónde ir.
—La vida está llena de preguntas que no tienen respuestas. El gato de otoño es una de esas preguntas sin respuestas. Un gato que transita en un callejón, solo en otoño. No en otra época del año, sino en otoño. ¿Puedes captar el significado de la metáfora? Yo tampoco, no entiendo que hace un gato en otoño. Existe el verano, primavera, invierno. ¿No será que es un espíritu? Tal vez lo vea desde el mundo del callejón. El gato de otoño puede ser el gato de primavera en otro lugar. Una chica con su amiga, así como tú y yo, deben estar hablando del gato de primavera como yo hablo del gato de otoño. Y así, el ciclo de las estaciones avanza y el gato cambia de rumbo, pero siempre regresa a los mismos lugares, en estaciones distintas; frente a los mismos hogares, con muchachas de edades distintas. ¿Entiendes la metáfora? La verdad, yo tampoco.
—Es una historia algo enrevesada. Un gato que camina por los mismos lugares, en diferentes estaciones del año, con mujeres que hablan del mismo gato, pero en distintos hogares y en otros callejones.
—Cada quien está atrapado en la cúpula que conforma su realidad, Aiko. El mío es el callejón, el de ellas, quién sabe qué será.
—¿Te preocupa?
—El hecho es que el gato un día dejará de pasar. Alguien exclamará: «¡Oh, el gato de primavera no volvió!». No sabrás si habrá muerto o, simplemente, desapareció. Es un misterio, como las personas que solemos ver frecuentar un sitio. Dejan, tras de sí, su esencia en un sitio. Cuando no las vuelves a ver, te preguntas qué habrá pasado. De manera que la vida se desenvuelve así. Somos estaciones pasajeras para transeúntes pasajeros. Un día estamos aquí, hablando del gato de otoño y mañana estaremos en Irlanda, hablando quién sabe qué cosa.
—¡Te sacas unas historias raras, Naomi! —Extrañaba su risa nerviosa—. ¿Por qué piensas en eso a estas horas del mediodía? Enserio, debes dejar de beber sake.
Comí con tranquilidad. Escuchamos el gato de otoño pasar.
—Allí está el gato de otoño —advertí—. ¡Escucha sus pasos!
—¿Qué diablos te pasa con el gato? —Dejó la revista que estaba leyendo, en la mesa.
—No lo sé, hoy amanecí con ganas de hablar incoherencias. ¿Te sorprende?
—¿No deberías estar pensando en tu venganza?
—Mi venganza es un atolladero. Es difícil ejecutarla mientras Toshiba siga con vida. Quizás me quede atrapada como una prostituta por el resto de mis días.
—¡Qué cosas dices! Pero Takahiro te podrá salvar. ¿No eso lo que dice Inagawa?
—¿Cómo puedo depender de alguien que ni conozco? Además, Inagawa es el que planea solventar mi situación, pero solo porque está Toshiba de por medio. Incluso, si Takahiro me odia, Inagawa retirará su ayuda. ¿Por qué crees que tengo estos ánimos? Mi mundo se limitará al gato de otoño.
—Pero no pienses así del porvenir, la situación puede cambiar. Tal vez Igarashi deje de prostituirte cuando consiga lo que desea. No pueden haber empresas infinitas que extorsionar.
—Pero si hay cientos de políticos cada año; familias ricas; nuevas empresas… Ella no se detendrá. Por ahora, Igarashi es un órgano independiente de la yakuza.
—¿Un órgano? —Ladeo la cabeza.
—Ella es m*****o de la yakuza, pero lo que hace no es propio de la yakuza. La tía Igarashi ganó la reputación de robar información de las empresas mediante la venta de su cuerpo. De manera que pudo amasar cierta fortuna con el decurso de los años. No obstante, los líderes de la yakuza, prefirieron independizar a la tía. ¿Por qué? Traería problemas a la organización, dado que la misma ha operado con discreción. Por supuesto, no abandonan a la tía y tampoco están exentos a pedirle un porcentaje. Además, la tía contribuye monetariamente para ellos y en pro de ellos. Toshiba es m*****o oficial, uno de los mejores y allí ves que está con la tía y conmigo. Es un recuerdo constante.
—Es complicado el entramado de la tía Igarashi.
—Muy complicado. No es fácil imaginarse lo tedioso que es tener un tipo siguiéndote veinticuatro horas. Toshiba duerme, incluso, con la tía Igarashi. Pero esto, a mi parecer, no la molesta. Toshiba y ella son tal para cual. No sé cómo explicártelo. Hay personas que nacen para ser la mitad de la otra. Esto hace que su ser sea completo y absoluto. La tía Igarashi depende de Toshiba para casi todas sus tretas y él no se opone a ser el títere preferido de la tía. Sin embargo, no es un títere, es como si él fuera su marido o algo más allá de cualquier relación humana.
—¿Crees que tengan algo en el fondo? Digo… ¿Un secreto?
Aiki recogió la bandeja.
—Si lo tienen, la tía Igarashi no lo dirá —respondí—. Intuyo que tiene una hijo o hijo que no desea que sepamos. Me parece extraño, pero ahora que recuerdo, la tía Igarashi tiene un relicario en su cuello. A veces suele ver el corazón, lo abre y lo cierra en un pestañeo. Una vez presté atención cuando lo hizo y vi una niña.
—¿Tendrá una hija?
—O tuvo una hija… Recuerdo que madre dijo que la tía Igarashi se casó con un gerente de Toyota. De hecho, vivían en ciudad Toyota. No sé que ocurrió para que la tía Igarashi se convirtiera en lo que es hoy. Además, evoco que madre y ella se llevaban bien cuando tenía cuatro años. Pero son recuerdos borrosos. Sí sé que ella cometió errores con madre y ella no paraba de decírnoslo, a mí y a Harumi.
—¿De qué te sirve el pasado de la tía Igarashi?
Sonreí sin malicia.
—De nada. El pasado de la tía Igarashi me trae sin cuidado, la verdad. Quisiera que fuera un arma, pero no es necesario inmiscuir a terceros. Me vale si tiene o tuvo una hija —dije.
—¿Y sí la tiene? —preguntó Aiko.
—Pues, dejará de tener madre. Pero si la tía Igarashi abandonó a su marido…
—O tal vez su marido la abandonó a ella...
Silencio. El gato de otoño maullaba en algún lado del callejón.
—¿Cambiará tu venganza por esclarecer el pasado de tu tía? —preguntó Aiko.
—No, ella debe pagar por el agravio familiar. Debo limpiar nuestro nombre. Los espíritus de ellos descansarán en paz cuando venza a la tía Igarashi en su propio juego.
Aiko asintió y fue a lavar los platos. Caminó como si fuera una sacerdotisa o estuviera en una procesión. Tomé el teléfono y miré la bandeja de mensajes: no había ninguno. De pronto me pregunté: «¿Qué hubiera pasado si fuera estudiante universitaria? Seguro tendría amigos a montón». Mis única amiga, en el mundo del callejón de Adachi, con el gato de otoño, era Aiko.