Los príncipes azules

1137 Words
—¡Menudo gilipollas! Pues no va, y me dice que si no me siento una asesina por pedirme un entrecot para cenar, cuando el tío lleva hasta los calzoncillos de marcas que emplean mano de obra infantil. ¡Estoy hasta el mismísimo de los pijos estos que se creen superguáis porque dejan dos días de comer carne! Se me ha indigestado la cita, le he puesto una excusa antes del postre y me he largado. Raulito, ¿me pides una birra a mí también, guapo? Gracias. ¿Qué os contáis vosotras? —Sarita se nos va a Arabia a currar. ¡Con la OMS! ¿Qué te parece? —Belén ilustra a la recién llegada. —Nuria, dile que está loca por irse a un país de esos. Que para encontrar la cura del cáncer y ganar el Nóbel no hace falta salir del mundo civilizado. —¿De verdad, tía? ¡Enhorabuena! Pues a mí me parece un planazo. A ver si pillas un príncipe árabe forrado por el petróleo que te cubra de joyas y ropa cara. ¿Te imaginas cabalgando a lomos de un caballo árabe agarrada a su fuerte torso hasta un oasis donde te abrase con su pasión y te lleve al más sublime de los orgasmos a la luz de la luna? —Todas nos reímos con la película erótica que me acaba de montar Nuria—. ¡Ay, hija, que me pongo mala de solo pensarlo! Gracias, Raúl. Estoy seca. Le da un trago a su caña con satisfacción. —Y que te diga que renuncia a todo su harén y te jura amor eterno si te entregas. —Raquel aporta la parte romántica a la erótica. —¡Sí! ¡Que, si no, a este paso, se te va a pasar el arroz! —El cretino del novio de Raquel se hace mucha gracia a sí mismo. —¡Ja, ja! Claro, se hará lo que se pueda, pero ya se sabe, mejor sola que mal acompañada —dejo entrever con claridad que es a él a quien me estoy refiriendo. Me arrepiento de manera automática, aunque Raquel no parece molestarse. Sabe que las pocas veces que nos vemos él y yo no dejamos de darnos puyas. Soy de las que no pueden morderse la lengua en algunas ocasiones. —Por fortuna, Raúl, las mujeres ahora ponemos arroz del que no se pasa, no necesitamos encontrar marido para tener una vida satisfactoria. ¿Quién quiere casarse con un pastor de camellos venido a más que te ponga un burka encima? Belén me apoya, tenemos visiones «románticas» más parecidas. —No seáis hipócritas. A todas os pone lo mismo, tíos con pasta gansa para gastarla a manos llenas. Y que conste que yo no soy un cavernícola, no le digo que se case, pero un buen polvo, y a todas se os quita la tontería y el feminismo. —No seas bruto, Raúl. —Nuria interviene porque sabe que estoy a punto de insultarle, pero ¿cómo puede Raquel estar con semejante imbécil?—. Lo que pasa es que Sara está esperando al hombre perfecto, ¿y sabes qué? No hay hombres perfectos. Lo siento, Raúl. Tú eres un c*****o como los demás, aunque la Raquelita esté colada por ti. Le guiña un ojo con simpatía y él se carcajea despreocupado mientras le pasa el brazo por los hombros orgulloso a su chica. —En eso tiene razón Nuria. Es que tú y yo, Sara, somos unas románticas y aún no hemos renunciado a encontrar al hombre ideal: tierno, inteligente, comprometido, con cultura. —Macizo. —Nos vuelve a provocar una carcajada ver la exagerada cara de éxtasis de Belén—. Pero no hay «príncipes azules», cariño. No vale la pena esperar. Me da palmaditas en la pierna mientras niega con la cabeza y le da otro trago a su caña. —Yo no estoy esperando a nadie, y menos a un príncipe azul. Y ya sé que nadie es perfecto, Belén. Yo tampoco soy perfecta. —De hecho, me cuesta encontrarme virtudes—. Tan solo me gustaría dar con alguien con quien pueda conversar y compartir intereses más allá del fútbol, salir de bares o darme un magreo en el coche. Tampoco pido tanto, ¿no? No tiene ni por qué ser guapo. Raúl se sonríe y hace una mueca descreída. —Ya, Sara. Pero una relación empieza siempre por cosas sencillas, como conversar sobre el último clásico del Madrid-Barça con alguien que te atrae y que acabas de conocer en la barra de un bar, aunque no te interese mucho el fútbol. Luego te puedes dar cuenta de que es un pijo raro como al que acabo de dejar plantado esta noche. Pero hay que tener ganas de conocer gente y arriesgarte a que sea un fiasco. Si no, ¿cómo encontrarás a tu media naranja? Lo que siempre me ha gustado de Nuria es su racionalidad en las relaciones de pareja. Si tiene razón, pero yo... —No te enfades, Sara, si te digo que no es fácil encontrar a alguien si eres una borde desconfiada con todos porque quieran ligar contigo. Igual Raquel sí que se ha molestado por lo que he dicho antes de su novio. Me la acaba de devolver. —Y tampoco te enfades si yo te digo que, aunque no sea tu príncipe azul, si está macizo, siempre le puedes dar una alegría al cuerpo. Un revolcón con un tío buenorro tampoco tiene por qué acabar en amor verdadero. Lo que van a comerse los gusanos... —Nuria vuelve a destensar la situación haciéndonos sonreír. El resto de la velada me la paso taciturna escuchando a mis amigas y pensando sobre lo que me acaban de decir, que me afecta más de lo que me gustaría reconocer. Lo cierto es que mi vida amorosa es... inexistente. Ya había dejado de preocuparme. Yo soy así, no sirvo para tener pareja. Soy célibe natural. Bueno, natural-obligada. He estado pillada por un par de tíos desde el instituto, pero no sé. Creo que me tomo cualquier posibilidad amorosa con demasiada intensidad y asusto a los hombres que me gustan, en eso quizás sí tengan algo de razón mis amigas. Sin embargo, los tíos que me han gustado eran finalmente unos imbéciles y fue mucho mejor que no pasara nada. Ya me hicieron daño sin tener ninguna relación, no quiero ni pensar lo doloroso que sería para mí una relación fallida. Sí, Nuria tiene razón, un rollete pasajero tampoco tiene nada de malo, sin embargo... No sé si es porque soy una ilusa, una romántica empedernida, una inmadura sentimental o, simplemente, una borde. Aunque mejor no pensarlo, los príncipes azules no existen. Ya lo he dicho, mejor sola que mal acompañada.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD