Capítulo 1. Esto es la Guerra

1466 Words
—¿Qué pasa? ¿Quién ha llamado? Ven, estoy con la comida. —¡¡¡Tengo trabajo!!! Me han dado el contrato por tres años. Me acaba de llamar Tailler. —¿Qué contrato? Hay que soltar la bomba, pero con delicadeza. —El de la Fundación Qabek. ¿Qué te parece? ¡Ya no estoy en paro! —Enfocándolo siempre de manera provechosa. —¿No será el proyecto en ese país árabe? Deja lo que está haciendo y me mira preocupada. —Sí, es un proyecto precioso coordinado internacionalmente por la Organización Mundial de la Salud. Nos dejan recoger muestras citológicas de las mujeres locales de una campaña de salud reproductiva y s****l masiva que están haciendo allí. Nos servirán a los investigadores para hacer un gran estudio poblacional de prevalencia de ITS (eso quiere decir del porcentaje de mujeres enfermas). »Sería el primero a nivel mundial de semejante magnitud. Vamos a relacionar los datos microbiológicos con la información genética de las participantes, de manera que podremos encontrar genes implicados en la susceptibilidad a ciertas enfermedades como el sida. Es fundamental para identificar biomarcadores que ayuden a los médicos a elegir los tratamientos adecuados y diseñar programas de prevención no solo allí, localmente, sino para todas las mujeres del mundo. ¡Y voy a poder publicar un montón! Veo que mi entusiasmo por la ciencia, la biomedicina y los objetivos del milenio no relajan el ceño fruncido y el rictus de desagrado en la cara de mi madre. —Además, allí solo tendré que recoger muestras dos meses. Luego me vuelvo a París. —Hija, ese sitio es muy peligroso. Su preocupación contrasta con mi ilusión y me hace sentir algo culpable. —Que no, mamá. Hubo algunos problemas hace unos años, cuando los militares dieron el golpe de Estado, pero ahora está tranquilo. La ONU tiene una misión de paz y trabajaremos bajo el paraguas de la OMS. Estaré muy arropada y serán solo dos meses. Si la situación fuera peligrosa, no me mandarían allí. Lo que pasa es que me tengo que ir ya —digo cambiando el tercio. —¿«Ya» cuándo? ¿La semana que viene? —No le queda otra que la resignación. —«Ya» mañana. Parece que la compañera que estaba allí se ha largado y ha dejado el proyecto colgado. Ya sabes cómo son estas cosas internacionales en las que colabora mucha gente. La infraestructura sobre el terreno y la planificación ya están iniciadas. Si no aprovechamos la ventana de oportunidad que nos han ofrecido la ONU y el Gobierno del país, no podremos recoger todas las muestras necesarias. »Tailler quiere que esté en París pasado mañana para el papeleo porque me han buscado un vuelo a Oryen el fin de semana. ¡Pfff! Tengo que hacer la maleta. ¿Y qué meto? Ropa de abrigo para París, estamos en pleno febrero, y de campo para Oryen. Igual tengo que hacer compras de emergencia. Ha sido duro, aunque no dramático. Está muy orgullosa de mí y de mi carrera científica, pero la verdad es que me ha visto poco el pelo los últimos años. Hice la tesis en Edimburgo, cuatro años, y luego una estancia posdoctoral de un año en París. Ya se sabe, las científicas españolas solo tenemos tres salidas: por tierra, por mar o por aire. Las pocas plazas fijas que salen en España son fenómenos extraños, y están copadas por investigadoras con mucha más experiencia y currículo que yo. Mi madre me ha pagado con mucho esfuerzo unos estudios superiores para que tenga un buen trabajo estable y bien remunerado. A ella le habría gustado que me hubiese presentado a unas oposiciones y fuera una funcionaria con trabajo fijo para toda la vida. En el mundo de la investigación, las cosas no funcionan así. Tienes que demostrar continuamente que vales para el trabajo. A mi madre le cuesta entenderlo, pero es lo que hay. He llamado a Bihotz a ver si me puedo quedar en su piso estos días. El año pasado compartimos casa, me alquiló la habitación que tenía de sobra. Trabaja en el mismo Centro del Pasteur que yo, pero se tiró medio año de estancia fuera, así que apenas interaccionamos. Es vasca, muy vasca, del mismo Santurce. O Santurtzi como dice ella. Ha estado supersimpática. Es verdad que a veces es, cómo decirlo, demasiado auténtica, pero no tiene doblez, en ocasiones dice unas cosas que yo me muero de vergüenza. Pero tiene razón el 90 % de los casos. Tras una rápida búsqueda en internet, ya tengo el vuelo también. Al final no ha sido tan caro. ¡Ay! Si había quedado esta tarde con Raquel y las chicas. Voy a darles el notición en persona y aprovecho para despedirme. Cuando llego al Trance, el bar de toda la vida en Usera donde solemos quedar, solo están Raquel y su novio, Raúl. Menuda tirria le tengo. Desde que Raquel está con él, ya casi no sale con las amigas. Con menos de treinta es el típico controlador, más pendiente de qué hace su novia que de lo que ella necesite. Se han sentado al fondo del alargado y profundo local decorado en tonos oscuros. En su momento, había una pista de baile o un escenario para música en directo, aunque yo jamás he oído a nadie actuar aquí. Todavía están los mismos sofás negros de cuando hacíamos el bachillerato, el ambiente es tranquilo, de bar de copas nocturno y suena música pop-rock a un volumen que permite hablar. Por eso seguimos viniendo, somos unas cotorras empedernidas. —Raquel, hola, guapa. —Le doy dos cariñosos besos—. Hola, Raúl. Mi intención era saludarle de lejos porque está sentado al fondo, pero se acerca animoso y me planta los dos besos que no tenía intención de darle. —¿Belén y Nuria aún no han llegado? Dejo mi abrigo doblado en el respaldo de uno de los envejecidos sofás y me siento enfrente de la pareja. —Al final, Nuria no puede quedar esta tarde, ha quedado con un tío —me guiña un ojo cómplice, es la única de las tres que siempre ha tenido facilidad para ligar—, y Belén, no sé, tiene que estar al llegar. Mírala, ahí está. Volvemos al ritual de saludos. No puedo esperar y suelto mi noticia antes de que se haya quitado su bonito abrigo de lana verde. —¿Sabéis qué? Tengo que irme a París pasado mañana. ¡Me han dado el contrato de tres años! —¡Enhorabuena, tía! ¿Era el que querías? Belén me da un efusivo abrazo. A ella también le ha ilusionado siempre participar en proyectos sociales, como a mí. —¿Queréis algo de beber? Ellas piden a Raúl un par de cañas y yo me pido un té con leche. —Sí, el de salud reproductiva. Tengo que ir a Oryen unas semanas a recolectar muestras y después volveré a París para procesarlas. Es un proyecto superchulo de epidemiología molecular. —Yo no me iba a un país de esos ni atada. ¿De verdad que no te da cosa? —pregunta frunciendo la nariz. Raquel siempre ha sido más aprensiva que Belén y yo. —Si fuera peligroso, el Pasteur no me mandaría allí. Es un centro de investigación con mucha experiencia en proyectos internacionales. Vamos bajo el paraguas de la OMS. —Tía, no sé si eres una valiente o una inconsciente. ¡Como que les importa mucho lo que les pase a sus empleadas! El otro día en el periódico leí que, en esos países, no les dejan ir solas ni a las ingenieras que envían las multinacionales. —¡Pues a mí me da envidia! Seguro que es un proyecto interesantísimo. —Belén ha hecho Trabajo Social y las dos somos de la opinión de que, si quieres que las cosas en el mundo mejoren, tienes que hacer algo—. Ya me gustaría a mí trabajar para la ONU en vez de rellenar formularios en un despacho de abogados de barrio. Me encantaría hacer algo sobre derechos humanos. Gracias, Raúl. El té es para Sara, para mí una cañita. —Es que las dos sois tal para cual, dos ilusas. Algún día maduraréis y os daréis cuenta de que el mundo hay que aceptarlo como es, no se puede cambiar. ¡Brrr! Otra vez con esa murga. Miro a Belén y pongo los ojos en blanco. Voy a contestarle que es mejor ser una idealista ingenua que una melindrosa pasiva, cuando aparece la que faltaba. —¡Eh, Nuria! Pero ¿no habías quedado con ese tío del concierto? Belén y yo nos desplazamos en el asiento de polipiel n***o para hacerle sitio después del besuqueo.
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