Bonito comienzo para mi primera misión sobre el terreno. ¿No se podía haber estropeado esa maldita furgoneta a las puertas del cuartel general? ¡Noooo! Tenía que hacerlo a cincuenta kilómetros de aquí. Medio día en la carretera intentando repararla y al final de vuelta a Sabur a medianoche.
Dejamos los vehículos en la zona reservada a la entrada del campamento, y nos dirigimos con todos los bártulos de vuelta a los alojamientos. Soy una pringada, y aunque apenas he dado cuatro pasos en todo el día, tengo los pies en carne viva gracias a estas botas nuevas. Como no voy mucho al campo, me las he comprado justo antes de venir y me rozan por todas partes. ¡Si es que yo nunca he sido de bota! Yo soy bióloga de bata, como se dice en el mundillo.
—Venga, doctora, ya casi estamos.
Uno de los soldados de nuestra escolta, Hassan, se acerca. Ha debido de verme la cara de cansancio y las muecas de dolor por las rozaduras. Anoche, entre el desfase horario y la emoción, tampoco dormí ni un par de horas.
—Gracias, Hassan. Eres muy amable, pero estoy molida. No sé cómo podéis vosotros ir con todo ese equipo militar a cuestas de aquí para allá. ¿Para qué sirve todo eso? ¿De verdad se necesita?
Lo digo con la voluntad de confraternizar con mis compañeros de viaje. Al fin y al cabo, su misión es protegerme a mí y a las matronas. Intento convencerme, en contra de mis más arraigados prejuicios, de que estos soldados no trabajan para la guerra, sino por la paz.
—Es el equipo reglamentario. Esto no es nada, nos entrenamos para mucho más. —Hay cierta superioridad masculina en su voz—. Cuando quiera, nos tomamos algo y le explico para qué sirve cada cosa.
—Venga, Hassan. La doctora no quiere ver tus «cosas». Son muy pequeñas. Doctora, ¿se ha traído el microscopio? —Un estallido de risas entre el resto de los hombres sigue al comentario de Mireille.
Hay algunas mujeres entre los cascos azules. La ONU exige que los contingentes incluyan personal militar femenino uniformado, si es posible de alto rango, para facilitar el contacto con la población local. En este caso, Mireille es una simple soldado, creo que en el Ejército francés no abundan las generalas. Está claro que, siendo yo la nueva, van a hacer bromas a mi costa hasta aburrirse. Demasiada testosterona en el ambiente para mi gusto.
—¡Por fin! Ya estamos. ¡Me quito las botas aquí mismo! Buenas noches y gracias, chicos. —Me siento en el porche para descalzarme—. ¿Qué tal vosotras, Janan, Ruwa?
—No estoy ya para estos trotes, hija. Me voy directa a la cama. Mañana será otro día.
—Buenas noches —se despide Ruwa, que no es muy habladora, aunque su nivel de inglés tampoco le hace la comunicación fácil.
Yo no hablo árabe, como la mayor parte de los presentes. Los soldados de la unidad con la que estamos son franceses, pero muchos, o son de origen marroquí, o argelino, o de otro país de cultura árabe. Muchas segundas y terceras generaciones de inmigrantes norteafricanos. Así que, mal que bien, lo chapurrean con bastante soltura.
Entro pesadamente en el edificio detrás de mis compañeras y las despido cuando desaparecen en su cuarto. Por fin podré tirarme en la cama y dormir. Tengo polvo, de caminar junto a la carretera, hasta en los aros del sujetador. Necesito una ducha, pero primero la cama, que no se entere nadie. Abro la puerta con cuidado esperando no despertar a Rania, es casi la una de la madrugada.
—¡Sara! —Hay luz en la habitación. Rania grita mi nombre con cara de sorpresa—. ¿Qué haces aquí?
Se me caen las botas de la mano cuando soy consciente de lo que estoy viendo. Rania está desnuda a horcajadas sobre un tío de muy buen ver, recostado sobre las almohadas de la cama, que la sujeta por las caderas. Intento salir y cerrar la puerta, pero mis botas lo impiden. Me agacho a cogerlas y no puedo evitar mirar otra vez. Bonitos pectorales. Rania se ha levantado y tapado con la sábana, y los ojos azules del tipo, al que no parece preocuparle su desnudez, me miran divertidos, mientras yo, con la mayor torpeza, saco de en medio las botas y logro cerrar la puerta.
—¿Quién es? —le oigo preguntar a él. Bonita voz.
—La nueva investigadora. —Me marcho a calmarme un poco y dejarles intimidad. Una manzanilla me vendría de maravilla.
Creo que mi interrupción no les ha sentado muy bien, porque apenas he metido la bolsita en el agua, oigo un portazo y veo pasar al interfecto. Vestido. Pantalón militar y camiseta de color arena. Pasa como una exhalación dando largos pasos, pero sin duda está para hacerle un favor. O varios. No me extraña que Rania tenga un asuntillo con él. Me choca de una mujer musulmana que utiliza velo. No había imaginado que fuera compatible con tener sexo fuera del matrimonio. Está claro que la práctica religiosa no está reñida con la liberalidad s****l. Esta mujer es médica y tiene mundo. Tendría que abrir un poco más mi mente y liberarla de prejuicios.
Al poco, el militar vuelve con el teniente Phillipe Agincourt y llama a Rania para reunirse con ellos en la sala, en un tono de mando que no desentona con su uniforme, incluso sin elevar la voz.
Phillipe ha sido el oficial al mando de la expedición fallida. Lo ha debido de pillar metiéndose en la cama. Por su lenguaje corporal, se diría que va con las orejas gachas. Este tipo debe de ser un mando, y no está contento.
Al pasar una vez más frente a la puerta de la cocina, me dirige una rápida mirada. Por un momento, pienso que este cabreo está causado por mi interrupción, pero no creo que sea para tanto, que hubiesen echado el pestillo. Treinta y pocos años, con unos ojazos que cortan la respiración, de color azul oscuro, inteligentes, intensos y profundos. El pelo del color del carbón, alto y en buena forma, si bien bastante delgado. Un cuerpo ejercitado al aire libre, no musculado en gimnasio; el bronceado que tiene no es de rayos UVA. Se mueve con estilo y, sobre todo, una tremenda seguridad en sí mismo. Como si cada centímetro de suelo fuera suyo.
Este tipo no está bueno, sino lo siguiente. Sara, ¡córtate, que te veo venir! Es el novio de tu jefa. Bueno, ¿y qué más da? Disfrutar de mirar a un tío bueno no es alta traición, ¿verdad? Ahí dentro les está poniendo las cosas claras a Rania y al teniente, aunque no oigo exactamente qué les dice, el tono no deja lugar a dudas.
Dura poco. Ambos militares vuelven a salir y se dirigen a la salida. El morenazo marcha en cabeza, para eso es el jefe. Si el teniente había entrado con aspecto circunspecto, sale con el rostro desencajado. El rapapolvo tiene que haber sido de aúpa. Yo lo he desencadenado y no sé por qué. Espero enterarme o la curiosidad me corroerá. Veo a Rania entrar en la cocina y sonreírme con timidez. Yo tampoco sabría cómo reaccionar en su lugar, la verdad es que me moriría de vergüenza.
—Hola, Sara. Ya nos ha contado el teniente que se averió el transporte y habéis tenido que dar la vuelta.
—Sí, ha sido pesadísimo todo el día sin hacer nada en la carretera. Al final, no han podido arreglarlo —intento quitarle hierro al momento, mostrándome desenfadada.
—Oye, siento lo que ha pasado. Marc y yo estamos prometidos, ¿sabes? —Se llama Marc, bonito nombre—. Aún no lo hemos hecho público. ¿Puedo contar con tu discreción?
—¡Claro! No te preocupes. Por mí no lo sabrá nadie —enfatizo mi frase negando con la cabeza.
—Por favor. —Junta las manos rogándome mientras yo asiento—. Sabía que eras una persona discreta. ¿Nos vamos a dormir? Debes de estar muerta de cansancio y mañana hay que madrugar. Marc nos ha convocado a todos a una reunión de planificación logística a las siete.
—¡A las siete! Pero si son casi las dos de la madrugada —susurro con voz lastimera. Madrugar no es una de mis virtudes.
—Sí, ya sabes cómo son de cuadriculados los militares. Tocan diana a las seis con independencia de lo que haya pasado la noche anterior.
Pues sí que voy yo a encajar bien con el estamento militar.