El capitán Alsiad

1280 Words
Las seis de la mañana. A estas horas no debería ser legal levantarse. ¡Si apenas ha amanecido! Y encima con el desfase que tiene mi cuerpo, que piensa que es la una de la madrugada. No puedo salir de la cama, me tiene secuestrada. Voy a dejar que Rania se duche antes. —Sara, levántate. Si llegamos tarde a la reunión, Marc nos machaca. Le gusta que las cosas funcionen bien. Pues que le den. Por muy bueno que esté. Yo no soy militar, soy de una ONG independiente, y esto va en contra de los derechos humanos. No digo lo que pienso en alto, claro, solo me doy media vuelta en la cama. —Venga, si llegas tarde, se va a enfurecer y lo va a pagar conmigo. —Su tono no es amable. El buen rollito de las confidencias de anoche parece que ha pasado. Bueno, hagamos de tripas corazón. Al fin y al cabo, es la primera reunión y debería dejar una buena impresión al capitán. La de ayer fue... No sé qué impresión le di ayer, aparte de inoportuna y torpe. ¡En qué hora se averió el maldito vehículo! Voy a desayunar algo mientras Rania se ducha, a ver si el té me despierta un poco. Si se me abre más la boca al bostezar, se me va a desencajar la mandíbula. Apenas puedo despegar los ojos mientras me dirijo a la cocina. ¿Y por qué tienen que estar las tazas ahí arriba? Si todas las que vivimos aquí somos unos tapones. Me pongo de puntillas y me estiro todo lo que puedo para alcanzar con las yemas de los dedos una del estante de arriba. Con las agujetas de tirar de la maleta el otro día me va a dar un tirón, ya verás. —Espere, yo se la cojo. ¿Cuál quiere? Una preciosa voz masculina me pregunta en francés, al tiempo que una mano cálida se apoya en la piel de mi cadera impidiéndome el movimiento. Precisamente, justo donde se han separado ambas piezas del pijama al estirarme. ¡Qué casualidad! Una corriente eléctrica me eriza el vello desde el cuello al coxis. Por mi espalda ha aparecido el novio de mi jefa. Me alcanza sin dificultad una de las tazas. —No importa —acierto a articular, a pesar de que su pecho está tan cerca que ha desplazado todo el oxígeno respirable. O, al menos, esa es la impresión que yo tengo. Huele bien, un olor suave, del gel o el desodorante. El sueño se ha esfumado y el corazón me late a doscientas pulsaciones por minuto. Al menos—. Gracias. —¿Quiere un café? Este es mejor que el que tenemos fuera. Tiene una sonrisa preciosa y, ahora que está de buen humor, la mirada dulce. Se sirve un café de una cafetera que hay junto a la pared del fondo. Está impecable, recién duchado y afeitado, con su ropa militar impoluta y cara de haber dormido ocho horas en vez de cuatro. —No, yo prefiero té. —Le sonrío y me giro para preparar mi infusión como si fuera lo más importante del mundo. Sonreír es lo único que sé hacer cuando me corto. Yo todavía llevo puesto mi pijama de algodón de andar por casa. Tengo el pelo revuelto y unas ojeras hasta los pies, seguro. No había pensado en que habría hombres pululando por el edificio principal. O, al menos, no me había planteado que me iba a sentir incómoda cuando mis pantalones cortos dejaran ver mis muslos regordetes con su dosis correspondiente de celulitis. No tengo mucho sobrepeso, aunque de tres a cuatro kilos sí que me sobran, justo de ahí —y de la barriga y del trasero, y, bueno, dejémoslo—. Sé que es ridículo, pero eso es lo único que me viene a la mente frente a este hombre. —Ayer no me presenté. Soy el capitán Marc Alsiad, el ingeniero jefe de esta subunidad. —Yo soy la doctora Sara Sanz, del Instituto Pasteur. Sustituyo a Natascha, la doctora Todorova. En un intento de parecer profesional, me acerco y le ofrezco la mano. Me la estrecha en un apretón firme y corto. Mierda. Este pijama no es precisamente discreto para ir sin sujetador. Un calor abrasador me invade la cara; si hubiera sido de tez menos cetrina, me habría puesto bermellón. Me siento en una de las sillas todo lo más dignamente que me permite mi torpeza, y apoyo los codos a ambos lados de la taza. Es la única manera de ocultar mis piernas y mis pechos, que parecen haber cobrado vida propia. Él no dice nada. Sin embargo, me observa con una media sonrisa y esos ojos divertidos que percibí anoche. El muy c*****o parece estar disfrutando con mi apuro. O eso, o es poco hablador —suelo intentar convencerme de las alternativas más asumibles para mi amor propio—. Finalmente, decido hacer lo único que estratégicamente me permite una salida digna: huir. —Será mejor que me vaya a duchar. Rania ya habrá terminado. No quiero llegar tarde a mi primera reunión. Intento parecer tranquila y segura, y le dirijo la mejor de mis sonrisas. Salgo escopetada hacia mi habitación con la taza en la mano. Casi me abraso con el té al derramarlo sobre mí misma. Suelto un improperio en castellano, ahora además de torpe voy a parecer Miss Camiseta Mojada. —¡Cuidado! ¿Se ha quemado? Serio también está guapo. —No, no. Solo me he mojado un poco el pijama. ¡Hasta ahora! Me apresuro hacia la habitación, cruzándome con Rania, que sale perfectamente arreglada. Su shayla lavanda elegantemente colocada, un maquillaje suave que resalta su piel blanca y sus ojos claros, una camisola blanca vaporosa recién planchada y unos pantalones azul celeste. Como si fuera de tiendas en París. Menuda impresión le he debido de causar yo a este tío. A estas alturas, ha debido de confirmar que tiene que hacerse cargo de una torpe descerebrada. Cuando entro en la ducha, todavía estoy alterada. Necesito unos minutos relajándome bajo el agua tibia. Me lavo el pelo. Lo he llevado corto mucho tiempo; sin embargo, ahora me lo he dejado crecer y me roza los hombros. No me gusta cómo me queda más largo, ya que, aunque lo tengo liso, se me encrespa y no me queda una de esas preciosas melenas de los anuncios. Me lo seco con la toalla lo mejor que puedo y al aire mientras me visto. Es mi primera reunión, así que me pienso un poco qué ponerme. ¿Estarás atontada, Sara? Pues, ¿qué te vas a poner? Como si hubieses traído todo un ajuar. Unos pantalones de campo, una camiseta de manga larga, que en febrero hace fresco, y zumbando. Y coletita para el pelo, que no tengo tiempo de secármelo en condiciones. No me suelo maquillar más que cuando salgo, pero un poco de brillo en los labios no vendrá mal. Si no, se me secarán y me pasaré el día humedeciéndolos y mordiéndomelos. Es uno de mis tics, como lo de sonreír cuando estoy nerviosa. Por fortuna, no soy la última en llegar a la reunión. El capitán y el teniente entran después. El capitán se coloca en la cabecera de la mesa de reuniones. A su derecha se sienta el teniente y a su izquierda Rania. Janan y Ruwa se han colocado juntas a continuación de Rania. A mí me toca al lado del teniente. A las siete, con puntualidad militar, comienza su exposición en un inglés más que correcto. Los franceses suelen tener un acento horrible.
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